Heraldos de la Tormenta: Mazmorras de Ventormenta (I)

—Mi hermana enterrada entre libros y papeles. Lo último que me quedaba por ver.

Sólo cuando Kyrphen levantó la cabeza del documento que era objeto de su estudio reparó en lo mucho que le dolían los huesos a causa de la incómoda postura. Tras arquear angustiosamente la espalda contra la silla de duro respaldo, sintió la terrible necesidad de frotarse los ojos.

—¿Kephyr? —pronunció aturdida—. ¿Qué hora es?

—Falta poco para que amanezca. Harías bien en marcharte a la cama y descansar un poco.

—Siempre cuidando de mí —agradeció la paladín reconvertida a comandante con una sonrisa cansada.

—Alguien tiene que hacerlo —le reprochó su hermana, pero sin ánimo de zaherirla.

—Pues me temo que el descanso tendrá que esperar. Tengo aún muchos documentos que revisar y al alba habré de elevar mis oraciones.

A punto estuvo Kephyr de censurarle su enfermiza devoción, mas de sobra consciente de que aquella era una batalla perdida de antemano, optó por probar otra estrategia.

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Os presento a Heraldos de la Tormenta

La gran águila sobrevoló los edificios de la ciudadela, directa al campamento.

El sol se escondía ya por el horizonte y el próspero asentamiento iba haciendo, poco a poco, honor a su nombre: Bajaluna.

Esperó a estar casi a ras de suelo para, en un revuelo de plumas, recuperar su auténtica forma, aunque tuvo que corretear unos cuantos pasos para compensar la enorme inercia que había acumulado durante el vertiginoso vuelo. Una maniobra que pudiera haber resultado torpe, hasta cierto punto peligrosa, fue ejecutada con una gracia natural que despertó el asombro de cuantos la contemplaron.

Quizá no el de todos.

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