Heraldos de la Tormenta: Mazmorras de Ventormenta (I)

Heraldos de la Tormenta: Mazmorras de Ventormenta (I)
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—Mi hermana enterrada entre libros y papeles. Lo último que me quedaba por ver.

Sólo cuando Kyrphen levantó la cabeza del documento que era objeto de su estudio reparó en lo mucho que le dolían los huesos a causa de la incómoda postura. Tras arquear angustiosamente la espalda contra la silla de duro respaldo, sintió la terrible necesidad de frotarse los ojos.

—¿Kephyr? —pronunció aturdida—. ¿Qué hora es?

—Falta poco para que amanezca. Harías bien en marcharte a la cama y descansar un poco.

—Siempre cuidando de mí —agradeció la paladín reconvertida a comandante con una sonrisa cansada.

—Alguien tiene que hacerlo —le reprochó su hermana, pero sin ánimo de zaherirla.

—Pues me temo que el descanso tendrá que esperar. Tengo aún muchos documentos que revisar y al alba habré de elevar mis oraciones.

A punto estuvo Kephyr de censurarle su enfermiza devoción, mas de sobra consciente de que aquella era una batalla perdida de antemano, optó por probar otra estrategia.

—Anda, deja que te ayude —se ofreció al tiempo que tomaba asiento al otro lado de la mesa.

—Gracias, hermana.

La practicante de lo arcano le quitó importancia con un gesto de la mano, ya concentrada en la lectura del documento. Una vez comprendida la naturaleza de su contenido, le dirigió a Kyrphen una mirada cargada de suspicacia.

—¿De verdad queremos construir un nuevo taller de ingeniería entre los muros de Bajaluna?

—Lo necesitamos, Kep —afirmó exhalando un suspiro—. El aporte bélico que nos conceden esas máquinas puede resultar crucial en el devenir de la guerra. Si tu preocupación nace a raíz de las investigaciones privadas de Kârâh, quédate tranquila: tras el último incidente, tiene expresamente prohibido llevar a cabo más experimentos dentro de la ciudadela. Podrá proseguir con sus investigaciones en el bosque o donde prefiera, pero no aquí.

—Es muy capaz de convertir el bosque en carbonilla.

—Confiemos en que no ocurra —rogó—. Y hablando de confianza… ¿Sabes qué recuerdo me vino esta tarde a la cabeza?

—Dímelo tú.

—Hace muchos años, en Ventormenta. Poco después de que jurara mis votos y tú… empezaras con tus cosas.

—Como bien sabes, eso que llamas mis cosas es el estudio de rituales arcanos y demonología.

—Lo que sea —zanjó Kyrphen. Nunca había llegado a aprobar que su hermana melliza esgrimiera magia oscura y confraternizara con las siempre traicioneras criaturas demoníacas—. ¿Recuerdas cuando nos enteramos de que se había producido una revuelta en la prisión de la ciudad y nos presentamos, jóvenes y audaces, con la intención de ayudar?

—Uff, me acuerdo. Pero ha pasado toda una vida desde entonces…

 

—¿Que queréis meteros ahí dentro? ¿Vosotras?

—Capitán, sólo deseamos colaborar con la milicia y ayudar a restaurar el orden.

El miliciano echó un vistazo a las dos mujeres que se habían presentado alegando una propuesta a todas luces absurda. La primera de ellas lucía una armadura compuesta de remaches y piezas de malla que no concordaban entre sí, aunque debía reconocer que el mazo cruzado a su espalda tenía un aspecto temible. Por contra, la otra, más callada pero con una mirada que le hacía sentir incómodo, tenía un aspecto frágil e inofensivo, aunque por su talante decidido quizá escondiese más de un secreto entre los amplios mangotes de su ropón.

—Debe de ser el día de los locos —manifestó el capitán—. No sois las primeras que me vienen con lo mismo. Otras dos ya entraron hace rato y no hemos vuelto a saber de ellas. Aunque, por lo que veo, el ansia por morir no entiende de razas.

—¿Tenemos entonces acceso, capitán? —insistió la joven paladín.

—Allá vosotras. Mis órdenes son impedir que nadie salga de aquí. Punto.

—¡No se arrepentirá, capitán! —exclamó Kyrphen entusiasmada—. ¡Vamos, Kep!

 

—Aguarda un momento.

El interior de las mazmorras estaba oscuro. Desde su posición no detectaron la presencia de nadie: al menos de nadie vivo. Había cuerpos diseminados por los rincones, de reos y milicianos, pero no había rastro de sus ejecutores.

—¿Qué sucede? —susurró ansiosa. Le sudaban las manos y le preocupaba no conseguir un buen agarre de la maza.

Sin contestar, Kephyr entonó uno de sus extraños cánticos y un pestazo a azufre precedió la aparición de una pequeña aunque horrenda criatura.

—Kephyr, qué diablos es eso.

—Tú misma lo has dicho: un diablillo —alegó la joven sin inmutarse—. Nos resultará útil.

—¿Tienes bajo control esa… cosa? —insistió Kyrphen, tratando de ignorar sin éxito las groseras muecas que le dedicaba la inquieta criatura.

—Despreocúpate. Vamos allá.

Sin tenerlas aún todas consigo, la paladín en ciernes adelantó sus pasos para marchar en cabeza.

Las celdas abiertas se alineaban a ambos lados del corredor, libres de ocupantes. De las paredes rezumaba la humedad de los canales, aumentando la cavernosa sensación de claustrofobia. Poco antes de alcanzar la primera encrucijada, llegaron hasta ellas los ecos y gritos propios de lucha. Doblaron la esquina y distinguieron, al fondo, a una pareja de elfas rodeadas por un ingente número de rufianes. La guerrera se valía de espada y escudo para mantener apartados a los reclusos. Aunque parecía desenvolverse con destreza, tarde o temprano hallarían un hueco en su defensa y se produciría el fatídico desenlace.

Incapaz de permitirlo, Kyrphen enarboló su temible maza y, encomendándose al divino poder de la Luz, cargó contra el grueso de los amotinados. Atacados por dos lados de manera simultánea, los bandidos, embozados con un pañuelo que ocultaba sus rostros, se dividieron a voz en grito para hacer frente a la nueva amenaza.

Tratando de abrir brecha, la paladín arremetió con fuerza con el propósito de reunirse con las oriundas de Darnassus. Su arma volaba en amplios arcos, reventando cráneos cuando no quebraba extremidades. Desde una segunda línea, la bruja lanzaba descarga tras descarga de energía oscura. Esperanzada por aquel giro de los acontecimientos tan grato como inesperado, la guerrera persistió en sus esfuerzos, manchando de roja sangre la hoja de su espada. Sin embargo, las luchadoras tampoco estaban libres de sufrir los estragos del combate. Púas y burdos cuchillos mordieron carne entre las placas de armadura. Heridas que poco a poco se iban acumulando y robando el vigor de sus extremidades. El insidioso dolor repentinamente comenzó a mermar, las fuerzas fueron restituidas, así como los ánimos de proseguir con el combate.

Kyrphen quiso agradecerle esta dispensa a la Luz, pero al levantar la cabeza entre golpe y golpe, descubrió a la otra elfa, al amparo de su congénere, alzando los brazos y vertiendo el caudal de su poder curativo indiscriminadamente entre ellas.
Ese generoso gesto inflamó el pecho de la paladín que, agradecida, también quiso compartir sus dones. Un sentimiento de espontánea camaradería aunó a las cuatro mujeres, incrementando de manera sustancial el potencial de sus habilidades.

Kyrphen quedó maravillada por el modo en que la guerrera era capaz, con gritos e insultos, de provocar a sus adversarios, logrando que volcaran en ella toda su atención. Sin tener que protegerse los ataques, se dedicó a desatar sobre aquellos rufianes el recta e implacable juicio de la Luz.

Al verse solo, el último de los Defías trató de escapar con el único fin de salvar el cuello y alertar a sus compinches. Debilitado ya por las fieras acometidas de las incursoras, cayó fulminado por una bola ígnea que le arrojó el diablillo de Kephyr.

—¡Por Elune, estuvo cerca! —exhaló la guerrera elfa, agradecida por aquella merecido reposo.

—Me admira que hayáis podido soportar las embestidas de tantos rivales hasta nuestra llegada —ensalzó la paladín.

—Shyish los mantenía ocupados mientras yo me preocupaba porque ella continuase viva —explicó la otra darnassiana. Acto seguido se arrodilló en el sucio piso de la celda para beber el contenido de un vistoso odre.

—Por lo que he podido comprobar, no sólo a ella. Gracias por sanar mis heridas.

—Gracias a ti por prestar la fuerza de tus brazos en nuestra hora más oscura. Me llamo Rÿnrÿk.

—Y no fue sólo cuestión de fuerza, ¿verdad? —sonrió cómplice la fiera guerrera de cabello verdeazulado—. ¿Paladín?

—La Luz ha tenido a bien concederme sus dones. Soy Kyrphen, de Villanorte. Es un placer conoceros.

—Lo mismo digo.

La guerrera se agachó para registrar los cuerpos de los caídos. Además de hacerse con las pocas monedas y objetos de valor que llevaban encima, se apropió de los embozos con los que los Defías se cubrían la cara. La guerrera advirtió la mirada de extrañeza de Kyrphen.

—Hay una recompensa por sus pañuelos. Ya sabes, como prueba —indicó Shyish—. Cuantos más…

—Comprendo.

—Mientras proseguís con vuestra cháchara —interrumpió Kephyr cruzándose de brazos, con evidente aire de impaciencia—, los bastardos habrán aprovechado para atrincherarse, ahora que saben que estamos aquí.

Rÿnrÿk puso mala cara ante la ruda intervención de la bruja, aunque el oportuno codazo de su compañera la obligó a morderse la lengua.

—Eh… sí. Supongo que a Kephyr no le falta razón —quiso romper la paladín el incómodo silencio—. Llegados a este punto, tenemos dos opciones: retirarnos o seguir hasta el final.

—¿Hace falta contestar a eso? El maldito cabecilla de los Defías nos debe una —alegó la guerrera golpeando el escudo con la espada.

—En tal caso, buena falta nos harán tus facultades sanadoras, Rÿnrÿk. ¿Dispuesta?

La elfa apuró el último trago de su odre. A continuación se levantó y sacudió el polvo de sus ropas. Sus ojos chispearon por la anticipación al combate.

—Dispuesta. Exploraré el camino.

Ante los atónitos ojos de Kyrphen, Rÿnrÿk abandonó su estilizada apariencia femenina para transformarse en un enorme felino de pelaje oscuro y curiosas orejas puntiagudas. Unos extraños símbolos aparecían grabados a la altura de sus poderosos hombros. Más sorprendente resultó si cabe que apenas a unos pocos pasos de distancia desapareció de la vista. Se esfumó, sin más.

—¿Adónde fue?

—Ryn es druida, hará de avanzadilla —explicó Shyish al pasar junto a la paladín para liderar la incursión. En un tono más bajo, agregó—. ¿A ésa qué le pasa?

—Disculpa los modales de mi hermana —terció Kyrphen observando a la adusta joven—. Kephyr… es así.

—Mientras cumpla con su parte, a mí me vale. Aunque más tarde me tocará aguantar las quejas de Ryn. —Desentumeció los hombros con un rápido movimiento y afianzó el castigado escudo en su antebrazo—. Yo delante.

—Espera, ¿has sentido eso?
—¿Qué?

—No… nada. Creí sentir algo —dudó la paladín—. Olvídalo, te sigo.

Así también lo hizo la bruja, aunque en silencio y con cara de pocos amigos.

 

Continuará…

Y bien, ¿qué opinas?