Quien vale soy yo, de José Losada

Si alguien es capaz de aliviar la intranquilidad que me mueve como si estuviera expuesto a un sinfín de cables de corriente eléctrica que me elevan y me sueltan infinidad de veces sin remedio conocido, que me ayude, se lo suplico; que haga el favor de reducir mis fuerzas mortíferas para que yo, un pobre inculto de la vida, aun siendo clave para esta, se centre y no culmine con inconsciencia lo que puede remediarse de forma humana…

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Las manos ociosas

Todos los días acudo sin falta a la estación de La Arboleda. Así lo llevo haciendo… ¿desde cuándo? ¿Quince años? No lo sé. Creo que desde la última vez que cambié de trabajo.

Allí, detenido como siempre, el tranvía me espera con sus puertas abiertas. Sorteo con cuidado los cuerpos apiñados que me rodean y entro en el vagón, atento a salvar el pequeño espacio que lo distancia del andén. No me gustaría dar un mal paso y romperme una pierna.

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De noche

Vivo de noche.

Mis sentidos me describen con total precisión cuanto acontece a mi alrededor. Todo aquello que resulta invisible a aquellos que conviven conmigo resulta diáfano y brillante ante mi percepción.

Alzo el rostro hacia la negra bóveda celeste y exhalo un quedo suspiro. Quizá sólo se trate de un nostálgico recuerdo de mi anterior existencia, de algo que fue siempre tan natural como la propia vida y que ahora queda tan distante y olvidado, pues mis atrofiados pulmones ignorarían lo que es un soplo de oxígeno si no fuera porque necesito aire para hacer vibrar las cuerdas vocales que me permiten hablar.

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