Elvhay Darkbreeze

Elvhay Darkbreeze
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Todavía soy capaz de recordar con detalle cómo se desarrolló aquel extraño encuentro.

Acababa de arribar con mi compañía al pequeño asentamiento enano. Se trataba de un afloramiento rocoso en la superficie que hacía las veces de baliza para el inmenso reino que se escondía bajo tierra. En la última época, a consecuencia de la agitación creciente en las lindes de la comarca, se había convertido en un punto de reunión entre culturas, sirviendo de embajada para las reuniones con las razas élfica y humana.

El polvo del camino me cubría de pies a cabeza, el sudor cegaba mis ojos y me pegaba el pelo a la cara. En aquellos momentos solamente pensaba en darme un revitalizador y purificador baño. Al menos, así era hasta que la vi.

Se encontraba de pie en una postura relajada, conversando con quienes debían ser sus propios compañeros; una partida de elfos provenientes de los bosques que también habían acudido a este lugar alertados por los últimos sucesos. De mediana estatura y dotada de la natural esbeltez de los de su raza, sus reposadas maneras hablaban de una notoria seguridad y suficiencia en su quehacer habitual. Sus largos y rizados cabellos plateados descendían a partes iguales por su pecho y espalda, rodeándola de un luminoso halo que contrastaba con los oscuros tonos verdes y marrones que teñían sus ropas. Un arco largo con su aljaba descansaba plácidamente sobre su hombro.

Advertido de que estaba absorto contemplándola casi con la boca abierta, decidí buscar un refugio desde donde proseguir con mi silenciosa admiración de forma más desapercibida, tras el amparo de las tiendas del campamento recién levantado. Allí me senté sobre el viejo tocón de un árbol y continué en mi privada admiración.

Una pareja de enanos se había aproximado a su grupo en este lapso de tiempo. Curiosamente, era ella quien actuaba como portavoz. Su porte había cambiado, volviéndose más recto, más sobrio, ofreciendo una sensación de serena respetuosidad ante sus anfitriones que no terminaba de borrar la cálida y amistosa sonrisa que se pintaba en sus finos y bien dibujados labios. Una sonrisa que alcanzó su cenit cuando una pequeña se acercó correteando y reclamando su atención hasta que ésta la acogió con cariño entre sus brazos.

No pude evitar percibir cierto parecido entre ambas: su cabello, el tono de su piel, los perfilados rasgos de su rostro… Pero no eran idénticos. Los de la niña eran más redondeados, más suaves. ¿Podría tratarse de una mestiza? ¿Una joven semielfa? ¿Se trataría acaso de su hija?

Era hacer ya demasiadas suposiciones sin fundamento, aunque eso explicaría sin lugar a dudas lo que ocurrió después.

Mi delegación había decidido finalmente poner fin a su breve descanso y presentar tanto sus respetos como sus credenciales. Primero fue el turno de dialogar con los representantes enanos, una reunión corta, ruda, pero sin mayores altercados. Quedos cabeceos por ambas partes dieron por finalizada la entrevista.

Llegó el momento de hablar con los elfos.

El capitán Jan Vaun se acercó a la partida élfica mostrando el mismo respeto que concediera antes a los enanos. Ella, Elvhay Darkbreeze escuché que se llamaba, se giró con levedad hasta quedar de medio lado y hacer así frente a la llegada de Jan Vaun. Su mentón se alzó, al igual que el gesto de su rostro mudó hasta ejemplificar indiferencia, rayando en un nada disimulado desprecio.

Por un instante pensé que quizá se conocieran de antes y guardaran una privada rencilla entre ellos. No era así, como descubrí de inmediato, cuando Elvhay se giró hacia donde se hallaban situados mis compañeros y les dedicó la misma arrogancia y desdeño a todos y cada uno de ellos. Una rabia profunda ardía en el corazón de esta mujer, una furia consagrada a los humanos. Yo no era capaz siquiera imaginar cuál podría ser la causa que la alimentaba. Una imagen regresó a mí de improviso: ¿la pequeña mestiza?

Quizá me hallase yo a unos treinta pasos de donde Elvhay y Jan Vaun departían protocolariamente, mas pude sentir el duro impacto de su mirada cuando la fijó severamente en mí. Ella había advertido mi particular estudio y no dudó en ofrecerme a cambio la fría intensidad de sus emociones. Un golpe dado por la enorme maza de un orco de ocho pies no me hubiera causado mayor impacto que la plateada luz que centelleó en sus acerados ojos grises. El mensaje quedó perfectamente implícito.

Bajé contrariado la mirada al suelo, icé con tristeza mi cuerpo del viejo tocón y encaminé mis pasos al interior de las tiendas del campamento. Del campamento de los humanos.

Y bien, ¿qué opinas?