Ashirya (III). El Juicio

Ashirya (III). El Juicio
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Ashirya permanece sola, sin más compañía que los vientos de tormenta en cientos de kilómetros a la redonda.

Y baila.

Su cuerpo menudo danza al compás de las turbulentas corrientes de aire que hacen restallar sus níveos cabellos como los nudos de un látigo esgrimido con violencia.

Alza los brazos con vestal majestuosidad hacia los cielos embravecidos, las delicadas manos juegan con las tormentas desatadas que, sin llegar a rozar su etérea figura, liberan su ácida carga sobre la tierra devastada.

Los pies desnudos flotan sobre remolinos de polvo, restos atomizados de un pasado que creyó considerarse civilización.

Y Ashirya baila. Baila mientras su vasto intelecto asimila la enormidad de su fracaso. Advierte el tremendo error que supuso conceder  a aquellas criaturas un ápice, apenas un desdeñable segmento de su secuencia de ADN. Analiza el increíble potencial que esta brizna de su propia esencia desencadenó en la ambición de los primates, así como el inimaginable poder para la destrucción que manifestaron.

Afectados por un ego insaciable, no fueron capaces de servirse con sabiduría del fabuloso don que les había sido concedido; la locura se apoderó de sus acotadas mentes. Y como toda criatura víctima de la demencia, arremetieron contra todo cuanto les rodeaba, el hábitat en el que vivían y contra sus propios semejantes.

La declaración de Ashirya cerró un defectuoso circuito latente en las mentes de los humanos.

Primero sufrieron desorientación, sorpresa, como el bebé que de pronto es apartado de los brazos de su madre. No creían posible que aquellas fatales palabras hubieran brotado de los dulces labios de la Embajadora de las Estrellas. Tenía que ser un error. No cabía duda de que se trataba de un error. ¿Cómo ellos, la especie dominante del planeta, el supremo depredador de la cadena alimentaria, iban a ser erradicados como simples ratas?

No se podía confiar en el lenguaje. Era un mensajero traicionero cómplice de mil y un conflictos y enfrentamientos. ¿Cuánto más, tratándose de una criatura alienígena?

Pero cuando no se produjo ninguna nueva declaración y Ashirya se recluyó en el interior del monolito sin intención alguna de abandonarlo, las dudas dieron paso a la ira.

Los humanos se sintieron estafados.

Ellos, que lo habían dado todo por su ingrata huésped, veían cómo ahora ésta los desdeñaba sin consideración alguna. ¡No estaba cumpliendo con su parte del contrato! ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo osaba tratarlos con tal desprecio? ¡Nada menos que a Ellos! ¡La Humanidad!

Cuando las exigencia no dieron resultado, llegaron las amenazas. Y como éstas tampoco obraron efecto alguno, la rabia cedió paso al medio.

¿Y si su declaración iba en serio? ¿Y si aquella zorra del espacio se había proclamado juez, jurado y verdugo en un pleito contra la raza humana y habían sido declarado culpables? ¿Qué cojones tramaba ella en el interior de su nave?

Y los hombres, que por naturaleza, y tal como lo han demostrado a lo largo de su miserable historia, destruyen todo aquello que temen y no alcanzan a comprender, decidieron que serían ellos quienes desenfundarían primero, sin esperar a dar el décimo paso.

El masivo ataque no fue orquestado en conjunto, pero si para algo podían sincronizarse las mentes humanas era para hacer que algo volara por los aires. Poco importa quién pulsó primero el botón o la procedencia del primer misil dotado de múltiples cabezas nucleares, pues cuando las alarmas provocaron taquicardias en los corazones de los dirigentes, para después inundarlos de adrenalina al comprobar el objetivo del arma en cuestión, nadie quiso perderse la invitación a aquella macro-fiesta.

¿África? ¿A quién le importaba que desapareciera ese sucio continente, infestado de muertos de hambre y natural foco de infecciones?

Ashirya danza acunada por los ardientes vientos cargados de radiactividad. Su esbelta figura se observa vidriosa por los vapores que la envuelven, fruto de la conflagración de moléculas. Sus hermosos ojos permanecen cerrados. Y lloran, no por el humo tóxico de la atmósfera, sino por la vida que se ha extinguido.

Porque pasado el subidón del momento, la abrumadora satisfacción que proporciona poseer tal poder en tus manos, y usarlo, entonces acontece la terrible claridad, la consciencia de reconocer a dónde te han llevado tus impulsos, el irremediable final del que ya no hay vuelta atrás.

Llegasen o no a impactar los misiles contra el monolito, tan terrible fue la violencia desatada que cielo y tierra sufrieron un colapso. Primero absorbieron lo que después escupirían con vengativa generosidad.

La ola flamígera cruzó el continente, incinerando lo que la onda expansiva no había pulverizado ya a su apocalíptico paso. Los océanos ardieron después y las candentes nubes de vapor calcinaron lo que sus antecesoras no terminaron por destruir. La tierra se abrió, vomitó llamas e intoxicó el aire de gases letales que se mezclaron con la radiactividad, mientras el cielo se cerraba en densas nubes de ceniza y polvo, privando a la torturada superficie del planeta del calor del sol.

Era el invierno post-nuclear.

Inagotables ríos surcan las pálidas mejillas de Ashirya, fruto del dolor que late en su pecho tras haber sentido la muerte del planeta llamado Tierra. Pero ni una sola de sus lágrimas se debe a los humanos. ¿Qué importan unos miles de millones de egoístas y autodestructivos seres, en comparación con la infinita totalidad de organismos que consideraban este mundo su hogar, en tierra, mar o aire?

Llora por la agonía de su dolor conjunto, porque necesita dar rienda suelta a este inconmensurable sufrimiento si pretende seguir adelante con su labor.

Porque posee muestras de cada especie y criatura viva, y a pesar de la suprema congoja que ahora hace presa en ella, pronto la Tierra volverá a ser lo que nunca debió dejar de ser.

Porque a consecuencia de su negligente acto, Ashirya ha aprendido una dura lección de humildad que sofrenará en el futuro sus ansias como visionaria y creadora.

Porque el experimento autodenominado Humanidad, dotado de una chispa de su superior esencia, ya ha sido etiquetado como un injustificable fracaso que jamás volverá a repetirse.

Porque el conocimiento sólo debe recaer en manos capaces y mentes preclaras que sepan cómo esgrimirlo.

Y en su ausencia, en ningunas otras.


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