La oportunidad (5)

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—Me preocupa que hasta el momento sólo nos hayamos topado con esos dos.

Grayt caminaba a su lado, atento a su entorno y con la mano firmemente apoyada en la empuñadura de su espada. Asintió a las palabras de su camarada con un firme cabeceo.

—Si no recuerdo mal, en la posada había tres zahrkos —comentó pensativo—. Pero por el aspecto que traían, diría que se dejaron a uno por el camino.

—Aún así, convendría andarse con ojo —sugirió Raitz a la par que amoldaba el saco a su hombro.

—¿Pesa mucho?

—No es tanto pesado como incómodo de llevar.

—Cuando necesites te doy el relevo.

—Descuida. Tú vigila el frente, que yo me encargo del fardo.

El amplio corredor que ahora cruzaban rechazaba el eco de sus voces. La luz mortecina que se colaba por las estrechas aspilleras bastaba para satisfacer un primer reconocimiento del entorno. Una exploración más completa requeriría una imprudente cantidad de tiempo. Y más hombres.

Quizá las circunstancias hubieran conducido a que aquellos dos veteranos abandonaran el Noble y Esplendoroso Ejército Real de Garash, pero el espíritu marcial corría por sus venas y se comportaban como dos oficiales que aún continuasen sirviendo en la milicia.

Una sutil seña y Raitz dejó el morral en el suelo. Reclamó su maza y se preparó para cargar en cuanto Grayt abriera el portón del inmenso aparador.

La figura que surgió del interior recibió el impacto del arma del garashita. Un golpe brutal que fue acompañado del inconfundible crujido de los huesos al romperse.

Grayt no se molestó en lanzar estocada alguna. Aquello estaba muerto. Al darle la vuelta con el pie pudo comprobar que aunque letal, no había sido el mazazo de su compañero el culpable de segar la vida de aquel infeliz. Sangre seca apelmazaba las plumas del costado del hombre, que había muerto con una hoja clavada en los riñones. La vistosa indumentaria le desveló en el acto la identidad del cadáver: sin duda se trataba de uno de los nerthos de la taberna.

Lanzó un significativo gesto a su compañero. Éste asintió al reconocerlo también.

En esta ocasión, no colgó el arma al cinturón a la hora de echarse el saco al hombro.

—¿Recuerdas este salón?

Ante ellos se abría la estancia más grande que hasta el momento habían encontrado en Castillo Allard. A pocos pasos de donde se hallaban tras cruzar las últimas puertas, una balaustrada los separaba de caer al piso inferior —a todas luces, un salón de baile—. A cada lado, una majestuosa escalera de doble tramo invitaba a reunirse a la muda y delirante celebración que se festejaba en la desierta sala. En lo alto, una lámpara de múltiples brazos, con gruesos cirios encendidos en sus extremos, oscilaba lánguidamente de un lado a otro, creando fantasmagóricas sombras a lo largo de su recorrido pendular.

Raitz torció el gesto, visiblemente asqueado, y trazó con los dedos un supersticioso signo de protección en el aire contra los malos espíritus.

—Sigamos.

La madera de los peldaños se hundió bajo sus pies y fue quejándose con rencor a cada paso que daban. El pasamanos no se mostró más firme, por lo que optaron por caminar junto a la pared y así contar con una mano libre para afrontar cualquier desavenencia que pudiera surgir de manera inesperada.

Apenas más allá del alcance de sus oídos, una alegre melodía inundaba el salón, dotando a la atmósfera del recinto cerrado de un carácter jovial e irreverente.

Una vez sorteadas las enormes mesas, libres de comensales éstas pero con los platos, jarras y cubiertos bien dispuestos, alcanzaron el corazón de la sala. La caprichosa luz les permitió entonces distinguir que no se hallaba tan vacía como en un primer momento habían creído. Una oscilante bailarina ejecutaba con indolente languidez su danza, colgada del cuello por una soga atada a los brazos de la majestuosa lámpara.

—Mierda, Grayt —no pudo por menos que exhalar el garashita. Sus dedos apretaron con más fuerza la empuñadura de su arma—. ¿Es la chica nertha?

El otro asintió encorajinado. Reclamó una silla para sí y la acercó al cadáver de la joven en su recorrido. Por contra, su compañero no las tenía todas consigo.

—Vamos. Ayúdame a bajarla.

—¿Estás seguro, Grayt? —titubeó el otro al avanzar un paso.

—Es una mujer, joder, no el maldito adorno de una verbena. —Se aupó al asiento con decisión y esperó a que la lámpara completase el ciclo—. Prepárate para cogerla de las rodillas… ¡Ahora!

El impulso era tan fuerte que a punto estuvo de arrollar a Raitz y derribar a Grayt de la silla. Sin embargo, finalmente lograron afianzarse y sujetar el cuerpo. Grayt cortó la soga con un cuchillo, en tanto su camarada se ocupó de bajar a la exangüe joven hasta el suelo.

—¿Y ahora?

—Ahora nos largamos de este condenado castillo cagando leches.

—Estoy contigo —afirmó Raitz, no sin antes lanzar un último vistazo al desmadejado cadáver cubierto de plumas.

Si esperaba descubrir a la empalidecida mujer retorciéndose o reptando por el suelo en dirección a ellos, en sus ojos reflejados los fuegos del infierno, quedó decepcionado. Nada se movería ya más en aquella sala de baile.

—Desde que entramos, ¿cuántos pisos habremos subido?

Raitz se detuvo un momento para hacer recuento con los dedos.

—Subimos dos rampas —extendió el índice y el corazón—, por la escalera de caracol y por aquella escala de mano. Pero también bajamos por la escalera donde estaba la lámpara —volvió a esconder el meñique—. Deberíamos estar en la tercera planta.

—Entonces, explícame qué hacemos en los sótanos.

Plantado al otro lado de la puerta y con el brazo apuntando a un nivel inferior al frente, Grayt señalaba hilera tras hilera de enormes barricas de madera oscura.

—Que me aspen —concedió Raitz—. ¿Después de todo cuanto hemos subido, estamos en las bodegas del castillo?

—A no ser que decidieran conservar los vinos en las buhardillas, eso parece.

El antiguo soldado se alegró de pisar tierra tras descender los pocos peldaños de madera que lo separaban del piso inferior. Un rápido examen con el mango de la maza les advirtió de que la primera barrica no contenía más que aire. La siguiente reventó hacia dentro a consecuencia de la podredumbre que había hecho presa en la madera. Los vapores que exhaló no resultaron ser mucho más saludables. El eco que devolvió la tercera tampoco fue nada halagüeño, así que decidieron dar la inspección por concluida.

Sin embargo, los estantes donde reposaban las botellas eran otro cantar.

Al vidrio templado lo cubría una enmohecida capa de polvo, mas el corcho de la primera que escogieron parecía hallarse en buen estado. El volumen de la botella era considerable, por lo que Grayt dejó descansar el saco en el suelo y empleó ambas manos para sacarla del aparador. Echó mano de una raída gamuza que colgaba del cinturón para limpiar con esmero la superficie exterior. Una vez satisfecho, la alzó para contemplar su contenido a la luz.

El estrépito del cristal al romperse en mil pedazos apartó la atención del otro garashita de sus propias pesquisas. Allí, sobre el barro que el líquido iba formando, yacía una mano cercenada a la altura de la muñeca.

—Juro que si salimos vivos de aquí, no volveré a probar ni una pinta de cerveza más —rezó Raitz observando aquellos dedos engarfiados.

—Salgamos entonces de una maldita vez.

Al fondo de la bodega encontraron una portezuela entreabierta, con las jambas tan deformadas que hubiera resultado imposible de cerrar. La hoja basculó sobre sus maltrechos goznes con un chirrido desgarrador, y tras cruzar un sencillo pasillo carente de decoración alguna, pronto se hallaron en un espacioso despacho de escribano. No tenía nada de particular, salvo que ya estaba ocupado.

Dos hombres cubiertos con largas capas oscuras zarandeaban a un tercer individuo. Éste, recostado en un sillón y ataviado estrafalariamente con una indumentaria tocada de plumas rojizas, daba la impresión de llevar muerto un tiempo. Un vistazo más atento reveló la ausencia de una mano.

—Heraclones —le susurró Raitz a su camarada.

—¿Sois vosotros los que os dedicáis a esconder cadáveres en armarios y colgar mujeres de lámparas?

—Son los soldados de la taberna —comentó uno de los individuos de mandíbula cuadrada, olvidándose por el momento del nertho muerto.

—Los desertores —añadió el otro.

—No habéis contestado —insistió Grayt.

—El único cadáver que hemos visto hasta ahora es éste —replicó el de Heraclyr, señalando el cuerpo con la punta de la bota—. Pero parece que vosotros habéis dado con otras cosas. ¿Qué llevas en la bolsa?

—No es asunto tuyo.

El modo en que el miliciano se removió para tratar de esconder el morral reveló al heraclón todo cuanto necesitaba saber.

El conflicto estaba servido.

Las armas no tardaron en abandonar sus fundas. Ambas parejas dedicaron unos instantes a estudiar a sus oponentes, no muy segura ninguna de tener una clara superioridad sobre la otra. Grays se deshizo del saco y lo dejó oportunamente en el pasillo, al otro lado de la puerta frente a la que de inmediato se interpusieron dispusieron ambos.

A los heraclones no pareció importarles aquel gesto. Se apartaron las capas hasta asegurar la completa movilidad de los brazos armados y, con aparente desgana, se abalanzaron sobre los soldados rebeldes.

Si por algo se caracterizaba el estilo de lucha de un soldado, es por conocer cómo enfrentarse a un rugiente mar de espadas enemigas sin más ayuda que la pericia propia y el apoyo de sus camaradas. Los guardaespaldas se ocuparon de ponérselo difícil. Cada uno seleccionó un único objetivo y se abrieron lo suficiente para que los milicianos tuvieran que enfrentarse a un heraclón y no pudieran actuar como grupo. Los garashitas advirtieron la maniobra de inmediato y cerraron filas, perdiendo así movilidad, pero confiados en la importancia de mantener la formación.

No tardaron en descubrir que aquello que tiene aplicación y funciona sobre el campo de batalla, no tiene por qué tener igual resultado entre los muros de un castillo.

Cuando Raitz quiso trabar el arma de su adversario con la cabeza de la maza, éste no dejó de presionar, aún a riesgo de exponerse a un golpe de retorno. La jamba de la puerta se encargó de bloquear el avance del arma, así que el heraclón aprovechó la oportunidad para alcanzar el hombro del otro garashita con la punta de la espada.

La hoja no se detuvo hasta raspar hueso.

Grayt soltó un gruñido. La debilidad se apoderó de su extremidad herida y no logró interponer a tiempo la espada en la trayectoria del arma de su adversario. La hoja del de Heraclyr abrió la garganta con un amplio tajo. La sangre brotó de la herida como un surtidor, roja y brillante.

Tras la caída de su camarada, la rabia y valentía con la que defendió Raitz su vida fue digna de encomio, pero eran dos las espadas que lo acosaban desde ángulos opuestos y el desenlace eran tan previsible como inevitable.

Con el cadáver de un garashita yaciendo en el piso y el otro agonizando, los implacables escoltas reclamaron su premio.

—Hecho. Nos vamos.


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Un comentario en “La oportunidad (5)

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