Ceniza (1)

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Aún no entiendo muy bien cómo empezó todo.

Tenía una vida tranquila, segura. Ya desde joven había tenido las ideas suficientemente claras para no embarcarme en caminos en pos del éxito social o la ambición. Entendía las ventajas que suponía trabajar para el estado, como ahorrarse ese sinvivir que supone ignorar si puedes meterte en una hipoteca porque el despido pueda estar rondándote a la vuelta de la esquina.

Seguridad. Estabilidad. Éstas eran las consignas que primaban en mi vida.

Por supuesto tenía mis sueños imposibles e ilusiones truncadas, como haber participado en alguna especialidad deportiva a alto nivel o haber tratado de sacarme la acreditación de piloto de avionetas bimotores… Pero en resumidas cuentas, estaba satisfecho con mi vida, con mi casa pequeña pero bien ubicada, con mis ratos de deporte, mis escapadas a la naturaleza y mi vida de urbanita.

Ella lo cambió todo.

Puedo recordar la primera vez que la vi. ¿En verdad fue aquélla la primera vez, en ese paso de montaña, cuando durante apenas un instante, se cruzaron nuestros caminos?

Quizá no. Quizá ya la había visto antes en infinidad de ocasiones, sólo un poco más allá de los límites de mi consciencia. Qué importa. Yo recuerdo aquella vez, un día nuboso y con breves lapsos de fina lluvia que no llegaban a convertirse en un impedimento para disfrutar de una atractiva ruta de trekking.

No iba sola. Quizá con dos o tres personas más. ¿Mujeres? ¿Hombres? No presté atención. Sí me suena una mujer de edad ya avanzada, pero poco más puedo decir del resto. ¿De ella? Tampoco es que pueda decir mucho de la imagen que recuerdo: menuda, con los pantalones y botas propias para desenvolverse por la montaña, enfundada en un chubasquero que difuminaba su figura, y una capucha bien calada que resguardaba su cara no sólo de la lluvia.

Un instante. Nada más que un instante.

Pero ese largo mechón rubio que cubría la mitad de su rostro no logró impedir que nuestras miradas se cruzaran.

Ni que me sonriera.

¿Cómo describir una sonrisa? ¿Cómo expresar el modo en que ese mudo gesto quedó plasmado en mi retina, sacudió algo en mi interior que con el paso del tiempo, los días, ¡de los meses!, fua apoderándose de mis pensamientos hasta obsesionarme por completo?

¿Pícara? Sí, pero no esa picardía que promete placeres íntimos o ratos de jugar al ratón y al gato. Más bien era una picardía que se apoyaba en la complicidad, en el consenso de la experiencia compartida, en el reconocimiento de un secreto privado para el resto de los mortales.

De haber sabido entonces lo que averigüé después, lo hubiese tachado de simple locura. Un brote de enajenación mental que te atrapa en vertiginosos escenarios al igual que sucede en los cuentos de Carroll.

Pero eso no lo sabía entonces, ni llegué a sospecharlo la segunda vez que la vi.

Cosas del trabajo. Tenía que revisar la vieja instalación eléctrica de un instituto científico. Nunca sentí curiosidad por averiguar qué era lo que allí se investigaba. El caso era que fallaba cada dos por tres: apagones intermitentes, los plomos se fundían sin causa aparente e incluso se había quemado algún enchufe. Que todo hubiera empezado a ir mal a partir de determinada fecha, a pesar de lo mucho que insistía el gerente al respecto, no entrañaba más atención que el puro interés anecdótico.

Desde un principio lo achaqué al arcaico generador del que se abastecían, así como del cableado que ya tuvo que sufrir lo suyo durante la Guerra Civil. El estado de la instalación era tan deplorable, que casi esperaba encontrar casquillos de bala cada vez que abría una tapa de registro.

Aunque acometerlo supusiera un proyecto de envergadura, resultaría beneficioso a medio y largo plazo. Al menos, a mi modo de ver. Nada quisieron saber del asunto, ni del proyecto de reforma que me molesté en proyectar. Una ñapa por aquí, una chapuza por allá. Eso es todo cuanto se me pedía, mantener a flote la nave de cualquier manera. Que el próximo capitán, a la vista del fregado que había caído en sus manos, decidiese qué cartas tomar.

Así que en ese plan me pasé las primeras semanas, revisando empalmes malparados y cruzando los dedos por no pasar por alto ningún cable pelado.

Suelo abstraerme bastante cuando me concentro en mi trabajo, por lo que no me percaté de que gozaba de público hasta que eché en falta unas pinzas y me di la vuelta en busca de mi caja de herramientas.

La muchacha vestía una larga bata, con un sencillo pantalón debajo. Todo blanco, impoluto. Permanecía cruzada de brazos y recostada en el quicio de la puerta doble. Aquel indolente gesto, con la cabeza caída a un lado, no le robaba intensidad a su aparente interés por cada uno de mis movimientos.

—Hola —dije yo, más sorprendido que otra cosa. Ella no contestó. Se limitó a esbozar esa enigmática sonrisa que a fuego continuaba grabada en mi memoria.

Sí, encajaba. La altura, la cara en forma de corazón, el cabello rubio.

Y la sonrisa.

No había lugar a dudas. Era ella, y yo no tenía la menor idea de cómo reaccionar. Así que no lo hice, por lo menos no a tiempo, ya que ella se volvió y se marchó por el pasillo; dejándome aturdido y con cara de imbécil.

Más tarde pensaría en lo ocurrido y me daría cuenta de detalles me habían pasado desapercibidos en un primero momento. El más obvio, que ella no llevaba bata en plan investigadora, sino que lo que vestía era el atuendo típico atuendo de los pacientes.

Debía tratarse de algún tipo de instituto médico, y ella estaba allí ingresada.

¿Era casualidad que justamente tuviera yo que resolver una incidencia en aquel edificio en concreto? Nunca he creído en las casualidades.

El caso es que superado ese trance inicial, tuve que seguir acudiendo a aquel agónico instituto día tras día, siempre con la secreta esperanza de volver a encontrarme con ella. Y esta vez, arrancar algo más que un patético y lamentable hola.

Podría no haber ocurrido. No haberse dado más aquella circunstancia. Que le hubiesen dado el alta o que, sencillamente, nuestros caminos no se hubieran cruzado de nuevo.

Pero ocurrió.

Me encontraba tirado en el suelo, intentando desentrañar una maraña de cables que parecían no conducir a ninguna parte, cuando me pareció escuchar el roce de unos pasos que se detenían cerca de donde yo estaba.

—Hola.

Mi reacción de sorpresa se convirtió en un quejido al saltar una chispa que me chamuscó la punta de los dedos.

—¿Te has hecho daño? —preguntó ella, no tanto alarmada como preocupada.

—No, descuida. Gajes del oficio —me apresuré a contestar yo sacudiendo la mano y restándole importancia al asunto.

Aunque sí que me había dolido.

—Perdona por no saludarte el otro día —continuó—. No estaba segura de que fueras tú. Tampoco fue uno de mis mejores días.

—No te preocupes —dije poniéndome en pie y traté de quitarme el polvo de la ropa a manotazos. Usar los dedos sucios de polvo no creo que fuera la decisión más acertada de mi vida—. En Caín, en la ruta del Cares. Eras tú, ¿verdad?

—Así que te acuerdas.

Por el modo que brotó la sonrisa a sus labios, supe que aquello la había alegrado.

—Apenas pude verte, entre la lluvia y la capucha. Pero por alguna razón me quedé con tu cara. Dicho en el buen sentido.

Ese rostro de picaruela que tenía no precisaba de palabras para expresarse.

—Si me permites la pregunta, ¿cómo es que estás por aquí?

Su gesto se ensombreció de inmediato. Furtivas emociones, intensas todas, recorrieron sus rasgos: desesperación, rabia, frustración, mas finalmente fue la tristeza la que prevaleció.

—Es complicado —indicó. Dio un paso adelante y se me acercó en actitud confidente—. Si un día te pidiera un favor, ¿me ayudarías?

—Si está en mi mano… —respondí yo.

Ingenuo de mí, incapaz de comprender dónde me estaba metiendo.

—De otro modo, nunca te lo pediría.

Qué convicción. Qué aplomo y confianza en sí misma. Aquella chica era capaz de desbaratar el hilo de mis pensamientos con sólo abrir la boca.

Fue en aquel instante cuando quise conocer su nombre. Iba a preguntárselo cuando una mujer —¿la misma de la ruta?— apareció en el corredor, acompañada de un robusto enfermero, e interrumpió nuestra charla.

—Emma, no deberías estar aquí —amonestó la que podría ser su madre.

No me gustó el tono de su voz, pero al parecer tampoco le gusté yo, por el desdeñoso modo con que me miró. No fue más amistosa la atención que me prestó el camillero, como si yo fuera un violador. O un pederasta.

Ella, Emma la habían llamado, aunque apretó los dientes, no opuso resistencia a que la sacaran de allí. Bastó un titubeo para que girara el cuello, y bajo el rebelde mechón rubio que le cruzaba la cara, me lanzara una muda petición de auxilio.

Tan sólo pude observar cómo se marchaba.

Tres semanas más tarde, las reparaciones más enrevesadas quedaron resueltas.

Aún estaría pendiente solucionar algunos detalles menores y nuevos problemas que pudieran surgir. Pero la incidencia se podía dar por cerrada.

En cambio, en mi interior algo había quedado sin terminar y me removía las tripas.

No había vuelto a ver a Emma.

Excusándome en la necesidad de revisar el trazado de los cables, había recorrido buena parte de los pasillos de aquel anriguo edificio con la intención de tentar a las probabilidades.

Sin éxito.

Cuando hube recogido las herramientas y me subía a la furgoneta para regresar a casa, algo me impidió accionar la llave para marcharme. Un fuerte sentimiento de pesadumbre se apoderó de mí. Tenía la sensación de estar traicionando a alguien. Qué absurdo.

Pero así me sentía.

Tratando de apartar aquellas extrañas ideas de mi cabeza, le di al contacto y me dispuse a salir. Fue en ese momento cuando se abrió la puerta del otro lado y Emma se encaramó al asiento. Sin duda el abrigo que llevaba no era suyo; le quedaba demasiado grande. Fue raro que de todo cuanto podía haber pensado en aquel insólito instante, fuera justo eso lo que pensara.

Cerró la puerta y me miró a los ojos, terriblemente asustada.

—Por favor, vámonos —me rogó.

Aún no comprendo qué se adueñó de mí. ¿Abandonar el instituto con una paciente interna que a todas luces se había fugado y que bien podía tratarse de una psicópata peligrosa? Pero, pesar de todo, lo hice.

Metí primera, pisé el acelerador y comencé a alejarme del ruinoso edificio con una curiosa polizona a bordo.

No tenía muy claro a dónde dirigirme, porque poner rumbo a mi piso quedaba totalmente descartado.

Por ella. Por mí.

Por todo.

Tomé la carretera de circunvalación y aguardé a que mi cabeza entrara en razón. ¿Pero qué diablos estaba haciendo? Emma permanecía silenciosa, retrepada en el asiento, pero parecía más tranquila. Observaba los faros de los coches a nuestro alrededor, con las manos descansando en el regazo. Al menos había tenido el acierto de abrocharse el cinturón.

El silencio me agobiaba, pero no sabía muy bien qué decir. ¿Qué se puede preguntar en un caso como éste? ¿De verdad te has escapado? ¿Por qué te metieron allí? ¿Estás loca? ¿Eres peligrosa? ¿Qué quieres de mí? ¿Tienes intención de matarme? No, gracias. Dudo que fuera el modo de actuar más oportuno en tales circunstancias. Al final fue ella la primera en hablar.

—No sé qué hacer primero, si darte las gracias o disculparme por este jaleo en el que te he metido —declaró.

—Supongo que ambas valen. Aunque…

—Sé que te debo una explicación —continuó sin dejarme hablar—. Una explicación enorme. Y no sé ni cómo empezar.

—Se me ocurre una idea. ¿Te apetece una Coca-Cola?

Aliviada, sonrió.

Supongo que levantamos algunas miradas al entrar, más por el pintoresco aspecto de ella que por lo tardío de la hora. Pero lo bueno de meterse en un McDonald’s un viernes por la noche es que te encuentras con gente de todo tipo y que el bullicio generalizado te concede cierto grado de intimidad a la hora de hablar.

Al final, no sólo me aceptó la Coca-Cola, sino también una hamburguesa doble con sus patatas, de las que picoteé alguna que otra, más pendiente de lo que fuera a contarme.

—Cuando no ves el mundo igual que los demás, te toman por loca.

Aquel comienzo me resultó tan prometedor como inquietante.

—La gente busca asideros a los que aferrarse. Una realidad tangible e inmutable que identifique todos los temores que puedan darse. No trates de explicarles que cuanto ven en la televisión es falso o está manipulado para que crean tal o cual cosa.

Sin duda hablaba con una madurez impropia para su edad. Aunque quizá no fuera tan joven como aparentaba. Su aspecto aniñado daba lugar a la confusión. Pero sus ojos…

—Mucho menos intentes decirles que nada de a cuanto se aferran es real, sino pura fantasía. Me miras sin comprender, pero sé que en el fondo lo sabes, o que lo intuyes al menos. La puerta está ahí, esperando a que la abras. Y cuando lo hagas, ya nada volverá a ser igual.

—Tienes razón. No te entiendo —expresé observando cómo le temblaban las manos en su afán por sujetar una hamburguesa que parecía a punto de saltar de entre sus dedos—. Estás temblando.

—Es por efecto de la medicación —explicó sin darle importancia—. Me sucede cada vez que dejo de tomarla durante unos días. ¡Es como si tuviera el mono! —bromeó, aunque la alegría no asomó a sus ojos.

—¿Qué te sucede? ¿Eres epiléptica o algo así?

—Según ellos, tengo un trastorno esquizo-paranoide de evasión de la realidad. —Al escuchar aquello me quedé con media patata en la boca—. Me mantienen sedada para protegerme y que no me haga daño cuando se da uno de mis ataques. Lo que de verdad sucede es que tienen miedo de lo que ocurre durante mis momentos de claridad.

No negaré que mi preocupación iba en aumento. Aquella muchacha acababa de confesarme que sufría estallidos de violencia y que la drogaban por temor a las consecuencias. Por un momento me sentí bastante vulnerable, sentado en aquel restaurante de comida rápida.

—Si necesitas algún tipo de medicación…

—¡No! ¡No más pastillas! ¡Nadie me obligará a tomarlas nunca más!

El tono de sus palabras provocó que la gente se girara para mirarla con desdén. No hubiese sabido cómo actuar si le hubiese dado uno de esos ataques. ¿Qué sería mejor, desaparecer, llamar a emergencias, o al propio instituto del que nunca debería haberla ayudado a escapar?

—No me mires así —sollozó ella, recuperando parte de su aplomo—. Por favor, no me mires de ese modo. Sé lo que estás pensando. Lo sé perfectamente. Son las malditas pastillas, me marean y me vuelven la cabeza del revés. No me dejes, por favor. No montaré ninguna escena, te lo prometo. Sólo deja que me serene y recupere un poco el control.

Yo la miraba. No me atrevía a decir nada.

Pasados unos minutos, ella volvía a sonreír como si nada hubiese sucedido. Como es obvio, yo estaba acojonado.

—¿Has probado a mirar a través de una lupa o un catalejo sin guiñar el ojo? —preguntó ella tras dar un largo trago a su bebida. Acto seguido cogió una servilleta y sus dedos comenzaron a jugar con ella—. Tu cerebro se siente confuso al no saber por qué ojo mirar, al no saber por cuál de las dos imágenes decidirse. Las pastillas hacen eso, que mi mente se olvide del catalejo. Que mantenga ese ojo bien cerrado y sólo atienda a lo que me dice el otro. Pero me siento encerrada, atrapada en una minúscula habitación, cuando un mundo entero me espera ahí fuera.

—De verdad que intento entender lo que dices —me disculpé—, pero…

—Dime que esto no significa nada para ti.

Desconcertado, bajé la vista hacia el rebuño que ella había hecho con la servilleta mientras me distraía con su desvaríos.

La sacudida que recibí fue tan fuerte que me hizo rechinar los dientes. Aquello ya no era un simple papel arrugado; No podía fijar la mirada, mis ojos bizqueaban y las lágrimas enturbiaron mi visión. ¡Pero aquella amorfa aberración pálida y cambiante se agitaba! ¡Y palpitaba!

Tan pronto como Emma bajó la mano y estrujó aquella cosa entre los dedos, la mortecina neblina desapareció, la servilleta volvió a parecerse una servilleta, y todo a mi alrededor regresó a la normalidad.

Ella trató de cogerme de la mano, pero recelé de su contacto. Aquella pesadilla todavía estaba muy fresca en mi retina.

—Perdóname, pero era la única forma de que comprendieras.

—¿Qué se supone que ha sido eso? —exhalé un poco más fuerte de lo que quería—. ¿Algún tipo de hipnosis? ¿Me echaste algo en la bebida cuando no miraba? ¡Qué!

—Es lo que yo veo allá donde miro.

Lo normal hubiera sido que, tras eso, yo la echase en cara lo loca que estaba y me marchase con viento fresco. Sin embargo, el tono de su voz me transmitió tal grado de desconsuelo, que reprimí mis más acuciantes instintos de huida y me dejé embrujar por el suave halo que envolvía sus palabras.

—Sólo te mostré una burda recreación de una efigie del Otro Lado. Cualquier otra persona en el McDonald’s no habrá visto más que papel arrugado. Pero tú, a diferencia de ellos, puedes cruzar el Velo.

—Hablas del velo, de ese otro lado, como si fueran cosas reales.

—¡Es que son reales! —replicó ella con entusiasmo—. Lo son para ti y para mí. Y para algunos otros.

—¿Qué otros? —quise saber.

—Al Otro Lado del Velo, la Concordancia se ha roto. Las efigies campan libres en ambos mundos y son muchas las buenas personas que ya han caído víctimas de sus apetitos. Alguien tiene que restaurar los Portales. Y ese alguien eres .

Entre el estupor y la incredulidad, opté por seguirle el juego, a ver dónde desenvocaba aquella charada.

—¿Y por qué yo? ¿Qué tengo de especial comparándome con cualquier otro? Porque lo que dices que se supone que debo hacer suena peligroso, y yo el máximo peligro al que pretendo exponerme, es a coger el coche cada día.

—¿Que qué te hace tan especial? —se asombró ella—. Haber compartido conmigo más de mil vidas. A veces tú eres el Guía y yo la Errante. En otras, como ahora, intercambiamos los papeles. Pero si algo no cambia nunca, es que el vínculo que compartimos asegura que nuestros caminos volverán a cruzarse, en esta vida o en la siguiente.

¿Cómo negar algo, aunque sonase a los delirios propios de un loco, cuando en tu interior sabes que es cierto?

Un engranaje escogió aquel preciso instante para girar en mi interior y un torrente de imágenes colapsó mi cerebro. Me llevé las manos a la cabeza y ahogué un grito, rogando que la agonía acabase. Pasaban tan rápido que apenas era capaz de distinguir nada, como si proyectaran cientos de películas, a toda velocidad y a la vez, ante mis ojos. ¿Mil vidas había dicho? Y aunque el cuerpo cambiara, también las proporciones y los rasgos, si algo permanecía inmutable en todos aquellos rostros era la pícara sonrisa.

—Estás despertando —apuntó ella, mientras lo peor de mi tortura se atenuaba por momentos—. Eso está bien.

—¿D-despertando? —atiné a pronunciar—. ¿Es que me espera más?

—Poco a poco deberías de ir recuperando la consciencia de quien en verdad eres. Y aunque no será fácil, no será peor que lo que ya has superado.

—¿También tuviste tú que soportar esto?

—Esta vez yo soy la Guía. Para mí ha sido cien veces peor, y no tenía a nadie en quien apoyarme.

No pude imaginar el infierno que había sufrido. Sola. No era de extrañar que hubiese terminado drogada en un psiquiátrico.

—Hay algo que me ronda desde hace tiempo…

—Dime —respondió, avanzándose en la mesa y dedicándome una de sus más radiantes sonrisas.

—Lo escuché el día que nos encontramos en el instituto. Me esforcé para no olvidarlo, pero por alguna razón siento como si no encajara. Me resulta equivocado cuando pienso en ti. Creo que te llamaron…

Akrise —destacó ella—. Es Akrise. Olvida el otro. No significa nada.

—Akrise… —paladeé aquel nombre en mis labios. Sí, ése era. Encajaba con la persona que tenía delante—. Perdón, con todo esto no te he dicho mi nombre. Me llamo…

Dakari. Tu nombre es Dakari.

Sí. La cena acabó, pero no las preguntas que quería que me respondiese.

Aún con todo me sentía reacio a llevarla a mi casa. ¿Cómo se puede confiar en una extraña a la que conoces desde siempre? En esas andaba yo, así que tomé el camino de enmedio. Me la llevé a un hotel.

Cierto que ya estoy más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero me sentí violento cuando al pedir la habitación, el tipo de recepción echó un vistazo a Akrise, con su enorme abrigo, y me lanzó un poco disimulado guiño. ¿Qué se creía que era yo? ¿Un asaltacunas? Poco podía imaginar aquel hombre que de los dos, el más intimidado con todo aquello era yo.

Subimos a la habitación, minúscula, y con vistas a una de las principales arterias del país.

—Yo dormiré en el butacón —declaré tan pronto vi la cama y el impúdico espejo fijado al techo sobre ella; y la inevitable conexión saltó en mi cerebro.

—No seas tonto —contestó ella desprendiéndose del abrigo. Se sentó en la cama para descalzarse. Me invitó a su lado—. Hay sitio de sobra para los dos.

Receloso, me acerqué a la cama por el otro extremo, como si de una amenazante fiera se tratase, y terminé por tomar asiento. En el borde. De espaldas a ella. Sin saber muy bien qué hacer a continuación.

¡Dios! ¡Me estaba comportando como un adolescente a punto de experimentar su primer revolcón!

Al menos el hecho de no sentirme atraído por ella me tranquilizaba bastante. Era bonita, con ese punto púber que provoca que se desaten los instintos más bajos, con un precioso cabello rubio que le caía sobre los hombros. Y sin embargo no. No ocurría. Si algo despertaba en mí era preocupación, atención, un fuerte sentimiento de protección. Rogué porque esto se diese recíprocamente.

Una vez descalza, Akrise se sentó con las piernas cruzadas sobre la manta y se giró para observarme. Dado lo ridículo de mi posición, me quité las botas e hice lo propio. Ahora la tenía cara a cara.

—¿Ves? Así mejor. No muerdo. ¿Te pone incómodo estar conmigo?

—No es algo que me pase muy a menudo —fue lo más inteligente que supe decir.

—¿El qué? ¿Que te hagan protagonista de una aventura en otras realidades, o compartir una cama de hotel con una jovencita?

Y otra vez esa sonrisa, que me desarbolaba por completo.

—Pues ninguna de las dos —me defendí, con más seriedad de la que pretendía—. ¿Acaso tú te metes en habitaciones con extraños a menudo?

—Más de lo que querría —replicó ella con inusitada fiereza, dejado atrás el tono burlón—. Y normalmente en contra de mi voluntad.

—Lo siento. No pretendía…

—Olvídalo —negó con la cabeza—. La culpa es mía. Continuamente se me olvida que aunque yo sienta conocerte de toda la vida, para ti aún no soy más que una desconocida. No debería tomarme confianzas tan a la ligera.

Qué más añadir. Akrise lo había comprendido a la perfección.

—Te lo agradezco.

—No pasa nada. Pero todavía noto que algo más te ronda la cabeza…

—Tú y yo… —dudé a la hora de expresarlo en voz alta.

—¿Sí…?

—¿Se supone que somos pareja o algo así?

La risotada que soltó volvió a ponerme a la defensiva. Llevaba muy mal eso de que se riesen de mí.

—¡Calma, no te enfades! —trató de aplacarme, divertida a costa de mi reacción exagerada—. No pongas esa cara. Deja que me explique. A ver…, ¿tienes alguna hermana?

—Tengo dos —dije yo—, Yolanda y Paula. Yolanda es la mayor y Paula la pequeña.

—¿Con cuál te llevas mejor?

—Con Yolanda —ni lo dudé—. Es con quien mejor me entiendo, y con quien puedo hablar de todo.

—Pues la relación que tienes con Yolanda, lo mismo conmigo. ¿Asunto resuelto?

—Asunto resuelto —acepté, respondiendo a su sonrisa con la mía.

—Y ahora a dormir. Ha sido un día largo y estresante para ti. Demasiadas revelaciones en muy poco tiempo. Mejor será que descanses.

Todo esto lo dijo mientras se metía entre las sábanas y se preparaba para dormir. Así. Sin más.

Ya tumbado y súbitamente avergonzado por la imagen reflejada que me ofreció el espejo del techo, apagué la luz. Quise permanecer un rato despierto, recapacitando sobre todo cuanto había ocurrido. Y sobre lo que era más importante: lo que traería consigo el siguiente día.

Sin embargo, el sueño acabó venciéndome.

Desperté asustado.

Una figura se encaramaba a horcajadas sobre mí e impedía que me moviera. La oscuridad era total. Pero un sobrecogedor brillo refulgió en su mirada, iluminando levemente las conocidas facciones de Akrise. Acto seguido, sin darme opción a reaccionar, se abalanzó sobre mí y apretó mis sienes con las manos. La luz de sus ojos amenazó con taladrarme el cerebro.

—Ha llegado el momento —escuché que recitaba a modo de conjura—. ¡Salta!


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