Ashirya (II). La Revelación

Ashirya (II). La Revelación
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15 de Marzo de 2012.

Bien conocida era ya esta fecha, añadida apresuradamente a todos los libros de historia, sin que faltara una creciente reseña en la Wikipedia. El Día del Primer Contacto. El Día de la Llegada. Incluso había quienes quisieron considerarlo como el Segundo Advenimiento, pero por fortuna a estos pocos no se les prestó ninguna atención.

La delicada imagen de Ashirya se difundía a través de los diversos medios y a cada paso que daba se convertía en portada de revista. En cada espacio televisivo tenía cabida, bien fuera para discutirse el tono de sus escuetas declaraciones o bien para criticar su discreto sentido de la moda. Cierto era que los fatuos representantes de la prensa rosa despotricaban al respecto de las insulsas ropas con las que la joven alienígena se envolvía, pero los más avispados diseñadores ya habían comenzado a trabajar en su línea de ropacósmica.

Ante el asombro de científicos y líderes mundiales por igual, Ashirya no tuvo inconveniente a la hora de abandonar su nave, el inmenso monolito, y seguir a sus atentos anfitriones a donde quisieran llevarla. La duda recayó entonces en los servicios de inteligencia: ¿debían protegerla a Ella de posibles atentados, o era de Ella de quien debían protegerse?

En un principio, Ashirya accedió a acompañar a los zalameros políticos en una ruta alrededor de las instalaciones que habían nacido en torno a su venida, protegidos siempre por un fuerte dispositivo de seguridad. Estaban aquellos que portaban tarjetas azules del más alto nivel, con permiso para personarse ante Ella. A los que lucían tarjetas verdes en su solapa se les concedía la posibilidad de aproximarse, a tenor de que no hicieran movimientos bruscos ni sospechosos, bajo pena de fusilamiento in situ. Los de la roja, los periodistas, tenían un acceso limitado, acordonado por aquellos que vestían de caqui y exhibían los más impresionantes pases. Pases en forma de rifles de asalto.

Ashirya asentía en su recorrido, expresando su aprecio por las extensas y edulcoradas explicaciones que le brindaba su nutrida escolta. Sonreía, nunca dejaba de sonreír, motivo por el que era objeto de burlas, por supuesto siempre a sus espaldas. Pero Ella nunca respondía.

Sin embargo, fue otro incidente el que premió a la prensa con el ansiado material por el que había rezado desde hacía días. Un material dotado con el morbo esencial para convertirlo en el grotesco espectáculo del momento.

Ocurrió durante la celebración de una de las grandes cumbres que tan comunes se habían vuelto por aquel entonces, una de las tantas que se organizaban desde el Día de la Llegada. En esta ocasión fueron los líderes de la CEE (además de la ineludible presencia del presidente norteamericano) quienes se habían reunido en torno a la pequeña Ashirya en busca de respuestas. Sus absurdas preguntas parecían tomadas de un serial de los años ochenta. Más curiosa parecía la presencia de Gran Bretaña en el evento, que había aceptado el Euro de manera apresurada, en menoscabo de su devaluada libra, sólo para no quedar excluida del acto. Por supuesto, todo esto torpemente orquestado en la forma de una recepción “de Europa hacia sus hermanos del Universo”. ¿Qué mejor ocasión para perpetrar un ataque terrorista contra los infieles europeos y su blasfema y pálida ramera?

Fue inevitable el shock inicial. Sin embargo todos los presentes comprendieron lo que estaba pasando cuando aquel individuo de tez cetrina comenzó a exclamar a voz en grito en una ininteligible jerigonza y se abrió la chaqueta para mostrar la bomba que le rodeaba el pecho. Con la mano en alto, el percutor a la vista de todos, no dudó a la hora de accionar el disparador y detonar la bomba.

Qué asombroso espectáculo fue el que entonces se desplegó.

La gente aún chillaba y se arrojaba al suelo, buscando escudarse en los cuerpos de los demás, cuando una burbuja, primero brillante, después ígnea, conflagró en el lugar donde antes se levantaba el exaltado fanático. Pero sin llegar a emitir ni el menor atisbo de calor. De manera tan súbita como había aparecido, la pompa se desvaneció, liberando una pulverizada lluvia carmesí que precipitó sobre los asistentes. No sobre todos, por supuesto. A diferencia de los caros trajes de los presentes, ahora pringosos y desahuciados, las ropas y nívea piel de Ashirya permanecieron tan prístinas como siempre.

Y la sonrisa de su rostro, imperturbable.

Como el evento se difundía a través de todos los medios de comunicación, una infinidad de copias fue recogida y examinada de forma pormenorizada por especialistas, tanto de índole oficial como privada, en busca de cualquier posible aspecto que revelara qué era lo que había sucedido. Y lo más importante, cómo.

La tecnología más avanzada del momento se volcó en analizar las grabaciones, fotograma a fotograma, con el terrible descubrimiento de que Ashirya no había hecho absolutamente nada. Sí, sus ojos habían advertido al vociferante suicida, lo había mirado de reojo, pero sus manos habían permanecido en reposo, ningún músculo de su tierno rostro se había crispado, delatando sus letales propósitos. Nada. Y saber esto resultaba pavorosamente más escalofriante que si la hubiesen descubierto manipulando algún mecanismo o lanzando rayos por los ojos.

Si alguna emoción, por vaga que fuera, podía leerse en las imágenes de su rostro tras la patética inmolación, fue de plácida confirmación.

Al contrario de lo que pudiera preverse, Ashirya negó su intención de refugiarse en el interior del monolito y no asistir a más acontecimientos públicos. Y bien fuera por el paranoico aumento de las medidas de seguridad, o ante la evidente certeza de lo vano de cualquier otro intento, que ningún nuevo atentado se produjo; al menos, contra Ella.

Ashirya no dudó en manifestar su interés referente a los avances humanos, en áreas de estudio tales como la tecnología, la medicina o la astronomía. Aunque mayor atención dedicó a campos como filosofía, ética e historia de la humanidad. No se burló de las teorías existentes sobre el universo y las fuerzas que lo regían. Continuamente la bombardeaban con información, de todo tipo y clase, esperando recibir cualquier migaja a cambio. La expectación que manifestaban aquellos hombres y mujeres al colmarla de datos y ejemplos de las metas que la raza humana había superado en unos míseros miles de años, era el de unos niños aplicados anhelando el reconocimiento de sus progenitores.

Y llegó el día que el mundo esperaba, cuando Ella, tras evaluar los progresos logrados por los habitantes de la Tierra y los fines para los que se destinaban, se pronunció.

—Me sorprende cuánto habéis conseguido en tan poco tiempo —políticos e investigadores se hincharon como pavos reales al escuchar aquellas palabras—. Y me preocupa aún más el rumbo que habéis tomado. Sin duda, ha llegado el momento de que seáis exterminados.


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2 comentarios en “Ashirya (II). La Revelación

    • Buenas noches, Sebastián.
      Gracias por tu comentario. Por mi parte, encantado si decides darle difusión, tanto a éste como a cualquiera de mis otros relatos, así como a mis novelas.
      Un cordial saludo.

Y bien, ¿qué opinas?