Kyress (5)

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—Recuerda. Estate tranquila y relajada. Tienes que estar receptiva o de otro modo me cerrarás el acceso.

—Lo dices como si supiera lo que estoy haciendo.

Trierne permanecía sentada en el colchón, mientras él, a su espalda y con las manos sobre sus hombros, la iba guiando en el proceso.

—Vale. ¿Sabes cuando tienes frío y te encoges? Pues esto es justo lo contrario. Yo voy a tratar de infundirte calor, favoreciendo que no estés tan agarrotada. Voy a estar aquí, contigo, y no voy a mover mis manos de donde están, así que no tienes de qué preocuparte, ¿de acuerdo?

—No, claro, sólo vas a tomar posesión de mi cuerpo y no tienes ni puta idea de lo que va a pasar mientras conmigo.

—Creo que fuiste tú la que insististe en llamarlo entrar en fase.

—No me toques…

—Venga, va. En teoría, y repito, en teoría, tú no vas a desaparecer ni nada por el estilo. Tú seguirás ahí, donde estás, consciente de todo cuanto ocurra, sólo que sin poder hacer nada. Estarás como una espectadora en tu propio cuerpo. Por eso es tan importante que te mentalices en lo que va a ocurrir, pues esa imposibilidad de hacer nada podría producirte una sensación de desasosiego, frustración e incluso claustrofobia.

—Eres el puto amo dando ánimos —señaló ella mientras reprimía un gélido escalofrío que recorrió su espalda.

—¿Acaso prefieres llevarte una sorpresa? Si te lo digo es para que no te asustes si sucede, que estés sobreaviso y no te pongas más nerviosa de la cuenta, ¿comprendes?

—Si ya… pero no deja de ser un marrón.

—Además sabes que no pienso forzarte, a la mínima que note que algo va mal pararé.

«Eso si tú misma no me has echado antes».

—¿Entonces sólo tengo que quedarme aquí quieta y ya está?

—Convendría también que no cerraras los ojos, pues podrías marearte por la impresión. Mejor que centres la mirada en algún punto de la habitación.

—Claro, como hay tantas cosas para mirar…

—¿Empezamos o no? Como te andas quejando por todo…

—Ya, sí, pero no te costaría nada colgarle cuatro cosas a este sitio.

—¿Preparada? Ahí vamos.

Trierne no sintió nada en un principio. Estaba mirando fijamente un tablón más oscuro del suelo, a la espera de que pasara algo. Se sorprendió al notar que pese a la tensión del momento, estaba relajada, incluso demasiado relajada. Los brazos le pesaban como si se hubiera pegado una paliza haciendo gimnasia, sólo que sin dolores. Una ola de calor descendía por su cuerpo desde los hombros y la embargaba de una calma absoluta. Y mientras su conciencia se apagaba, lo único que pensaba era que tenía mucho sueño.

—¿Trierne?

Una voz conocida parecía reclamarla y tirar de ella.

—¿Me oyes, Trierne?

«Sí», quiso contestar, pero no pudo.

—Trierne, escúchame. Es posible que estés consciente y me estés oyendo ahora mismo, pero que en cambio no logres responderme. No te asustes, es normal. Todo marcha bien. Lo que sucede es que ya… ya he entrado en fase contigo, estoy dentro de ti, y te estoy hablando directamente a tu cabeza. Aunque creas estar escuchando mi voz, no es así, no está vibrando el aire ni siendo recogidas estas ondas por tus oídos. Es por esto que no consigues contestarme, porque estás tratando de hablar. Siento que lo estés haciendo así, pero tus ideas me llegan muy débiles y apenas soy capaz de entenderte. No hables, piensa.

—…Que piense? ¿Cómo coño…?

—Con calma, despacio, ya te voy comprendiendo mejor, pero debes centrar tus ideas y tratar de reflejarlas del modo más claro posible. Una a una, no dejes que se te amoltonen y luchen por salir todas a la vez.

—… Si fuera tan fácil.

—Mucho mejor, ya te tengo.

—¿Que tienes qué?

—Tu hilo de pensamiento, ya veo la hebra principal, aunque menudo espectáculo de hebras secundarias que tienes por aquí.

—¿Y eso qué significa?

—Que piensas en todo, menos en lo que tienes que pensar.

—Oh, vaya, qué agradable que eres. Te cuelas en mi cabeza y encima te pones a criticarme cómo hago las cosas. ¡Pues que te quede claro que a mí así me va muy bien!

—No lo pongo en duda.

«Aunque cuánto potencial desperdiciado».

—¿Así que esto es todo? Para estar de palique no hacía falta tanta chorrada.

—No, esto no es todo. Realmente esto no es nada. He mantenido los ojos cerrados para facilitar el encuentro y que no te vieras desbordada por el resto de factores. Ahora vamos a ir viéndolos poco a poco.

—¿Esto es el rollo ése de la telepatía?

—No exactamente. Sería telepatía si cada uno estuviera en su… y habláramos sin… Espera, creo que de este modo lo comprenderás mejor. ¿Lista?

—No sé para qué, pero OK.

Como un telón que se descorriera, la desnuda habitación se mostró ante sus ojos.

—¡Joder! ¿Cómo has hecho eso? Aunque tampoco es para tanto, ya la veía yo antes de… No, espera, algo va mal. ¡Algo va muy mal! ¡No consigo mirar donde quiero! ¡Joder, me mareo!

La oscuridad volvió al instante.

—¿Te encuentras bien?

—Jo, tío, he estado a punto de ponerme a potar.

—No habrías podido, aunque la sensación hubiera sido la misma. Trie, ¿recuerdas lo que te dije de tomar posesión de tu cuerpo, de ser yo quien lo controlara?

—Sí…

—Pues eso incluye tus ojos, a donde mires, así como todo lo demás. Es lo mismo que sucede cuando conduces habitualmente y un día por el motivo que sea dejas que conduce otro. Por mucho que quieras y veas el tráfico de la carretera, tú no puedes maniobrar el coche, aunque a veces tengas el deseo de girar el volante o pisar los pedales. Esto es lo mismo, debes ser capaz de quedarte al margen y dejar que sea yo quien dirija tu cuerpo.

—No sé si podré…

—Espera, vamos a hacerlo más fácil. Vamos a repetir de nuevo y, ahora, cuando vaya a mirar a un lado u otro, te lo iré diciendo antes para que te vayas haciendo a la idea del movimiento, ¿vale?

—Si tú lo dices…

—Ánimo, confía en mí.

Así lo probaron por segunda vez, con muchos nervios por parte de Trierne y mucho cuidado por la de él, manteniendo un tono cálido en todo momento, dando las debidas indicaciones y conduciéndose con extremo cuidado en todos sus gestos.

—¿Mejor ahora?

—Supongo que sí, aunque esto sigue siendo muy raro.

—Y tanto que lo es. Pero hasta ahora sólo hemos girado los ojos y parpadeado. Queda lo demás.


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