El origen de Dómino (1)

El origen de Dómino (1)
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—¡Milord!

La puerta que daba acceso al salón principal fue abierta con brusquedad, sin petición previa, concediendo paso a uno de los miembros de la guardia, visiblemente alterado.

Si aquel inusitado suceso logró sorprender al señor del lugar, éste no dio la menor muestra de ello. Se mantuvo firme en su sólido sillón, ocupado en sus papeles, sin siquiera alzar la cabeza para observar al intruso.

El miliciano, espoleado por las acuciantes noticias, cruzó la estancia hasta alcanzar el escritorio de madera del noble. Tal era su grado de ofuscación que se atrevió a afianzar sus manos sobre la madera pulida.

—¡Milord! ¡Es preciso que sepáis lo que ha ocurrido!

Los ajados músculos del ayudante de cámara se crisparon cuando las sucias uñas del soldado arañaron de manera apenas perceptible los maravillosos grabados que decoraban las valiosas láminas de nogal que conformaban la superficie de la mesa. Sólo entonces lord Pernhown desvió levemente la mirada de los documentos que abarrotaban su entorno y tan mínimo gesto bastó para que el soldado apartase torpemente las manos del escritorio y diese un repentino paso atrás, consciente de su error.

—Milord…

—Ya te escuché la primera vez —advirtió su señor. Descansó la rígida espalda contra el blando respaldo de su asiento, entrelazó los dedos y dedicó una indiferente mirada a su hombre—. Di lo que tengas que decir, y vete.

—¡Milord! —la exaltación de su tono fue nuevamente reprimido por un avinagrado gesto del noble—. Milord, son elfos. Una partida de ellos ha llegado a vuestras tierras y se ha presentado ante las puertas. Solicitan una audiencia con vos.

Mientras el chambelán sofocaba una exclamación de sorpresa, Pernhown se limitó a alzar una poblada ceja.

—¿Elfos? —definitivamente aquello había reclamado su atención.

—Así es, milord. Son cinco, un palafrenero, otro que se anuncia como embajador y sus tres guardaespaldas —detalló el soldado—. Sólo éstos portan armas.

—No es significativo —intervino el ayudante de cámara—, podría tratarse de brujos o practicantes de los Poderes Ruinosos.

Pernhown alzó una mano, dando por zanjada la disputa.

—Deseo conocerlos —sentenció—. Dejadles entrar y conducidlos a la biblioteca. Y que esperen. Me reuniré con ellos cuando termine de revisar estos documentos.

Obedeciendo las indicaciones del noble, los elfos fueron invitados a entrar en los patios de la bien protegida mansión.

Los milicianos no perdían ojo a los recién llegados, siempre recelosos de los extraños, más ahora tratándose de adustos miembros de la milenaria raza. Aunque mayor desconfianza despertaban los tres guerreros elfos tocados de negro, armados hasta los dientes y con frías máscaras ocultando sus rostros.

El portavoz de la partida ni siquiera tuvo que ser percibido al respecto de la prohibición de llevar armas en presencia del señor del lugar, pues de propia iniciativa ordenó a su escolta que esperase en el exterior mientras él era conducido dentro, seguido por su ayudante.

Cuando Pernhown decidió que la espera se había prolongado adecuadamente, reclamó el bastón de puño de plata que acompañaba cada uno de sus pasos y se personó en la biblioteca, seguido por su inseparable chambelán.

En tanto el líder elfo aguardaba sentado en uno de los mullidos butacones que completaban la habitación, el otro, de cabellos tan largos y oscuros como los del primero, pero aparentemente de mayor edad, repasaba los títulos de las obras que se repartían por las estanterías. El cabecilla se levantó, despacio, en respetuosa deferencia a su anfitrión, en tanto su subalterno permaneció abstraído en los libros.

—Consideraos bienvenidos a mi casa —anunció el noble, algo molesto por la indiferencia mostrada por el segundo elfo—. Soy lord Pernhown, y habéis de saber que os halláis en mis dominios.

El elfo más joven asintió antes de contestar.

—Así es que decidiéramos presentarnos ante vos en nuestra intención de cruzar vuestras tierras —concedió con diplomacia, su Reikspiel de magnífica entonación—. Mi nombre es Khaels Nierrendal, mi inestimable colaborador Jisne Afrasd —el otro hizo acuse al ser llamado y abandonó su concentrado estudio por instante, para brindar una débil reverencia que no convenció al noble—. Os agradecemos vuestra cortés invitación, aunque debo advertiros de que nuestra presencia aquí no se debe a la más pura manifestación de muestras de reconocimiento y buenas intenciones entre nuestros pueblos.

Pernhown entrecerró los ojos, dado el súbito giro que habían tomado los acontecimientos. Hombre acostumbrado a abordar los asuntos de manera directa, no dudó en corresponder al elfo en los mismos términos.

—¿Y a qué se debe, pues?

—Durante nuestra travesía, algunas jornadas atrás dimos con la pista de una nutrida agrupación de mutantes en los bosques que, sin duda, se dirigían hacia aquí, en busca de alimentos para el invierno —reveló el portavoz para espanto del ayuda de cámara de la mansión. Su señor se limitó a esperar a que el elfo concluyera su anuncio—. Consideramos que nuestro deber era no sólo advertiros, sino también sumar nuestras fuerzas a las vuestras en favor de la eliminación de tan adversas criaturas.

—Comprendo.

Nada más añadió Pernhown, que mantuvo un tenso silencio durante unos momentos.

—Está bien. Sólo un estúpido ignoraría la amenaza que representan los hombres bestia, aún en el corazón de su fortificada mansión —comentó para alivio de su pálido chambelán, y ganándose así el reconocimiento de sus invitados—. Aunque no alcanzo a imaginar en qué medida podéis vos y vuestro séquito servirnos de ayuda.

Lejos de sentirse insultado, el más joven de los elfos esbozó una media sonrisa cargada de suficiencia, más que experimentado en los juicios humanos.

—Supongo que un hombre como vos, más que palabras sabrá valorar una simple demostración de las facultades de mi escolta personal.

—Da la impresión de que nos entendemos, maese Nierrendal.

—Sin duda, lord Pernhown.

—Entonces abandonemos esta biblioteca y salgamos al exterior —indicó, satisfecho de truncar así las ansias intelectuales del acompañante del embajador elfo—. Deseo conocer a esos guardianes vuestros.

Los tres elfos habían aprovechado para cuidar de los caballos en el lapso que había durado la entrevista de su líder, acondicionando a las monturas en el espacio de los establos que les habían cedido. Ahora, cumplida su labor, esperaban como un solo hombre, en pie, no firmes pero en absoluto relajados. Sus esbeltas figuras parecían incapaces de mostrar un estado que no fuese de permanente alerta, cómodas en tal actitud. Pocas palabras habían cruzado durante la realización de sus deberes, y las que pronunciaron resultaron del todo ininteligibles para aquellos humanos dotados de un oído tan fino como para haberlas acertado a escuchar.

Sus cabezas giraron al unísono al advertir la llegada de Khaels Nierrendal, dispuestos a acometer cualquiera de sus sabios mandatos.

—Helos aquí, lord Pernhown, aquellos elegidos sobre los que jamás dudaré en depositar mi vida —exaltó el elfo, convencido de sus palabras. Sin embargo, los aludidos no reaccionaron en forma alguna al cumplido de su señor ni rompieron su mutismo tras la fiereza de las máscaras.

Más tarde Pernhown reflexionaría al respecto de por qué la sola visión de aquellos disciplinados guardianes despertó el mayor de sus respetos y el temor a sus artes en la batalla, una pequeña isla perdida entre el arremolinado océano que se apropiaría de sus pensamientos.

—Nunca confiaré en un hombre que oculta su rostro —señaló, jugueteando con su bastón—. Aún menos si va armado.

—Dado que la desconfianza es un terrible enemigo en tiempos de conflicto —apuntó Nierrendal sin perder la sonrisa—, y que disfrutamos de la cortesía de vuestro hospedaje en calidad de agradecidos invitados, es justo que acatemos ciertas… concesiones.

Si el elfo hizo algún gesto, al noble le pasó completamente inadvertido. No obstante, los tres miembros de su escolta procedieron sin vacilar a desabrochar las correas que afianzaban las máscaras sobre sus caras.

Los rasgos revelados eran firmes, endurecidos por el entrenamiento y la lucha, carentes de expresión y emoción alguna. El único fuego habitaba en sus ojos, inexorables.

—Rinhear Aloksnara, explorador de incalculable valía, maestro en el uso de las hojas gemelas —el interpelado cabeceó—. Niesrah Sairn apenas lleva tres décadas a mi servicio, aún así ha tenido la oportunidad de demostrar sobradamente el alcance de sus facultades —su aparente juventud no supuso un inconveniente para mantener la misma actitud indiferente de su compañero—. Y Aliekki Criesre, la más veterana entre mis custodios.

«¡Una elfa!»

Si el frío distanciamiento de los dos guerreros se le antojaba correcto e incluso satisfactorio, salvar el insondable abismo que le separaba a Pernhown de la mujer se convirtió desde aquel mismo instante en su mente en el primer y único fin que perseguiría por el resto de sus días.

Los ojos lavanda de Aliekki sostuvieron su mirada, insensibles a su brutal escrutinio. Mas su presa se rompió cuando una imperceptible señal acaparó los agudos sentidos de la mujer. Su líder supo interpretar al punto su reacción.

—Ya están aquí.

El ataque de los seguidores del Caos rompió como una sanguinaria ola contra los habitantes de la villa.

Puertas y ventanas no fueron obstáculo para los brutales mutantes dotados de cuernos y de otros apéndices animales, que se entregaron a una orgía de muerte y destrucción que no discriminaba entre soldados y aldeanos. Cualquier presa viva se convertía en objetivo de su frenética rabia y, en ocasiones, los más famélicos entre ellos no dudaban en dar comienzo a su propio festín en medio de la incipiente carnicería.

Los miembros de la milicia, bien aleccionados, se preocuparon de acordonar y presentar auténtica defensa alrededor de los edificios más emblemáticos del lugar, a excepción de aquellos que tan pronto se les prestó la oportunidad corrieron a proteger sus hogares y a sus familias.

Pero hubo otros que contarían historias de sobrecogedora magia y letales sombras que aniquilaban con total desapego a sus enemigos. Fueron aquellos que, sobreviviendo, habían visto luchar a los desconocidos elfos.

Si tanto Nierrendal como Afrasd demostraron ser unos más que aptos practicantes de lo arcano, eran sus guardianes quienes despertaron la más terrible admiración ante sus anfitriones humanos. Su descuidada economía de movimientos contrastaba gravemente con el resultado de sus envites. Más que luchar bailaban, una danza nefasta que segaba miembros y vidas entre los vociferantes atacantes, entre las salpicaduras de una oscura lluvia de sangre.

Los embates de las criaturas del Caos perdieron fuelle ante aquella inesperada resistencia, desengañados de lo que se les había prometido que sería una sencilla cacería. Cuando la duda se abrió paso por los corruptos corazones de los asaltantes, el líder elfo manifestó la necesidad de dar un paso adelante y acometerlos ahora que estaban acobardados. Y así lo hicieron, él, su docto colaborador y los tres custodios.

Los humanos, siguiendo las órdenes impartidas por su señor, no avanzaron, y permanecieron en los límites de la mansión.

Un monstruoso hombre oso hizo entonces su aparición, arengando con sus bramidos y con crueles barridos de sus grotescas garras a los mutantes, que atrapados entre dos fuegos se arrojaron enardecidos contra los elfos y los pocos soldados que aún sobrevivían en aquella zona de la villa.

Lejos de sentirse intimidados, los tres guerreros enmascarados cerraron una afilada fila alrededor de su líder, que junto a su compañero no paraba de arrojar lanzas de fuego azul contra sus adversarios.

El combate fue brutal, o al menos eso relataron los soldados que desde la distancia contemplaron cómo los elfos ofrecían sus vidas para hacer frente a los Poderes del Caos. Llamaradas arcanas derretían la carne de cuerpos peludos y escamosos hasta los huesos. Cadáveres decapitados unos, desmembrados otros, se acumulaban a los pies de los etéreos defensores que saltaban, rodaban y daban acrobáticas volteretas sembrando muerte a su paso. Pero sostener aquel frenético ritmo y hacer frente a tan descomunal desgaste, tanto mágico como físico, no tardaría en convertirse en una tarea tan formidable como imposible de prolongar.

Niesrah fue el primero en caer. Ni siquiera su sobrenatural agilidad le salvó del ataque conjunto de varias armas enemigas, que lo alcanzaron y derribaron antes de que un gigantesco garrote convirtiera su torso en un amasijo de brillantes vísceras y huesos astillados. Le siguió Afrasd, que vulnerable por la muerte de Niesrah, no advirtió la lanzada que lo espetó como si se tratara de un ganso; aunque al elfo no tenían previsto asarlo antes de devorarlo.

Como aquella primera pieza que cae y termina derribando en cadena a todas las demás, así sucedió con los tres elfos restantes. Aliekki derribada y aplastada sin miramientos, Rinhear decapitado por un brutal tajo desde su espalda, y Nierrendal explosionando en una tormenta de fuego, decidido a llevarse consigo a tantas criaturas como pudiera antes de que la herida mortal de su pecho le arrebatara la vida.

Qué fácil fue entonces para la milicia local dar cuenta de los pocos monstruos que restaban, heridos o moribundos en su mayoría. Representar su papel de héroes ante los que debían proteger. Hundir sus lanzas en los retorcidos cuerpos de los impíos agresores en su justa venganza, ahora que éstos no ofrecían resistencia. Cuán alto alcanzaron las llamas de las diferentes piras donde fueron quemados, ante el alborozo general.

No hallaron ni rastro de los restos de Khaels Nierrendal. Los cadáveres de los elfos que sí encontraron no fueron tratados con gran ceremonia, echados a rodar con las astas de las armas, incluso en algún caso saqueados sus bienes, o apartada a un lado la cabeza de Rinhear Aloksnara de una patada.

También con el pie un soldado zarandeó el ensangrentado cuerpo de Aliekki, dispuesto a dar cobijo a todo aquello de valor que pudiera portar. Dio un respingo y casi acertó con sus posaderas en el barro cuando la elfa se removió y exhaló un quejido.

—¡Aquí hay uno vivo!

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