Heraldos de la Tormenta: Mazmorras de Ventormenta (I)

—Mi hermana enterrada entre libros y papeles. Lo último que me quedaba por ver.

Sólo cuando Kyrphen levantó la cabeza del documento que era objeto de su estudio reparó en lo mucho que le dolían los huesos a causa de la incómoda postura. Tras arquear angustiosamente la espalda contra la silla de duro respaldo, sintió la terrible necesidad de frotarse los ojos.

—¿Kephyr? —pronunció aturdida—. ¿Qué hora es?

—Falta poco para que amanezca. Harías bien en marcharte a la cama y descansar un poco.

—Siempre cuidando de mí —agradeció la paladín reconvertida a comandante con una sonrisa cansada.

—Alguien tiene que hacerlo —le reprochó su hermana, pero sin ánimo de zaherirla.

—Pues me temo que el descanso tendrá que esperar. Tengo aún muchos documentos que revisar y al alba habré de elevar mis oraciones.

A punto estuvo Kephyr de censurarle su enfermiza devoción, mas de sobra consciente de que aquella era una batalla perdida de antemano, optó por probar otra estrategia.

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Os presento a Heraldos de la Tormenta

La gran águila sobrevoló los edificios de la ciudadela, directa al campamento.

El sol se escondía ya por el horizonte y el próspero asentamiento iba haciendo, poco a poco, honor a su nombre: Bajaluna.

Esperó a estar casi a ras de suelo para, en un revuelo de plumas, recuperar su auténtica forma, aunque tuvo que corretear unos cuantos pasos para compensar la enorme inercia que había acumulado durante el vertiginoso vuelo. Una maniobra que pudiera haber resultado torpe, hasta cierto punto peligrosa, fue ejecutada con una gracia natural que despertó el asombro de cuantos la contemplaron.

Quizá no el de todos.

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Kyress (6)

-Es tan… extraño.

Trierne daba cortos y titubeantes paseos por la casa, tan torpe como un bebé en sus primeros pasos. Mientras, él no se había movido del colchón ni cambiado de postura.

-¿Me lo dices o me lo cuentas? Te recuerdo que soy yo la que está viendo cómo haces tropezar mi cuerpo por una habitación vacía.

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Kyress (5)

—Recuerda. Estate tranquila y relajada. Tienes que estar receptiva o de otro modo me cerrarás el acceso.

—Lo dices como si supiera lo que estoy haciendo.

Trierne permanecía sentada en el colchón, mientras él, a su espalda y con las manos sobre sus hombros, la iba guiando en el proceso.

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Kyress (4)

—¿Y para qué me iba a hacer falta?

—Nunca se sabe. Podrías encontrarte con cualquier cosa.

Llevaban toda la tarde hablando, a veces sentados en el colchón, en otras ocasiones aprovechando el espacio libre de la habitación para que él pudiera desarrollar sus demostraciones.

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Kyress (3)

—Muy… espacioso.

Tras un paseo desde el restaurante de comida turca, habían llegado a un complejo de apartamentos en una zona tranquila de la ciudad. El hombre había conducido a Trierne hasta la sexta planta del edificio y, una vez allí, la invitó a entrar. Quizá la joven debería haberse planteado lo poco oportuno de meterse en una casa a solas con un desconocido, pero ni se le pasó por la cabeza que pudiera estar en peligro.

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Kyress (1)

Trierne esperaba a solas en la habitación, sentada en una incómoda silla frente a una mesa puramente funcional. El único fluorescente del techo apenas bastaba para iluminar aquel lugar de paredes rudas y grisáceas.

Todo había pasado tan rápido que apenas era consciente de cuanto había ocurrido desde que aquel par de gorilas se la llevaran de las escaleras fuera del instituto. El coche con los cristales tintados, el viejo trajeado que se había sentado en la parte trasera con ella y no había dejado de observarla, que nadie hubiera vuelto a hablarla hasta que la metieron en aquella habitación… Todo aquello olía mal, muy mal. Y, o se habían equivocado con ella, o se había metido en algo gordo, aunque no supiera el qué.

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Kyress (0)

«Allí está. Tiene que ser ella. No es como me la esperaba, quizá más alta, más torpe en la forma de caminar. No, no es torpe, sólo desmañada. Pero es normal, sólo tiene quince años. Y es rubia. No sé por qué es tan importante este detalle, pero lo es. Ha de ser ella, tiene que serlo y demostrar estar a la altura. Si no, la hemos jodido a base de bien…»

—¿Trierne? —preguntó al acercarse.

La chica se detuvo, dedicándole una altiva mirada mientras se cruzaba de brazos.

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Ceniza (1)

Aún no entiendo muy bien cómo empezó todo.

Tenía una vida tranquila, segura. Ya desde joven había tenido las ideas suficientemente claras para no embarcarme en caminos en pos del éxito social o la ambición. Entendía las ventajas que suponía trabajar para el estado, como ahorrarse ese sinvivir que supone ignorar si puedes meterte en una hipoteca porque el despido pueda estar rondándote a la vuelta de la esquina.

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Ceniza (0)

«Vamos. Un poco más».

Si sus últimos pasos habían servido para acercarlo a su objetivo, la visión que le ofrecían sus ojos sanguinolentos lo desmentían.

Los calambres de las piernas provocaban que sus rodillas flaquearan. El sudor lo envolvía como una pátina de desesperación. La mano se cerraba con crispación alrededor de la negra madera del arma. Se negaba a ceder su presa, a pesar del repulsivo tono oscuro del que se iba tiñendo a medida que el basáltico polvo que se desprendía del endiablado arco se filtraba a través de su piel y le helaba la sangre en las venas.

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El origen de Dómino (6)

La repentina llegada del noble no la sorprendió en absoluto.

Entró pavoneándose, esgrimiendo su bastón y dedicándole una presuntuosa mirada. Se paseó a su alrededor, en silencio, como si estuviese considerando de qué modo abordar el asunto que le había conducido hasta allí. Sus ojos exploraron el cuerpo de la mujer, demorándose en las zonas amoratadas de su piel.

—Observo que te han atendido de manera satisfactoria. En unos días apenas quedarán marcas visibles.

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El origen de Dómino (5)

Poco tiempo transcurrió hasta que el noble tuvo que acudir a satisfacer otro asunto, lejos de sus tierras.

Y tras ello, menos tiempo pasó hasta que los depravados milicianos decidieron hacer acto de presencia en su habitación.

Las habladurías corrían al respecto de la nueva condición de la prisionera. Había quienes sostenían que, dadas sus reiteradas negativas, Pernhown había resuelto mutilarla, cortándole pies y manos, para asegurarse de que nunca podría escapar. Otros, que la elfa había recurrido a la magia infame de los suyos y se había transformado en un monstruoso demonio, obligando a su señor a firmar un pacto con los Poderes Ruinosos. También los había quienes decían que estaba muerta, que el viejo la había matado en un arrebato de furia, y ahora disfrutaba poseyendo su corrupto cadáver.

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El origen de Dómino (4)

—A pesar de nuestros frecuentes encuentros, han transcurrido meses desde que conversamos por última vez.

Tumbada sobre el potro y con el cuerpo en forma de aspa anclado a su superficie y esquinas, Aliekki trató en vano de acurrucarse en cuanto escuchó la puerta abrirse. Con la respiración acelerada, en su mente sólo residía una única y solitaria esperanza: que acabara cuanto antes para volver a refugiarse en las sombras que poblaban su mundo.

No obstante, su deseo no se cumpliría de inmediato.

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El origen de Dómino (3)

Aquello fue sólo el comienzo.

Pernhown, celoso en su afán por guardar su posesión más valiosa, ordenó que se estableciera una vigilancia continua frente a la puerta de la prisionera, compuesta por una rotación de tres hombres de su guardia. Del mismo modo, una mujer de la casa fue declarada exenta de sus obligaciones en la cocina para dedicarse en exclusiva a satisfacer las necesidades de la díscola guerrera, tanto de su nutrición como de su limpieza.

Los toscos grilletes que en un primer momento apresaron las extremidades de la elfa fueron pronto sustituidos por otros de cuero revestidos de tela mullida, al percatarse el noble de las erosiones que en sus forcejeos había sufrido la piel de muñecas y tobillos.

Las cadenas continuaron siendo de hierro.

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El origen de Dómino (2)

Dolor.

Confusas imágenes vagaban por su mente ofuscada. Figuras bestiales cargaban desdibujadas a través de la densa bruma que enturbiaba sus sentidos. Guturales bramidos resonaban en sus oídos mientras ella forcejeaba tratando de moverse y prepararse para interceptar el ataque.

Pero no era capaz de hallar sus armas por ninguna parte, tampoco una armadura protegía su cuerpo ni la máscara cubría su rostro. Luchó por apartarse, mas garras de pesadilla la sujetaron con fiereza, obligándola a permanecer donde estaba, atrapada en un blando lecho de podredumbre, sólidas telarañas haciendo presa de sus piernas.

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El origen de Dómino (1)

—¡Milord!

La puerta que daba acceso al salón principal fue abierta con brusquedad, sin petición previa, concediendo paso a uno de los miembros de la guardia, visiblemente alterado.

Si aquel inusitado suceso logró sorprender al señor del lugar, éste no dio la menor muestra de ello. Se mantuvo firme en su sólido sillón, ocupado en sus papeles, sin siquiera alzar la cabeza para observar al intruso.

El miliciano, espoleado por las acuciantes noticias, cruzó la estancia hasta alcanzar el escritorio de madera del noble. Tal era su grado de ofuscación que se atrevió a afianzar sus manos sobre la madera pulida.

—¡Milord! ¡Es preciso que sepáis lo que ha ocurrido!

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El origen de Dómino

Cuando comencé a escribir La leyenda de Dómino, allá por Junio de 2010, inevitablemente tuve que meterme en la mente del detective Axelsson y exponerme al implacable entorno que le rodeaba.

El universo de Warhammer no es tan plácido como el que podemos encontrar en otras sagas de la fantasía épica popular, tales como Reinos Olvidados o Dragonlance. La corrupción acecha en cada esquina, los pérfidos Dioses del Caos tiran de sus hilos y toda criatura (sea humana o no), puede convertirse en un pelele más en su suprema batalla por la hegemonía.

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La oportunidad (9)

—Y mira por dónde…

—Mantened las manos donde pueda verlas. Por la autoridad que me confiere la Corona de Nalass, quedáis a arrestados.

—Pues ya estamos todos —proclamó el menhori, no mostrándose ni un ápice intimidado por la actitud amenazante del miliciano.

—Soltad las armas —replicó Zaincalan, atento a sus posibles movimientos.

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La oportunidad (8)

«En qué pensaba cuando accedí a esto…»

Tras terminar una ronda por los barrios más sórdidos de Nalass, Zaincalan regresó al cuartel. Al llegar, le dieron un mensaje: el comisionado no sólo quería verle; le esperaba en el piso de arriba. En el despacho.

Aterido y con los pies doloridos tras horas de insulsa caminata, el guardia de la milicia local ascendió con cierto desasosiego los peldaños que lo separaban de su superior.

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La oportunidad (7)

No había terminado Lacarys de limpiar su arma de la sangre del demenciado heraclón, cuando una voz lo sorprendió a sus espaldas.

—Te desenvuelves bien.

El menhori adoptó al instante una postura defensiva, con las piernas flexionadas y una pequeña hacha sujeta en cada mano.

La lagara se recostaba indolente contra el quicio de la puerta, con los brazos cruzados frente al pecho. Al girar la cabeza para mirarle, el pálido cabello se derramó lacio sobre su hombro.

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La oportunidad (5)

—Me preocupa que hasta el momento sólo nos hayamos topado con esos dos.

Grayt caminaba a su lado, atento a su entorno y con la mano firmemente apoyada en la empuñadura de su espada. Asintió a las palabras de su camarada con un firme cabeceo.

—Si no recuerdo mal, en la posada había tres zahrkos —comentó pensativo—. Pero por el aspecto que traían, diría que se dejaron a uno por el camino.

—Aún así, convendría andarse con ojo —sugirió Raitz a la par que amoldaba el saco a su hombro.

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La oportunidad (4)

—¡Chicos, chicos! Mirad esto. ¡Creo que he encontrado algo!

—¿Quieres cerrar esa bocaza, Lai?

—¡Que te den, Dal! ¡Mirad esto!

Los tres zahrkos se reunieron en torno a un enorme butacón que en mejores tiempos tuvo que resultar de lo más mullido y confortable. Ahora, la tela raída dejaba entrever la hacendosa labor que ratas e insectos habían practicado con el relleno.

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La oportunidad (3)

Abrosi abrió la puerta muy despacio. A su espalda aguardaban Asium y Nejana, con las manos en sus espadas, temerosos de lo que pudiera estar aguardándoles al otro lado.

El mayor de los tres terminó de girar la hoja y se apartó para cederles el paso a sus amigos. Con mucho cuidado, éstos entraron en el amplio corredor. Cada uno se aprestó a un lado, bien pegados a la pared, en tanto Abrosi echaba mano a su lanza y en un revuelo de plumas rojizas tomaba el centro.

Aunque las primeras luces del amanecer iluminaban ya los campos, los muros del Castillo Allard no permitían que se filtrase ni un rayo de claridad a su interior.

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La oportunidad (2)

—Caballeros, y también damas, tengo una propuesta que ofreceros.

En los ojos que lo observaron brilló la suspicacia, un franco desinterés o la simple codicia. Unas cuantas miradas no tardaron en regresar a la contemplación de sus decadentes jarras de cerveza; otras, prefirieron centrar su atención en el abultado saquillo que reposaba sin dueño sobre la grasienta madera del mostrador.

—Mi nombre es Josquin Desprezz y no pienso andarme con rodeos —continuó—. Aquellos que guarden reservas a la hora de mancharse las manos de sangre, que hagan el favor de abandonar el establecimiento. —Un murmullo de enojo se alzó de inmediato entre los presentes—. Se abstendrán de abonar el coste de las bebidas por las molestias causadas, pero deberán marcharse de inmediato. El resto, aquellos que se muestren dispuestos a correr algunos riesgos menores a cambio de llenarse los bolsillos de buen metal, que permanezcan en sus asientos.

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La oportunidad (1)

Nadie se giró para mirar cuando la quejumbrosa puerta de la fonda se abrió a un nuevo visitante. La atmósfera en el interior estaba suficientemente cargada de humo y densos efluvios humanos para que incluso la espesa cerveza negra perdiera su sabor. Que ésta estuviera convenientemente aguada para favorecer los intereses del tabernero obligaba a los parroquianos a ingerir enormes cantidades de la misma para lograr algún efecto.

El recién llegado avanzó con pericia entre el revoltijo de mesas y sillas desperdigadas por la sucia estancia, valiéndose de la pobre iluminación que aportaban los ruinosos cabos de unas pocas velas mal repartidas por los candeleros colgados de las descascarilladas paredes.

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Ashirya (III). El Juicio

Ashirya permanece sola, sin más compañía que los vientos de tormenta en cientos de kilómetros a la redonda.

Y baila.

Su cuerpo menudo danza al compás de las turbulentas corrientes de aire que hacen restallar sus níveos cabellos como los nudos de un látigo esgrimido con violencia.

Alza los brazos con vestal majestuosidad hacia los cielos embravecidos, las delicadas manos juegan con las tormentas desatadas que, sin llegar a rozar su etérea figura, liberan su ácida carga sobre la tierra devastada.

Los pies desnudos flotan sobre remolinos de polvo, restos atomizados de un pasado que creyó considerarse civilización.

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Ashirya (II). La Revelación

15 de Marzo de 2012.

Bien conocida era ya esta fecha, añadida apresuradamente a todos los libros de historia, sin que faltara una creciente reseña en la Wikipedia. El Día del Primer Contacto. El Día de la Llegada. Incluso había quienes quisieron considerarlo como el Segundo Advenimiento, pero por fortuna a estos pocos no se les prestó ninguna atención.

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Ashirya (I). La Llegada

Y el momento llegó.

Atrás habían quedado ya el pánico generalizado ante la llegada del primer monstruoso monolito, los suicidios en masa y los ataques nucleares preventivos. El ejemplo ofrecido al mundo por el fanatismo, tanto religioso como bélico, de Irán y Korea del Norte había bastado para apaciguar los ánimos de las grandes superpotencias. Sendos cráteres humeantes donde antaño se erigían estas naciones se podían apreciar en las imágenes concedidas por los satélites en órbita alrededor de la Tierra. ¿La aniquilación de millones de seres humanos a consecuencia de las decisiones de unos pocos depravados podía justificarse como un acto en defensa propia?

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