A través del ciberespejo

Advertencia. Algunas de las escenas descritas en este relato pueden herir la sensibilidad del lector.

 

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Así comienza la historia… (Zahiri y Zihara 1)

No me preguntes por mi nombre, no tiene importancia ninguna.

Sólo soy un pobre viejo a la que la Fortuna quiso sonreír, quizá con sorna o guiñando un ojo, pero en verdad que me siento agradecido por lo que el Destino deseó para mí.

¿Que no soy tan viejo? ¡Que os den por ahí! ¿Estoy a punto de relatar una historia absolutamente fantástica y por lo único que os interesáis es por mi destartalada persona?

Sabed que nunca olvidaré aquel día, con el cielo amenazando con romperse en pedazos de tan negras que eran las nubes y violentos los relámpagos que iluminaban la noche. La tierra temblaba bajo los pies y el viento hacía restallar las ramas de los árboles. ¿Cómo que antes dije que había sido de día, en un tórrido día soleado? Quizá sea cierto, pero de tan furiosa que fue la tormenta nocturna, tan calmo amaneció el día postrero.

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Alguien tiene que hacerlo, de F. J. Sanz

Alguien tiene que hacerlo

Un funesto sentimiento de aprensión acompañó al movimiento de la puerta al abrirse.

El día había despertado con aquel cielo plomizo que no presagiaba nada bueno. Macilento, el sol apenas se atisbaba tras el denso manto agrisado de las nubes, claudicando ante el frío empuje del inminente invierno.

Pronto llegarían las primeras nevadas. Y, con ellas, el terror.

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Basura humana

Basura humana

Todo comenzó como suelen comenzar estas cosas.

Unos científicos jugaban a ser dioses en su altar tecnológico en aras del conocimiento (o de la destrucción; es una frontera difusa la que separa ambos conceptos), cuando algo salió mal.

Las lecturas se dispararon, las luces empezaron a parpadear y allí, donde no había nada, se desgarró el propio tejido del universo para revelar un agujero a la auténtica nada.

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Que merezca la pena

Que merezca la pena

¿Os he contado en alguna ocasión que estuve enamorado? ¿Y que ella murió?

¡Vamos, no pongáis esas caras! No es una historia triste, ¡ni mucho menos! Así que, traedme otra jarra de vino y os contaré lo que sucedió.

 

«Vamos, vamos. Cuidado…»

Puso extremo cuidado en levantar el pie y deslizarlo apenas a un par de dedos del mecanismo que activaba la trampa. Ignoraba qué podría desencadenar, pero tampoco necesitaba saberlo. Procuraba que su insaciable curiosidad se alimentase resolviendo misterios de condición menos peligrosa.

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El globo (#historiasdemiedo concurso Zenda)

No tendría que haber ocurrido nada especial.

Cumplíamos cinco años desde que nos conocimos y mi novia quiso celebrarlo cocinando una tarta cargada de recuerdos y sentimientos, llenando de guirnaldas la casa y comprando un globo de helio, de ésos que flotan hasta el techo atados con un cordel, con la forma de un cinco enorme.

Con los tiempos que corren, celebrar cinco años juntos no era poca cosa, no cuando lo haces con el deseo de seguir celebrando otros cinco y cinco veces más.

 

A la mañana siguiente tocó volver a la rutina del trabajo. Se recogieron las guirnaldas y la tarta acompañó nuestros desayunos y postres durante un par de días más.

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Un Día de muerte

—Y que no se te olvide coger la miel, ¿de acuerdo?

Julia le miraba con aquella desesperada intensidad que se apoderaba de sus ojos cada vez que salían en busca de víveres. Álex, por su parte, tendía a agazaparse y rehuir la mirada, asustado ante la posibilidad de ser descubiertos en cualquier momento.

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Quien vale soy yo, de José Losada

Si alguien es capaz de aliviar la intranquilidad que me mueve como si estuviera expuesto a un sinfín de cables de corriente eléctrica que me elevan y me sueltan infinidad de veces sin remedio conocido, que me ayude, se lo suplico; que haga el favor de reducir mis fuerzas mortíferas para que yo, un pobre inculto de la vida, aun siendo clave para esta, se centre y no culmine con inconsciencia lo que puede remediarse de forma humana…

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Cálculo de humanos

—Pase por aquí, señor Steinweis.

La curiosa comitiva formada por un trajeado ejecutivo y técnicos con batas blancas franqueó las puertas de policromato plástico cuando el científico y relaciones públicas del evento introdujo su biotarjeta y permitió que el sensor tomara una instantánea de su retina. El procedimiento pareció resultar satisfactorio, pues ni saltaron los cierres de titanio endurecido de sus anclajes, ni estallaron las alarmas en un jolgorio de luces estroboscópicas y aullantes alaridos.

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Un gato en casa

Hace un año adopté un gato.

Es la típica historia: chico joven y soltero, sin pareja y entregado a su trabajo, que encuentra cada día a su regreso la casa vacía y decide ponerle remedio por la vía más rápida y sencilla. Adoptando una mascota.

En realidad no estaba planeado. El sentimiento existía, pero no me había calado tan hondo como para plantearme el asunto con cierta urgencia. Ocurrió de forma inesperada.

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Las manos ociosas

Todos los días acudo sin falta a la estación de La Arboleda. Así lo llevo haciendo… ¿desde cuándo? ¿Quince años? No lo sé. Creo que desde la última vez que cambié de trabajo.

Allí, detenido como siempre, el tranvía me espera con sus puertas abiertas. Sorteo con cuidado los cuerpos apiñados que me rodean y entro en el vagón, atento a salvar el pequeño espacio que lo distancia del andén. No me gustaría dar un mal paso y romperme una pierna.

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Pureza

—Señor, no contestan.

Mientras el grueso de la flota imperial liberaba planetas apresados bajo el herético puño del Caos en la Cruzada particular del Señor de la Guerra Macaroth, el Gloria Aeterna había sido destinado a cumplir labores de inspección lejos de la línea del frente. Labores que ya llevaba ejerciendo desde hacía más de doscientos años. Osgothor, el almirante del Gloria Aeterna, más máquina que hombre y enterrado en el corazón metálico del navío, asumía con calmada ira esta afrenta en su mente mecánica, pero nunca profería queja en contra de este mandato.

Era la Palabra del Emperador.

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Un cable suelto

—¿Qué hay, Biff?

Absorto como estaba, analizando los datos que aparecían en la pantalla de su portátil, no pudo menos que sorprenderse ante la inesperada visita.

—¿Max? —se giró en la silla, sin hacer intención de levantarse. Dejó la caja abierta de pizza que tenía en las rodillas sobre un solitario rincón libre de la atestada mesa—. No escuché la puerta. ¿Qué haces aquí?

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Trueque de sangre

Me llamo Jinsel, y soy un oportunista.

Ahora mismo estoy a punto de arreglar un asunto de lo más conveniente para mis negocios.

A ver, comprobemos todo antes de salir. Ella aún está sin sentido. Bien. Tiene las manos y los pies bien atados a los postes de la cama. Tiraré un poco… Sí, no se soltará. Y la mordaza. Porque no queremos que nadie pueda escucharte gritar y nos arruine la diversión, ¿verdad, encanto? Y el colgante, ese precioso colgante que tanto me gusta en su sitio, alrededor de tu lindo cuello.

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Elvhay Darkbreeze

Todavía soy capaz de recordar con detalle cómo se desarrolló aquel extraño encuentro.

Acababa de arribar con mi compañía al pequeño asentamiento enano. Se trataba de un afloramiento rocoso en la superficie que hacía las veces de baliza para el inmenso reino que se escondía bajo tierra. En la última época, a consecuencia de la agitación creciente en las lindes de la comarca, se había convertido en un punto de reunión entre culturas, sirviendo de embajada para las reuniones con las razas élfica y humana.

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De noche

Vivo de noche.

Mis sentidos me describen con total precisión cuanto acontece a mi alrededor. Todo aquello que resulta invisible a aquellos que conviven conmigo resulta diáfano y brillante ante mi percepción.

Alzo el rostro hacia la negra bóveda celeste y exhalo un quedo suspiro. Quizá sólo se trate de un nostálgico recuerdo de mi anterior existencia, de algo que fue siempre tan natural como la propia vida y que ahora queda tan distante y olvidado, pues mis atrofiados pulmones ignorarían lo que es un soplo de oxígeno si no fuera porque necesito aire para hacer vibrar las cuerdas vocales que me permiten hablar.

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Cruzada

Sir Rowayn Vallart montaba velozmente a lomos de su soberbio caballo de gran alzada y blanco pelaje, blandiendo en su mano derecha su larga espada sobre la cabeza y protegiendo el frente con el escudo portado en la zurda.

Su impresionante armadura dorada no mostraba mella alguna y brillaba refulgente al incidir sobre ella los rayos solares, concediendo a la estampa del caballero una magnificencia que provocaba admiración en todos aquellos hombres que fijaban su mirada en la figura del jinete.

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Larga espera

—Qué duro se hace esperar, ¿verdad?

—Perdón, ¿cómo dice?

—La espera. Nunca es un plato de gusto.

El zumbido de la máquina de refrescos era la única constante en aquel pasillo iluminado por fila tras fila de fluorescentes blancos.

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Blanca prórroga

Sin duda, se trataba de la peor noche de invierno que se recordaba en años.

El rítmico flap-flap del limpiaparabrisas invitaba a cerrar los ojos y dejarse llevar, acunados por las sinuosas ráfagas de viento que eventualmente balanceaban el vehículo.

Los algodonosos copos se amontonaban en la luna delantera, implacablemente eliminados tras el periódico barrido de las escobillas de plástico duro; sólo para volver a enseñorearse del cristal a la espera de la siguiente pasada.

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Bases de una futura traición

—Nos encontramos aquí, en este glorioso día que pronto pasará a ser el primero de nuestra nueva Historia, para rendir homenaje a quienes, por su propia voluntad, se disponen a ofrecer el más precioso de los regalos: sus vidas.

Un clamoroso silencio inundó la sala, expresión del más profundo respeto mostrado por las personas que allí se reunían para tan espléndida ocasión.

—Son bien conocidos los problemas a los que nos hemos enfrentado desde que nuestra nave buscó refugio en este agreste planeta —prosiguió desde su atrio—. Nuestra cultura, valores, principios, nuestra forma de vida a fin de cuentas, e incluso los procesos vitales por los que se rige nuestra naturaleza, se han demostrado incompatibles y hasta deficitarios en comparación con las caprichosas exigencias biológicas imperantes en este ecosistema. Pronto lo comprendimos: nos enfrentábamos a la extinción total como especie.

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