Ashirya (I). La Llegada

Ashirya (I). La Llegada
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Y el momento llegó.

Atrás habían quedado ya el pánico generalizado ante la llegada del primer monstruoso monolito, los suicidios en masa y los ataques nucleares preventivos. El ejemplo ofrecido al mundo por el fanatismo, tanto religioso como bélico, de Irán y Korea del Norte había bastado para apaciguar los ánimos de las grandes superpotencias. Sendos cráteres humeantes donde antaño se erigían estas naciones se podían apreciar en las imágenes concedidas por los satélites en órbita alrededor de la Tierra. ¿La aniquilación de millones de seres humanos a consecuencia de las decisiones de unos pocos depravados podía justificarse como un acto en defensa propia?

Espectacular había resultado el crecimiento de una insólita ciudad alrededor de la zona de aterrizaje del monolito, en las ardientes arenas del desierto subsahariano. Una ciudad habitada por hombres blancos sudorosos y con la piel quemada por el sol, abastecida por enormes camiones y aviones cisterna que permanecían el tiempo justo para descargar su contenido antes de volver a marcharse a por más agua y combustible. Muchos eran los supuestos eruditos que especulaban sobre la elección de aquel inhóspito paraje, algunos aduciendo causas sociales, otros económicas o medioambientales, y por supuesto había incluso quienes defendían sus intereses religiosos. La proclama de África como cuna de la Humanidad era vitoreada por los auténticos habitantes nativos de aquellas tierras, aunque siempre estaban los que no estaban dispuestos a perder la oportunidad de postular la idea de que quizá África también se convirtiera en su tumba.

El Vaticano aún no se había pronunciado, aunque se había mostrado hábil al afirmar que no podía ser si no la mano de Dios la que decidiera poner fin a los combates y trajera la Paz, con mayúscula, a la Tierra; aunque nada mencionara al respecto de los métodos empleados. Pues allá donde había declarada una guerra, un conflicto armado o un señor de la milicia reivindicara su autoridad a golpe de gatillo, allá, una súbita explosión ponía punto y final a la contienda. Qué hermosas todas aquellas multitudinarias manifestaciones de hippies y pacifistas repartidas por todo el globo, que reían y bailaban, gritando a los cielos el nacimiento de La Nueva Era, cuando los más escépticos se estremecían ante la idea de que, quizá, con tales actos ejemplares, Ellos sólo buscaran acaparar toda la atención humana.

Y así, con un mundo obligado a mantener la paz con las cadenas del miedo, las superpotencias sólo podían limitarse a discutir. Las superpotencias y el resto de naciones, pues nadie quería permanecer ajeno a este espectáculo. Ya fueran miembros del G-8, la ONU, la OTAN, la UE, o de la misma OPEP, todos querían su trozo del pastel. No participar en el mayor acontecimiento de la historia sería peor que desaparecer. Países como Francia, Bélgica y España, históricamente enzarzados en disputas políticas y territoriales, hacían frente común y trataban de hacer valer la opción de sus intereses coloniales, pero sus alegaciones y vehementes defensas eran tan abiertamente ignoradas como las de las propias naciones africanas directamente afectadas por el suceso. Y las discusiones tematizaban sobre los aspectos más variados, desde el posible impacto socioeconómico de la llegada de una raza extraterrestre a la Tierra y sus posibles consecuencias a una escala mundial, hasta zanjar el problema de los derechos televisivos de las cadenas estatales y las retransmisiones piratas que se estaban difundiendo por Internet que no revertían ingresos líquidos controlables. Quien quisiera ver la nave gratis, que viajara a África, se peleara en las fronteras y aduanas y se hiciera con un potente (y caro) equipo telescópico, pues el anillo de impersonales edificios prefabricados de varias decenas de kilómetros de radio que protegía el monolito, así como el ciclópeo aeropuerto colindante, continuaban expandiéndose día a día a través del desierto.

Todos los dirigentes de estado habían acudido con total urgencia (pero sólo una vez que había quedado demostrado un elevado índice de relativa seguridad) a hacerse la protocolaria foto frente al monolito, en parejas, grupos o individualmente, pero pronto cada uno de ellos regresó a su país de origen una vez satisfechas las exigencias electorales, dejando atrás técnicos, científicos, y lo que es peor, ministros y burócratas a cargo del proyecto que se limitaban a sonreír a las cámaras y leer las palabras ajenas a su corta comprensión que les iban dictando desde los monitores de cristal líquido. Se trataba de marionetas muy bien adoctrinadas que ejecutaban su sencilla labor con un más admisible que impecable margen de error de cara a los siempre próximos comicios.

Como buitres atraídos por la carnaza fácil, florecieron todo tipo de franquicias y comercios en torno a la inconmensurable figura del monolito. Nadie se atrevía a pasearse por la artificiosa ciudad sin lucir una camiseta —de inmediato sudorosa— con la imagen de la nave serigrafiada en colores chillones, burdos llaveros con su forma alargada, ni móviles que no vibrasen con las famosas notas de Encuentros en la Tercera Fase. Al menos, las convenciones frikis habían sido mantenidas lejos del lugar y aquellos estrafalarios individuos con orejas postizas que chapurreaban klingon no tenían más remedio que vivir la experiencia pegados a las pantallas de su ordenador.

Pero el momento había llegado.

Comenzó con una vibración que en un principio pasó inadvertida a los habitantes del plástico. Los temblores que retumbaron a continuación no pudieron ser ignorados por más tiempo. El inerte monolito cobró vida en la forma de chispazos azules y brillante radiación que relumbró sobre su pulimentada superficie. La población estalló de diferentes maneras, bien huyendo víctimas del pánico, arrodillándose frente a las manifestaciones de su colérico dios o bien corriendo en busca de sus instrumentos de medición. Y cuando parecía que la explosión era inevitable, las luces se extinguieron y la nave quedó en silencio.

Pero no por mucho tiempo.

En la base del monolito, al menos en el extremo que yacía medio enterrado en la arena, un fragmento de su superficie se derritió. El supuesto metal alienígena fluyó en gruesos goterones hasta dejar expuesto un agujero en el casco. Ni extrañas luces ni una enigmática bruma brotó desde el interior, pero sí el material licuado fue conformando una sencilla rampa escalonada que se extendía hasta la superficie. Y por ella, Ashirya descendió.

Nadie conocía aún su nombre, aunque pronto estaría en boca de todos los humanos. Cuando los presentes al acontecimiento y aquellos que miraban aterrados y expectantes la pantalla de su televisión advirtieron lo que estaba sucediendo, pronto en la conciencia colectiva se filtró la imagen de hombrecillos verdes, larguiruchos humanoides calvos u horrendas criaturas nacidas de las más abyectas pesadillas. Todo era posible y todo era asimilable, en mayor o menor medida. Pero nadie estaba preparado para contemplarla a ella.

Sus pasos eran gráciles aunque decididos, sus delicados hombros no necesitaban proyectarse para adelante para demostrar la vehemente actitud con la que acompañaba cada uno de sus precisos movimientos. ¿Podía tratarse tan solo de una niña? Las curvas que se adivinaban bajo los pliegues de su holgada túnica parecían las de una mujer en ciernes, apenas una adolescente, así como lo atestiguaban las suaves líneas de sus rasgos faciales. Aquellos que oraban por una deidad étnica de acuerdo con sus inclinaciones teológicas y raciales, sufrieron la decepcionante impotencia de observar como una jovencita blanca, de tan caucásica que era por sus facciones, formas y tono de piel que casi se la podría creer nórdica —sus finos cabellos plateados no lo desmentían—, caminaba por la supraceleste escala como quien se daba un paseo por las rebajas de unos grandes almacenes.

Sonreía con su cara angelical, ajena a las armas de todo calibre que la apuntaban y retenían en su mira. Ésa era la esperanza de los tiradores, tropas de élite entrenadas hasta el límite y perfectamente disciplinadas, pensar que no habían sido localizados. Porque de suceder lo contrario y que de todos modos fueran ignorados como simples insectos, resultaba una idea más que preocupante.

Sus pasos aunque tranquilos, revelaban firmeza. A la rampa no le quedaban muchos más escalones. ¿Qué sucedería cuando alcanzase el final? Pues lo que ocurrió fue que se detuvo, los pies flotando a unos centímetros sobre la arena, y se cruzó de brazos. ¿Estaría esperando que pasara algo?

Vencidos los temores iniciales, los políticos surgieron de detrás de las filas de militares armados, aunque sin alejarse demasiado los primeros de los segundos. Formando un área circular en torno a ella, aquella caterva de burócratas estalló en saludos y reverencias, genuflexiones algunos, y un griterío de voces tratando de auparse unas a otras cada cual en su lengua abrumó a la recién llegada con sus grandilocuentes promesas de cordialidad y generosas ofertas de mutua colaboración. Lejos de mostrarse agobiada o incómoda, ella amplió su sonrisa y se inclino ante los presentes en una inesperada —a la par que inmerecida— muestra de respeto. Cuando hizo intención de hablar, el silencio barrió la zona como un tsunami. ¿En verdad iba a comunicarse? ¿Cómo lo haría? ¿Usaría la telepatía? ¿Emplearía una ininteligible lengua alienígena?

Un brillo de diversión rieló en su mirada, capturando la atención de los presentes, antes de decidirse a articular palabra.

—Gracias por vuestra bienvenida. Sabed que hoy empieza un nuevo día para todos. Nada volverá a ser igual.


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