Érase una vez

Érase una vez
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Os voy a contar la historia de cómo el hombre, enfrentado a la adversidad y volviéndose consciente de sus facultades, logró alcanzar la cima de su perfección.

De cómo, una vez superadas las taras puramente culturales, abrazó a sus semejantes, ignorados absurdos recelos como la raza, el sexo o la religión, hermanados por una causa superior en sí misma: el ser humano.

De cómo los hombres despreciaron el egoísmo que dirigía sus vidas y se entregaron a la labor de devolver a la Tierra todo cuanto le habían expoliado, con la suprema promesa de que los errores del pasado no volverían a repetirse.

De cómo cada individuo fue capaz de comprender cuál era su lugar en la sociedad y así resultar más útil para sí mismo y para la globalidad de sus congéneres.

De cómo el reparto equitativo de alimentos y el estudio conjunto contra las enfermedades por parte de los pequeños y grandes laboratorios consiguió erradicar la miseria humana del mundo.

De cómo la estrechez de miras y el exacerbado culto al carpe diem dieron paso a proyectos de futuro de sostenibilidad y desarrollo, no sólo plausibles, sino de fácil consecución.

Pero…

Pero me acabo de dar cuenta de que no, no puedo. Por mucho que lo intente me resulta del todo imposible.

Hasta la ciencia ficción y la fantasía tienen límites que no se pueden superar.

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