La oportunidad (3)

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Abrosi abrió la puerta muy despacio. A su espalda aguardaban Asium y Nejana, con las manos en sus espadas, temerosos de lo que pudiera estar aguardándoles al otro lado.

El mayor de los tres terminó de girar la hoja y se apartó para cederles el paso a sus amigos. Con mucho cuidado, éstos entraron en el amplio corredor. Cada uno se aprestó a un lado, bien pegados a la pared, en tanto Abrosi echaba mano a su lanza y en un revuelo de plumas rojizas tomaba el centro.

Aunque las primeras luces del amanecer iluminaban ya los campos, los muros del Castillo Allard no permitían que se filtrase ni un rayo de claridad a su interior.

Los jóvenes aventureros aguardaron unos instantes a que sus ojos se adaptasen a la negrura reinante, atentos a escuchar algo o captar el menor movimiento a su alrededor.

Todo en calma. Nada se había desatado a consecuencia de su intrusión.

Un gesto bastó para que Nejana tomara la delantera y se internara unos pasos por el corredor. Asium le seguía a la zaga por el lado opuesto, evitando tropezar con el arruinado mobiliario. A una indicación de la nertha Abrosi avanzó con la lanza en ristre, dispuesto a empalar lo primero que se cruzara en su camino.

Nada ni nadie lo hizo. Cuando cruzaron el arco que daba por término al pasillo, un amplio salón se abrió ante ellos, tenuemente iluminado por la luz que se colaba por los carcomidos tablones que trababan los ventanales. El polvo que sus pies habían levantado flotaba en la clausurada atmósfera y le confería a todo cuando se extendía ante sus ojos de un lúgubre carácter mortecino.

—Este sitio me da repelús —rumió Nejana.

—¡Ssh! —le chistaron al unísono los dos nerthos.

La joven agachó la cabeza, arrepentida, aunque su aprensión resultaba patente.

La estancia, espartana en su mobiliario, se abría a dos alas de puertas cerradas. Al frente, una espléndida escalera resultaba peligrosamente tentadora, más aún si el acceso a los corredores laterales estaba tan bloqueado como parecía. Sin embargo, si querían ser concienzudos en su búsqueda, debían registrar el castillo planta por planta.

Abrosi no se lo pensó más. Acomodó el astil de la lanza en sus manos y se encaminó hacia el ala izquierda. El otro nertho, Asium, no dudó en seguir sus pasos. En cambio, Nejana se mostró reluctante a acompañarlos. Algo en su interior la impelía a afianzarse en el florido pasamanos y subir los desvencijados escalones.

Un chasquido la despertó de su ensoñación a tiempo para volver la cabeza y observar a sus compañeros que, con el acceso ya franco, hacían imperiosos aspavientos para que se reuniera con ellos.

La joven nertha lanzó un último vistazo furtivo a la escalera antes de aventurarse con los otros por el pasillo lateral.

La alfombra se deshilachaba bajo las suelas de sus botas a cada paso que daban, mientras eran observados por los rostros enmarcados en madera que decoraban las paredes. El lienzo de algunos daba muestra de haberse convertido en foco de crueles maltratos. Otros permanecían ciegos, al haberse descolgado del muro y caído boca abajo.

Asium pisó uno con beligerancia, incómodo por las miradas escrutadoras de los vetustos retratos. Abrosi se sintió tentado de reprenderlo por el ruido que hizo la tela al rasgarse, mas optó por mantener la concentración en su avance.

La quietud en aquel lugar era tal que alcanzaban a oír el eco de sus respiraciones. Aquel absoluto silencio los alertaría a las claras de los movimientos de cualquier agresor, pero lejos de tranquilizarlos, la agobiante sensación de estar siendo observados en todo momento se hacía cada vez más presente en sus pensamientos.

El techo descendió cuando llegaron a las cocinas, provocando que el entorno se volviera aún más opresivo si cabía. Difícilmente hallarían un supuesto lugar de honor entre pucheros y cacerolas, así que se entretuvieron lo justo para echarte un rápido vistazo y regresar a las salas principales. El crujido de la madera los hizo volverse con las armas en algo y el corazón en un puño. Nada distinguieron entre las sombras. Esta vez, cuando abandonaron las cocinas, Asium permaneció de espaldas a sus compañeros, cerrando la marcha.

Un fugaz destello cortó algo más que el aire. Un surtidor de sangre caliente roció a la nertha, que exhaló un alarido al contemplar cómo la mano de Abrosi caía al suelo, aún empuñando un segmento de lanza. Cuando Asium se apresuró a darse la vuelta para auxiliar a sus amigos se encontró escupiendo sangre, con un cuchillo clavado en los riñones que le robaba la vida en grandes sorbos.

Abrosi todavía se mantenía en pie, recostado contra el muro y apoyado en el astil, con un rictus de agonía deformando su rostro. Nejana levantó la espada y giró sobre sí misma, en un intento por descubrir a los asaltantes.

—Zorrita, zorrita —susurró uno de los zahrkos que conociera en la taberna el día anterior, que abandonó las sombras y hundió la irregular hoja de su espada en el cuello de su compañero herido.

Con un gorgoteo, el nertho se desplomó en el piso. La madera de la lanza partida resonó con fuerza al golpear contra el enlosado.

—¡Bastardos!

Nejana giraba sobre sus pies para mantener a la vista las armas de los tres desarrapados salteadores que ahora la rodeaban y que progresivamente iban estrechando el cerco. Espadas, dagas y cuchillos. Demasiadas hojas la amenazaban desde distintos ángulos; aunque más miedo le daban las aviesas sonrisas de los zahrkos.

Con un alarido de rabia, se abalanzó contra el malnacido de ojos rasgados que había asesinado a Abrosi y lanzó un tajo en diagonal con la espada. El zahrko no borró la sonrisa de dientes torcidos de su cara mientras eludía sin esfuerzo la hoja de la mujer y hundía con desgana la propia en su abdomen.

Nejana abrió los ojos de par en par, perdió pie y se derrumbó en el piso cuando uno tras otro los tres hombres extrajeron de su cuerpo los filos manchados de sangre.

—La Tigana Vítrea será nuestra —anunció un zahrko dirigiéndose a los cadáveres de los aventureros.

—¡Y la recompensa también! —coreó otro.

—Vamos. Sigamos buscando.


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