El origen de Dómino (6)

El origen de Dómino (6)
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La repentina llegada del noble no la sorprendió en absoluto.

Entró pavoneándose, esgrimiendo su bastón y dedicándole una presuntuosa mirada. Se paseó a su alrededor, en silencio, como si estuviese considerando de qué modo abordar el asunto que le había conducido hasta allí. Sus ojos exploraron el cuerpo de la mujer, demorándose en las zonas amoratadas de su piel.

—Observo que te han atendido de manera satisfactoria. En unos días apenas quedarán marcas visibles.

Habituado a que sus intentos de conversación se convirtiesen en vanos soliloquios, Pernhown prosiguió.

—Has de saber que los hombres que antaño velaban por tu seguridad, han sido debidamente ajusticiados por sus… tropelías.

Imposibilitada de poder asomarse por la ventana para descubrir qué sucedía, su agudo oído le había permitido hacerse una idea bastante clara del destino que habían sufrido sus guardianes.

Cargados de cadenas, los hombres entre forcejeos y lloros habían sido arrastrados escaleras arriba hasta los tejados de la mansión. Una vez allí, se les desnudó y se empleó grilletes para inmovilizar sus extremidades a gruesos clavos que se anclaron a la piedra de pizarra que coronaba la estructura. No tan ominoso en un principio a primeras horas de la mañana, la condena reveló su auténtica crueldad cuando el sol fue calentando la negra superficie a medida que pasaban las horas y la piel de los reos empezó a fundirse a su contacto, lenta e irremisiblemente.

Se trataba de un espléndido día de verano.

Por sus alaridos, el castigo aún se prolongaría unas cuantas horas más antes de acabar con sus vidas.

—Me has decepcionado, mi hermosa criatura —continuó, cambiando el tono de su voz—. Nunca esperé semejante traición por tu parte. Entregarte de tal modo a unos sucios campesinos, permitir que mancillaran tu cuerpo, un precioso regalo que tan sólo a mí me correspondía degustar… Ahora te miro y siento asco. Me asquea pensar que esta carne la han tocado otras manos que no son las mías —decía mientras acariciaba el cuerpo encadenado boca arriba de la mujer, recorriendo con los dedos sus cálidos muslos, su vibrante vientre—. Que otros labios distintos a los míos hayan libado el sabor de tu piel… —un embriagador aroma fue apoderándose rápidamente de sus sentidos, la temperatura de la habitación pareció ascender y comenzar a sofocarlo, se relamió enardecido—. Que ellos… que ellos profanaran…

Antes de que el propio Pernhown fuera consciente de sus actos, ya se había abalanzado sobre ella y se debatía torpemente para librarse de la intolerable traba de sus pantalones. Al fin se introdujo entre sus piernas abiertas y apretó su cuerpo contra el de ella, enfrentados, cara a cara, la presencia de la máscara ignorada ante el furioso fuego de su solitario ojo y los acompasados gemidos que escapaban de sus labios entreabiertos. Pero Aliekki correspondía a sus embates, se frotaba contra él, el calor de su piel le alcanzó como una febril marea que lo subyugó a una desesperada búsqueda de gozo, sus más inalcanzables fantasías superadas con holgura en un creciente torrente de desbocada pasión. Ella alzó el rostro para tratar de besarle, le lamió la cara, la boca, su lengua convertida en un ardiente estilete al que él terminó rindiéndose, accediendo a tan peligroso momento cuando quedó al alcance de sus pequeños y afilados dientes. Mas bebió de ella, disfrutando, emborrachándose de su esencia, loco de deseo, víctima de una sed imposible de saciar.

Una insinuación apenas susurrada entre jadeos y gemidos inflamó a un ya enardecido Pernhown, que no dudó en apartar el banco de un salvaje empellón y así terminar ambos enredados sobre el suelo, las cadenas laxas, con él trepando por el cuerpo de la mujer hasta arrodillarse sobre su pecho. Ella le recibió con ávida sumisión, haciendo con la lengua lo que no podía practicar con los labios. El noble observaba arrebatado cómo la elfa bebía de él, fuera de sí, sin que nada le importara que en cada embate el borde de cuero de la máscara arañara su sensible centro de placer.

Cuando Aliekki le miró a los ojos mientras llegaba al éxtasis, el escaso raciocinio que a aquellas alturas conservaba Pernhown no fue capaz de avisarle del inminente peligro, ni mucho menos de hacerlo reaccionar a tiempo. El dolor se fundió con el más puro deleite en el momento que ella mordió con fuerza y sus dientes de felino desgarraron la carne hasta cercenar su convulso miembro, para escupirlo con desprecio a un lado después, en una lluvia sanguinolenta.

Paralizado y en estado de shock, el noble tampoco hizo nada para evitar que las piernas de ella se alzaran a su espalda y enrollaran las pesadas cadenas fijadas a los tobillos en torno a su cuello. La presión fue ahogando sus pulmones, aunque en sus últimos estertores pudo observar cómo Aliekki relamía de sus labios, mezclado con roja sangre, el fruto de su pasión…y de su condena.

Una vez muerto, la elfa aflojó la tensión de sus piernas y dejó que el cuerpo laxo del noble fuera venciéndose para así acceder a las llaves que pendían de un cordón en torno a su cuello. Libre al fin de los grilletes, símbolos de su tormento, registró las ropas del humano hasta encontrar el arma que buscaba. Y abandonó su prisión.

Gritos y alaridos resonaron en cada uno de los rincones de la mansión.

Cuando la que una vez fue Aliekki Criesre partió, atrás no quedó más que silencio.


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