Kyress (3)

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—Muy… espacioso.

Tras un paseo desde el restaurante de comida turca, habían llegado a un complejo de apartamentos en una zona tranquila de la ciudad. El hombre había conducido a Trierne hasta la sexta planta del edificio y, una vez allí, la invitó a entrar. Quizá la joven debería haberse planteado lo poco oportuno de meterse en una casa a solas con un desconocido, pero ni se le pasó por la cabeza que pudiera estar en peligro.

—Estoy de paso. No me he molestado en amueblarlo.

Pero una cosa era no dotar el piso de muebles y otra muy distinta que sólo un colchón y una televisión dominaran la estancia.

—Si te apetece beber algo, creo que queda algún refresco en el frigorífico, en la cocina. El baño está al fondo del pasillo.

—Creo que de momento voy a pasar.

—Tú misma —apuntó él mientras se sentaba en la improvisada cama.

Trierne se quedó en pie, cruzada de brazos, un tanto a la espera del próximo movimiento.

—¿Y bien?

—Si vamos a meternos en esto, convendría que te sentaras y te pusieras cómoda. Así, voy a terminar con tortícolis.

Ella dudó por un momento, pero tras un bufido decidió tomar asiento en una de las esquinas del sillón. Total, en peores sitios había estado.

—Mejor así —respondió él, con una sonrisa.

—Mira —replicó Trierne muy seria—. Te he seguido hasta aquí y hasta has conseguido que termine en tu cama. Sólo haz alguna cosa rara o trata de hacerme algo y…

—Si te molesta el colchón, nos podemos sentar en el suelo.

—Sabes de sobra que no estoy hablando de eso. Como intentes…

—Vaaale, que sí. Sólo estaba bromeando. Si tuviera una bonita silla ante una sólida mesa que ofrecerte, lo haría, pero como ves —hizo un barrido con los brazos—, no tengo ni una ni otra. ¿Empezamos?

Ella le dedicó una mirada asesina, pero no puso reparos ante la idea de comenzar lo que fuera que tramara.

—Coge mi mano.

—¿Para qué?

—Tú cógela.

No sin recelo, Trierne así lo hizo.

—Bien. ¿Notas algo?

—No, ¿qué tendría que not…? ¡Mierda! —exclamó ella soltando su presa, como escaldada.

—¿Qué te pasa?

—¡Joder! ¡Me he quemado!

—¿Cómo te vas a haber quemado? Prueba otra vez.

Mirando con desconfianza aquella mano de largos dedos que le tendían, no quiso rendirse y volvió a sujetarla. Nada sucedió.

—Vale, nada.

—Como puedes comprobar, no quema, ni siquiera está caliente, ¿verdad?

—Antes sí lo hizo.

—Habrá sido impresión tuya.

—Antes sí lo hizo —repitió, en esta ocasión deteniéndose con énfasis en cada una de las sílabas—. No estoy loc… ¡Joder!

—Vaya, ¿no me digas que te quemaste de nuevo?

—No sé cómo coño lo haces pero paso de que me andes vacilando —sentenció a la par que se levantaba—. Me largo.

—Trierne —pronunció él a su espalda antes de que saliera por la puerta—. Ésta es la cosa más tonta que soy capaz de hacer. Es mucho lo que puedo enseñarte. No estoy jugando contigo, de veras, pero necesito que antes entiendas algunas cosas. ¿Seguro que quieres marcharte?

En silencio, sin contestar, se detuvo unos segundos mientras reflexionaba. No tardó en soltar la manija y regresar al colchón, pero despacio, queriendo dar a entender que en cualquier momento podía cambiar de idea e irse.

—Pero esta vez sin trucos.


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