El origen de Dómino (2)

El origen de Dómino (2)
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Dolor.

Confusas imágenes vagaban por su mente ofuscada. Figuras bestiales cargaban desdibujadas a través de la densa bruma que enturbiaba sus sentidos. Guturales bramidos resonaban en sus oídos mientras ella forcejeaba tratando de moverse y prepararse para interceptar el ataque.

Pero no era capaz de hallar sus armas por ninguna parte, tampoco una armadura protegía su cuerpo ni la máscara cubría su rostro. Luchó por apartarse, mas garras de pesadilla la sujetaron con fiereza, obligándola a permanecer donde estaba, atrapada en un blando lecho de podredumbre, sólidas telarañas haciendo presa de sus piernas.

Inmundas criaturas rondaban a su alrededor, poco más allá de la periferia de su mermada visión, hablando en la jerigonza de su ininteligible lengua, gesticulando en su dirección. Tenía que escapar.

Pero el dolor…

Miles de martillos golpeaban en el interior de su cráneo, amenazando con quebrar el hueso y desparramar sus sesos. En un supremo gesto de fuerza de voluntad, tensó los músculos e hizo intención de levantarse.

Sus captores no se vieron en la necesidad de prenderla.

Aliekki se derrumbó sobre el camastro y volvió a sumirse en la inconsciencia.

Los episodios de delirio se fueron repitiendo. En ocasiones consistían en meros instantes de intensa pugna, con la misma e inevitable conclusión. Aunque otras veces los períodos de consciencia se prolongaban durante varios minutos. Sin embargo la elfa no reaccionaba, miraba sin ver y parecía ausente de todo cuanto la rodeaba.

Lord Pernhown estaba preocupado por los súbitos estallidos de violencia, temeroso de que en sus pesadillas la mujer pudiera llegar a lastimarse. Así que no dudó en incrementar la vigilancia y ordenó que la maniataran de pies y manos con suaves pero firmes tiras de seda, en favor de su seguridad.

Aquel añadido no ayudó a tranquilizarla en sus ataques de furia, ni mucho menos.

Su cuerpo, revigorizado a medida que transcurrían los días y respondía a los cuidados, se contorsionaba con salvaje frenesí mientras peleaba por librarse de las ataduras que la sujetaban. Pataleaba, agitaba los hombros, la cabeza, y arqueaba la columna poniendo en jaque la elasticidad de sus tejidos.

Pernhown procuraba estar siempre presente durante estos lances, ordenando que se le diera inmediato aviso cuando así ocurrían. Observaba junto al lecho, acariciando con los dedos la empuñadura de su bastón, embelesado por la indomable energía de la que hacía gala su insólita invitada.

Y soñaba…

Permanecía absorto en sus libros de cuentas cuando Cleven, el ayudante de cámara, entró sin llamar en sus habitaciones y se aproximó hasta él.

Siendo el servil y flaco hombrecillo el único que disfrutaba de tal prerrogativa, no le concedió especial atención a aquella intrusión y continuó haciendo números.

—Milord —susurró discretamente el chambelán al oído de su señor, a pesar de hallarse solos en la estancia, llevado por la costumbre—, creo que os satisfará saber que lady Aliekki Criesre ha despertado de su convalecencia y parece consciente.

—¿Cómo? —exclamó Pernhown levantándose con tal brusquedad de su sillón, que a punto estuvo de volcarlo. Agarró el mango de su bastón y se encaminó hecho una furia hacia la estancia donde se alojaba su huésped—. ¿Por qué no se me ha avisado? ¿Cuándo ha ocurrido?

—Al presentir el conato de un nuevo episodio, la doncella se apresuró a llamar al doctor Frauns para que la atendiera —procedió a explicar Cleven, siguiendo los pasos de su señor a la carrera, pero sin que tal circunstancia le hiciera perder su flema habitual—. Al observar que el estallido no llegaba y que la dama parpadeaba y miraba en su derredor, Frauns pronto decidió informarme del portento.

—¡A mí tendrían que haber informado antes que a nadie!

—Así debería haber sido, milord —asintió el chambelán, sabedor de que si cualquier otro se hubiese atrevido a irrumpir en las habitaciones del noble, habría sido severamente castigado.

Entre airados refunfuños y violentos golpes de bastón, Pernhown cruzó el acceso a la habitación.

Ubicada en el ala menos transitada de la mansión, dotada de estrechos ventanucos y diáfana en su amplio espacio, el noble había descubierto en ella el lugar ideal donde alojar a su maltrecha invitada. Ahora un triste jergón se apoyaba en el muro más alejado de la puerta, no más que un recio armazón de madera revestido de paja y cubierto de sábanas y mantas. Y en él, forcejeaba Aliekki.

—Mi querida doncella, celebro que hayáis despertado de vuestro atormentado sueño —proclamó el noble mientras avanzaba con seguros pasos hacia ella, una amplia sonrisa se abría en su boca—. No imagináis cuán preocupado me teníais.

Al elfa no contestó más que con una fiera mirada, batallando con los nudos que apresaban sus extremidades.

—Vamos, tened calma. A un paso habéis estado de cruzar a los salones de Morr. Es momento de tomar debido reposo y dejar que vuestra salud se recobre. No temáis, pues podréis permanecer en mi hogar hasta vuestro total restablecimiento y recibiréis oportunos cuidados. Y aunque no lo considere necesario, no estaría de más que os mostraseis un tanto… agradecida, por las atenciones de las que disfrutáis.

Reacia a hablar, sus perentorios deberes quedaban por encima de su propio orgullo. Así que, tras respirar hondo y tratando de domeñar sus crispados músculos, irrumpió a pronunciar las palabras en aquella tosca lengua.

—Khaels Nierrendal, mi señor, ¿dónde está él? —articuló con rudeza—. ¿Dónde están todos?

Pernhown se maravilló del tono musical que brotó de su enronquecida garganta y que perló con dulce sensualidad cada una de sus palabras. Tanto fue así que decidió ignorar lo descortés de sus interrogantes.

—Habéis de saber que sólo vos entre los vuestros salisteis con vida del encuentro con los mutantes —declaró con fría indiferencia el noble—. Sus cuerpos ya fueron quemados y sus cenizas yacen en la tierra. Sois muy afortunada, sin duda.

Aliekki tragó con amargura el significado de aquella proclama que evidenciaba su terrible fracaso. No sólo había fallado en su cometido. Para su vergüenza, había sido rechazada por la muerte. ¿Qué más tenía que perder?

—Desatadme —su voz sonó apagada, carente de todo sentimiento de autoridad—. Me encuentro bien y tengo un largo camino que recorrer.

—Mi joven guardiana, creo que no lo habéis comprendido bien.

El tono que empleó Pernhown provocó que alzara la mirada para contemplarlo, más que por el sentido de sus palabras.

—Ahora éste es vuestro hogar, y confío que demostréis la pertinente correspondencia a mi agrado por vos, como vuestro salvador. Con el tiempo, limaré esa… agreste ferocidad de la que hacéis gala y haré de vos una educada damisela.

Aliekki, atónita, no supo en un primer momento cómo reaccionar a tamaña necedad. Después, expulsó el dolor y la furia que latían en su pecho en la forma de una virulenta risotada que borró de un plumazo las aspiraciones del noble.

—Humano, creía que el golpe en la cabeza lo había recibido yo —pronunció ella, exhibiendo una corrosiva sonrisa.

El rostro de Pernhown quedó lívido, mudado de cólera, sabiéndose insultado en su propia casa, ¡en su propia cara!

—¡Aprenderás! —rugió, temblando casi convulsivamente—. ¡Aprenderás a apreciarme y mostrarme el debido respeto! Pagarás por esto…

—Sueña despierto, humano —zahirió ella, recostándose en el jergón y perdiéndole de vista, olvidadas por el momento sus ataduras.

El hombre salió hecho una furia de la habitación, seguido por su edecán, ordenando que se trabase la puerta.

Sin embargo, regresó mucho antes de lo que había supuesto la elfa.

Y no lo hizo solo.

Además de su inseparable chambelán, un fornido humano ataviado con un grueso mandilete de cuero manchado de hollín entró con él en la habitación. Miró por un instante a la extraña residente, mas el temor a inapelables represalias le instó a volcar toda su atención en su señor.

Pernhown dio rápidas, iracundas, instrucciones ante las que el herrero sólo pudo bajar la cabeza, asentir y proceder de inmediato a satisfacer los requerimientos demandados.

Aliekki se mantuvo indiferente a la actividad que se desarrollaba en la estancia. Tumbada, observaba el sobrio artesonado del techo, haciendo oídos sordos a los potentes martillazos que taladraban la piedra con puntas de metal.

Su desinterés no tuvo cabida cuando dos hombres de armas del noble llegaron hasta ella y trataron de sacarla a rastras del camastro. La elfa se revolvió cuanto pudo, mas atada de pies y manos, la resistencia que logró oponer fue más simbólica que real.

Pernhown la observaba aún con rabia, pero en sus ojos percibió un brillo que logró que se le erizara el fino vello de la nuca.

Fue entonces cuando advirtió el resultado de las labores del hombretón; entonces, sus esfuerzos por librarse de sus captores se redoblaron al instante, acompañados de gritos y maldiciones.

Nada pudo hacer por evitar que fijaran a sus tobillos sendos grilletes, anclados con eslabones metálicos a las losas del piso, a medio paso uno del otro. Ni tampoco se libró de la argolla que cerraron alrededor de sus muñecas, tirando de sus brazos hacia la cadena que pendía del techo.

Sólo una vez que el herrero dio el visto bueno a las sujeciones los soldados soltaron a la cautiva, aún con cierta reticencia tras la rabiosa furia exhibida por la mujer.

—¿Ya está? —inquirió el lord, apremiante.

—Sí, mi señor —asintió el hombretón, humillado por el uso al que se habían dado sus nobles habilidades, mas impotente al respecto.

—Bien, entonces fuera. Salid todos. Dejadnos solos.

El herrero se apresuró a abandonar el lugar, seguido por los guardias. El ayudante de cámara dudó por un instante, mas tras captar el gesto que le dedicó su señor, lanzó su desgarbado cuerpo a la carrera a través del acceso y cerró la puerta tras él.

Pernhown emprendió un paseo alrededor de la inmovilizada elfa, golpeando el suelo con el bastón, admirando el fruto de su repentina inspiración. Ella tiraba con fuerza, se contorsionaba e intentaba localizar algún punto de apoyo desde el que pudiera ejercer algún tipo de presión. En vano. La satisfacción había regresado al semblante del noble.

—¿Ves lo que me has obligado a hacer? Sufro viéndote así —la ansiedad que se arrebolaba en sus gestos desmentía aquello—. Pero no me has dejado más opción.

Aliekki se tensó y exhaló un gruñido cuando sintió la mano del humano deslizarse por su cintura.

—Aunque… esto podría cambiar —planteó, dejando que la idea flotara durante unos instantes en la lóbrega atmósfera de la habitación—. No tiene por qué ser así, tú lo sabes. Sería todo tan sencillo, tan fácil…

La mujer giró el cuello para localizarle. Lo encontró ubicado a un lado, casi a su espalda, y demostró lo que opinaba de su oferta escupiéndole al rostro.

Dos afrentas hacia su persona era más de lo que lord Pernhown era capaz de admitir.

Aliekki se estremeció al escuchar un cuchillo al ser desenvainado y se dispuso a afrontar su fin, con la cabeza bien alta. No obstante, no fue su carne lo que la hoja mordió.

Cogiéndola de la cinturilla de los pantalones, el noble cortó la tela con un rápido tajo de su puñal. Después, aprovechando el rasgón inicial, puso a prueba la resistencia del tejido con un brusco tirón con ambas manos que desgarró la tela hasta los muslos de la mujer.

La visión de su nívea piel, junto con los enconados forcejeos de Aliekki, consciente ahora de las verdaderas intenciones que albergaba para con ella, sólo sirvieron para alimentar su creciente deseo.

El hierro arañó sus muñecas y tobillos, abriendo heridas por las que manó la sangre, mas nada sirvió para impedir que Pernhown, parsimonioso, degustando con deleite a partes iguales lo extraordinario del momento así como el sufrimiento de ella, desanudara los cordones que ajustaban sus calzones, dejara que le cayesen hasta las rodillas. Y la penetrara.

Con los ojos cerrados, Aliekki aguantó estoica cada uno de los embates, apretando los dientes y encomendando sus pensamientos a los dioses, en un intento de aislar su mente de todo cuanto estaba sucediendo.

Aunque terrible, terminó pronto.

Pudo sentir como el humano ahogaba un gemido y estallaba de puro éxtasis en su interior, antes de retirarse entre apresurados jadeos y proceder a subirse los pantalones.

—Dije que aprenderías, y lo harás —anunció Pernhown, sin haber recobrado aún el resuello, mas orgullosamente ufano al advertir cómo el lechoso fluido que descendía por los muslos de la elfa estaba teñido de rojo—. Mañana volveré a verte.

No vio la solitaria lágrima que caía por la mejilla de Aliekki.

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