Kyress (0)

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«Allí está. Tiene que ser ella. No es como me la esperaba, quizá más alta, más torpe en la forma de caminar. No, no es torpe, sólo desmañada. Pero es normal, sólo tiene quince años. Y es rubia. No sé por qué es tan importante este detalle, pero lo es. Ha de ser ella, tiene que serlo y demostrar estar a la altura. Si no, la hemos jodido a base de bien…»

—¿Trierne? —preguntó al acercarse.

La chica se detuvo, dedicándole una altiva mirada mientras se cruzaba de brazos.

—¿Y tú eres?

—He estado siguiendo tus progresos, las notas de tus exámenes —ella frunció el ceño al escuchar eso—, y podría ofrecerte algo que, además de otras muchas ventajas, mejoraría tu expediente académico.

—Mira, tío. Ni me meto cosas raras ni me vendo así como así. Y las notas no le importan a nadie más que a mí, así que ya puedes ir yéndote a tomar…

—Espera, no te equivoques. Lo que te estoy ofreciendo es participar en un proyecto para el que has sido seleccionada por tus dotes y facultades…

—Ahí sí que la has cagado. Eso demuestra que no tienes ni puñetera idea de mis suspensos y de que paso de todas esas estúpidas actividades extra­escolares. Ya puedes inventarte algo mejor.

«Tiene una lengua afilada, quizá incluso más de lo que creía. Eso puede meterla en problemas aunque, bien mirado, ésa es la idea.»

—Échale un vistazo a este breve informe y dime si de verdad me estoy inventando cosas.
No sin cierta suspicacia, Trierne tomó una carpetilla de cartón de las manos de aquel hombre y se dispuso a ojear su contenido. Dentro encontró un conciso resumen de su expediente, además de precisas notas sobre sus actitudes y aparentes intereses. O, mejor dicho, la falta de los mismos.

—Vale —dijo mientras le estampaba la carpeta contra el pecho para que la recogiera—. Esto sólo demuestra que no eres un mentiroso, pero sí que eres un acosador. ¿También sabes de qué color son las bragas que llevo?

—La verdad es que no, pero a ti sí debería interesarte saber que si participas en este proyecto podrías hacer algo con tu vida, más allá de terminar siendo repartidora de una pizzería. —Ella puso aquel gesto que daba entender que estaba bastante harta de escuchar la cantinela de siempre—. Además, tendrías que viajar.

—¿Viajar?

Ese punto parecía haber despertado su curiosidad.

—Así es. Más te vale que si aceptas tengas al día tu pasaporte, pues cabe la posibilidad de que incluso tuvieras que salir del país.

Eso lo cambiaba todo. Estaba ansiosa por llegar a la universidad y así escapar de la casa de sus padres y empezar lo que sería su propia vida. Aunque, con sus notas, la idea de la universidad cada día estaba más lejos, pues con su media no le concederían ninguna beca de estudios.

—Eso… ¿es algún tipo de beca? ¿De cuánto tiempo? ¿Me darían pasta o me pagarían los gastos? ¿Y qué tendría qué hacer?

—Espera, espera —trató él de refrenar la avalancha que de pronto había estallado y se le había echado encima—. Poco a poco. Sí, es una especie de beca, aunque prefiero llamarlo proyecto. Suena más profesional. El período inicial sería de unos dos o tres años, aunque podría convertirse en algo indefinido.

—¿Eso significa —interrumpió ella— que si todo va bien luego me darían trabajo?

—Algo así. Pero la continuidad dependería exclusivamente de los resultados. Te lo diré más claramente: si no cumples con las expectativas, se acabó. Sin segundas oportunidades. No es algo para tomárselo a broma.

—Ok, ok, tío. Entendido. ¿Y lo de la pasta?

—No tendrías que preocuparte de los gastos extra que implicaría participar en este proyecto.

—Vale, pero aún no me has dicho qué esperáis que haga. Como sea algo sucio ya os lo podéis ir metiendo por…

—Olvídate de esas cosas —replicó él, tajante—. Pero ahora se nos acaba el tiempo. Ese tema lo hablaremos en la próxima entrevista.

—¿Cómo? —exclamó estupefacta—. ¿De qué coño va esto? ¿Me vas a dejar colgada?

—Esto va de que pronto nos volveremos a ver y charlaremos con más calma —explicó mientras se preparaba a todas luces a marcharse de allí de inmediato—. No soy el único interesado hoy por ti, Trierne.

El gesto que hizo la invitó a que se diera la vuelta y mirara a su espalda. Un par de armarios en la forma de dos individuos trajeados y revestidos de negro andaban hablando con una de sus compañeras de clase y ésta la acababa de señalar con el dedo.

—Estúpida Tracy…

Pero ya no tenía escapatoria, se le habían echado encima, no había forma de escapar.

—¿Trierne Larks? —espetó uno de los gorilas y sujetándola por el hombro—. Será mejor que nos acompañe.


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