La oportunidad (4)

La oportunidad (4)
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—¡Chicos, chicos! Mirad esto. ¡Creo que he encontrado algo!

—¿Quieres cerrar esa bocaza, Lai?

—¡Que te den, Dal! ¡Mirad esto!

Los tres zahrkos se reunieron en torno a un enorme butacón que en mejores tiempos tuvo que resultar de lo más mullido y confortable. Ahora, la tela raída dejaba entrever la hacendosa labor que ratas e insectos habían practicado con el relleno.

—Una maldita silla —sentenció Claven con cara de pocos amigos—. ¿Y?

—No me jodas, Clav —se quejó—. ¿Es que no lo ves? ¿Ni tú tampoco?

—Que me corten los huevos… —exclamó Dalaner. Acto seguido se agachó a ras de suelo.

Bien disimulado, un cable anclado a una pata del butacón desaparecía bajo la alfombra.

—¿Una trampa? —inquirió Dalaner.

—O el resorte para abrir una zona secreta.

—Pues habrá que comprobarlo.

Los tres cruzaron miradas entre sí, pero ninguno parecía dispuesto a ser el que desvelara el misterio.

—¡Sola no se va a abrir! —se quejó Laiols.

—¿Llevas cuerda? —le espetó Claven.

—¡Pues claro que llevo cuerda! ¡Siempre llevo cuerda!

—Calla y dámela.

—¿Qué te propones, Clav? -dudó Dalaner.

—Uhm… creo que me lo huelo. Tómala.

Claven cogió la soga y anudó su extremo a uno de los reposabrazos de madera. Fue desenrollando cuerda y la hizo pasar por el hachero de la pared más cercana. Finalmente fue retrocediendo hasta alcanzar el vano de la puerta.

—¿Preparados?

Los dos zahrkos asintieron y se prepararon para tirar.

—¡Ahora!

Tan pronto se volcó el sillón, una lluvia de flechas cruzó la habitación. Sólo los reflejos de Dalaner a la hora de entornar la puerta los salvó de recibir algún impacto. Satisfechos con el resultado, entraron de nuevo.

—Era las dos cosas, trampa y resorte —apuntó Laiols tras advertir un segundo cable enganchado a las patas—. ¡Por mis muertos! Uno disparaba las flechas y el otro… ¡pero mira lo que tenemos aquí!

Una librería se había desplazado para revelar una oquedad en la pared. El mueble debería haberse movido por completo, pero el óxido, la suciedad y la falta de cuidados había provocado que los engranajes se atascaran apenas a medio recorrido.

Mientras Laiols recogía la cuerda, Claven y Dalaner se aproximaron para estudiar el hallazgo. Si la habitación estaba a oscuras, allí dentro la negrura era absoluta.

Sin otra opción, los salteadores que tan gustosos se movían entre las sombras, echaron mano de una antorcha y la prendieron para descubrir qué guardaba el pasadizo.

El limitado alcance de las temblorosas llamas reveló el paso a un estrecho túnel de paredes desnudas y suelo de pizarra que absorbía tenazmente la luz de las antorchas. Trataron de despejar la entrada empujando la librería entre todos, pero ésta se negó a ceder. Con un encogimiento de hombros, interpusieron una cuña en el recorrido de cierre de mueble y se internaron en el pasadizo.

—¿Por qué no nos largamos ya? ¡Por aquí no vamos a ninguna parte!

Dalaner rezongaba a cada momento, angustiado por la pringosa sangre que manchaba la manga de su camisa.

En su avance habían localizado varios disparadores en las piedras huecas del piso, pero uno que les había pasado inadvertido bastó para arrojar un proyectil que había lacerado el brazo del zahrko. Desde aquel instante, sus ansias de aventura habían mermado considerablemente.

—¡Cállate ya! —espetó Claven—. Nos largaremos cuando tengamos lo que hemos venido a buscar.

—¿Y cómo sabes que lo encontraremos aquí? ¡Éste no es un maldito lugar para un homenaje!

—¿Quién pondría tantas trampas si no quisiese esconder algo valioso? —terció Laiols. La codicia relampagueaba en sus ojos rasgados—. Además, parece que estamos llegando a algún sitio.

Los otros dos miraron hacia donde apuntaba su compañero y comprobaron que el suelo de pizarra terminaba en unos escalones que ascendían y doblaban hacia la izquierda.

Si antes habían tenido mucho cuidado a la hora de pisar cada losa de pizarra, ahora extremaron precauciones ante los engañosos peldaños que se extendían ante ellos.

Laiols encabezó la marcha.

La escalera de caracol, además de estrecha, se inclinaba gravemente hacia un lado, por lo que la sensación de vértigo era permanente. Lo más cómodo sería apoyar a cada paso el hombro contra la pared interior.

Pero por norma, lo más tentador solía ser lo que conducía a uno al cementerio. Así que guardaban un tremendo cuidado en desplazar el peso del cuerpo hacia la izquierda y evitar el vértice central. Claven, que iba en retaguardia, no se percató de la parada de su compañero y chocó contra él. Dalaner mantuvo el equilibrio a duras penas, aunque exhaló un gemido de dolor a causa de su extremidad herida.

Claven no lo logró.

Ante la posibilidad de caer de bruces y rodar escalera abajo, extendió instintivamente el brazo y apoyó la mano en el muro. Su bota presionó el interior del escalón y éste cedió con un fatídico clic.

Nadie se movió. Permanecieron como estatuas a la espera del trágico desenlace. Pasados unos segundos se atrevieron a expulsar el aire que habían enjaulado en su pecho. Se miraron unos a otros, y finalmente la atención se centró en Claven. Concretamente en su bota y en el pie que habitaba dentro. Aunque dudó por un momento, Dalaner pronto se apresuró a seguir los pasos de Laiols escalera arriba.

El mensaje estaba claro: Claven había metido la pata; que se buscase la vida.

—¡No os vayáis! ¡Ayudadme! —gritó, no tanto encolerizado como terriblemente asustado.

Los otros zahrkos no aminoraron el paso sino para cuidarse muy mucho de dónde pisaban.

—¡Bastardos! ¡Hijos de mala madre! —vociferó, presa del pánico—. ¡Volved! ¡Volv…!

El grito murió en su garganta cuando los despojos ensangrentados en los que súbitamente se convirtió su cuerpo se precipitaron escaleras abajo.

—Tenemos que salir de aquí, Lai. ¡Tenemos que salir!

—¡Que te jodan! Yo no me voy sin mi tesoro.

La ambición que antes brillara en los ojos del zahrko había ahora adquirido peligrosos tintes obsesivos. Por otra parte, Dalaner había perdido todo su interés por la empresa. Su único afán consistía en escapar del maldito Castillo Allard con vida. El brazo le dolía horrores y la pérdida de sangre comenzaba a menoscabar sus fuerzas. Sus ojos ya no se mostraban tan agudos y mantener la cabeza erguida le suponía un importante sobreesfuerzo.

—Deberíamos haber ayudado a Claven —se lamentó—. Entre los tres hubiese sido más fácil.

—Ya vi lo mucho que quisiste prestarle tu ayuda —apuntó Laiols con malicia, pero sin apartar la mirada de delante.

—¡Estoy herido! Pero tú sí podrías haber…

—¿Muerto con él? El que la caga la guiña. Así de fácil. Calla y escucha.

Laiols se había detenido de forma súbita con la mano en alto. Giraba la cabeza a un lado, enfocando la oreja derecha al frente.

Dalaner a punto estuvo de rezongar. Sin embargo aceptó obediente y tras unos pocos segundos de atención pudo apreciar un lejano tintineo. Asintió.

El repiqueteo provenía de más allá del túnel de paredes peladas y suelo terroso. Esta variación interrumpió su discusión y los animó a continuar adelante, cautos pero ávidos.

Al final de la galería se toparon con un artesonado de maderas cruzadas que bloqueaba el paso. Laiols no tardó en ponerse a la tarea de inspeccionarlo en tanto el otro zahrko se limitaba a acunar el brazo herido y lanzar nerviosas miradas a uno y otro lado.

En el rostro de comadreja de Laiols se pintó una sonrisa al descubrir las bisagras que permitían la apertura de la compuerta. Una cálida luminosidad los fue envolviendo a medida que el salteador abatía la puerta secreta hacia el interior de la habitación a la que daba el pasadizo.

Las botas abandonaron la gravilla para pisar una mullida alfombra de tintes rojizos que cubría la totalidad del piso de la estancia. Ésta, decorada con un exquisito mobiliario trabajado en maderas nobles debía su generosa iluminación a innumerables velas encendidas en lo alto.

El zahrko sonrió aún más al contemplar en lo alto de una engalanada repisa la refulgente figura de un ave a punto de alzar el vuelo.

—¡Ja! ¿No te dije que sería nuestra…?

Laiols nunca pensó que al echar la mirada atrás para compartir la alegría de su hallazgo con su quejicoso compañero se encontraría un panorama tan adverso.

Dalaner yacía hecho un ovillo sobre la alfombra, a todas luces muerto. A un lado se erguía una figura de sucia casaca color marfil y gruesos pantalones de campaña. Al otro lado, con la espada goteando sangre, reconoció al garashita del que se burlara la noche anterior en la taberna.

—¡Joder, muchachos! ¡Casi hacéis que me cague en los calzones!

Ante el ominoso silencio de los antiguos soldados, el zahrko continuó hablando. Mientras, evaluaba sus opciones.

—¿Así que tenemos la Tigana, eh? —señaló dando unos cuantos pasos con los que aumentó la distancia con los garashitas y se apartó de su camino hacia la figura cristalina, desentendiéndose del premio—. No sé cómo lo veis vosotros, pero para mí que os las habéis arreglado para ser los primeros en llegar y os merecéis la recompensa.

Laiols prosiguió con su cháchara, aproximando con disimulo las manos a las armas que escondía a lo largo de su cuerpo.

—Pero qué bien os vendría alguien que limpiara de trampas el camino de vuelta, ¿verdad?

Los garashitas intercambiaron una breve mirada y dieron un paso adelante, uno con la espada, el otro con una sencilla maza que extrajo del cinturón y balanceó con la soltura que sólo se consigue con práctica.

—¡Joder! ¡Me necesitáis!

Advertido de las letales intenciones de los dos desertores, Laiols desvió su atención por un instante hacia la estatuilla, resplandeciente en su pedestal, y apenas en un borrón de movimiento arrojó sendas dagas contra los otros mientras se lanzaba a la carrera hacia el acceso por el que ellos debían de haber entrado.

El delator clic no bastó para que el zahrko cambiara su rumbo. El grueso virote le atravesó el pecho y lo hizo volar, tirándolo de espaldas sobre la alfombra.

—Mira por dónde, al final nos resultaste de utilidad —concedió el garashita, al tiempo que reclamaba la figurilla.


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