El origen de Dómino (5)

El origen de Dómino (5)
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Poco tiempo transcurrió hasta que el noble tuvo que acudir a satisfacer otro asunto, lejos de sus tierras.

Y tras ello, menos tiempo pasó hasta que los depravados milicianos decidieron hacer acto de presencia en su habitación.

Las habladurías corrían al respecto de la nueva condición de la prisionera. Había quienes sostenían que, dadas sus reiteradas negativas, Pernhown había resuelto mutilarla, cortándole pies y manos, para asegurarse de que nunca podría escapar. Otros, que la elfa había recurrido a la magia infame de los suyos y se había transformado en un monstruoso demonio, obligando a su señor a firmar un pacto con los Poderes Ruinosos. También los había quienes decían que estaba muerta, que el viejo la había matado en un arrebato de furia, y ahora disfrutaba poseyendo su corrupto cadáver.

Fuera una cosa u otra, aquellos tres estaban bien dispuestos a comprobarlo con sus propios ojos.

Pronto los rumores quedaron desmentidos, pues a excepción de la extraña máscara que cubría la mitad de su rostro, la elfa estaba entera. Perfectamente entera. Al menos desde la perspectiva que tenían de ella, tumbada a horcajadas sobre un potro, con los brazos rodeando la estructura de madera.

Pero sin duda algo había cambiado.

La mujer, lejos de mostrar aquella estrábica actitud con la que habitualmente los recibía, ahora, parecía mucho más despierta; y activa. Así lo atestiguaban los oscilantes movimientos de su pelvis contra el soporte revestido de cuero. Y sus débiles gemidos.

—Así que la muy zorra ha terminado cogiéndole gusto.

—¡Será puta! —exclamó Comadreja soltando una risotada.

—Pues ya veréis cómo va a disfrutar ahora.

Sin más dilación, Gorila tiró de una polea, desplazando el cuerpo de la elfa, hasta que tuvo acceso franco a su objetivo.

Quizá fuera cosa de su imaginación, pero por un momento le dio la impresión de que ella acompañaba cada uno de sus recios envites. Sin gran satisfacción, terminó y cedió el puesto a sus otros compañeros, dándole vueltas al asunto.

Cuando éstos hubieron acabado, acalorados y pletóricos, Sapo creyó escuchar algo, mientras Comadreja se subía los pantalones.

—¿Habéis oído eso? —preguntó, aproximándose a la postrada cautiva. El cabello le caía sobre la cara, por lo que tuvo que agacharse y acercarse aún más para darse cuenta de que los labios de la mujer se movían y musitaban algo.

—¿Qué pasa?

—No os lo vais a creer. Está diciendo más.

—¿Cómo que más? —cuestionó confuso Comadreja.

—Que más, es lo que repite una y otra vez.

—Pues si quiere más, más tendrá —determinó Gorila desatando nuevamente sus cordones, para regocijo general.

No cabía lugar a la duda. Ella lo estaba disfrutando.

En tanto el simiesco guardia la forzaba haciendo uso de sus peores y más brutales maneras, Aliekki se estremecía, gemía y lo incitaba a continuar con el oscilante movimiento de sus caderas. Comadreja aplaudía y jaleaba a su camarada. A Sapo, con sólo mirar, los pantalones se le hacían cada vez más pequeños.

Con un empellón final, el zafio individuo explotó dentro de ella, a lo cual la elfa respondió con un gritito y se desplomó sobre la húmeda superficie del potro, temblando al ritmo de su agitada respiración.

Cuando se apartó de ella, Gorila recibió las entusiastas felicitaciones de los otros guardias.

—¡Así se hace! ¡Que se entere!

—Sí… —masculló él, sin tenerlas todas consigo de lo que en realidad había sucedido allí.

—¡Vamos! ¡Dale! ¡Dale duro!

Las orgiásticas sesiones aumentaron en frecuencia e intensidad.

Toda semblanza de orden y concierto desaparecía en cuanto los tres humanos se introducían en la prohibida estancia. En la recargada atmósfera se aglutinaba una mezcolanza de olores, fruto de las perennes llamas de la chimenea y de la propia exudación de los cuerpos, además de un penetrante aroma que robaba la voluntad de sus víctimas, induciéndoles al placer y al desenfreno.

Con su punto focal en Aliekki, los milicianos se apartaban unos a otros para proseguir donde el anterior se había quedado, hasta caer extenuados sobre la alfombra.

Y en todo momento, ella les pedía más, aún más, con sus procaces gemidos, contorsionando su cuerpo contra las cadenas que la apresaban, por la desenfrenada voracidad con que su solitario ojo los miraba y les exhortaba a entregarse al placer. Sus labios susurraban palabras que enardecían la misma esencia de los humanos, despertando pasiones y borrando todo rastro de moralidad de sus degenerados corazones.

Pero al contrario de lo que sucedía con sus vulnerables camaradas, Gorila no se mostraba tan receptivo a esta manipulación.

Acostumbrado a imponer sus apetencias, la resistencia y el temor eran sus principales fuentes de estímulo. Qué mejor que sentir el miedo de una muchacha al ser perseguida y acorralarla en un rincón. Su inútil manoteo hasta que la giraba y la ponía cara a la pared. Cómo pataleaba mientras le levantaba las faldas y le arrancaba las enaguas. Entonces chillaba al comprender lo que iba a suceder y le tapaba la boca con una mano, la otra ocupada en guiarse para ensartarla. Era cuando ella se tensaba, el punto donde acababa la lucha y comenzaba la rendición.

Pero sin la pugna, sin una sumisión que conquistar y después cobrar…

En esto pensaba Gorila mientras con las manos sujetaba las caderas de la elfa arrodillada y la embestía una y otra vez. Entonces ella volvió la cabeza y le miró. Y hasta su mente llegó claramente el mensaje que ésta le escupió a la cara.

«¿Eso es todo lo que puedes hacer, bastardo?»

Inflamado de ira y con el rostro desencajado, ultrajado en su hombría, el humano extrajo violentamente su formidable ariete para, furibundo, forzarla por detrás.

Lejos de escuchar el ansiado grito de dolor y toparse la anticipada resistencia a su incursión contra natura, su arremetida halló bienvenida en un acogedor acceso convenientemente húmedo y de satinado roce, que hizo las delicias de una Aliekki que aulló extasiada.

Sin poder soportarlo más, Gorila se apartó de la mujer de un empujón y la emprendió a patadas contra su costado. Los otros, despertando remisos de su embriagador trance, pronto corrieron a detenerle, y aunque finalmente lograron reducirle, el daño ya estaba hecho.

Postrada sobre la alfombra, Aliekki sonrió.

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3 comentarios en “El origen de Dómino (5)

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