Basura humana

Basura humana
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Todo comenzó como suelen comenzar estas cosas.

Unos científicos jugaban a ser dioses en su altar tecnológico en aras del conocimiento (o de la destrucción; es una frontera difusa la que separa ambos conceptos), cuando algo salió mal.

Las lecturas se dispararon, las luces empezaron a parpadear y allí, donde no había nada, se desgarró el propio tejido del universo para revelar un agujero a la auténtica nada.

El temor ante la posibilidad de haber abierto un pequeño agujero negro en el laboratorio se diluyó en cuanto apreciaron que la realidad que ellos conocían no era vorazmente tragada por aquel amenazador disco negro de poco más de un par de metros de diámetro, que permanecía suspendido de forma pacífica a media altura.

El ejército no tardó en tomar el control de las instalaciones, aunque no antes de que se hiciesen algunas pruebas y se registrasen las notas que habían originado el fenómeno. Nada en apariencia peligroso; un simple afán por satisfacer la propia curiosidad. Del mismo modo que un niño introduce un palito por un agujero en la tierra, a la espera de averiguar qué criatura pueda asomar.

Aunque sin ningún resultado.

De inmediato, los militares crearon su cordón de contención, sellaron la zona y establecieron un perímetro defensivo en torno a las instalaciones del laboratorio, arma en mano. Sus propios científicos, equipados con la más vanguardista protección contra radiaciones y dotados de un instrumental desconocido para el común de los mortales, hicieron sus propias mediciones, hasta alcanzar una firme conclusión: nada emanaba de aquella rasgadura.

Absolutamente nada.

Más confiados, emprendieron los experimentos.

La luz, al igual que cualquier tipo de onda, se desvanecía al alcanzar el disco. Poco importaba el ángulo o si se proyectaba desde un lado o desde el otro. No se reflejaba, chocaba o desviaba. Sólo desaparecía.

Lo mismo sucedió cuando optaron por introducir objetos físicos. ¿Acaso se destruían sin más? ¿O quedaban atomizados para reaparecer en otro lugar?

Pero ese lugar nunca fue encontrado.

Probaron a lanzar dispositivos que pudieran emitir en todas las bandas de comunicación conocidas, pero la señal se perdía en cuanto el objeto cruzaba el misterioso umbral. Para siempre.

Pero lo que más perturbaba a los mandos era que aquella cosa permaneciese inerte. Pronto quedaron atrás las delicadezas y comenzaron a bombardearla con todo cuanto se les pasó por la cabeza, ansiosos de que lanzase alguna lectura, de que respondiese de alguna manera a tan agresiva provocación.

Nada. Continuó siendo un negro disco de poco más de dos metros de diámetro que flotaba en el aire de un laboratorio, capaz de tragárselo todo.

El ansia dio paso al hastío. A la frustración. A una descorazonadora decepción.

Y cuando, años después, al desclasificarse los documentos se descubrió cómo podían crearse más de aquellos agujeros a voluntad, así como eliminarlos, con un gasto mínimo de energía, todos los gobiernos y agencias privadas quisieron disponer de su propio juguete.

Sin embargo, a la larga sus peculiares características lo revelaron como un descubrimiento no apto para fines bélicos. Casi dio la impresión de que el propio disco se hubiese tragado la ilimitada financiación de la que antes estaba dotado su estudio. Porque como sucedía con todo cuanto penetraba en su interior, de los fondos no quedó ni rastro.

Sí terminaron por encontrarle alguna utilidad en el ámbito público. Principalmente como triturador de basuras.

Nadie sabía adónde iban aquellas toneladas y toneladas de residuos que entraban por su boca día tras día, pero un creciente número de ciudades aprovecharon la coyuntura para abanderar una cruzada ecológica en favor del medio ambiente. Se cerraron las plantas incineradoras de basuras y se redujeron, en gran medida, los vertidos tóxicos a las aguas. Las centrales nucleares fueron las principales beneficiadas por este desempeño, liberadas de la responsabilidad (y del gasto en cifras astronómicas) que suponía deshacerse de sus peligrosos residuos radiactivos.

La creación de agujeros horizontales al suelo, de un diámetro superior, supuso un gran hallazgo por la sencillez que aportaba al proceso: que la fuerza de la gravedad se encargase del tránsito.

Incluso hubo quienes decidieron dotar al asunto de cierta espiritualidad y lucrativo romanticismo. Sus lemas proponían: «Al final de tus días, hazte uno con el universo».

¿Por qué no? A fin de cuentas, mantener un nicho o sepultura conllevaba unos elevados costes y tampoco eran pocos los cementerios que habían superado su lúgubre aforo. En tanto algunas agencias funerarias ofrecían este original servicio engalanadas de margaritas y al son de la música New Age, otras aprovechaban para, a escondidas, dar salida a su malogrado stock.

Y todo marchaba a las mil maravillas, con una Tierra entregada a un lento proceso de regeneración y sus habitantes, felices, fundiéndose con el cosmos… Hasta que, a través de aquellos ultrajados desgarrones abiertos en el tejido del universo, por aquellos portales a lo desconocido que con tanto abandono se decidió emplear como estercoleros de lo humano, por primera vez, algo emergió.

Los muertos querían regresar.

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