El origen de Dómino (4)

El origen de Dómino (4)
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—A pesar de nuestros frecuentes encuentros, han transcurrido meses desde que conversamos por última vez.

Tumbada sobre el potro y con el cuerpo en forma de aspa anclado a su superficie y esquinas, Aliekki trató en vano de acurrucarse en cuanto escuchó la puerta abrirse. Con la respiración acelerada, en su mente sólo residía una única y solitaria esperanza: que acabara cuanto antes para volver a refugiarse en las sombras que poblaban su mundo.

No obstante, su deseo no se cumpliría de inmediato.

Pernhown, al contrario que en veces anteriores, no había acudido a ella para satisfacer sus necesidades físicas más perentorias. Desde que entrara en la habitación, se había paseado por la estancia, sus pasos amortiguados por la gruesa alfombra. Apenas le había dedicado una mirada, pero sí había permanecido unos segundos observando a través de la ventana. Un extraño humor acompañaba al noble, cuyo bastón aún no había repicado contra superficie alguna.

—Sé que te he tenido desatendida —prosiguió—. Mis deberes y obligaciones me han alejado del hogar, de ti. Delicados asuntos relacionados con la política, nada que tú pudieras entender, que me han obligado a viajar de un lugar a otro como si mi condición fuera la de un ruin mercader.

»Te cuento esto porque desearía que esta desgraciada situación cambiase. Sabes tan bien como yo que lo ocurrido durante estos pasados meses era necesario, preciso, para que comprendieras cómo debería ser tu nueva vida, adecuarte a ella, que abandonaras esa absurda arrogancia que ningún bien te ha traído.

Pernhown se apartó de la ventana y se acercó a su prisionera.

—Dudo que puedas imaginar lo orgulloso que me siento ahora cuando te miro, cada vez que te poseo, al percatarme de que por fin has decidido rechazar la fiereza que antes gobernaba cada uno de tus gestos. —Su rostro aparecía relajado, complacido—. Que, ahora, te sometes a mis apetencias sin ofrecer resistencia, ni siquiera cuando me veo obligado a manipular las poleas que hasta época reciente eran el único medio para lograr tu aquiescencia.

»Eres hermosa, la criatura más hermosa que mis ojos jamás hayan contemplado, y desde que os presentasteis ante las puertas de mi casa, supe que serías mía —confesó mientras deslizaba sus dedos por el torso desnudo de la elfa—. Y estoy dispuesto a hacer cuanto haga falta para que lo seas, en cuerpo y alma. Tu cuerpo ya me pertenece. Es tu alma lo que ansío ahora. Que cuando me mires, lo hagas con adoración en tu mirada, arrobada ante mi sola presencia, ávida de mis atenciones y deseosa por satisfacer cada capricho que se pasee por mi cabeza.

Y, de pronto, una sombra surcó por los ojos del humano.

—Pero, querida mía, te estoy hablando y no me miras. Permaneces ausente a mis palabras, a mis reflexiones más profundas, a las puras emociones que estoy vertiendo sobre ti. Y no quiero pensar que me ignoras, que mis sentidas palabras acaban cayendo en saco roto, que desprecias mi amor. Así que mírame, ¡mírame, ahora!

Si Aliekki era capaz de comprender nada de lo que él decía, no dio muestra alguna de ello.

—¡Que me mires!

Ni siquiera cuando el noble la cogió del pelo, primero para que lo encarase, después zarandeándola para ganar su atención, logró resultado alguno.

La pasividad de Aliekki lo enervó hasta cotas insospechadas. Terriblemente frustrado cuando creía tener su sueño al alcance de la mano, su rabia explotó en una vorágine de violencia que nubló su mente y no cesó hasta varios minutos después.

Manchadas las manos con la sangre que goteaba del puño de su bastón y apreciando por vez primera la magnitud de su desquiciado desquite, Pernhown huyó de la estancia, reprimiendo las náuseas y gritando el nombre de su chambelán.

—Dudo que pueda salvarle el ojo.

Frauns, el doctor de Pernhown, había acudido con presteza ante la urgente llamada de Cleven, para encontrarse con la ruina en el que se había convertido el antes bello rostro de la mujer.

El lado izquierdo de su semblante no era más que una sanguinolenta masa de carne machacada y huesos reventados. Tenía rota la mandíbula y el pómulo hundido más allá de lo imaginable. Lo del ojo… era aún peor.

El noble se había negado con rotundidad a contemplar las consecuencias de su enloquecida obra, adoptando una pose de absoluta frialdad e indiferencia referente a la suerte de Aliekki.

—Haga lo que tenga que hacer, Frauns.

El aludido asintió, tragando saliva y reclamando sus tijeras.

Pernhown no volvió a entrar en la habitación.

Durante semanas, sólo el doctor y Gerdren la visitaron, una para asearla y alimentarla con una dieta líquida, y el otro para cambiarle los vendajes y examinar las heridas, en busca de una posible infección.

Bien por la competencia de Frauns, bien por la resistente naturaleza de la elfa, los huesos, limpios de astillas, comenzaron a recomponerse y la piel a sanar. La mujer saldría con vida de ésta, pero nada podría restaurar su desfigurado rostro.

Ni la cuenca vacía desde donde, antaño, miraba el mundo con viveza un hermoso ojo de aterciopelado iris color lavanda.

Incapaz de prescindir de su juguete preferido, pero asqueado por su degradado aspecto, Pernhown se sentía enrabietado. Hasta que dio con la solución.

Ocurrió al rememorar su primer encuentro, en los patios de la mansión. A excepción del líder y su ayudante, los componentes de la guardia élfica lucían todos una oscura máscara que ocultaba sus rasgos. De ahí que, hasta que no se hubieron despojado de ella, no había reconocido a la mujer.

Del mismo modo obraría ahora, sólo que para esconder aquello que no deseaba contemplar.

Mandó confeccionar una máscara de cuero, como las que se usaban en las fiestas de carnaval, sólo que partida por la mitad, de medio rostro. De la mitad izquierda, más concretamente.

En cuanto el atribulado doctor —el designado para cumplir tal función— hubo ajustado la máscara a su cara, cubriendo con delicadeza las deformaciones, tan satisfecho quedó el noble con el resultado que los ordenó salir a todos de inmediato.

Ardía en deseos de volver a gozar de su marioneta recién remendada.

«Señor de la Perversión, Lord de la Depravación. Amo de la Lujuria y los Placeres Prohibidos. Slaanesh, escucha mi súplica y concédeme la venganza. A ti me entrego, en cuerpo y alma. Desde ahora, te pertenezco.»

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