Ceniza (0)

Ceniza (0)
4.5 (89.09%) 11 votos

«Vamos. Un poco más».

Si sus últimos pasos habían servido para acercarlo a su objetivo, la visión que le ofrecían sus ojos sanguinolentos lo desmentían.

Los calambres de las piernas provocaban que sus rodillas flaquearan. El sudor lo envolvía como una pátina de desesperación. La mano se cerraba con crispación alrededor de la negra madera del arma. Se negaba a ceder su presa, a pesar del repulsivo tono oscuro del que se iba tiñendo a medida que el basáltico polvo que se desprendía del endiablado arco se filtraba a través de su piel y le helaba la sangre en las venas.

Un légamo aceitoso supuraba de la punta de la flecha marchita que aprestaba entre los dedos de la otra mano; dedos que temblaban ante el temor de infectarse con aquella nauseabunda sustancia.

Tal visión lo atormentaba. Pugnaba por apartarla de su mente, pues de otro modo no contaría con las fuerzas necesarias para alcanzar la meta.

Un borrón se materializó frente a él, aún a varios pasos de distancia. El humo cobró las proporciones de una mujer, que al punto enarboló contra él la hoja de una espada de monstruosa factura.

Por un instante deseó gritarle que se marchara, que se apartara de su camino. Por aquel día no quería cobrarse ninguna víctima más. Sin embargo tuvo que reconocer para sí mismo lo absurdo de su reacción, un gesto inútil del que sólo podría lamentar sus posteriores consecuencias. El polvo negro se sacudió en el aire en forma de gráciles cascadas al alzar el arco. Apretó con rabia los dientes cuando aspiró el cercano hedor del mancillado astil al tensar el cordaje y apuntar.

La cuerda restalló junto a su rostro, con el escalofriante eco de un débil gemido.

No fue difícil seguir la estela que la flecha trazaba en la recargada atmósfera que los envolvía. Con franca aversión, observó la precisa trayectoria y el modo en que el estéril metal mordía primero las escamas de la armadura y después la carne de su víctima. La mujer voló un par de pasos, antes de caer de espaldas sobre el polvoriento terreno. Su cuerpo se desplomó desmadejado, como un títere al que súbitamente hubiesen cortado los hilos.

«Ninguna más. Por favor, ninguna más».

Continuó adelante, evitando cruzarse con los ojos vacíos de la mujer, que no tardaría en sumarse a los otros cientos de implorantes rostros desfigurados que poblaban sus pesadillas.

Sin atreverse a soltar el arco, pero asqueado de su pérfido contacto, avanzó dando traspiés sobre la tierra que se desmenuzaba bajo el peso de sus botas. El Portal se hallaba ya muy cerca. La tirantez se apoderó de la punta de sus dedos, provocándole la molesta comezón que tan familiar había terminado por resultarle.

Echó una última mirada cargada de aprensión en derredor, temiendo encontrarse con un nuevo obstáculo.

En esta ocasión, nada impidió que cruzara la barrera.


• Sigue leyendo Ceniza:   0   1

Y bien, ¿qué opinas?

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.