Alguien tiene que hacerlo

Alguien tiene que hacerlo
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Un funesto sentimiento de aprensión acompañó al movimiento de la puerta al abrirse.

El día había despertado con aquel cielo plomizo que no presagiaba nada bueno. Macilento, el sol apenas se atisbaba tras el denso manto agrisado de las nubes, claudicando ante el frío empuje del inminente invierno.

Pronto llegarían las primeras nevadas. Y, con ellas, el terror.

La presencia del forastero así lo presagiaba, recibido como sucedía cada año con resentimiento y alivio a partes iguales. Recio y delgado como un junco, sus facciones eran afiladas, la piel de su cara convertida en cuero por la continua exposición a los elementos. Su boca, apenas una raja abierta en un rostro surcado por la filigrana plateada de incontables cicatrices. ¿Cicatrices de qué? ¿De cuchillos, garras? Pero eran sus ojos oscuros los que imbuían a su persona de un halo de peligrosa incertidumbre.

Por encima de su hombro asomaba la cruz de una espada, que ninguno de los presentes en la posada lamentaba haber visto nunca desenvainar.

El enigmático individuo no rompió el silencio que se había adueñado de la sala. Con andares seguros tomó asiento en una mesa del rincón más apartado, buscando el refugio de su exclusiva soledad.

Poco a poco los aldeanos pretendieron devolver su atención a sus propios asuntos. Sin embargo, no pocas miradas nerviosas se desviaban hacia aquella solitaria mesa, a sabiendas de que aquella noche seres de pesadilla asaltarían sus sueños.

Layr era muy pequeña la primera vez que vio al extranjero.

Haciendo caso omiso de las asustadas advertencias de su madre, había abandonado su habitación para escabullirse escaleras abajo. Quería contemplar con sus propios ojos al forastero del que nunca se hablaba sin persignarse antes.

Su primera impresión fue la de estar observando a un habitante de los bosques.

En los cuentos continuamente se les mencionaba. Seres mágicos pertenecientes al mundo de las hadas que elevaban juramentos a dioses antiguos y dedicaban sus vidas a defender sus tierras sagradas de oscuros peligros. Enfundado en cuero y revestido con los tonos pálidos de los bosques norteños, el rebelde cabello cayendo sobre sus hombros y su gesto torvo, para la joven Layr quedó patente, desde el primer instante, que aquel hombre silencioso era su abnegado protector.

Diez años después, ni las nuevas cicatrices, las canas que moteaban de gris su pelo o su andar más encorvado habían logrado empañar aquella impronta.

Ante el estupor de su madre, reclamó la jarra de cerveza de sus temblorosas manos y partió en dirección a la mesa. No esperaría un año más.

Sin molestarse en levantar la cabeza, el forastero aceptó la bebida que se le ofrecía. Tan cerca, Layr pudo apreciar los estragos sufridos por su piel y por un momento se acobardó.

Pero sólo por un momento.

—O-os podría traer un cuenco de sopa del guiso del mediodía —rompió a hablar para sobresalto de todos, aunque optó por ignorarlos—. ¿Caliente?

—Estaría bien.

Que su voz no sonase rasposa, acorde con su agreste persona, no fue motivo de sorpresa. En cambio, sí que lo fue que hubiese decidido aquel momento para romper su silencio.

Nunca antes había sucedido.

Enaltecida por aquel inesperado triunfo, la joven se apresuró a visitar la cocina y regresar con un cuenco de sopa. Humeaba, tal y como había prometido.

Layr permaneció en pie, expectante, mientras el forastero apresaba el recipiente y daba buena cuenta de su contenido. Quiso advertirle de que estaba casi hirviendo, pero se detuvo aliviada al comprobar que el extranjero la encontraba de su gusto.

—¿Deseáis que os lo vuelva a llenar? —ofreció.

—Así está bien.

Y entonces supo que había llegado el momento que ella llevaba esperando desde hacía mucho tiempo. No quería pensar en futuras oportunidades. Sería aquí y ahora. Sonoros murmullos y gemidos ahogados prorrumpieron a un tiempo cuando la joven, armándose de valor, reclamó una silla.

Y se sentó a la mesa.

Sin embargo, el forastero no pareció molesto por la audacia de aquel gesto.

—¿Permitís que me siente? —preguntó, aunque no tardó en arrepentirse—. Soy tonta, si ya me he sentado. Lo que quiero decir es si os importa que me siente aquí. A la mesa. Con vos.

—No queda sopa. Sólo puedo compartir la cerveza.

—¿Queréis que os traiga más sopa? —exclamó avergonzada, levantándose como accionada por un resorte. Sería poco después cuando entendería el verdadero sentido encerrado en las palabras del extranjero. Con deliberada delicadeza, volvió a tomar asiento.

—Yo… no deseo tomar nada, gracias. Yo… —titubeó primero, luego se envalentonó—. Yo… ¡lo que quiero es saber! ¡Saber sobre vos! ¡Por qué venís cada año! ¡Qué sucede ahí fuera con la primera nevada! ¡Yo…!

La efusividad de la joven se vino abajo en cuanto fue consciente del confuso barboteo al que se había entregado. También se percató de las horrorizadas miradas que le dirigían todos los presentes en la posada.

—Yo… Os lo ruego, disculpadme. No os molestaré más.

Avergonzada por su comportamiento, Layr se dispuso a abandonar su sitio en la mesa.

—No tienes que marcharte.

Dudando si había escuchado bien, alzó la cabeza con cierta prudencia hasta observar al extranjero. En su áspero semblante no halló atisbo alguno de reproche.

—Tienes valor. En muchos años, eres la primera que me dirige la palabra.

—¡Vaya! ¿Sí? Yo… lo siento mucho. De verdad que no somos así. En este pueblo todos somos personas amables y generosas. Lo que sucede es que…

No supo cómo continuar.

—Que me tenéis miedo.

—¡Sí! ¡No! —Layr tenía la frustrante sensación de no parar de meter la pata. Todo cuanto salía por su boca chirriaba después en sus oídos. ¿Por qué soy tan torpe?—. No es a vos a quien temen, sino a la causa que os trae aquí.

—¿Y qué causa es ésa?

«¡Eso me gustaría averiguar!», quiso exclamar, aunque logró controlar su lengua a tiempo.

—Eso es lo peor —se recompuso y templó la voz—, que no lo saben.

»Saben que durante la primera noche de invierno pasan… cosas. Se oyen ruidos extraños y nadie consigue dormir bien. A la mañana siguiente todo ha pasado. Vos exhibís heridas recientes, sois atendido y tan pronto podéis os marcháis. Y no volvemos a saber de vos hasta el siguiente año. Por favor —se inclinó sobre la mesa en actitud confidente—, os lo ruego, contadme. Decidme contra qué lucháis. Porque esa espada que os acompaña la portáis por algo. Y, salvo sangre, nadie ha encontrado nunca los restos de bestia o criatura alguna.

—No os conviene saberlo.

La joven aguardó, pero el forastero no hizo intención de decir más.

—¿Es… algo secreto? ¿Un juramento? ¿Tiene algo que ver con la antigua magia y promesas a los dioses?

—Al final, todo siempre tiene algo que ver con dioses y magia —declaró con un amargo suspiro.

—Yo… no deseo entrometerme. No quiero forzaros a romper ningún voto sagrado. Sólo una pregunta, una última pregunta —suplicó juntando las palmas de las manos—, y juro que os dejaré en paz.

Esperó a ver si accedía a su petición. Con gesto cansado, él asintió.

—Siempre regresáis herido y nadie de por aquí os lo agradece. ¿Por qué lo hacéis?

El extranjero no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo, como si valorara el complejo sentido que entrañaba aquella, en apariencia, sencilla pregunta. Cuando llegó a una conclusión, habló.

—Alguien tiene que hacerlo.

 

Sin duda, había sido una noche agitada, plagada de huidizas sombras y tenebrosos aullidos.

Hasta que no hubo amanecido, no se destrabaron las puertas de las casas. Y, aun así, quienes se aventuraron a abandonar el refugio de sus hogares lo hicieron con una profunda inquietud en el estómago, como la mordedura de un perro hambriento.

Layr, despierta desde bien temprano, había aguardado comiéndose las uñas hasta que su madre no halló más argumentos que esgrimir para mantener la posada cerrada.

Una vez libre en el exterior, corrió hasta la casa del médico de la aldea; el primer lugar al que seguro acudiría el extranjero tras la contienda nocturna.

No la sorprendió encontrar al buen hombre ya espabilado, preparando sus tisanas en previsión de lo que estaba por llegar y con las herramientas de su oficio bien dispuestas sobre el limpio tejido de lino de la mesa.

Pero a aquella escena le faltaba su protagonista: el herido.

—¿Todavía no ha aparecido? —preguntó, sin molestarse en indicar de quién hablaba.

—No, Layr.

—Pero es tarde —insistió, confusa—. Hace ya tiempo que amaneció.

—Quizá, en esta ocasión haya salido bien parado y no necesite mis cuidados —trató de confortarla.

Pero algo le decía a la joven que no había ocurrido así. Un mal presentimiento la empujó a correr hacia el bosque.

Los ladridos le indicaron el camino.

 

Varios hombres, conocidos todos y forcejeando con sus nerviosos perros, rodeaban los restos ensangrentados del forastero. Al percatarse de su llegada, trataron de escudar a la muchacha de aquella terrible visión.

Pero ya era tarde.

Allí debía haberse librado lo peor del combate, pues la tierra estaba teñida de rojo en varios pasos a la redonda.

Lo había hecho. Había mantenido su sagrado juramento hasta el final, aun a costa de su propia vida.

Los ojos de Layr se anegaron de lágrimas al recordar su rostro curtido y surcado de cicatrices, también el tono resignado con el que había pronunciado sus últimas palabras.

Dirigidas a ella, la única del lugar que se había ofrecido a entablar conversación con el extranjero.

Qué injusto era todo, sollozó.

Un reflejo casual reclamó su atención.

Allí, a un puñado de pasos de los aldeanos que discutían en torno al cadáver, descubrió entre la hojarasca algo de metal. Antes de acuclillarse a recogerla, ya sabía qué era.

—¿Qué haces? —vociferaron a su espalda.

Pero no quiso escucharlos.

—¡Suelta esa espada!

Con el arma aferrada entre sus pequeñas manos, unas palabras imbuidas de inexorable significado acudieron a sus labios.

—Alguien tiene que hacerlo.

Un comentario en “Alguien tiene que hacerlo

  1. Genial! Como siempre, me quedo con ganas de saber más, de seguir leyendo, de no resignarme al final de la historia.
    Disfrutando leyéndote.

Y bien, ¿qué opinas?