La oportunidad (6)

La oportunidad (6)
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—¿Habrá anochecido ya?

—¿Y cómo demonios quieres que lo sepa?

Si los sentidos no les engañaban, hacía horas que recorrían sin descanso los innumerables corredores y pasillos de Castillo Allard.

Caminaban por pura inercia, y el azar se ocupaba de tomar la mayoría de sus decisiones. Con la estatuilla al hombro, por muy grande que fuera el edificio tarde o temprano darían con alguna salida, balconada o similar.

El eco de ruido de pisadas los alcanzó claramente desde el otro lado de la pared.

—Me estoy cansando de esto —rezongó Niur—. Si nos andan siguiendo, ¿a qué esperan?

—Ni siquiera sabemos que nos estén siguiendo —razonó Jnor sin perder la calma—. En un lugar como éste el sonido puede provenir de la otra punta del castillo y nosotros juraríamos que algo nos espera a la vuelta de la esquina. Es muy probable que ellos estén tan paranoicos como nosotros por culpa de nuestros pasos.

—Demasiada palabrería.

—Uno de los dos ha de ser el que piense, hermano.

El otro heraclón gruñó a modo de respuesta.

—Ahí está otra vez.

A veces eran cortas carreras lo que escuchaban. Puertas que se abrían y se cerraban en agónicos lamentos. Un persistente y rítmico chirrido acompañado de los acordes de una alegre melodía. El retumbar de voces, gritos… Y lo peor era aquel rascar, como si algo reptara por encima de sus cabezas. La mejor forma de escapar de todo aquello y no prestarle atención era cubrirlo con su propia conversación. Los eventuales momentos de silencio invitaban al desastre.

—¿Volverás a casa?

—¿A qué te refieres?

—Cuando cobremos la recompensa —aclaró Niur—, ¿volverás a casa, con padre?

Jnor reflexionó unos instantes antes de responder.

—Creo que no. Si me eché a los caminos y me uní como escolta a la primera caravana con la que me crucé fue para escapar de aquella vida. Si te soy sincero, nunca soporté la peste a mierda de oveja.

—¿Por qué crees que seguí tus pasos? —confesó el otro con una media sonrisa.

—Pero no es lo mismo. Tú tienes una familia que te espera. No creo que Lavelin se conforme con las monedas que le envías. Seguro que te echa de menos, así como la pequeña Guna, que apenas te ha visto dos o tres veces desde que vino al mundo.

—Creo que no te lo dije. Lavelin está embarazada.

—¿Otro crío?

Niur asintió, orgulloso.

—Si no me equivoco, pronto nacerá.

—Pues no sé a qué esperas —replicó Jnor—. Aunque se trate de un mendrugo, esas criaturas merecen conocer a su padre.

—Este trabajo y se acabó. Lo juro.

—Pues vamos. Acabemos con esto de una vez.

Tan pronto el eco de sus voces se perdió más allá de los recodos de aquel tortuoso corredor, un alarido brotó de algún lugar frente a ellos. Aunque fieros guardianes a la hora de proteger la carga de las caravanas que contrataban sus servicios, no pudieron evitar que se les erizara el vello de los brazos.

—Un grito de muerte —señaló Jnor.

—Estamos en el Castillo Allard —zanjó su hermano, como si entre aquellos muros no hubiera cabida para melodías más placenteras.

Dieron un salto atrás y las manos volaron a las armas cuando una bien disimulada trampilla tableteó en el muro lateral a la altura de sus rodillas. Algo del tamaño de un melón rodó por el canalón y fue a detenerse a los pies de Niur. El gesto de horror que deformaba las facciones resultaba más aterrador que la propia cabeza decapitada. A ésta la siguieron más restos humanos descuartizados, que fueron amontonándose sobre la fina arena que cubría el piso. Sangre y otros repugnantes fluidos rezumaron después de la trampilla, como si de una úlcera infectada se tratase.

—¡Válgame Kor!

—Al frente, sigamos al frente —espoleó Jnor, no dispuesto a dejarse amilanar, aún en contra de lo que dictasen sus propios sentidos—. Están jugando con nosotros, Niur. No sé qué pretenden conseguir con esto, pero no nos va a afectar. ¿Verdad que no, hermano?

—N-no…

—¿Recuerdas lo que pasó cuando escoltábamos aquella caravana hacia los prados occidentales? —continuó— ¿En Paso Stig? ¿Recuerdas cómo quedó aquel tipo abierto en canal? Era norteño, de las Marcas, de Dsiuldor o más allá. Se llamaba… ¿Cómo se llamaba?

—Caleque.

—¡Eso es! ¡Caleque! Siempre has tenido mejor memoria para los nombres que yo, hermano. —Jnor se esforzaba en mantener centrado a su compañero—. Se lo advertimos: no te acerques al aspa. Una y otra vez. Pero el tipo no atendía a razones. Yo puedo desatascarla, decía. ¡Y ya lo creo que la desatascó! ¿Recuerdas la cara que se le quedó cuando saltó el trozo de hueso, el aspa se puso a girar y le cortó de abajo a arriba?

—Me acuerdo de la cara de imbécil que puso —afirmó Niur, más animado—, mirando como un estúpido cómo se le salían las tripas.

—El muy cobarde no trató siquiera de contenerlas. Así murió, con las tripas colgando. Qué imbécil.

Sus voces callaron. En un estrecho pero alargado ventanuco distinguieron una siniestra figura levitando. O, al menos, sus pies no parecían buscar sustento en el suelo.

A medida que se aproximaron pudieron encajar las piezas del enigma. Lejos de flotar, aquel miserable zahrko oscilaba como un muñeco por un grueso virote que le atravesaba el pecho. Los extremos del proyectil estaban sólidamente encajados en el marco de la ventana, a modo de travesaño.

—¿H-has visto, eso, Jnor? Lo han… ¡Lo han espetado! ¡Jnor, lo han espetado como a un cerdo!

El heraclón estalló entonces en violentas carcajadas, con el dedo señalando el cadáver colgado.

—¿Quieres calmarte?

—¿Pero qué crees tú? ¿Que lo mantendrán ahí hasta que se desangre y después lo mandarán a las cocinas, o que lo dejarán así para que macere? ¿Eh, Jnor? ¿Tú que crees?

Al ver un atisbo de demencia en la mirada de su hermano, Jnor lo cogió de la pechera y lo zarandeó en un intento por acallar sus histéricas y delirantes risas. Aunque de estatura inferior y dotado de una constitución menos poderosa, sacudió a Niur como si se tratase de una marioneta con los hilos rotos. Un bofetón, dos, tres hicieron falta para que algo de su antiguo brillo regresara a los ojos de su hermano. Las carcajadas terminaron por ahogarse en su garganta. La falta de resuello lo forzó a calmarse y respirar hondo. Jnor permaneció expectante ante otro posible ataque de locura, pero Niur logró recuperarse y enfocar la mirada.

—¿Cómo estás?

—Mejor. Mejor, hermano. Gracias.

—Olvídalo —zanjó quitándole importancia con un gesto de la mano—. Encontremos la maldita salida.

Puertas que se abrían en la lejanía. Puertas que a continuación se cerraban a la vuelta de la esquina. Pisadas que recorrían las salas aledañas, también el techo sobre sus cabezas, que se cruzaban con las suyas propias en el mismo pasillo por el que ellos avanzaban. El continuo mascullar de voces en los oídos, dentro de sus cabezas. El inconfundible chasquido de una ballesta al ser amartillada. Ondulantes sombras que se filtraban a través de una luz inexistente. El siempre presente olor dulzón de la sangre…

—Aguanta, hermano. Aguanta.

—No debimos entrar aquí, Jnor. No debimos entrar aquí…

—Vamos, Niur, ya casi estamos. Un poco más y nos habremos marchado. La salida tiene que estar ahí delante.

Al traspasar la siguiente puerta, una intensa luminosidad los cegó. Las decenas de velas encendidas creaban un fuerte contraste con las tétricas tinieblas de las que provenían. Aquel comedor privado presentaba todo lo necesario para afrontar una opípara cena montada para dos comensales. El burdeos de la bebida regaba tanto las copas de cristal como el grueso tejido de los manteles. Carne roja y brillante colmaba los platos de viandas. Y el centro de la mesa lo dominaba el plato principal: sobre una enorme bandeja yacía, ovillado y con la mirada vidriosa, el destripado cadáver de un hombre.

El heraclón se giró al punto para observar a su hermano e interponerse entre él y aquella macabra escena.

Demasiado tarde.

No necesitó mayor escrutinio para descubrir que algo se había roto en el interior de Niur. Con los brazos caídos a los costados, la expresión ida y la boca entreabierta y temblorosa, cuando se asomó a sus ojos nada en él pudo reconocer del hombre que una vez había sido.

Un mazazo en la espalda lo derribó al suelo. Apenas logró volver la cabeza cuando una bota se enterró profundamente en su estómago. A ésta le siguieron varias patadas, a cual más violenta. Un pitido se adueñó de sus oídos y la sangre salpicó el suelo al toser en busca de un soplo de aire que llevar a sus maltrechos pulmones. Entre la neblina que enturbiaba su mirada alcanzó a ver cómo su hermano, ajeno a la paliza que le estaban propinando sus agresores, avanzaba despacio en dirección a la mesa, apartaba una silla y tomaba asiento frente al morboso festín. Un nuevo y brutal puntapié obligó a Jnor a doblarse sobre sí mismo.

Los dos enormes jukiar se despacharon a gusto en la piel del heraclón antes de tomarse una pausa para retomar el aliento. Un manotazo en el hombro y una breve consigna bastaron para repartirse las tareas.

—Ve a por el otro.

El segundo individuo, tan colosal como el primero, cabeceó con un gruñido y partió en pos de un demente Niur, que empuñando un largo tridente tanteaba las sanguinolentas vísceras ofrecidas en las fuentes.

El respiro para Jnor fue tan corto como insuficiente. Una enorme manaza lo agarró del cogote y, como quien coge a un cachorro, le estrelló el rostro contra una pared, pintándola de rojas salpicaduras. El hueso reventó y las astillas se le clavaron en la cara, mas aquella fue la menor de sus preocupaciones. Impotente, llegó a distinguir la trayectoria de la brutal rodilla que acabaría chocando contra su espalda torcida y le destrozaría la columna.

Así quedó, hecho un guiñapo, su cuerpo recostado en un ángulo imposible contra la pared.

Satisfecho, el matón oriundo de Juk desvió la atención hacia su compañero. Las facciones del hombretón conformaron un gesto de absoluta imbecilidad al contemplar a su paisano inclinado sobre Niur a modo de embelesado espectador, mientras éste deglutía con calma.

—¿Bek? —llamó, confuso.

No fue hasta que se acercó a él que pudo distinguir el fino hilo de alambre que, desde el techo y con un lazo, había sofocado la vida de su compañero. Levantó la cabeza y escuchó el chasquido del resorte de la ballesta al ser disparada. Ni siquiera vio el virote que le atravesó el ojo y perforó su cerebro.

Con movimientos deliberadamente pausados, el menhori se liberó de los anclajes que lo sujetaban al techo de la estancia y descendió, precedido un revuelo de trenzas, hasta posar ambos pies sobre el mullido piso. Tanteó los cuerpos de ambos jukiar para cerciorarse de que estaban bien muertos antes de comprobar el deceso de Jnor.

No tuvo prisa a la hora de reclamar el saco caído, aunque decidió abrirlo para contemplar su contenido. Una sonrisa se abrió en sus labios al apreciar la cristalina figura de la Tigana. Se aseguró de acomodarla bien de nuevo en la bolsa y la cerró para echársela al hombro.

El cazarrecompensas dedicó unos instantes a admirar, asombrado, cómo el otro heraclón degustaba de manera pausada el contenido de todos y cada uno de los platos repartidos por la mesa, e ingería de igual modo el coagulado líquido de las copas, ajeno a la realidad que le rodeaba.

Negó con la cabeza. Se acercó a un absorto Niur y le hundió una hachuela en la nuca, poniendo así fin a sus miserias.


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2 comentarios en “La oportunidad (6)

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