Cruzada

Cruzada
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Sir Rowayn Vallart montaba velozmente a lomos de su soberbio caballo de gran alzada y blanco pelaje, blandiendo en su mano derecha su larga espada sobre la cabeza y protegiendo el frente con el escudo portado en la zurda.

Su impresionante armadura dorada no mostraba mella alguna y brillaba refulgente al incidir sobre ella los rayos solares, concediendo a la estampa del caballero una magnificencia que provocaba admiración en todos aquellos hombres que fijaban su mirada en la figura del jinete.

Mas ahora sir Rowayn no se enfrentaba a seres humanos; un ejército de criaturas del Averno y muertos vivientes le cerraba el camino hasta su destino en lo alto de la colina, en el Castillo de Warehall.

El blanco alazán relinchó excitado y corcoveó alzando sus cascos al frente cuando el guerrero tiró bruscamente de las bridas antes de emprender la terrible acometida. Al otro lado, las horribles criaturas exhalaban gritos y gemidos ante la inminente llegada del caballero, mezcla de anhelo por entrar en acción y de ansia por probar su cálida sangre.

La embestida del caballero fue brutal, mutilando y cercenando con el filo de su reluciente hoja los cuerpos deformes que se amontonaban en su entorno. Su escudo administraba violentos golpes allí donde no llegaba su espada, en tanto el entrenado corcel se defendía a su vez repartiendo coces a aquellos que se aproximaban demasiado.

Los esqueletos y zombies arrastraban sus descompuestos seres tratando de alcanzar al jinete, mas éste no cedía ninguna brecha en sus defensas y lanzaba profundos mandobles que seccionaban los miembros o cráneos de los muertos vivientes. Las gárgolas y demonios provistos de alas realizaban picados buscando la carne desprotegida de la cabeza del caballero, mas el escudo o la espada se cruzaban invariablemente en su camino, haciendo vanos sus intentos y cobrándose bajas entre sus líneas.

Sir Rowayn volvió a espolear a su montura cuando advirtió que las filas abismales se cerraban en torno a él, rompiendo con su acción la intentona y atravesando al galope el terreno cruelmente corrompido.

—¡Por Earl! —exclamó el guerrero encomendando su vida a su dios y ofrendando la futura victoria.

El caballo, al igual que él, mostraba arañazos y cortes en su blanca piel, de los que manaba sangre con fluidez, mas no parecía querer sucumbir al agotamiento físico y avanzaba, si cabe, aún con mayor decisión hacia la pétrea construcción.

Los cuernos de alarma tronaron cuando apreciaron la presencia jinete. Los ruidos y chirridos de las ruedas dentadas al girar evidenciaron el ascenso del paso levadizo que protegía las puertas de la fortaleza. Además, un nutrido grupo de mercenarios orcos se aprestó al frente para detener la carga del solitario guerrero.

Mas sir Rowayn Vallart no prestó atención a la formación orca. Su caballo cruzó por medio de las apretadas filas, apartando y pisoteando los cuerpos de aquellos que no lograron apartarse a tiempo, a la vez que tomaba carrera para efectuar un salto que lo elevó sobre el foso hasta el paso de madera, mediado en su recorrido.

El caballero se apartó de su montura cuando ésta cayó a plomo con un sonoro chasquido al romperse el espinazo contra la piedra que recubría el suelo del Castillo de Warehall. Su mente no albergaba dudas y avanzó matando y quitándose de en medio a cuantos adversarios se anteponían en su implacable recorrido. La oscura sangre de los orcos resbalaba por su arma hasta la empuñadura, donde sentía la tibieza en las manos bajo los metálicos guanteletes, e impregnaba su áurea armadura plasmando macabros dibujos en su diseño.

Pero los ojos de sir Rowayn sólo contemplaban un punto, su objetivo: la Torre del Homenaje.

Su brazo asestaba mortales cuchilladas que robaban la vida de los muchos orcos que trataron de detenerle en su fijado camino; otros tantos escaparon de allí lamiéndose las heridas, sin desear conocer la muerte aquel día.

Un grupo de arqueros defendía el torreón y desató una lluvia de muerte y destrucción con sus flechas, acabando con la vida de muchos de sus congéneres. El guerrero se tambaleó cuando un astil atravesó primero su pierna y después un segundo perforó su hombro izquierdo rodeando la defensa del escudo. Sir Rowayn extrajo fuerzas de su extrema determinación y continuó imperturbable adelante, abriendo la recia puerta de una patada y astillando la madera en una nube de polvo e inmundicia.

Dos enormes trolls armados con gruesos y nudosos garrotes esperaban al otro lado del umbral y no vacilaron en atacar con sus bastas armas al intruso. Los inmensos trolls eran rápidos para su tamaño y mostraban un adiestrado uso de sus trancas de madera. Sin embargo, el solitario guerrero era más veloz y hábil, anticipándose a los movimientos de sus colosales enemigos. Su espada escindió primero el brazo armado de uno de ellos a la altura de la muñeca, para chocar y quebrar el esternón de la brutal criatura. El otro troll no cedió en sus salvajes acometidas y el combate finalizó cuando una desmesurada cabeza retumbó gravemente al chocar contra el suelo. El cuerpo decapitado quedó ridículamente arrodillado frente al caballero, que prosiguió su avance hasta el interior de la Torre. Su meta se hallaba cercana, en lo alto de las escaleras que daban a la gran sala central.

Sir Rowayn Vallart ascendió los tramos de dos en dos y de tres en tres peldaños en algunos momentos, mas aunque mantenía todos sus sentidos alerta, ningún adversario encontró en la escalinata.

Éstas dieron finalmente a un gran portón esmeradamente labrado que exhibía un extraño galimatías de símbolos desconocidos y carentes de sentido. Forzó el acceso con una nueva patada y penetró en una amplia estancia refinadamente decorada. con frondosas alfombras cubriendo el piso y coloridos tapices colgados en las paredes.

Una única figura se hospedaba en el lugar, tranquilamente sentada tras un escritorio repleto de papeles y pergaminos. Vestía una larga túnica oscura que simulaba su cuerpo y rostro, dejando sólo a la vista unas arrugadas y retorcidas manos y una afilada barbilla que sobresalía por debajo de la calada capucha.

Sir Rowayn, reconociendo en el hombre al dirigente de las tropas invasoras apostadas en su reino, cargó con la espada en alto contra él. El individuo alzó una de sus manos semejantes a garras y canturreó una gutural letanía, en tanto con la otra trazaba complejos diseños en el aire. El caballero, indiferente a la actitud del hechicero, continuó su embestida, siendo bruscamente detenido por una ráfaga de negra luz que lo golpeó violentamente en el pecho acorazado y lo dejó sentado en el suelo, sin resuello. Trató de erguirse de nuevo, mas un lacerante y agónico dolor lo obligó a permanecer donde estaba. Cuando agachó la cabeza, sus ojos pudieron observar como un ancho agujero se abría en su caja torácica, por la que un chorro de vital líquido carmesí escapaba a raudales y formaba un charco sobre la alfombra.

El brujo escondió sus manos bajo las mangas de sus vestiduras y buscó de nuevo asiento en su cómoda silla, pertinaz en su tarea de concluir el papeleo que se acumulaba en su mesa.

—¡Argh! —gruñó de fastidio y enojo una sombría figura.

—Tu Caballero ha muerto bajo mi Hechicero, Earl —comentó una segunda con satisfacción. Su voz retumbaba y vibraba en la inmensidad del vacío—. Ahora es mi turno de mover figura.

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