La oportunidad (2)

La oportunidad (2)
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—Caballeros, y también damas, tengo una propuesta que ofreceros.

En los ojos que lo observaron brilló la suspicacia, un franco desinterés o la simple codicia. Unas cuantas miradas no tardaron en regresar a la contemplación de sus decadentes jarras de cerveza; otras, prefirieron centrar su atención en el abultado saquillo que reposaba sin dueño sobre la grasienta madera del mostrador.

—Mi nombre es Josquin Desprezz y no pienso andarme con rodeos —continuó—. Aquellos que guarden reservas a la hora de mancharse las manos de sangre, que hagan el favor de abandonar el establecimiento. —Un murmullo de enojo se alzó de inmediato entre los presentes—. Se abstendrán de abonar el coste de las bebidas por las molestias causadas, pero deberán marcharse de inmediato. El resto, aquellos que se muestren dispuestos a correr algunos riesgos menores a cambio de llenarse los bolsillos de buen metal, que permanezcan en sus asientos.

Aunque no fueron pocos los que se removieron incómodos y echaron un apreciativo vistazo a la combada puerta de salida, el peso de la todavía lejana bolsa pareció tener el poder de clavarlos a sus sillas.

—Para vuestra tranquilidad, he de deciros que más adelante también dispondréis de la oportunidad de abandonar el negocio. Aunque claro, con los bolsillos vacíos.

—¿Y qué me impide rebanarte el gaznate y llevarme la bolsa ahora mismo? —señaló el rudo Heraclón de mandíbula cuadrada.

—Muy sencillo —atajó Josquin con una taimada sonrisa pintada en los labios—. Te lo impide ganarte la enemistad de todos los presentes, con quienes a buen seguro no habrías pensado compartir el botín. Me da la sensación de que se mostrarían tan poco remisos como tú a la hora de derramar sangre para conseguir, a cambio, unos cuantos Trinos Imperiales.

Las codiciosas miradas que circularon entre mesa y mesa crecieron en intensidad al descubrir la cuantiosa naturaleza del premio.

—Aclarado este punto, proseguiré. —Con talante distendido, dio un brinco y tomó asiento sobre el mostrador, manteniendo la bolsa al alcance de su mano—. En resumidas cuentas, se trata de una misión de recuperación. Todos conoceréis o al menos habréis oído hablar del Castillo Allard.

—Sé lo suficiente como para no querer acercarme a él —comentó el oriundo de Garash, apoyado por el asentimiento de su torvo camarada. Ambos vestían aún los colores del ejército del que tiempo atrás habían desertado.

—Mirad, al garashita le dan miedo los fantasmas —se mofó uno de los desastrados llegados de la sureña Zahr, de ojos oblicuos y piel cetrina. Sus dos cofrades se unieron de buen grado a las risas, al igual que la disoluta lagara, que no dudó en sumarse a la burla desde el fondo de sus inquietantes ojos negros.

—Los fantasmas no usan hachas ni cuelgan a sus víctimas desde las ventanas —apostilló muy serio el otro procedente de Heraclyr—. Se dice que tras sus muros se esconden aún los restos de Las Hojas Calamitas, aquellos pocos que sobrevivieron al exterminio de Daxter el Resoluto y juraron que se vengarían antes de morir.

—Ni zorra tenemos de lo que hablas, heraclón —increpó un zahrko tras consultar a sus indolentes compañeros.

—¿Que no sabes quién es Daxter el Resoluto? ¿La Contienda de la Medianoche? ¿La Planicie de los Pies Inquietos? —terció el menhori, haciendo oscilar sus largas trenzas mientras negaba con la cabeza y se reía—. No hará ni cien años desde que los Territorios de la Sed se convirtieron en escenario de una de las mayores muestras de crueldad y sadismo desatados cuando Daxtor Remlor, Maestro de Cocinas Imperial y antes conocido como Daxtor el Gustoso, decidió empuñar su cuchillo de deshuesar y alzó a las gentes al Oeste del Niblaun para arrojarse en sangrienta liza contra los despreocupados Tercios Monásticos. Pobres bastardos…

—Creo haber oído esa historia —comentó uno de los estrafalarios aventureros de Nerthoril.

—El viejo Garf nos la contó, recuerda —precisó su compañera de teñidos cabellos azulados. El nertho restante se conformó con asentir, ocupado como estaba en alisar las plumas rojizas de su chaleco. También lanzaba miradas repletas de curiosidad al discreto individuo ataviado con los distintivos de la guardia nalasse de la mesa del fondo, que parecía mantenerse al margen de todo cuanto se decía en la taberna.

—Cuantos más muertos, menos gente con la que tener que repartir el oro —sentenció el enorme jukiar, de brazos como jamones y pecho de barril.

—Bien dicho —asintió el otro de Juk, tan grande y corto de entendederas como su amigo.

—¿Habéis acabado? —preguntó, paciente, el organizador de todo aquello, aún encaramado a la barra—. Bien. Como os decía, este trabajito consiste en recuperar un objeto que se halla tras los muros del Castillo Allar. Fantasmas, Hojas Calamitas, brujas y las ventosidades letales de Arcaon VI. Todo eso está muy bien, si os apetece creer en ello. Pero lo que yo os ofrezco es oro, tangible y agradable al tacto, y la oportunidad de contar, cuando estéis suficientemente hartos y borrachos, la historia de todo cuanto os ocurrió y visteis entre los muros del tenebroso fortín. A cambio, tan solo deberéis encontrar y entregarme una cosa: La Tigana Vítrea.

El silencio se adueñó de la estancia durante algunos segundos, los que tardó la curiosidad en vencer al desconcierto.

—¿Y qué es una tilana vitrina? —quiso saber un jukiar.

—Tigana Vítrea —corrigió el menhori.

—¿Y qué es? —le preguntó el antiguo soldado de Garash, a lo que éste se encogió de hombros en un revuelo de trenzas.

—Dejad que os lo explique —terció Josquin, temiendo volver a perder las riendas de la conversación—. Se trata de una estatuilla de cristal, de más o menos la altura de esta botella. Representa un ave en el momento de alzar el vuelo. Dudo que vayáis a encontrar otras figurillas de esta índole con las que os podáis confundir.

—¿Y… tenemos alguna pista de dónde puede estar escondido ese maldito pájaro? —expresó el heraclón que aún no había intervenido en la conversación, circunspecto y práctico en sus intereses.

—Se supone que se hallará en algún lugar de honor. En una vitrina, una hornacina, elevada sobre una columna…

Se supone —imprecó la sonriente lagara, recostándose en la silla y dejando que su desvaída melena se esparciera libre por el respaldo.

—Me da igual si decidís hacerlo en grupo o acometer la búsqueda por separado. Aquel o aquellos que me traigan La Tigana Vítrea se ganarán la recompensa —sentenció Josquin Desprezz al tiempo que se bajaba del mostrador y recuperaba la bolsa para hacerla desaparecer entre sus ropas—. Bebed cuanto deseéis; el gasto correrá a cuenta de la casa. El tabernero pondrá a vuestro servicio habitaciones para que paséis aquí la noche. Mañana, comenzará la búsqueda.


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Un comentario en “La oportunidad (2)

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