El globo (#historiasdemiedo concurso Zenda)

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No tendría que haber ocurrido nada especial.

Cumplíamos cinco años desde que nos conocimos y mi novia quiso celebrarlo cocinando una tarta cargada de recuerdos y sentimientos, llenando de guirnaldas la casa y comprando un globo de helio, de ésos que flotan hasta el techo atados con un cordel, con la forma de un cinco enorme.

Con los tiempos que corren, celebrar cinco años juntos no era poca cosa, no cuando lo haces con el deseo de seguir celebrando otros cinco y cinco veces más.

 

A la mañana siguiente tocó volver a la rutina del trabajo. Se recogieron las guirnaldas y la tarta acompañó nuestros desayunos y postres durante un par de días más.

Nos sorprendió que el globo siguiese flotando a pesar del paso del tiempo. Por el día nos lo traíamos al salón para tener bien presente su significado y sonreír, quizá tontamente, cuando se cruzaban nuestras miradas. No obstante, por la noche lo llevábamos a una de las habitaciones, para evitar el riesgo de que cayese en las garras de nuestro gato, que con tanta saña lo observaba, como si en silencio lo retase a descender del techo.

 

Casi dos semanas después proseguía esta emotiva rutina del globo para acá, globo para allá, aunque el tiempo había comenzado a cobrarse su precio y, si aún flotaba, sólo lo hacía a media altura y con la figura del orgulloso cinco mudando en algo menos definido.

 

Una noche me metí en la cama inquieto.

No hice nada de particular: cena, televisión y algo de lectura antes de conciliar el sueño. Sin embargo, me sentía tenso, incómodo en mi propia casa. Creí escuchar ruidos, a los que pronto quise identificar como el estor de una ventana aleteando al ritmo del viento.

La clásica historia de miedo, supongo.

Mi novia dormía tranquila a mi lado, sin acusar nada extraño, pero para mí era diferente. Harto ya, decidí levantarme y cruzar el pasillo que separaba el dormitorio de aquella habitación que cumplía las veces de despacho para mi compañera, con la intención de cerrar la dichosa ventana. No pude menos que dedicarle una mirada cargada de suspicacia y reproche a la amorfa figura del globo, que a duras penas se erguía, incapaz ya de remontar el vuelo.

Regresé a la cama con la tarea cumplida, pero ni mucho menos aliviado.

Nada más lejos.

Aquella angustiosa sensación se acrecentó, perturbando mi calma natural, y no me costaba en absoluto imaginar cómo aquel cinco retorcido se aventuraba a cruzar los límites del despacho para internarse en nuestro dormitorio. Con un movimiento bamboleante, renqueante, como aquél que adoptan los seres que ya han olvidado cómo es estar vivos.

Ese incomprensible terror a abrir los ojos y descubrir algo inclinado sobre ti, mirándote. Y no con buenos deseos.

 

Pero nada ocurrió.

Pese a mi aprensión, el cansancio terminó por vencerme y sumergirme en un sueño agitado poblado de sombras. Aunque al despertar, todo había quedado olvidado, relegado a un apartado rincón de mi memoria.

 

Cuando por la noche regresé a casa del trabajo, mi novia me recibió con una radiante sonrisa pintada en los labios.

No era para nada algo insólito, vivaz y alegre como ninguna, pero sí capté algo especial en ella que me hizo preguntar.

—¿Y esa sonrisa? ¿Qué sucede?

—No sabes cuánto me gusta que seas así —agradeció ella, sin explicarme más.

No atiné a contestar, porque no sabía a qué se refería.

La seguí dócilmente por el pasillo, pues parecía dispuesta a enseñarme algo. Algo que, al parecer, yo había hecho.

—Me encanta que tengas estos detalles tan románticos —dijo señalando con la mano el interior del dormitorio.

En concreto, al amorfo globo que languidecía al otro lado de la cama.

Junto a mi mesilla.

Y bien, ¿qué opinas?