Blanca prórroga

Blanca prórroga
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Sin duda, se trataba de la peor noche de invierno que se recordaba en años.

El rítmico flap-flap del limpiaparabrisas invitaba a cerrar los ojos y dejarse llevar, acunados por las sinuosas ráfagas de viento que eventualmente balanceaban el vehículo.

Los algodonosos copos se amontonaban en la luna delantera, implacablemente eliminados tras el periódico barrido de las escobillas de plástico duro; sólo para volver a enseñorearse del cristal a la espera de la siguiente pasada.

Frente al volante, Marko entornaba los ojos desde hacía horas para no perder de vista los emborronados márgenes de aquella carretera regional, con las manos tensas a las diez y diez en el supuesto reloj y tanto el cuello como los hombros rígidos a causa de la forzada postura. A su lado, Emilie forcejeaba con los dobleces del mapa que tenía desplegado sobre las piernas, escudriñando con la limitada luz que proporcionaba el vehículo dónde podrían encontrarse en aquella maraña de líneas que recorrían los límites de la frontera alemana.

El termómetro del coche hacía tiempo que había dejado de marcar unos rotundos cero grados para añadir una preocupante franja horizontal a su izquierda y acumular un pausado, pero creciente, número de víctimas. En aquel instante, ya eran cinco los grados que habían caído bajo el empuje del frío.

Y los hados de la noche apenas habían comenzado a desatar su furia.

—Es posible que estemos más o menos por aquí.

Marko, que no podía permitirse el lujo de apartar la mirada de la perenne capa moteada que cubría el parabrisas, ni tampoco estaba dispuesto a detenerse en el arcén, echó un fugaz vistazo al lugar que señalaba el dedo de su mujer y gruñó a modo de respuesta.

—Sí, tiene que ser la L434 —reiteró Emilie, más convencida—. ¿No ves ninguna señal que nos lo pueda confirmar?

—¿La ves tú? —replicó él.

La nieve azotaba el cristal delantero con fiera determinación, mientras que la falta de farolas impedía a Emilie divisar nada a través de su ventanilla.

—¿Y si abro un poco el cristal?

—¿Qué quieres? ¿Que nos congelemos? ¿Sabes el frío que hace ahí fuera?

—Sólo sería un momento —se disculpó ella.

—Basta sólo un momento para que una racha de viento se cuele por la ventanilla y nos eche de la carretera —acusó Marko—. ¿Es eso lo que quieres? ¿Que acabamos en la cuneta, de noche y en medio de una tormenta?

Emilie torció el getso y decidió no decir nada más. Una súbita ráfaga bamboleó el vehículo y Marko se vio obligado a girar el volante para aguantar la embestida y mantener la trazada. Su orgulloso silencio equivalió a un satisfecho ¿lo ves? para los sensibles oídos de la mujer.

—No debimos tomar aquel desvío de la principal.

Los kilómetros iban transcurriendo sin que nada cambiase en el panorama. El termómetro reflejaba ya unos alarmantes menos siete grados y los límites de la carretera resultaban cada vez más confusos. Más allá, árboles y más árboles cerraban el paso al horizonte.

—A buenas horas —respondió él, retrepado como un ave de presa sobre el volante—. No te pareció tan mala idea cuando creías tenerlo controlado en tu mapa.

—Aunque no te lo creas, no siempre todo es culpa mía —se defendió Emilie.

—Tuya fue la idea de que este año celebrásemos el año nuevo en casa de tu hermana —continuó presionando Marko.

—Pero no teníamos por qué ir en coche.

—¿Entonces qué, en avión? —se carcajeó él, sin ningún atisbo de humor.

—En tren. Anna se ofreció a recogernos en la estación.

—Somos capaces de llegar por nuestros propios medios, gracias.

Emilie desvió la mirada hacia la tormenta desatada fuera.

Tampoco ahora añadió más.

—Tengo frío, Marko.

—Emilie, hace frío. Mucho frío.

—Pero tengo frío aquí dentro —insistió ella, arrebujándose en su chaqueta.

Lamentaba haberse puesto medias y falta, con lo abrigada que se hubiese sentido enfundada en unos prácticos pantalones. Pero se había comprado aquel conjuntoprecisamente para aquella ocasión y había estado deseando estrenarlo desde hacía tres semanas. Bastaría con salir del edificio, subirse al Volvo, llegar a Kerkwitz y entrar en la casa de campo de su hermana. Sin más. Ni por un momento se había parado a pensar que pasaría frío durante el trayecto.

—Si subo más la calefacción se empañarán los cristales —justificó él su negativa—. Sólo nos faltaría eso.

—Pero podrías ponerla para que saliera sólo por los pies.

Marko exhaló un bufido de exasperación.

—El calor tiende a subir, Emilie. Aguanta un poco hasta que lleguemos.

Ella había estado esperando, kilómetro tras kilómetro, a descubrir una señal que indicase la cercanía de un área de servicio y así ponerla de excusa para realizar una pausa revitalizadora en el viaje. Pero ni siquiera una simple gasolinera había aparecido al borde de aquella carretera que parecía volverse más agreste y solitaria a medida que la recorrían.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que se cruzaran con el último vehículo?

Los faros del coche súbitamente se reflejaron en los ojos de un corzo que, asustado, se detuvo en su intención de cruzar al otro lado del asfalto.

Marko dio un brusco volantazo que lo llevó a invadir el sentido contrario. Los neumáticos perdieron agarre y resbalaron sin remedio sobre la nieve. Emilie lanzó un grito mientras su marido trataba de hacerse con el coche. El Volvo continuó patinando de lado unos metros más, dio un brusco tropezón y comenzó a dar vueltas de campana. Un poste puso fin a su loca carrera.

Allí quedó el coche, estrellado y volcado sobre la nieve del arcén.

A oscuras y con un agudo zumbido en los oídos, Marko abrió los ojos.

En un primer momento no supo dónde se encontraba. Después, un latigazo de dolor le avisó de que algo no estaba bien. Los faros del Volvo debían haberse roto tras el impacto, porque no alcanzaba a ver nada a través de la telaraña en la que se había convertido la luna delantera. Una profunda sensación de mareo y el solitario piloto que aún emitía una trémula luz en el interior del vehículo daban testimonio de que se hallaba cabeza abajo, anclado al asiento por el cinturón de seguridad. Tendría que haberse preocupado por las quemaduras que la correa había dejado en su torso, pero le preocupó más la agonía que recorrió su ser al tratar de mover las piernas. Agonía que provocó que aullara de dolor.

Fue entonces cuando recordó y giró la cabeza en busca de su mujer.

Emilie colgaba inconsciente —Dios, que estuviera tan sólo inconsciente— del dispositivo de seguridad. Del fuerte golpe que había recibido en la sien manaba abundante sangre.

Intentó girarse, llegar hasta ella, pero el tormento de sus piernas le impedía incluso zafarse del agarre del cinturón. Un penetrante olor asaltó su sentido del olfato. Era gasolina. Y que pudiese olerla desde el interior del vehículo no podía significar menos que una rotura en el depósito de combustible. Al otro lado del parabrisas, un leve resplandor nacía del deformado capó, presagiando lo peor.

—¡Emilie! ¡Por Dios, Emilie! ¡Despierta!

Sus gritos no parecieron dar fruto alguno. Torpe, desabrochó el mecanismo del cinturón y asió la manilla de la puerta en busca de un punto de apoyo desde el cual ejercer presión. El dolor nubló su vista y logró que le pitaran los oídos.

Fuera, la tormenta arreciaba con fuerza.

—¡Emilie! ¡Tenemos que salir de aquí! ¡La gasolina! ¡Hay fuego, Emilie! ¡Fuego!

Un leve espasmo sacudió el cuerpo de su esposa. Su rostro se crispó después en un gesto de amgustia y poco a poco fue recuperando la consciencia, ante los desesperados gritos de Marko.

—¿Qué…? —murmuró la mujer, echándose mano a la brecha de la cabeza.

—¡Emilie! ¡Por lo que más quieras, Emilie! ¡Reacciona!

Al fin ella abrió los ojos, desorientada, incapaz de enfocar correctamente la mirada en aquel extraño entorno que la rodeaba.

—¿Marko? —preguntó víctima de la confusión—. ¿Qué ha pasado? Oh, mi cabeza…

—Hemos sufrido un accidente, Emilie —explicó Marko, tratando de serenarse pero sin dejar de apremiarla—. Escúchame. Estoy herido, no puedo mover las piernas. Apesta a gasolina y el capó se ha incendiado. ¿Estás bien? ¿Puedes moverte? Tenemos que salir, Emilie. ¡Tenemos que salir del coche ya!

Toda aquella súbita información bombardeó el contuso cerebro de la mujer. Pero las ideas fueron calando en ella y no tardó en hacerse cargo de la gravedad de la situación.

—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! —gimió mientras forcejeaba con el cierre del cinturón de seguridad, conseguía después abrirlo y chocaba pesadamente contra el techo del Volvo. Aún así tuvo la suficiente presencia de ánimo para asir la manilla y abrir la puerta.

Las voces de aliento de su esposo fueron de inmediato devoradas por el rugido de la ventisca.

Primero gateando, de rodillas y luego con pasos desmañados y trastabillando cada dos por tres, recuperó a duras penas la verticalidad, mareada y buscando en todo momento con las manos el sostén que le ofrecía la helada carrocería del coche, frente a las rabiosas ráfagas de viento. Rodeó torpemente el ancho del vehículo por la zona posterior —la delantera estaba parcialmente incrustada en el poste retorcido—, hasta alcanzar la puerta del conductor. Marko, desde dentro, chillaba en silencio y la instaba a continuar.

El tufo de la gasolina derramada lo envolvía todo. Sobre el destrozado capó los copos chisporroteaban al contacto con las ansiosas llamas.

El tirador no cedió a la primera tentativa de sus dedos. Tampoco a la segunda. La manilla se movía, tanto desde el interior como desde el exterior del vehículo, pero la puerta se obcecaba en permanecer bloqueada. Emilio tiró con fuerza mientras Marko hacía lo imposible por empujar desde dentro. Cuando romper el cristal y tratar de sacar el cuerpo impedido del hombre por el estrecho ventanuco parecía ya la única y desesperada opción, un chasquido mecánico se hizo oír sobre el fragor de la tormenta.

La puerta se abrió de golpe y Emilie acabó sentada sobre la nieve. Ahora sí podía escuchar las voces de su marido y se obligó a un nuevo esfuerzo para levantarse y llegar hasta él.

El grito agónico de Marko cuando tiró la detuvo asustada. Él cabeceó, flojo, al borde de la consciencia. Sus labios se movieron, pero en un principio no escapó de ellos más sonido que los resuellos de su entrecortada respiración.

—Tienes que hacerlo, Emilie —repetía él con insistencia.

—¡No puedo, Marko! —las lágrimas inundaban sus ojos—. ¡Te duele mucho!

—Escúchame —pidió él, con una calma nacida del sufrimiento—. Si no nos damos prisa, el coche explotará y ya poco me importará el dolor de mis piernas.

—Pero…

—Por favor, hazlo —insistió Marko, tomándola de la mano y tratando de esbozar una forzada sonrisa—. Y no te detengas por nada.

Sin mucho convencimiento ella acabó asintiendo. Se limpió las lágrimas de las mejillas con los mangotes de la chaqueta y tomó una honda bocanada de aire frío más para tranquilizarse que para reunir fuerzas.

—Vamos, ¡ahora!

Y Emilie tiró. Tiró de los brazos extendidos de Marko como jamás había tirado de nada en toda su vida. En sus oídos percutieron los alaridos de su esposo, robándole los ánimos. Pero continuó tirando. Apalancó los pies en el resbaladizo pavimento y, exhalando un chillido, el cuerpo de Marko resbaló inconsciente sobre la nieve.

Aunque llegados a ese punto, ahí no acababa su labor.

Tambaleándose súbitamente mareada, se inclinó sobre su esposo y dio gracias a Dios porque el hielo que cubría el piso le permitiera arrastrar un peso muerto que de otro modo jamás hubiese podido desplazar ni medio metro.

El crepitar de las crecientes llamas quiso hacerse escuchar por encima de los fuertes vientos. Y finalmente lo logró, cuando la explosión iluminó la blanca noche, haciendo volar metralla por doquier.

Pero Marko se encontraba a salvo. Emilie lo había conseguido, alejándole lo necesario para no temer el estallido ni la lluvia de fragmentos de coche que precipitó después.

Inclinada sobre él, lo abrazó con fuerza.

Seguían vivos.

Perdidos.

De noche.

En la nieve.

—¿Has visto algo que podamos usar?

Aunque de espaldas a ella, Marko reconoció el crujido de los pasos de su mujer sobre la nieve.

Lo peor de la tormenta había pasado. Los vientos habían amainado y una extraña calma se había adueñado del paisaje, invitando a sumirse en un sueño reparador. Los copos, convertidos ahora en apenas gruesas motas de polvo, continuaban cayendo de los cielos con una afluencia, que aunque no torrentosa, sí consistente e inagotable.

Las llamas, al verse privadas de sustento, habían terminado por rendirse y sofocarse ante el helor nocturno. Y aunque la noche impedía distinguir las negruzcas volutas de humo que aún escapaban del vehículo calcinado, su tacto grasiento sí llegaba hasta ellos.

El peligro de congelación era muy real, así que Emilie había acudido al lugar del siniestro en busca de cualquier cosa que pudieran emplear para resguardarse ante el frío. Sin embargo, regresaba con las manos vacías.

—No queda nada —lamentó al tiempo que se arrodillaba a su lado.

—¿Y mi chaqueta? ¿No viste mi chaqueta? —insistió él, temblando desde su postrada postura. Se sentaba sobre una maltrecha lona de plástico que no lograba aislarlo del helado contacto de la nieve, con la espalda apoyada contra el suave tronco de uno de los numerosos hayas que poblaban la zona.

Por mucho que se esforzase no lograba evitar que su vista se desviase para admirar el grotesco modo en que se doblaban sus piernas—. ¿Y las mantas? En el maletero llevaba al menos un par de mantas. ¿No las viste? ¡En el maletero!

—¡Ya no hay ningún maletero! —estalló Emilie, que se llevó una mano a la cabeza y perdió por un instante el equilibrio, ladeándose peligrosamente.

Los brazos de Marko no pudieron proporcionarle ninguna ayuda desde donde se hallaba. No obstante, ella se recompuso y parpadeó con fuerza, en un intento de enfocar la mirada.

—¿Estás bien? —se interesó él, superado su anterior arrebato.

—Ya ha pasado —zanjó ella, apartando la mano de la magulladura de la sien.

—Pero debe quedar algo, algo que nos pueda servir —gimoteó Marko—. Hace rato que se fue el dolor de las piernas, Emilie. Ahora sólo me dan pinchazos en la espalda. Estoy preocupado.

En sus ojos se podía leer lo que realmente sentía.

Miedo.

—Es por el frío —aseguró ella con un convencimiento que no sentía—. Si pudiésemos calentarnos…

Marko buscó algo en sus bolsillos, como si de pronto hubiese recordado algo. Al poco extrajo un paquete de cigarrillos y un mechero. Con dedos torpes cogió un pitillo y procedió a encenderlo ante la atónita mirada de su mujer.

—¿Qué? —se defendió él.

—Me dijiste que lo habías dejado. Que esta vez sí lo dejarías.

—Y lo dejé… Por un tiempo.

Él pareció encontrar una paz inmediata en las bocanadas de humo que extrajo del cigarrillo, indiferente al gesto de incredulidad que exhibía el rostro de su mujer. La tiritera y el castañeteo de sus dientes quedaron en segundo plano ante el alivio que le aportaba al hombre su dosis de nicotina.

—Daré otra vuelta, a ver si encuentro algo —dijo ella, levantándose y dispuesta a internarse sola en el bosque.

Él no la detuvo.

De la misma guisa lo encontró a su regreso.

Adormilado y con los restos de un pitillo entre los dedos, Marko permanecía recostado contra el árbol, rendido al embate del frío.

Emilie tuvo que sacudirlo un par de veces antes de que consiguiera hacerlo reaccionar. El hombre despertó malhumorado, del mismo modo que si lo hubiesen interrumpido durante un sueño que no quisiese abandonar. Cuando al fin había conseguido sentirse en paz, aquella mujer lo había obligado con su maldita insistencia a regresar a una realidad hostil, pletórica de dolor y sin esperanza alguna. Y sin embargo ella no se mostraba dispuesta a desistir en su empeño.

—Ayúdame —pidió Emilie, agachándose a su lado—. Tenemos que irnos.

—¿Adónde? —refunfuñó él, reacio a moverse. Mucho le había costado encontrar una postura cómoda para sus maltrechas piernas y no la abandonaría sin un buen motivo.

—He encontrado algo —repuso críptica Emilie. Su mirada parecía extraviada.

—¿Cómo que algo? ¿Qué significa que has encontrado algo? ¿Un refugio de los forestales? Si se trata de un teléfono para emergencia, ve tú y avisa de dónde estamos. Luego ven a buscarme, no soy más que un estorbo. Joder, qué frío…

—Cuidado, no vayas a resbalar. Sujétate.

Sin dar su brazo a torcer, la menuda Emilie aferró uno de los extremos del plástico sobre el que se aposentaba su marido y tiró con firmeza. Marko se bamboleó al perder el equilibrio y necesitó hundir las manos en la nieve para no caer a un lado. Pese a sus protestas, ella consiguió hacerlo girar y, paso a paso, comenzó a arrastrarlo sobre la blanca alfombra invernal.

No era una noche cerrada. En lo alto, la luna llena resplandecía entre las nubes y confería al bosque una cualidad casi preternatural. Cualquiera esperaría oír el aullido de los lobos, más el único sonido que rompía la quietud de la foresta eran las cadenciosas pisadas de Emilie y el fru-fru de la lona al deslizar.

Más de media hora transcurrió antes de que la mujer diese señales de agotamiento. Sin previo aviso, sus dedos soltaron el plástico y Emilie se derrumbó postrándose de rodillas sobre la nieve, con la cabeza ligeramente ladeada.

—¿Emilie?

De espaldas como estaba, aquel inesperado parón en su rítmico avance tomó a Marko por sorpresa. Como tortuga panza arriba trató de girarse para descubrir a qué se debía aquella parada.

Ella no dio la impresión de oírle. Como una estatua había quedado allí arrodillada, con los brazos caídos a los lados y el cabello agitado por la brisa.

—¡Emilie! ¡Por Dios, contesta!

Como quien despierta de una ensoñación, las fuerzas reanimaron su menudo cuerpo. No tardó en enderezarse y, con gran aplomo, exhaló un suspiro y se volvió para mirar a su angustiado marido y dedicarle una trémula sonrisa.

—¿Emilie?

—Ya ha pasado —calmó ella—. Estoy mejor.

—Deja de tirar. No estamos yendo a ninguna parte y lo único que has conseguido ha sido agotarte. —En su mirada se apreciaba un atisbo de resignación—. Déjalo.

Déjame y sálvate tú.

—No pienso dejarte —zanjó Emilie con un firme cabeceo que afectó su sentido del equilibrio por un instante. Por la mueca que cruzó por su cara, una aguda punzada de dolor había percutido en su cabeza—. Aguanta un poco más. Ya estamos llegando.

Con implacable determinación, los fríos dedos de la mujer aferraron el extremo de la lona y reanudó la marcha.

Detrás, entre avergonzado y culpable, Marko comenzó a rezar para sus adentros.

—Aquí es.

Marko intentó girarse para ver, esperando descubrir un refugio o una estructura similar, pero allí no encontró más que nieve y más nieve entre las omnipresentes hayas.

—¿El qué es aquí? —preguntó.

—Ahora lo verás.

No comprendía de dónde extraía su esposa las energías, pero tan pronto lo soltó Emilie se apresuró a acercarse a un tupido matorral situado junto a un tronco partido. Con las manos desnudas se puso a escarbar en la tierra; una tierra que Marko advirtió entonces, no estaba cubierta por el grueso manto níveo que dominaba el entorno.

—El viento viene del Norte —expuso ella sin interrumpir su labor—, así que el arbusto nos proporcionará algo de cobijo.

—¿Vas a enterrarme ahí dentro?

—Sólo aparto la capa más superficial —dijo—. Vamos.

Supuso un gran esfuerzo trasladar a Marko hasta aquella zona despejada, pero entre ambos terminaron por conseguirlo. Después ella utilizó la lona a modo de manta aislante sobre el cuerpo de su esposo. Quizá no le proporcionase calor, pero le ayudaría a conservar el poco que su cuerpo generara y lo protegería del viento.

Marko contemplaba con asombro aquel despliegue de inusitada actividad. Si no la desconocía, al menos sí había olvidado por completo aquella faceta de su esposa. Recordó, muchos años atrás, aquella época en la que disfrutaban haciendo rutas de senderismo por la montaña. Los días de acampada, las hogueras nocturnas junto al lago. Aquellos tiempos antes de… antes de que…

Antes de que todo se fuera al Infierno.

—¿Aún guardas el mechero?

Aunque en su voz no se apreciaba un tono de reproche, él no pudo evitar saltar a la defensiva.

—Pues claro que lo tengo.

—Eso está bien, porque nos hará falta.

Con un esmero envidiable, Emilie hizo acopio de ramas, corteza de árbol y pequeños trozos de madera, y los fue disponiendo con deliberada intención en otro pequeño hoyo que también había horadado en la tierra. La estructura fue tomando paulatinamente la forma de un tipi, aquellas tiendas cónicas características de los indios americanos. Nutrió su corazón con raíces y hojas que había extraído del interior del frondoso arbusto. La madera no estaba ni mucho menos seca, pero el intenso frío había evitado durante las últimas semanas que precipitara en forma de lluvia, por lo que la leña estaba húmeda y no empapada. La guinda del pastel la puso al extraer un minúsculo frasquito del bolsillo de su chaqueta. Aquella pequeña muestra de colonia quizá le proporcionaría a la hoguera la oportunidad de convertirse en algo más que en una vana ilusión.

—Dame los cigarillos.

Algo reluctante al principio, a Marko no le resultó sencillo dar aquel simple paso. A su mente llegó entonces la imagen en dibujo animado de un muñeco de nieve vestido con su ropa y caracterizado con sus facciones; y con un pitillo humeando en sus labios congelados. Le resultó tan absurda aquella idea que no pudo menos que dejar a un lado sus ansias por fumar y concederle a Emilie el voto de confianza.

Ella tomó de sus manos entumecidas el paquete de tabaco y, sin decir más, procedió a partir los pocos cigarrillos que quedaban y distribuirlos entre la madera.

—¿Crees que prenderá? —musitó Marko entre castañeteos. Toda su esperanza depositada en aquel variopinto hatillo de troncos y ramas.

—Dios quiera que así sea —contestó ella, dejando entrever por un instante que tras aquel biombo de determinación subyacía un corazón encogido ante un posible —y trágico— fracaso.

—Entonces así será —añadió él dejando asomar una sonrisa, en un intento por reconfortarla y reconociéndole así el mérito por sus esfuerzos.

Emilie volvió a tantear la estructura del tipi. Movió unas ramas apenas unos centímetros, cambió la orientación de un leño de mayor tamaño y hundió la mano en la hojarasca para modificar la posición de un cigarrillo que no lograba satisfacerla.

—Vamos, no lo pienses más.

Asintió con fuerza y apretó el mechero entre los dedos. La chispa encendió a la primera. Usando la otra mano a modo de pantalla, arrimó la pequeña llama a la hoguera. Precedido de un humillo blanco, la acción del mechero logró prender algunas hojillas. Acto seguido se dispuso a hacer lo mismo en otro punto de la fogata, y después en otro. Y en otro más. El vapor de agua se elevaba ahora de forma más constante, presentando batalla a las llamas que luchaban por abrirse camino en la madera húmeda. Éstas titilaron por un instante, amenazando con apagarse, pero Emilie se mostró atenta y con un par de suaves y oportunos soplidos se bastó para avivar las mortecinas lenguas ígneas.

Despacio, sin asomo de prisa, el fuego fue ganando consistencia. Las ondas de calor no tardaron en acariciar sus ateridos rostros.

Satisfecha, acudió al lado de su marido y trató de cobijar a ambos bajo la exigua protección del plástico.

—Bendito fuego —alcanzó a musitar Marko.

Ella no contestó, hipnotizada por la danza de las llamas.

—¿Crees que nos encontrarán?

—Anna dará aviso a emergencias al no saber de nosotros —aventuró Emilie.

—Pero no saben dónde estamos, qué carretera tomamos. —Marko se detuvo al sentir un súbito aguijonazo—. Las piernas, me duelen…

—La explosión del coche, esta hoguera en medio del bosque, de noche. Tienen que venir a investigar, ahora que la tormenta ha pasado.

—No creo que pueda aguantar hasta que lleguen… ¡Maldita sea! ¡El dolor!

—Debes tratar de calmarte. Es la circulación de la sangre, que vuelve a activarse por el efecto del calor. Estabas medio congelado, por eso antes no sentías nada.

—Pues entonces las prefiero congeladas.

—No digas eso.

—¿Por qué no? Mira cómo están. Dudo que vuelva a andar. Otra cosa más para lo que no sirvo. Menuda joya te llevaste —se burló él.

—No hables así. Eso forma parte del pasado. No saques ese tema precisamente ahora.

—Lo que es verdad, lo es tanto ahora como hace veinte años —insistió—. ¿Qué sentido tiene negarlo?

—Nunca te he culpado por ello —alegó Emilie—. No pudimos tener hijos. No es algo que tú decidieras hacer o no, como fumar.

—¡Ah! Pero del tema del tabaco sí podemos hablar, ¿no?

—Marko, no es lo mismo… —negó ella con la cabeza—. Además, eras tú quien llevaba una cajetilla en el bolsillo cuando prometiste que no volverías a hacerlo.

—Y no lo hubiese hecho de no ser por toda la mierda que he tenido que tragar desde que trabajo en la oficina.

—Yo no te pedí que renunciaras a tu antiguo puesto y nos mudáramos.

—¿Entonces qué? ¿Mejor seguir viendo esa cara avinagrada que me ponías cada vez que llegaba a casa por la noche?

—Eso no tiene nada que ver…

—¿Tanto te molestaba vivir en el centro? —Marko dio la impresión de hallar en aquel momento la espita para dar rienda suelta a todo el rencor que guardaba dentro—. Joder, Emilie, era una buena casa, más grande de lo que realmente la necesitábamos. Estaba bien comunicada, con grandes superficies a la vuelta de la esquina y rodeados de zonas ajardinadas. Hasta la comunidad, en general, era buena, sin esos gilipollas de los Schulze dando por culo a cada momento. ¿Sabes que el martes volví a encontrarme un rayón en el coche? Y no a causa de un roce. ¡Ese rayón estaba hecho con una llave!

»Echo de menos a Thomas y a Emma —el tono de su voz descendió unos grados—. ¿No te llevabas bien con Emma, Emilie? Si quedabais juntas para ir de compras, a tomar café y hablar de vuestras cosas, mientras Thomas y yo veíamos los partidos de fútbol… ¿Acaso tú no les echas de menos? Eran buenos tiempos… ¿Emilie? Estás llorando, ¿qué te sucede?

—¡Claro que los echo de menos! —no pudo menos que exclamar ella, angustiada y dolida a partes iguales—. ¿Es que crees que no me gustaba la vida que llevábamos? ¿Que fue fácil para mí romper con todo y tener que volver a empezar desde cero? ¡Allí estaba mi vida, mi casa, mis amigos, mis clases de piano…!

—¡Cada vez te entiendo menos! —exhaló él, llevándose las manos a los cabellos—. ¡Entonces por qué tuvimos que irnos! ¡A qué venía esa maldita actitud tuya, como si todo te asquease!

—¡Porque me sentía asqueada, Marko! ¡Porque me daba asco verte llegar tan tarde a casa, tan feliz y satisfecho, y que te metieras en nuestra cama, después de haber estado con… ella!

Él pestañeó en un par de ocasiones, confundido y con las manos aún en alto, como el actor que de repente se descubre con un libreto ajeno a la obra que se está interpretando. La mirada que le dedicó a su mujer fue de total extrañeza.

—¿Qué ella? —quiso saber—. ¿Qué demonios me estás queriendo decir, Emilie? Conella no te estarás refiriendo a Sarah, ¿verdad?

—¡No vuelvas a pronunciar su puñetero nombre! —chilló Emilie, fuera de sí.

Marko no alcanzaba a entender el motivo de su desmedida reacción, tan fuera de lugar en una persona tan pacífica como lo era ella. Fue entonces cuando creyó encontrarle algún sentido a lo que sucedía.

—P-pero… Emilie. ¿Crees que tuve un…? ¿Que tuve un lío con… ella? Oh, Dios. Emilie…

—¡No te atrevas a negarlo! No, no te atrevas —replicó ella ahora, no rabiosa, pero sí vehemente—. ¿Por qué, si no, os quedabais tantas noches trabajando, solos, en el estudio?

—¡Por Dios! ¡Tú misma acabas de decirlo! ¡Trabajando! —terció Marko, buscando templar el tono de su voz—. Sarah no era sólo una ayudante, Emilie. Tenía una gran creatividad y fue ella con sus ideas e infinito tesón quien sacó adelante los últimos proyectos. También fue ella quien me prestó consuelo cuando empezó a haber problemas entre nosotros.

»Y antes de que digas nada —agregó antes de que ella pudiera decir nada que pudiera lamentar después—, te diré que su consuelo tan sólo consistió en escucharme pacientemente cuando me derrumbaba, perdía los estribos y me entraban ganas de mandar todo al garete. Sarah nunca se cansó de repetirme que me tomara las cosas con calma, que sólo debía aguardar a que la tormenta amainara y todo volviera a su cauce. Que eras una mujer maravillosa y que sería un estúpido si permitía que desaparecieras de mi vida.

Cuando Marko le tendió una mano abierta, con una cálida sonrisa de disculpa dibujada en los labios, Emilie rompió a llorar desconsoladamente, expulsando con su desaforado llanto las lágrimas contenidas y alimentadas durante tantos años.

—¿Durante todo este tiempo, el trabajo, la casa —alzó la temblorosa mano para acariciarle la mejilla—, has estado sufriendo pensando que te engañaba?

—Lo siento… Lo siento… Lo siento…

—Por Dios, Emilie… —susurró Marko tirando de ella para abrazarla.

—Siento haber dudado de ti… —gimió ella, buscando refugio en su pecho.

—Y yo siento haber estado tan ciego, haber sido tan egoísta como para no haberme dado cuenta de lo que te pasaba.

Las llamas del fuego crepitaban en la nieve, bañando con su trémulo resplandor el abrazo de una pareja de enamorados que, después de más veinte años y a pesar de nunca haberse llegado a separar, habían vuelto a reencontrarse aquella mágica noche.

—¿Emilie?

—¿Sí, Marko?

—Gracias por salvarme la vida —apuntó él, con un extraño brillo en la mirada—. Además por tres veces.

—¿Tres? —Ella se incorporó, un tanto confusa.

—La primera al sacarme del coche antes de que explotara —enumeró él usando los dedos. La segunda cuando me trajiste hasta aquí, encendiste esta maravillosa hoguera y evitaste que me congelara.

—¿Y la tercera?

—La tercera… —se hizo de rogar—. La tercera fue al devolverme la ilusión y darme las ganas para seguir viviendo. Gracias.

—¡Oh!

Emilie lo abrazó de nuevo. En sus ojos otra vez vidriosos ya no había lugar para lágrimas fruto de la aflicción.

—Ya, ya, con cuidado. Mis piernas, recuerda —la advirtió él, pero sin perder la pícara sonrisa de la que ella una vez se enamorara.

—Marko… ¿En qué momento nos abandonamos y dejamos de darnos las gracias por lo que hacíamos el uno para el otro?

—Nunca debió haber ocurrido.

—No, nunca —convino Emilie—. Gracias por todos los sacrificios que hiciste por intentar que me sintiera mejor.

Cuando él quiso contestar, Emilie alzó la mirada hacia el horizonte y prosiguió.

—Creo que está amaneciendo, el cielo comienza a clarear. Tengo mucho sueño…

—Aguanta, mi niña… —susurró a la par que le ofrecía su hombro para que descansara. De repente, algo llamó su atención y le hizo levantar cabeza—. ¿Has oído eso?

—¿Mm? —alcanzó a murmurar ella.

—Me pareció haber oído el ladrido de un perro… ¡Sí! ¡Son ladridos! —exclamó al confirmar que estaba en lo cierto—. ¡Emilie! ¡Creo que es una patrulla de búsqueda!

Cada vez más cerca se oían los ansiosos ladridos de los animales, frenéticos tras haber dado con el rastro.

—¡Nos han encontrado! ¡Estamos a salvo, Emilie! ¡A salvo!

Fue cuando Marko se giró para averiguar por qué motivo su mujer no se unía a sus propios gritos de alegría, que la descubrió plácidamente dormida entre sus brazos.

Plácida y rendidamente dormida.

—¿Emilie…?

Pero Emilie no respondía a sus insistentes llamadas. Tampoco parecía respirar. Intentó agitarla, sacudirla, hacerla reaccionar de cualquier modo. Las voces humanas se mezclaron con los ladridos de los canes más allá de la vista, enmarcados por los haces de las linternas que ya se filtraban entre los troncos de las hayas.

Pero Marko sólo tenía ojos para Emilie, su pequeña Emilie, que con rostro sereno se negaba a despertar.

—Permítame que me presente: soy el oficial Kähler, y éste es mi compañero, el agente Dohrm, del Departamento de Policía de Brandenburgo. Antes de nada, señor Mattheus, queremos hacerle llegar nuestro más sentido pésame.

Marko asintió, pesaroso, desde la cama del hospital donde se hallaba convaleciente.

Tan rápido como la unidad canina de la policía había dado con su paradero, Marko había sido rápidamente trasladado a Postdam, y una vez allí había ido recorriendo diferentes salas y quirófanos, a tenor de los importantes traumas que había sufrido en las piernas y a consecuencia de los daños por congelación.

Había sido intervenido ya en cinco ocasiones, y no se descartaba la necesidad de una sexta. Una dura rehabilitación le aguardaba al finalizar el proceso, siempre con la voz de ánimo de boca de médicos y enfermeras de que la columna no había resultado afectada: volvería a caminar.

Pero aquellas palabras distaban mucho de lograr animar a aquel apesadumbrado superviviente del frío.

—Nos hacemos cargo de lo reciente que aún debe ser para usted todo esto —se excusó Kähler—, pero es preciso que recabemos la información oportuna para redactar un informe sobre el suceso.

—Lo entiendo, agente —aceptó Marko, admirando la profunda tonalidad azulada del cielo que alcanzaba a ver a través de la ventana—. Adelante.

—Permítame que le exponga lo que tenemos hasta el momento y no se abstenga en corregirme si lo considera preciso. —Tras la afirmación del paciente, continuó—. Usted y la señora Mattheus viajaban desde Berlín hacia Kerkwitz, cerca de Guben, en un vehículo Volvo, modelo V40, color gris oscuro y matrícula…

El capitán fue enumerando todos los datos que disponían referentes al coche, el itinerario planeado y el que, tras la confusión en el desvío, en realidad habían seguido; al respecto de las funestas condiciones meteorológicas y del estado de las carreteras, el lance con el animal —quizá se tratara de un corzo— con el que se habían topado y que a la postre había provocado el accidente; el choque con el postre señalizador y la posterior explosión del vehículo tras perforarse el depósito de la gasolina.

Todo esto fue confirmando Marko de manera paciente, a la par que corregía y añadía pequeños detalles que en el informe preliminar habían sido pasados por alto.

—La situación es clara, poco falta por decir —aseveró el policía—. Y sin embargo… Existe algo que no llegamos a comprender —comentó, cruzando la mirada con su compañero.

Aquel curioso gesto llamó la atención de Marko, que no dudó en preguntar.

—¿De qué se trata?

—No es que dudemos de su testimonio, ni pongamos en tela de juicio su pericia ni sus conocimientos de supervivencia —comenzó Kähler—. Pero comprenda que, en su desafortunado estado, nos cuesta imaginar no sólo cómo logró escapar del vehículo e internarse un par de kilómetros en el bosque, sino también cómo se las ingenió además para preparar una hoguera en la nieve y así mantenerse con vida hasta que llegasen los equipos de salvamento.

—Creo que no lo entiendo… —titubeó confuso.

—Estamos francamente admirados de su coraje a la hora de afrontar tan angustiosos momentos… —siguió el otro agente.

—Lo lamento, señores, pero están muy equivocados —decidió interrumpir al fin—. El mérito, todo el mérito, es de Emilie. Fue ella quien me sacó del coche cuando estaba atrapado, quien tiró de mí en la nieve y quien encendió aquel fuego cuando lo más fácil hubiera sido rendirse y morir. —En aquel punto el dolor por la pérdida volvió a ahogarlo—. Si tan sólo hubiese aguantado un poco más…

Aún entre las lágrimas que enturbiaban su visión, no le pasaron desapercibidas las miradas de extrañeza que descubrió en los rostros de los dos oficiales.

—¿Qué sucede? ¿Por qué me miran de ese modo?

—Señor Mattheus —empezó Kähler, bajando el tono, casi como si compartiera una confidencia—. El cuerpo de su esposa fue hallado entre los restos calcinados del coche. La señora Mattheus nunca llegó a abandonar el vehículo.

Y bien, ¿qué opinas?