La oportunidad (1)

La oportunidad (1)
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Nadie se giró para mirar cuando la quejumbrosa puerta de la fonda se abrió a un nuevo visitante. La atmósfera en el interior estaba suficientemente cargada de humo y densos efluvios humanos para que incluso la espesa cerveza negra perdiera su sabor. Que ésta estuviera convenientemente aguada para favorecer los intereses del tabernero obligaba a los parroquianos a ingerir enormes cantidades de la misma para lograr algún efecto.

El recién llegado avanzó con pericia entre el revoltijo de mesas y sillas desperdigadas por la sucia estancia, valiéndose de la pobre iluminación que aportaban los ruinosos cabos de unas pocas velas mal repartidas por los candeleros colgados de las descascarilladas paredes.

Las cabezas de aquellos que habían llegado antes que él al establecimiento, huyendo del frío reinante en el exterior, se inclinaban laxas sobre las desportilladas jarras, agarradas las manos a las asas con si les fuera la vida en ello, charlando en quedos susurros con sus compañeros o perdidos en sus ebrios y neblinosos pensamientos.

Aunque entre unas mesas y otras los clientes no se conocían entre sí, todos estaban al corriente de las normas que regían aquel lugar: no molestes, no llames la atención, céntrate en tus propios asuntos y te ahorrarás una daga clavada en la espalda.

Cuando el hombre alcanzó la barra, el mesonero lo recibió con un cabeceo de reconocimiento. Sin preguntar, echó mano de una botella en concreto que guardaba tras el mostrador y le sirvió una generosa copa del líquido ambarino.

—¿Qué opinas? —inquirió el recién llegado.

—Creo que esta noche tienes suerte —respondió el tabernero—. El grupo tiene buen aspecto: salteadores de caminos, rudos salvaguardias, desertores del ejército, cazarrecompensas sin escrúpulos, soldados de fortuna, burdos matones y cortabolsas. Me parece que hasta cuentas con un veterano de la milicia, de ojos cansados pero mano firme.

—Eso pinta muy bien —apreció el hombre mientras se rascaba la perilla con los dedos.

Dio buena cuenta del contenido de su copa y se volvió para realizar una estimación del posible valor de aquella recua de despojos humanos que se reunía bajo el humo en las sombras.

—De acuerdo. Vamos a ello.

Sin pensárselo más, extrajo una raída bolsa de entre sus ropajes y la dejó caer con estrépito sobre la barra. El inconfundible repiqueteo de las monedas logró lo que no hubiese conseguido de otro modo: ganarse la atención de todos.

—Caballeros, y también damas —añadió al reconocer a una enjuta lagara de cabellos pálidos entre su heterogéneo público—, tengo una propuesta que ofreceros.


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2 comentarios en “La oportunidad (1)

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