Kyress (2)

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—¿Qué tal te fue?

Trierne interrumpió su conversación con el aquel joven acicalado con piercings en las cejas y gorra de beisbol, para desbocar toda su furia contra el dueño de aquella voz.

—¡Tú!

—Hola, Trierne —la saludó él, sonriendo.

—¿De qué coño iba todo eso? —exclamó ella, encarándole y haciéndole retroceder mientras ella avanzaba—. ¿En qué me has metido?

El chaval enchinchetado pronto se percató de que había perdido toda la atención de la chica y se alejó. Más suerte otro día.

—¡Ey, para! Lo del otro día hubiese sucedido hubiésemos hablado o no. No la tomes conmigo.

«Mentira. Si siguieron la pista hasta ti fue por mi culpa.»

—¡Me importa una mierda! ¡Sólo quiero saber qué está pasando! ¿Sabes lo que me hicieron? ¿Lo sabes?

«Sí, lo sé muy bien. Pero dudo que tú lo recuerdes. Cosas de la droga.»

—¿Estás bien? —decidió mostrarse preocupado.

—¿Aparte de llevar cuatro putos días sin poder dormir? Es tumbarme y cerrar los ojos y tengo que correr al baño para no vomitarme encima. Tengo a mi madre agobiándome, no me deja en paz. Cree que me drogo.

«Tampoco anda muy descaminada…»

—Lamento que estés así…

—¡Lamentas una mierda! Ahora mismo me vas a contar en qué coño estoy metida, o si no…

—¿O si no…? —repitió él, deseando escuchar el desafío.

—O si no, me pongo a gritar ahora mismo que estás tratando de pagarme para que me acueste contigo. Soy menor, ¿recuerdas?

—Está bien, está bien —concedió, levantando las manos a modo de rendición—. Tú ganas.

—Bien.

—Pero…

—¿¡Pero!? —Trierne recuperó toda la ira que instantes antes había dejado escapar con un suspiro.

—Calma, chica. Sólo iba a decir que si quieres que hablemos, mejor nos vamos a otro sitio más privado. ¿Te apetece un kebab?

—¿Qué recuerdas de lo que pasó?

—Poca cosa —contestó ella, bebiendo un trago de su refresco entre bocado y bocado—. Tíos trajeados con gafas de sol, una habitación oscura, como una celda, y un imbécil engominado que me miraba raro y que no me dejaba en paz.

El hombre pareció asentir con la cabeza.

—Luego aparecí en casa, con la peor resaca que he tenido nunca.

—Aparte de la resaca y las náuseas, ¿te has notado alguna otra cosa?

—No… Creo que no.

—Vale.

—No, vale no. Tú me ibas a contar qué pasa, y de momento la única que está contestando preguntas soy yo.

—Es cierto —aceptó él, dando buena cuenta también a su kebab—. Adelante, pregunta.

—¿Quién es Kyress?

«Mierda.»

Alzó la cabeza y estudió el local de derredor. Cuando habló, lo hizo inclinándose en la mesa y con un tono más apagado.

—Si te contesto a eso, será como empezar a construir la casa por el tejado. Eso es algo que no deberías saber mientras no hayas aceptado participar en nuestro proyecto. Por tu bien.

—¡Una mierda por mi b…! —Trierne había reaccionado con tanta energía que se atragantó. Continuó tras beber y recuperar el aliento—. Ya estás soltando o me pongo a chillar aquí mismo.

—Vale, te voy a contar cosas, pero deja ya la amenaza de los gritos, ¿ok? También yo puedo largarme y que te quedes con tus dudas.

«Mentira. Te necesito.»

—Va, trato hecho.

—Bien, empecemos —el hombre puso orden en sus pensamientos antes de comenzar—. ¿Qué opinas de las facultades paranormales?

Pasaron unos segundos en silencio.

—Joder, pensaba que estábamos hablando en serio.

—Esto va en serio.

—¿Te refieres a todo eso de mover cosas con la mente o leer los pensamientos de la gente?

—Telequinesis. Telepatía. Pero no me refiero exactamente a eso. ¿Crees en estas cosas?

—Bueno, no sé. ¿De verdad que va en serio?

La mirada que le dedicó él bastó como respuesta.

—Pues no sé, a mí no me ha pasado. Tampoco es que lo haya intentado de verdad. Pero todo eso que sale en la tele es falso que te cagas.

—¿Lo que me quieres decir, es que si no crees es sólo porque no has tenido ninguna experiencia? ¿Que de otro modo, si te pasara algo, lo aceptarías?

—Bueno, sí… no sé. Supongo que sí. Si me pasara a mí tendría que creerlo, ¿no?

Él se levantó de la silla, olvidada la mitad de su comida.

—¿Quieres que probemos?


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Y bien, ¿qué opinas?