Kyress (7)

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-¿Llevas mucho tiempo esperando?

Trierne yacía recostada contra la puerta del apartamento, la cabeza caída hacia atrás, mirando el techo del pasillo. Apenas se giró para mirarle.

-Llegas tarde, como siempre.

-Lo siento, pero soy puntual. Has sido tú la que ha llegado pronto -replicó él-. Como siempre.

-Bla, bla, bla. ¿Entramos?

El hombre sonreía mientras estudiaba los movimientos de la joven al levantarse. Qué fáciles y naturales le resultaban a ella. Sentía envidia. Encontró las llaves en la mochila y abrió la puerta.

-Venga, adentro, que no tenemos todo el día.

-Como si necesitásemos tanto tiempo.

Resultaba curioso como su trato, antes distante y desconfiado, había ganado en familiaridad y ahora fluía salpicado de chanzas y puyas, que no por inofensivas dejaban de resultar cáusticas en ocasiones.

-Tú sigue hablando así y un día los de protección a menores aparecerán llamando a mi puerta.

-¿Y dónde está el problema? Seguro que tú aún no habrás llegado. Se cansarán de esperar y se largarán.

-Menos mal que tú no te cansas nunca de esperarme.

Trierne no contestó de inmediato, al menos de forma audible.

-¿Y qué vamos a hacer hoy? Estar aquí metida ya me aburre.

-Y yo que pensaba que te satisfacía mi mera compañía…

-¡Claro! Pero a los cinco minutos ya me rayas -respondió exhibiendo su sonrisa más radiante-. Mejor no te digo lo que pasa a los diez minutos.

«¿Qué tiene esa forma de mirar que me desarma?»

-¿Entonces qué? ¿Qué hacemos?

-Está claro que repetir lo del último día no. Aún no me veo preparado.

El rostro de Trierne enrojeció hasta las orejas y ni su fuerte carácter la salvo de apartar la mirada a un lado.

-Sabes que era necesario -planteó él-. Tengo que conocerte bien, y…

-Vale, déjalo -aún evitaba sus ojos-. Olvídalo.

-Precisamente olvidarlo es lo que no puedo hacer, Trierne. Todo es por un motivo y debemos estar preparados para cuando llegue el momento.

-Joder, vale, no me tienes que dar explicaciones. Yo estaba ahí, ¿recuerdas? No hiciste nada que… -no supo cómo continuar-. No hiciste nada.

-Pero algún día tendré que… conocerlo todo. No podemos cometer errores, ninguno.

-Vale, pero todavía no, ¿ok? Ya sólo que me vieras desnuda…

-Claro que todavía no -él se inclinó hacia ella y tomó el rostro de ella entre sus manos-. Eres una niña.

Extrañamente Trierne no reaccionó a la defensiva ante aquellas palabras, terrible ofensa de boca de otra persona. Quizá porque reconocía aquello que traslucía el tono de voz, quizá por la ternura de su mirada, quizá porque había alcanzado a vislumbrar el trasfondo de su alma. A nadie más le habría permitido que la tratara así.

No dispuesta a permanecer vulnerable por más tiempo, extrajo fuerzas de flaqueza y abandonó el refugio de sus manos.

-Trierne, no hay más que hablar. Era una barrera que debíamos superar y queda mucho hasta la siguiente. Y sólo lo haremos cuando tú estés preparada, ¿de acuerdo?

-Vale. Es que es algo muy…

-Muy privado, íntimo, personal. Es algo tuyo y sólo tuyo. Y sólo lo compartirás con quien tú quieras y cuando tú quieras.

-Ahora sí que serías carne fresca para los de protección de menores -bromeó ella.

-Ya sabes que estoy en tus manos.

-Sí, claro, como si no fuese tu marioneta barbie tamaño natural.

«Aún no te has dado cuenta de que cuando nos unimos, nos convertimos en uno solo.»

-Se me acaba de ocurrir qué podemos hacer hoy.
-Venga, suéltalo.

-¿Tienes hambre?

-Joder, sabes de sobra que a esta hora siempre tengo hambre.

-Pues te invito a merendar algo. ¿Qué prefieres, kebab, hamburguesa?

-Pizza, una bien picante, con carne, cebolla y salsa barbacoa.

A Trierne se le iluminaron los ojos ante la idea, ya degustando la comida con sólo imaginarla.

-Hecho. Toma -él le tendió un billete que había sacado del bolsillo.

-¿Quieres que la traiga yo? -preguntó ella mirando el dinero-. Para eso podemos llamar y que nos la traigan aquí.

-Guárdatelo, luego será más difícil sacarlo de mi bolsillo.

-¿No me estarás diciendo que…?

La sonrisa de él confirmó sus temores.

-Hay que ir probando cosas nuevas, ¿no crees?


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