Kyress (1)

Kyress (1)
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Trierne esperaba a solas en la habitación, sentada en una incómoda silla frente a una mesa puramente funcional. El único fluorescente del techo apenas bastaba para iluminar aquel lugar de paredes rudas y grisáceas.

Todo había pasado tan rápido que apenas era consciente de cuanto había ocurrido desde que aquel par de gorilas se la llevaran de las escaleras fuera del instituto. El coche con los cristales tintados, el viejo trajeado que se había sentado en la parte trasera con ella y no había dejado de observarla, que nadie hubiera vuelto a hablarla hasta que la metieron en aquella habitación… Todo aquello olía mal, muy mal. Y, o se habían equivocado con ella, o se había metido en algo gordo, aunque no supiera el qué.

En eso pensaba, rodeándose el cuerpo con sus brazos, cuando un chasquido la advirtió de la apertura de la puerta.

—¿Trierne Larks?

Varios hombres habían entrado en la habitación, dos de ellos se habían dirigido de inmediato a su espalda, mientras el tercero, el que la había hablado, permanecía en pie al otro lado de la mesa. Sintió como aquel individuo de pelo engominado la evaluaba con la mirada. Pronto supo que no le gustaba su socarrona sonrisa.

Trierne tuvo el impulso de arrojar una de sus ácidas respuestas, pero para su sorpresa, murió en su garganta. Estaba más asustada de lo que se creía.

—Me da igual que no contestes. Si pregunto, es por mero trámite. Te conocemos bastante bien.

Aquel sujeto la tenía tan atrapada que no advirtió lo que estaban haciendo los otros dos hasta que sintió el pinchazo en el cuello.

—¡Pero qué c…!

—No llores, sólo ha sido una inyección. Vale, dejadnos solos.

Los otros dos hombres, sin pronunciar palabra, salieron en la estancia y cerraron la puerta tras de sí.

—¿Estoy secuestrada? —preguntó Trierne, frotándose el picor del cuello.

—No. Y si te portas como una niña buena, terminaremos con todo esto muy pronto. Veamos si ya va haciendo efecto.

—¿Efecto? ¿Qué efecto…? —una densa niebla pareció apoderarse rápidamente de ella, embotando sus sentidos.

—Te han inoculado un suero de la verdad. Y como eres una cría, dudo que tengas bloqueos mentales que te permitan superar este examen. ¿Trierne, tienes bloqueos mentales?

—N-no… —tartamudeó la joven, confusa.

—¿Cómo te llamas?

—Trierne.

—¿Tienes algún mote en el instituto, Trierne?

—Tritona —respondió, apretando la mandíbula.

—Qué original. ¿De dónde viene?

—Es por mi piel… Con el sol se me escama.

—Y dime, Tritona, ¿eres virgen?

—Sí.

El hombre sonrió para sí. Las crías de su edad siempre mentían, como si ser unas zorras las hiciera mejores.

Trierne permanecía atontada en la silla, a duras penas erguida, respirando con pesadez. El hombre se adelantó y se inclinó hacia ella, apoyando las manos sobre la mesa.

—Trierne, ¿eres Kyress?

—¿Kyress? No…

—¿No eres Kyress? —insistió el individuo.

—No.

—No has usado nunca el nombre de Kyress?

—No.

—Pero conoces a Kyress, ¿no?

—No…

—¿No estuvo Kyress el sábado en tu casa?

—No.

—¿No estuvo usando tu PC?

—No.

—¿Entonces fuiste tú quien envió un email con ese nombre?

—No.

—¿Quién envió ese email entonces, Trierne?

—No lo sé…

—¿Quién más usa tu PC?

—Nadie. Sólo yo.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque tiene contraseña.

—¿Y no le has dado la contraseña a nadie?

—No.

—¿No te fías de nadie, Trierne?

—No…

El hombre hizo una pausa para estirar la espalda.

—¿Te gusta chatear?

—Sí… No. No mucho.

—¿Por qué no?

—Me aburre.

—¿Y qué nick utilizas?

—Amber14.

—¿Nunca has usado Kyress?

—No.

—¿Ni has chateado con Kyress alguna vez?

—No recuerdo…

—¿Eres Kyress?

—No.

La voz de la joven sonaba pastosa. Había refugiado la cabeza entre los brazos, éstos cruzados sobre la mesa.

—¿Cómo te llamas?

—Trierne.

—¿Y tu apellido?

—Larks.

—¿No es Kyress?

—No.

—¿Alguien te llama Kyress?

—No.

—¿Cómo te llaman tus padres?

—Tri.

—¿Quién es Kyress?

—No lo sé…

—Si te llamases Kyress, ¿me lo dirías?

—Sí.

—¿Y por qué no me lo dices? —presionó él.

—Porque… me llamo… Trierne

Esta última declaración apenas había resultado audible.

El hombre se apartó de la mesa y dio un paseo por la habitación, sin perderla de vista. No le resultó sencillo controlarse y no propinarle una rabiosa patada a uno de los soportes de la mesa. La chica se desplomaría sin duda contra el suelo, aunque no se daría cuenta.

—Jódidos burócratas —espetó entre dientes—. Ya les avisé que esto sólo serviría para alertarla, que no se trataba más que de un cebo. Que sólo está jugando con nosotros. ¿Cómo esta cría iba a ser Kyress?

 

Cuando Trierne se despertó, además de con un horrible dolor de cabeza, se encontró caminando, casi dando bandazos, por el jardín de su casa, en dirección a la puerta. Se sentía tan incapaz de sacar las llaves de su mochila (intuyó que el peso que tiraba de su hombro era su mochila) que llamó al timbre. Fue su madre quien abrió.

—¿Tri? ¿Y esa cara? ¡Trierne! ¿Has estado bebiendo? ¡Trierne!

No contestó, se limitó a arrastrar los pies hacia su habitación, dejando a su madre gritando atrás.


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