El origen de Dómino (3)

El origen de Dómino (3)
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Aquello fue sólo el comienzo.

Pernhown, celoso en su afán por guardar su posesión más valiosa, ordenó que se estableciera una vigilancia continua frente a la puerta de la prisionera, compuesta por una rotación de tres hombres de su guardia. Del mismo modo, una mujer de la casa fue declarada exenta de sus obligaciones en la cocina para dedicarse en exclusiva a satisfacer las necesidades de la díscola guerrera, tanto de su nutrición como de su limpieza.

Los toscos grilletes que en un primer momento apresaron las extremidades de la elfa fueron pronto sustituidos por otros de cuero revestidos de tela mullida, al percatarse el noble de las erosiones que en sus forcejeos había sufrido la piel de muñecas y tobillos.

Las cadenas continuaron siendo de hierro.

Además, hizo gala de una gran inventiva al dotar a la estancia de toda una serie de artículos y sujeciones que le permitirían manejar a su huésped a su antojo, repartidos tanto por suelos y paredes como por la fisonomía de la mujer. Se sentía como un titiritero tirando de los hilos de su marioneta de carne y hueso.

Y los abusos persistieron.

Pernhown dedicaba largos períodos a acondicionar la habitación y decidir el modo en que apostaría a su víctima antes de embestirla, disfrutando más de los prolegómenos que de la ejecución misma, en contraste breve y carente de creatividad alguna. Aliekki, amordazada o libre, guardaba silencio, su mirada perdida más allá de los muros que la mantenían cautiva.

De sus ropas, rudamente desgarradas en un principio, apenas sobrevivían más que negros jirones en torno a sus brazos y piernas. Sus pies desnudos buscaban sostén sobre una mullida alfombra que la salvaba de una segura congelación en contacto con el frío piso. La chimenea era alimentada de manera continua, creando en la estancia una recargada atmósfera de humo y sofocante calor.

Aquella rutina se convirtió en su vida: el aseo diario y las dos frugales comidas en compañía de la silenciosa mujer, ante el deseo de que el día acabase sin recibir una de las fortuitas visitas del noble. Durante las noches, a la espera de que el agotamiento la sumiera en un descanso sin sueños, en su mente evocaba las verdes tierras de su gente, los frondosos bosques que se extendían hasta el horizonte, la sensación de cabalgar, libre, por valles y montañas, el viento azotando su rostro, el aroma de los primeros brotes de primavera o de la tierra mojada en la estación de lluvias. Y entonces, sus labios mordidos se abrían en una trémula sonrisa, incapaz de arrebatarle una última oportunidad a la esperanza.

Sin embargo, la situación iba a empeorar.

El roce del metal en la cerradura la despertó de su letargo y puso sus sentidos en guardia de inmediato.

La mujer hacía pocas horas que la había atendido, y aún restaban otras tantas para que acudiera con la comida. Según había interpretado por el ajetreo que había sacudido la mansión desde primeras horas, su señor tenía intención de marchar aquel día. Sin poder asomarse a la ventana y mirar los suministros que lo acompañarían, le resultaba imposible dilucidar cuánto se prolongaría su ausencia. En todo caso, aquella partida era bienvenida. Todo lo contrario que los furtivos movimientos y cuchicheos que alcanzaba a escuchar al otro lado de la gruesa hoja de madera, que finalmente había accedido a abrirse.

—Como se entere, fijo que nos cuelga. Y si no ya veréis.

—Jodido cagón, cierra el maldito pico.

—Callaos los dos y mirad. Ahí está.

Aliekki no pudo verlos, encadenada como estaba de espaldas a la puerta y los brazos en cruz, aunque por sus voces, y casi por su olor, distinguió que se trataba de tres humanos. En concreto de los tres humanos que se turnaban para vigilarla desde el pasillo.

Aquello no presagiaba nada bueno.

La puerta fue cerrada con el mismo celo que habían empeñado en su apertura, sólo que esta vez con ellos dentro. Los dispares pasos quedaron amortiguados por la alfombra, más su nerviosismo por quebrantar las órdenes de su inmisericorde señor era patente.

—Pero mira que sois estúpidos. ¿Llegamos hasta aquí y os conformáis con verle el culo? A esta zorra pienso mirarla pero que muy bien.

El vozarrón del que había hablado, junto a su brusco caminar, le delataban como un hombre grande, bravucón, aficionado a la violencia. Que apareciera en su marco visual no hizo más que confirmar sus sospechas. De proporciones simiescas, aquel zafio individuo recorrió su cuerpo con los ojos de un modo que la hizo temblar. Su rostro, basto y marcado por las cicatrices de mil y una trifulcas de taberna, como así atestiguaba la informe masa de carne que tenía por nariz, exhibió una lasciva sonrisa al saborear su indefensa desnudez.

—Venid, chicos. Esto hay que verlo.

Nuevos pasos se dirigieron hasta ella.

—Me cago en la…

—¡La puta!

Los otros dos guardias no eran tan corpulentos como su compañero. El de los ojos saltones que amenazaban con escapar de sus órbitas, alternaba la vista entre ella y la puerta que había más allá, pugnando entre el temor a ser descubiertos y lo magnífico de la escena que se revelaba ante él. El segundo, el de cara de comadreja, se relamía los labios con evidente fruición.

—Joder con el juguete del viejo, ¡será cabrón!

—Qué bien escondida que la tenía.

—¡Y tanto! Como que ha sido sencillo sacarle las llaves a la Gerdren.

—A ésa ya le he dado lo suyo, y más le vale callarse si no quiere recibir más.

Sus gestos dieron claro testimonio del sentido de la amenaza.

—Qué ojos…

—¡Como si sus ojos fueran lo que importara! —se burló Comadreja.

—Sí, pero mira cómo nos mira —señaló Gorila—. A esta zorra aún no la han puesto en su sitio.

—¡No sabe quién manda!

—Joder, baja la voz. Como nos pillen… —rogó Sapo, temeroso.

Aliekki dio un respingo cuando las ásperas manazas del enorme miliciano le estrujaron los pechos.

—¡Pero qué haces!

—Si no lo sabes, mejor será que vayas con mami a que te lo cuente.

—P-pero… como le dejes alguna señal, alguna marca… —el temor a las represalias angustiaba a Sapo.

—Cállate de una vez y deja que disfrute de esto.

—Tenemos que irnos, puede venir alguien y…

—¡Será puta! ¡Hasta huele bien! —proclamó Comadreja tras olisquear los dedos que previamente había internado entre los muslos de la elfa.

—Olerá igual que todas las putas —despreció Gorila, atareado en pellizcar sus pezones.

—Oh, no, créeme. Esto no es como la peste que sueltan las rameras del muelle. ¡A saber cuándo se lavarán las muy guarras!

Aliekki apretaba los dientes, humillada e impotente ante el ultraje del que estaba siendo víctima por parte de aquellos bastardos. Juró que los mataría, que un día se cobraría su justa venganza con sus miserables vidas.

—Muchachos, en serio. Creo haber escuchado una de las puertas de la galería…

Aunque entregados a su deliciosa labor, los otros dos hombres advirtieron en la palidez que había adquirido el rostro de su compañero una más que palpable muestra del riesgo que estaban corriendo, haciéndose al fin partícipes de las terribles consecuencias que sufrirían en el caso de ser descubiertos.

—Más te vale haber disfrutado, zorra —advirtió Gorila antes de acceder a marcharse, apresando en su puño el cuello de la prisionera y forzándola a que lo mirase—. Porque esto no acaba aquí.

«No. Esto no acabará aquí».

—¡Mira, mira, mira a quién tenemos aquí!

Por algún motivo, Pernhown se había visto obligado a reiterar sus partidas, a veces de una jornada de duración. Otras, de varios días. Y a pesar del carácter vejatorio de las prácticas del noble y de la ligereza con la que violaba su cuerpo, nada le resultaba a Aliekki más repugnante que las cada vez más frecuentes visitas de sus tres guardianes.

La mujer, Gerdren, acudía a atenderla tan pronto como ellos la dejaban, al parecer también temerosa del castigo de conocerse su implicación en el asunto. Aunque cómplice bajo amenaza, era de sobra consciente de que tal circunstancia no la libraría de la condena. Así que la frotaba con toallas húmedas que previamente había templado al calor de la chimenea, poniendo especial cuidado en masajear los rojeces de su piel. Ampollas en los tobillos siempre resultaban justificables; no así manotazos en las nalgas o chupetones en las aureolas de los pezones.

No hablaba ni pretendía disculparse por las indignidades de las que era objeto la joven. A fin de cuentas, era una elfa. Por lo que sabía de los suyos, lo mismo hasta disfrutaba con ello. Total, no gritaba ni se quejaba siquiera. Tan mal no lo debería de estar pasando, ¿verdad? Porque ella sí que chillaba, y lloraba, en cada ocasión que aquel bruto la arrinconaba en las despensas…

Desde que escuchara la marcha del señor de la casa a primeras horas de la mañana, Aliekki estaba temiendo aquel momento. La última vez leyó en la mirada del brutal miliciano una promesa que aún la hacía temblar cuando asaltaba su mente.

Por eso supo que, al escuchar cómo se abría la puerta desde la desventurada postura en que su carcelero y anfitrión la había abandonado, de ésta nada la salvaría.

—¡Eso sí que es un recibimiento!

Decidido a probar algo nuevo, Pernhown había optado por colocar un plinto frente a la elfa que se elevaba hasta la altura de sus caderas. Con los pies afianzados al suelo por las argollas, se había valido del aparato de madera para que el flexible, pero indómito, cuerpo de Aliekki se doblara por la cintura y terminar atando sus manos a las propias patas del artilugio.

Así postrada y de espaldas a ellos, la descubrieron los guardias.

—Ahí te equivocas —dijo Gorila acercándose a ella, mientras tiraba de los cordones de sus pantalones—. No es un recibimiento. Es una invitación.

—¡Mierda! ¡No lo hagas!

—¡Jo, jo, jo! Cuidado que es una elfa, no le metas todo, ¡a ver si la rompes!

Gorila desplegó una media sonrisa ante el comentario, orgulloso de la fama que se había ganado por lo formidable de su dotación. Se escupió en las manos y preparó su ariete, dispuesto a embestir cuanto encontrara a su paso.

—Veamos cuánto le entra.

El dolor atravesó su carne y no se detuvo hasta alcanzar su propia alma. Y no se limitaba a la lanzada inicial, pues cada acometida infringía una nueva herida en todo cuanto Aliekki Criesre era. Su fiera fortaleza flaqueó y las lágrimas anegaron sus ojos. Nadie lo advirtió, ni cómo sus manos soltaron la férrea presa que tenían en la madera hasta colgar laxas de sus ataduras.

Algo murió en Aliekki aquel día, dejando tras de sí un agujero, un abismo helado, que de algún modo tendría que llenarse.

Tal y como sucede con aquellos que, tras ejecutar una perfidia, se descubren airosos y libres de castigo, los milicianos fueron progresivamente envalentonándose en sus prácticas, embriagados por una peligrosa sensación de inmunidad.

Si tras varios días, regresado su señor, el brutal acto de su compañero no había acarreado sanción alguna, en la siguiente tentativa no fue sólo Gorila quien forzó a la elfa. Primero Comadreja, Sapo más reluctante después, también se sumaron a la fiesta. En ocasiones por turnos, al final en corrillo uno tras otro, ninguno perdía la oportunidad de aprovecharse de la hermosa cautiva.

Pero quien no terminaba de quedar satisfecho era el más violento entre ellos.

Pusiese el empeño que pusiese, no lograba que la mujer gimiera, gritara, hiciera algo. Se quedaba así, como muerta, y eso no le gustaba en absoluto. No era a lo que estaba acostumbrado. Y tal circunstancia lo espoleaba a alcanzar nuevas cotas de brutalidad en sus asaltos.

Fue una de aquellas noches, tras haber sido objeto de las obsequiosas atenciones de sus guardianes, cuando Aliekki, replegada en su ausente realidad, recibió una inesperada visita.

«Esto no acaba aquí», fue lo que dijiste, ¿verdad?

Perdida en sus delirios, al principio no prestó atención a aquella voz cantarina que sonó tan cercana a ella.

Juraste cumplir tu venganza, y ese juramento se hizo con sangre. Tu sangre.

Una chispa de consciencia se abrió paso por su castigada mente, un débil fuego alimentado únicamente por una rabia que ya no cabía en su existencia.

Aliekki Criesre, aún sigues ahí, lo sé. Háblame. Te escucho.

—¿Q-quién eres?

Quizá las primeras palabras que pronunciaba en mucho, mucho tiempo, brotaron de su garganta apenas como un apagado ronquido.

Soy aquel que ha escuchado tus silenciosos lamentos y quien quiere ofrecerte cuanto necesitas para que recuperes la libertad.

—Puede… que ya no quede nada… de la guerrera que una vez fui —habló con esfuerzo—, pero aún sé distinguir… el tufo de un demonio… cuando se me presenta.

No lo niego, Slaanesh es mi Señor y a él le sirvo. Tu dramática situación ha despertado sus simpatías y desea tomar partido en tu favor. ¿Tus loados dioses se han dignado a ofrecerte la misma atención?

—Largo de aquí, abominación. Jamás os perteneceré.

La cristalina risa de la criatura resonó con la cualidad de un bello canto en sus oídos.

Pronto, mi querida Aliekki. Pronto…

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