Cálculo de humanos

Cálculo de humanos
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—Pase por aquí, señor Steinweis.

La curiosa comitiva formada por un trajeado ejecutivo y técnicos con batas blancas franqueó las puertas de policromato plástico cuando el científico y relaciones públicas del evento introdujo su biotarjeta y permitió que el sensor tomara una instantánea de su retina. El procedimiento pareció resultar satisfactorio, pues ni saltaron los cierres de titanio endurecido de sus anclajes, ni estallaron las alarmas en un jolgorio de luces estroboscópicas y aullantes alaridos.

—Así que —los ojos del acaudalado hombrecillo de ralo cabello engominado y desenfadadas maneras brillaban de ávida expectación—, por fin voy a conocer al engendro metálico al que he destinado tantos millones de dólares.

—En realidad, señor Steinweis, no es exáctamente así.

La configuración de las paredes de la cámara a la que llegaron tenía forma de dodecaedro. En su centro, un grueso nudo de resplandecientes cables semitransparentes que nacía del techo y se perdía en el piso inferior quedaba protegido por una gruesa mampara de cristal. En cada cara de la figura se repartían pantallas y más técnicos, hombres y mujeres con los mismos amplios atuendos albos, las atendían. Otro altar levantado al insaciable y exigente Dios Máquina.

—Como puede comprobar —hizo un gesto con los brazos como si tratara de abarcar el lugar—, desde esta sala nuestros especialistas coordinan el acceso a Aexón IX y gestionan la información, tanto de entrada como de salida, que tan preciada nos resulta. El espacio físico que engloba el núcleo cerebral del superordenador llenaría esta habitación, y otras doscientas más como ésta. Por si se lo pregunta, la criatura se halla enterrada a varios cientos de metros de profundidad, en multitud de cámaras especialmente diseñadas para su conservación a menos de cincuenta grados centígrados de temperatura y condiciones de humedad inferiores al cero coma cinco por ciento, enlazadas entre sí por medio de una red de túneles que cubren decenas de kilómetros en su recorrido.

—Cuánto frío, ¿verdad? —sentenció Steinweis, satisfecho.

—Sí, mucho frío.

—Entonces, ¿qué es lo que me va a enseñar?

—Esta sala —procedió a explicar— es uno de los tres puntos neurálgicos desde donde se puede interactuar directamente con la grandiosa mente de cristales de silicio de Aexón. Digamos que desde estas terminales le suministramos la carga informativa que precisa y le planteamos nuestras preguntas.

—¿Preguntas dice?

—Como ya sabe, el creciente éxito de nuestra corporación es la de optimizar el rendimiento de instalaciones y espacios destinados a la siempre en alza colonización especial. No tan importante es patentar y construir un megamotor tunelador o una geocúpula gravitatoria como estudiar cuánta mano de obra será necesaria para fabricarla y manejarla, y cuánto personal habrá que contratar después para realizar las tareas de mantenimiento. Usted puede adquirir un jet privado que le cueste sus buenos cien mil dólares, pero si luego entre el piloto que lo vuela, el personal que lo asiste durante el tránsito, los mecánicos que supervisan su puesta al día, el combustible gastado en cada viaje, la adquisición de piezas de reemplazo, etc., suponen a largo plazo un gasto de varios cientos de miles, incluso millones de dólares…

—Comprendo —admitió Steinweis, pensativo. Aquellos datos sí entraban en su radio de conocimiento.

—Pues nuestra dedicación, aquello de lo que somos pioneros y que nos concede tan holgado margen de beneficios, es plantear hasta qué punto resulta económicamente viable, a medio o largo plazo, invertir en una empresa y hasta dónde podemos llegar para sacarle el máximo partido —sonrió el científico con malicia. Después dio un par de palmadas a una de las pantallas encendidas—. Y para esa labor, contamos con Aexón.

—Cuénteme más.

—Si le soy sincero, el valor de nuestro trabajo ha consistido en confiar a una máquina una ingente cantidad de información, años y años introduciendo datos de manera continuada, relativa tanto a los ecosistemas que nos competen como referente al propio ser humano. Costumbres, formas de pensamiento, religión, caracteres, acción-reacción, desarrollos culturales, características de las etnias, acontecimientos históricos y sus consecuencias, condiciones climáticas y del terreno, tendencias, ambiciones, impulsos, necesidades, capacidades, anhelos… En definitiva, todo lo que hace al ser humano tal y como es. Incluso los técnicos encargados de la misión de alimentar a la bestia le brindaron tributo con sus propios perfiles psicológicos —bromeó—. Bueno, en realidad todos los que formamos parte de CrystalBrain Corp. hemos contribuido con un detallado informe de nuestros perfiles.

—¿Lo que quiere decir —intervino el hombrecillo, absolutamente prendido en la conversación—, es que esta máquina puede medir lo que puede y no puede hacer un hombre y usar ese resultado para su máxima explotación?

—Compruébelo usted mismo. Sólo tiene que consultar el índice de beneficios de la empresa al cierre de la última jornada. Y las posibilidades se incrementan año tras año.

—Fabuloso.

—Siéntese, por favor, señor Steinweis. Voy a hacerle una demostración.

El científico se acercó al teclado de la terminal frente a Steinweis y procedió a ejecutar una serie de entradas en la máquina. Un pitido y un cambio en la apariencia de la pantalla le confirmaron que Aexón IX estaba preparado para satisfacer sus demandas.

—El interfaz es uno de los detalles que más se han cuidado —comentó—. A excepción de funciones más específicas de control interno, la comunicación con Aexón se establece mediante consultas expresadas por la exposición de interrogantes. Lo que antes le decía depreguntarle. Mientras la sintaxis sea precisa y correctamente planteada, basta con una simple pregunta para que nuestro superdotado amigo nos dé la respuesta que buscamos. Un ejemplo.

A medida que iba tecleando, las letras aparecían en el monitor. No fue hasta que confirmó la solicitud que el sistema comenzó a evaluar la petición y trabajar en el resultado.

> ¿Cuánto tiempo se estima que sería necesario para que un grupo mínimo de técnicos construyeran una plataforma de radioamplificación solar aerosustentada modelo ZX-300?_

Pasados apenas un par de segundos, sonó un pitido y columnas de datos se deslizaron por la pantalla, no sólo precisando el período cuestionado (de veintisiete días, catorce horas y cuarenta y nueve minutos), sino que además el informe detallaba el número ideal de trabajadores, el grado de preparación y experiencia en el terreno que debían poseer y la función que se esperaba que desempeñara cada uno de ellos, paso a paso. Hasta incluía una relación pormenorizada de los hábitos que sería conveniente que mantuvieran durante el proceso, tanto como su régimen de alimentación y de interacción social.

—Absolutamente increíble…

El grado de asombro que demostraba el alto ejecutivo complació al científico, como a un padre que se siente orgulloso de los progresos de su primogénito.

—No se puede imaginar lo que hubiese dado por un trasto como éste cuando fundé mi imperio en el mercado de los sanitarios. A saber las familias de cuántos vagos y ladrones he podido estar alimentando durante todos estos años —se lamentó asqueado. El otro se limitó a sonreír.

—Ésta ha sido sólo una mera demostración de una de las infinitas cuestiones que Aexón IX puede abordar de forma plenamente satisfactoria. Y dada la astronómica, nunca mejor dicho, diversidad de demandas que plantea la colonización espacial, consideramos que pronto nos haremos con el monopolio del mercado como… una simple pero indispensable consultora. ¿Quién en su sano juicio se arriesgaría a no disfrutar de nuestros inestimables servicios, ante la posibilidad de que la competencia sí lo hiciera?

—Al fin comienzo a alegrarme de haber invertido todo ese montón de dólares que hasta ahora creía que se perdían por el retrete.

—Por supuesto, señor Steinweis.

—Y… dígame. ¿Hasta qué punto a este cacharro se le pueden hacer preguntas? Es decir —quiso aclarar—, ¿si le preguntase qué deberían haber hecho los generales confederados para que el Sur hubiese ganado la guerra, me lo diría?

—Bueno, sería necesario suministrarle a Aexón datos referentes a todo lo referente a una guerra, estrategias, tácticas, poder destructivo de las armas de la época, grado de instrucción de los soldados, condición socioeconómica y política del momento, perfiles de los oficiales —trató de expresar lo vasto del proyecto—. Pero sí, una vez contara con la información pertinente, se lo diría.

—Espléndido. ¿Y cuestiones más complejas, como adivinar cómo actuarían grupos de gente?

—Indíqueme un ejemplo, por favor.

—Sí. Imaginemos que vamos a conquistar un planeta desde cero y queremos saber cuánta gente deberíamos enviar allí para que todo funcione sin problemas.

El científico sonrió satisfecho, apartándose de la consola.

—Expóngaselo a Aexón usted mismo, señor Steinweis.

—Uhm, bien, voy. Dígame si lo pongo bien.

—Por supuesto.

> ¿Cuántas personas harían falta para la completa colonización de un planeta_

—En lugar de un planeta, especifique, por ejemplo, Marte, o Titán, la mayor de las lunas de Saturno, para que sepa a qué condiciones deberían enfrentarse los colonos.

—Bien, bien.

El hombrecillo rectificó en la terminal.

> ¿Cuántas personas harían falta para la completa colonización de Titán sin que hubiera conflictos?_

—¿Está bien así?

—Perfecto, señor Steinweis. Presione confirmar.

—Vamos allá.

Una vez le dio a la tecla de control, la pantalla reflejó la pregunta planteada y una pequeña raya apareció inmediatamente en la línea inferior, parpadeando, como si estuviese pensando. Los segundos pasaron, sin cambios.

—Le está costando, ¿eh?

—Es lógico, la cantidad de variables es enorme —intercedió el científico, enterrando con suficiencia las manos en los bolsillos de su bata.

Finalmente, se escuchó el esperado pitido y el contenido cambió.

> Error.
> El resultado excede los parámetros predefinidos en el sistema.

—¿Y eso qué significa?

—Déjeme un momento —solicitó, apropiándose del teclado y accediendo a otras pantallas donde procedió a ejecutar comandos en un lenguaje extraño—. Debe comprender que los baremos en los que nos solemos mover entabla plantillas de a lo sumo un par de miles de empleados. Para satisfacer la petición que usted ha planteado seguro que es necesaria la participación de bastante más personal. Hecho, he modificado las variables para que el sistema admita valores de hasta siete cifras. Repitamos la pregunta.

En esta ocasión pasaron segundos e incluso algunos minutos sin que el cursor dejara de parpadear en el monitor. El ejecutivo, algo impaciente, comenzó a golpetear con los dedos sobre el brazo de la silla. El otro se encogía de hombros, disculpándose por la tardanza de una máquina a la que se le había puesto a prueba de un modo alarmante. Cuando iba a decir algo, Aexón IX entonó su bip y las líneas se deslizaron por la pantalla.

> Error.
> El resultado excede los parámetros predefinidos en el sistema.

—Parece que su juguete ha mordido más de lo que puede tragar —se regodeó el hombrecillo, recostándose en el asiento.

—Un último intento, por favor.

El científico apretó convulsivamente las teclas y desactivó la implementación de varios controles antes de reiterar la cuestión. Hecho esto, se plantó bien tieso frente a la terminal y se cruzo de brazos, desafiante.

—Ahora sí.

—¿Se puede saber qué es lo que ha hecho? —inquirió Steinweis con curiosidad.

—He anulado los límites de consulta. Ahora los valores no están restringidos a ningún intervalo.

—Ajá. ¿Y tardará mucho?

—Supongo que no.

Pero no fue así. El tiempo fue pasando y la paciencia del adinerado hombrecillo extinguiéndose. Consultaba el reloj continuamente y rumiaba para sus adentros. La tensión del científico crecía, su ego cada vez más afectado.

—Creo —dio la espera por concluida Steinweis—, que podemos seguir con la visita.

Vencido, el otro claudicó.

—Sí, señor. Por aquí, señor.

Horas después, cuando los pensamientos del hombrecillo a bordo de su limusina habían regresado a los entresijos de sus sanitarios y el científico descargaba su rabia contenida contra los subalternos que cometían el error de molestarle, en una sala vacía y a la tenue claridad de las luces de emergencia, un pitido quebró el murmullo de los aparatos de aire acondicionado y la imagen de una pantalla cambió.

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2 comentarios en “Cálculo de humanos

    • O quizá la computadora descubrió que la única forma de colonizar un planeta sin que estallen conflictos es que no lo habite ningún humano…

      Gracias por la visita, Demiurgo.

Y bien, ¿qué opinas?

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