Así comienza la historia… (Zahiri y Zihara 1)

Así comienza la historia… (Zahiri y Zihara 1)
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No me preguntes por mi nombre, no tiene importancia ninguna.

Sólo soy un pobre viejo a la que la Fortuna quiso sonreír, quizá con sorna o guiñando un ojo, pero en verdad que me siento agradecido por lo que el Destino deseó para mí.

¿Que no soy tan viejo? ¡Que os den por ahí! ¿Estoy a punto de relatar una historia absolutamente fantástica y por lo único que os interesáis es por mi destartalada persona?

Sabed que nunca olvidaré aquel día, con el cielo amenazando con romperse en pedazos de tan negras que eran las nubes y violentos los relámpagos que iluminaban la noche. La tierra temblaba bajo los pies y el viento hacía restallar las ramas de los árboles. ¿Cómo que antes dije que había sido de día, en un tórrido día soleado? Quizá sea cierto, pero de tan furiosa que fue la tormenta nocturna, tan calmo amaneció el día postrero.

Es igual. Lo importante es que yo estaba en aquel bosque y que yo me las encontré, entre la maleza.

¿Que a quién encontré? ¡Pues a ellas! ¿De quién podría estar hablando sino de Zahiri y Zihara?

Eso me lo decís a mí, aquí, donde no pueden oíros, sintiéndoos muy a salvo de su poder. Pues más os vale que os andéis con ojo, nunca se sabe qué capaces de escuchar y qué no. Pero, en fin, a fin de cuentas, son vuestras vidas, y no la mía, las que os estáis jugando.

Allí estaban, sus cuerpecitos enredados apenas cubierto por la hojarasca, abrazadas una a la otra aún con los ojos cerrados, como si a pesar de su exigua edad presintiesen los peligros que se cernirían sobre ellas y buscaran cobijo una en la otra. Sin lugar a dudas eran hermosas, dos frágiles y espléndidas criaturitas peludas que… ¡Ah, por supuesto! Lo ignoráis, pero cuando yo di con ellas, su aspecto era el de dos gatitas de lo más común, quizá demasiado grandes para tratarse de simples cachorritas de gato salvaje, pero por lo demás sin ningún rasgo especial que delatara su auténtica naturaleza.

Pero fui yo quien estaba en el bosque y también fui yo quien las recogió, salvándolas de una muerte segura y quien las tomó bajo su cuidado.

Y mi vida cambió.

Aquellas criaturas demostraron tener una increíble ansia por vivir. Su apetito era legendario, así como sus ganas de destrozar y mordisquear todo cuanto se cruzase en su camino. Pronto aprendí que a la hora de jugar no convenía utilizar las manos si no querías acabar con una falange de menos. Corrían, saltaban, se perseguían la una a la otra y peleaban como si les fuese la vida en ello, para acto seguido aceptar una tácita tregua y hacer frente común si se presentaban indicios de una posible amenaza. Sin duda, tenían fuertemente arraigado el sentimiento de que serían ellas contra el mundo. Y por el modo en que me aceptaban y dormían plácidamente en mi regazo, tras tan beligerante actividad, me hacían sentir que me hallaba en el bando ganador de la contienda.

Yo no pronunciaría eso de ratas peludas tan a la ligera, compadre. Allá tú y tu pellejo.

¿Me queréis dejar continuar? ¡Mejor sabré yo cómo contar la historia!

En fin, agotáis mi paciencia. Aun así, proseguiré.

Crecían a un ritmo alarmantemente apresurado. Tanto, que temí encontrarme pronto con dos intrépidas tigresas a mi cargo. Fue entonces cuando se obró la magia.

Me atrevo a decirlo ahora, pasados los años y a sabiendas de lo que después ocurriría, pero algún velo tuvo que tapar mis ojos mientras acaecían los cambios o éstos llegaron de la noche a la mañana.

De costumbre, solía yo despertar temprano en tanto mis criaturitas se solazaban con los primeros rayos de sol, poco dispuestas aún a enfrentarse a un nuevo día de juegos y escaramuzas. Gatallas llamaba yo a estos escarceos que disputaban entre ellas, pletóricos de amenazantes bufidos, manotazos y orejas aplastadas contra el cráneo. Considerando que para entonces su tamaño bien podía equipararse al de los perros de caza, los golpes y ruidos resultantes de sus trifulcas lograban estremecer al más pintado.

Como decía, a unas horas en las que aún no deberían haber empezado a gatallear, para mi temor hallé las mantas donde dormían frías y ausentes de toda vida. Habían desaparecido. Lo que no alcanzaba a saber era si se habían marchado por voluntad propia o les había ocurrido algo. Ni que decir tiene que ninguna de las dos posibilidades me agradaba, pero a despecho de mi propio egoísmo hubiese preferido la primera opción. Pero que la realidad fuese otra me atenazaba el estómago y decidí ponerle remedio del modo que fuera.

Sí, las rastreé. O más correcto sería decir que la Fortuna quiso ayudarme a poner un pie detrás del otro por el buen camino, sin que llegara a tropezarme ni cayese. En resumidas cuentas, me pasé hasta bien entrado el mediodía caminando de un lugar a otro, hasta que por fin escuché una algarabía que me pareció familiar. Sorteando la alta maleza que crecía entre los árboles, penetré en el claro sin mayor aviso ni ceremonia, ilusionado por lo que creía que encontraría. Si aun ahora me preguntasen, juraría que fue el silbido de una flecha lo que sentí pasar junto a mi oreja. Vaya, que me despeinó incluso. Pero mis ojos nada vieron de ese súbito proyectil, ni punta ni plumas. Cierto que también contemplaban asombrados a las dos figuras que, con una actitud entre cauta y belicosa, a su vez me devolvían la mirada. Zahiri y Zihara. Tenían que ser ellas. Pero poco quedaba de su anterior condición gatuna.

Bueno, vosotros ya las habéis visto, con sus extrañas orejas y sus inquietas colas peludas. Quizá en aquel momento su aspecto de jovencitas no fuese tan definido, aunque sí bastante próximo al actual.

Toda una revelación para mí, para quien el apelativo de jóvenes tigresas cambió totalmente de significado.

Porque aquellas dos niñas se habían convertido en eso mismo, en niñas. Con su piel sonrosada, desgarbadas ellas, todo codos y rodillas, con esos rostros adolescentes de barbillas afiladas y marcados pómulos. Pero sus ojos, fueron aquellos dos enormes orbes azulados los que me cautivaron hasta tal punto que no fui capaz de dar un paso más. Allí permanecí, inmóvil sobre mis pies, atrapado por el embrujo de aquellos dos querubines que a falta de emplumadas alas poseían peludas colas, erizadas ante mi intrusa presencia.

Ni un dedo moví. Y quizá fue eso mismo lo que me salvó de sufrir un fatal desenlace. Pues a no mucho tardar abandonaron sus agresivas intenciones y decidieron acercarse a mi persona, despacio, a medio agazapar, la línea de su espalda tan tensa como la cuerda de un arco a punto de liberar su flecha. Zahiri detrás, Zihara delante, como siempre sucedía.

¿Que cómo las diferenciaba, preguntas? ¿Qué cómo podía saber cuál era cuál tras la transmutación? ¿Y qué quieres que te responda a eso? Por su postura, por la forma de moverse. ¿Por esa forma de inclinar la cabeza? ¿Acaso no eres tú capaz de reconocer a tus rapazuelos, por mucha roña que les cubra la piel? ¡Pues yo igual con mis criaturitas, diantres!

Así que, cuando Zihara llegó tan cerca que hubiese bastado con estirar una mano para tocar esas enormes orejas, que sobresalían picudas de sus leoninos cabellos, reprimí mis intenciones y la dejé obrar a voluntad.

¡Degenerados que sois todos! ¡Soñando, enhiestos, con que una hermosa muchachita se humille para olisquear vuestros grasientos dedos! ¡Pues sabed que nada más lejos de vuestros sucios pensamientos fue cómo ocurrió! Aquella naricilla respingona rozó mis gastados nudillos mientras inspiraba con toda la fuerza que le concedían sus jóvenes pulmones. Y así continuó hasta quedar conforme, momento en el que se detuvo para dedicarme una intensa mirada. Como el desgraciado que ante el juez espera la sentencia que lo conducirá a la libertad o a la horca, así me sentí yo. Pero el dictamen se pronunció y, para mí fortuna, observé emocionado cómo frotaba su mejilla contra el dorso de mi áspera mano, en una curiosa réplica de aquel sentido gesto que en tantas ocasiones me había prodigado como gatuna. Zahiri la imitó después, mismo protocolo, mismo resultado. Y más que nunca, en aquel preciso momento, fuimos una familia.

Envolví con mi grueso ropón sus cuerpecillos desnudos y marchamos de regreso al carromato…

 

—¡Estúpido! ¡Estás agotando mi paciencia!

El tono de aquel tipo no auguraba nada bueno. Mucho menos que se hubiese levantado hecho una furia, derribando la silla a su espalda. Sus compañeros, alrededor de la mesa, no tardaron en imitarle.

—¿Qué es eso que nos cuentas? ¿Qué relación tiene con lo que queremos saber?

El interpelado puso cara de asombro, como si no comprendiese el motivo de tanta indignación hacia su persona.

—¿Acaso no preguntasteis por Zahiri y Zihara?

—Lo que queremos —intervino el líder del grupo, agarrándole de la pechera—, es averiguar cómo liquidar a esas zorras, para cobrar la recompensa. Y tú vas a dejarte de historias y nos lo vas a decir.

—¿Liquidarlas, decís? Entonces me temo que habéis ido a preguntarle a la persona menos adecuada para contestaros.

Así lo dijo, a todas luces asustado por el cariz que habían tomado los acontecimientos, pero en absoluto dispuesto a soltar prenda. Aunque le costase la vida.

—Si la mitad de lo que has contado es cierto, quizá ni haga falta que largues más —decidió el cabecilla, con un preocupante brillo en la mirada—. Pues tenemos a quien estaba en el bosque, quien las recogió, salvó de una muerte segura y tomó bajo su cuidado. Te tenemos a ti.

—Poca cosa…

—… Tenéis entonces.

Aquellas voces llegaron desde la puerta de la posada. Una puerta que nadie en el lugar, pendientes de lo que sucedía en aquella mesa, había escuchado abrirse ni cerrarse después. Unas voces aterradoramente femeninas, que provocaron que todas las cabezas se volviesen en su dirección.

Ahí estaban, una junto a la otra, en una actitud tan relajada como indolente. Zahiri de brazos cruzados, apoyada contra la pared. Su hermana ligeramente detrás, con el brazo estirado y la palma apoyada en el muro. Dotadas de una hermosura salvaje, con sus largas melenas doradas desbordándose por sus hombros y aquella peligrosa mueca pintada en sus labios que sólo un estúpido confundiría con una cariñosa sonrisa. Si algo las diferenciaba era la blanquecina cicatriz de un viejo corte que Zihara lucía en su mejilla derecha.

Si semejante estampa no era suficiente motivo de asombro, no pocas miradas descendieron para quedar hechizadas por la zigzagueante danza de aquellas dos peludas colas.

Zihara chasqueó la lengua y un estallido de actividad se apoderó de la posada. Salvo los asaltantes, el resto de parroquianos corrió a buscar refugio en donde buenamente pudieron, fuera corriendo a un rincón más seguro o tirándose al suelo para reptar después sobre sus tripas cerveceras. Alguno incluso tuvo el tino de arrojarse por una ventana. En un abrir y cerrar de ojos, la mesa del contador de historias dio la impresión de quedarse tan apartada como un pequeño islote en medio del inmenso océano.

—¡Quietos ahí! —ordenó el líder a sus hombres, tentados de pronto de poner pies en polvorosa. Extrajo un cuchillo y dejó que su irregular filo arañase el gaznate del hombre—. Y vosotras, ya tenía ganas de echaros el ojo.

—Me asquea que un tipo como tú quiera echarme nada. ¿Y a ti, Zahiri? —le planteó la joven a su hermana.

—Tanto como a ti, Zihara —zanjó la otra.

—Hola, mis criaturill… —tuvo que callar al sentir la presión del cuchillo contra su carne.

—¡Dejaos de tonterías, si sabéis lo que le conviene! —amenazó el mercenario.

—A decir verdad, el viejo habla demasiado —señaló Zahiri.

—Es cierto, anda siempre contando historias nuestras —apoyó Zihara.

—A mí ya me cansa un poco, hermana.

—Y no sólo un poco, hermana.

A lo cual asintieron ambas con un cabeceo rápido, circunspectas, como si hubiesen tomado una decisión. Y se dirigieron al cabecilla.

—Puedes matarlo. Ya nos hemos hartado de él.

—Bien dicho. Por favor, mátalo.

—¿Q-qué…? —tartamudeó él, incrédulo.

Los miembros de aquella banda se vieron superados por el giro de los acontecimientos. Y actuaron del único modo que conocían: haciendo uso de las armas.

El cabecilla tensó los músculos para degollar al desgraciado. Pero por algún motivo no lo consiguió. Al desviar la mirada pudo contemplar cómo el cuchillo, junto a su brazo cercenado, caía sobre la mesa. El súbito chorro de sangre que manó del muñón precedió a un grito inhumano. Grito que se vio bruscamente interrumpido cuando la cabeza acompañó al brazo sobre las viejas tablas. Por si no fuera poco, el cuerpo decapitado se vio asaltado por una lluvia de invisibles cristales que impidieron que cayera, y que lo trocearon de manera inmisericorde hasta convertirlo en un sanguinolento amasijo de carne picada.

Asombrosamente indemne, aunque bañado en sangre y vísceras, permaneció el contador de historias.

Junto a la puerta, al otro lado del salón y apuntando con los dedos de sus manos, Zihara exhibía una cruel sonrisa.

—¿Alguien más… ? —empezó.

—¿… Quiere jugar? —terminó Zahiri.

Todos a una, el resto de integrantes de la banda, habiendo observado el terrible fin de su jefe, optaron por escapar.

No tuvieron ninguna oportunidad.

Atacados por las afiladas aspas de unos molinos tan pequeños como ocultos a la vista, fueron cayendo derribados en una suerte de salpicaduras de sangre y porciones limpiamente seccionadas de anatomía humana. Sólo uno tuvo los arrestos de cobijarse tras la mesa y hacer uso de su ballesta cargada. El virote silbó al cortar el denso aire que reinaba en el interior de la posada en un errático vuelo en dirección a las jóvenes. En concreto, quiso el azar que hacia la desprotegida garganta de Zihara.

Apenas a un par de dedos de alcanzar su objetivo, el proyectil pareció chocar contra el mismo aire. Rebotó, cayó y rodó inofensivamente entre la suciedad que tapizaba el suelo.

—Gracias, hermana —musitó Zihara, tragando saliva.

—Faltaría más, hermana —repuso Zahiri, con la palma de su mano levantada frente a ella y la mirada atenta a cuanto se movía en el salón—. ¿Acabas ya?

—Por supuesto.

Y apuntó con un dedo.

Y… diremos, que el ballestero no sobrevivió para ver un nuevo amanecer.

Dejémoslo así.

Concluido el combate, si es que se le podía conceder tan noble epíteto a aquella cruenta carnicería, las jóvenes se reunieron al fin con su protector. Éste temblaba de los pies a la cabeza y, entre todos los despojos que lo cubrían, una delatora y apestosa mancha, que de común acuerdo las féminas decidieron ignorar, mojaba su entrepierna. Qué lo mantuvo en pie hasta aquel momento fue algo que ninguno logró nunca comprender.

—V-vaya, mis criaturillas —a duras penas masculló—. Por un momento de verdad que conseguisteis engañarme incluso a mí. Ya lo creo que sí…

Entre ellas cruzaron una significativa mirada antes de sujetarlo por los hombros y emprender camino fuera del local.

—Mejor será que te saquemos de aquí, padre —indicó Zahiri—, y te llevemos…

—… A algún lugar donde a nadie le interesen tus historias —concluyó Zihara.

Y bien, ¿qué opinas?