La oportunidad (7)

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No había terminado Lacarys de limpiar su arma de la sangre del demenciado heraclón, cuando una voz lo sorprendió a sus espaldas.

—Te desenvuelves bien.

El menhori adoptó al instante una postura defensiva, con las piernas flexionadas y una pequeña hacha sujeta en cada mano.

La lagara se recostaba indolente contra el quicio de la puerta, con los brazos cruzados frente al pecho. Al girar la cabeza para mirarle, el pálido cabello se derramó lacio sobre su hombro.

—No es oportuno sorprender a alguien de ese modo —respondió Lacarys, evaluando con la mirada a la recién llegada.

—He tenido la consideración de esperar a que acabaras, antes de decirte nada.

—Es otro modo de decir que has aguardado a que fuera yo quien hiciera el trabajo sucio.

—Es otro modo —ladina, sonrió la mujer.

Durante unos momentos ambos mantuvieron su particular duelo visual, mitad reto, mitad escrutinio. Sin embargo, la lagara optó por darle fin al exhalar un profundo suspiro y dejar caer la cabeza contra la jamba.

—¿Y ahora qué? —inquirió Lacarys—. ¿Lucharemos por el contenido del saco? Porque ni pienso compartir el premio, ni mucho menos dejarte a mi espalda. Si has llegado hasta aquí y continúas con vida es que eres más hábil de lo que pretendes aparentar.

—Vaya, gracias —contestó ella mientras se entretenía enredando los dedos en su pelo.

—¿Y bien? —insistió.

—Podríamos formar equipo. —La mujer alzó una mano conciliadora antes de que el menhori tuviera ocasión de protestar—. Quédate con el pájaro. Ya me he procurado mis propios beneficios entre los muros de este viejo castillo. Además, ahora mismo —levantó los brazos, provocando que su melena se deslizara por la piel y se precipitara sobre su cuerpo—, lo que realmente me apetece es salir con vida de aquí.

—¿Y por qué debería creerte? —aceptó el juego él a su vez, divertido.

—¿Porque podría haberme limitado a tomar la estatuilla de tu cadáver?

—Sólo si hubieras conseguido acercarte lo suficiente a mí sin que antes te descubriera.

—Eso, ya nunca lo sabremos.

La desidia que envolvía a aquella mujer como un sudario logró despertar el interés del avieso cazarrecompensas. Aunque en su mente algo tenía muy claro: al menor pretexto, hundiría la hoja del hacha en su perlado gaznate.

—¿Tu nombre?

—Kaira.

—Vamos, por allí.

Lacarys pronto advirtió que su infalible sentido de la orientación de poco servía en el interior del Castillo Allard.

Fácil le había resultado explorar sus salones y pasillos, sortear las numerosas trampas repartidas por su intrincado recorrido y servirse del oído para eludir y vigilar al resto de visitantes. Al parecer, a excepción de ellos mismos el edificio no contaba con otros residentes. Y sin embargo, tras colarse en aquel comedor y haber liquidado a parte de la competencia, algo había cambiado. Escaleras donde esperaba hallar largos pasillos, galerías donde antes se abrían amplias salas, ecos confusos cuando previamente reinaba una quietud absoluta…

Hombre práctico donde los hubiera, el menhori no quiso plantearse qué había llevado a aquel duro heraclón a sentarse en una mesa cuyo menú principal consistía en entrañas humanas. Muy al contrario, al no contar con una mejor opción, había permitido que la mujer tomase la iniciativa.

Kaira disimulaba su firme determinación entre gasas de vaporosa languidez. Cada gesto, vano y estéril, escondía un preciso interés que no había escapado a los agudos ojos del cazarrecompensas. Que se paseara con aquella despreocupación por un entorno hostil repleto de trampas letales, no hablaba en favor de su aparente fragilidad. O cordura.

Lacarys procuraba mantenerse a la distancia mínima para evitar cualquier ataque furtivo por parte de la mujer, así como la necesaria paran lanzar su propio y definitivo ataque.

—¿Tienes claro por dónde vas?

La lagara no contestó. Se limitó a exhibir aquella presuntuosa sonrisa que mostraba siempre que el menhori le preguntaba. Con aquel inquietante gesto daba la impresión de saber mucho más de lo que debería. Tal vez lo estuviese conduciendo a una celada. Bien. En tal caso no lo pillaría desprevenido.

—Lagar está muy lejos de Nalass —tanteó Lacarys.

—Ajá —asintió Kaira, que se había dado la vuelta para contestarle y ahora caminaba de espaldas hacia el final de la habitación. El recargado mobiliario que atestaba la estancia no daba la impresión de importunarla en lo más mínimo.

—¿Y bien? ¿Te trajo el azar o fue algún motivo en particular?

—A veces, hay que caminar en la dirección que sopla el viento.

—En Menhor decimos que no conviene oponerse a las mareas —comentó Lacarys—. Pero que cuando estalla la tormenta, no hay lugar más seguro que el ojo del huracán.

—¿Amenaza tormenta, marinero?

Al menhori le recorría un escalofrío por la espalda cada vez que veía aquella sonrisa reflejada en esos pozos de oscuridad que la lagara tenía por ojos. Con una hachuela bien asida en la mano, Lacarys retomó la marcha, perdidas las ganas de seguir conversando.

—Sangre.

Kaira se acercó a inspeccionar el hallazgo con el desapasionado desinterés que con el que dotaba a cada una de sus acciones. Al punto levantó el rostro para mirar al menhori y alzó una interrogativa ceja.

—Aquí mataron a alguien y arrastraron el cuerpo después —confirmó Lacarys. La mujer se limitó a encogerse de hombros—. Y la puerta da a las cocinas.

Después de lo que había presenciado en el pequeño comedor, aquella breve conjunción de ideas —sangre y cocinas— logró revolverle el estómago.

—No creo en la brujería —aseveró el menhori, quizá en un esfuerzo por mantener la firmeza de sus creencias—. Así que debo entender que es alguien quien está orquestando toda esta pantomima. ¿El Castillo Allard estará habitado, al fin y al cabo?

—Da la sensación de que eres uno de esos hombres que disfruta escuchando el sonido de su propia voz —zahirió la lagara.

—Pienso mejor si reflexiono en voz alta —se defendió él.

—Sigue pensando entonces. Me entretienes.

Lacarys no supo si tomarse aquellas palabras como un insulto. Finalmente lo dejó estar. No dejaría que aquella mujer lo sacara de sus casillas.

Tampoco estaba dispuesto a dejarse acobardar por la escena con la que se toparon al llegar a la siguiente sala.

Colgados de la pared se hallaban los cadáveres de los desertores de Garash, uno del cuello y el otro de los pies, a la distancia precisa de un brazo; el que tenían extendido y en contacto con su camarada, trazando con sus cuerpos un rectángulo en el muro.

En perfecta formación.

—De los que entraron, ¿cuántos crees que seguirán con vida?

—¿Incluyéndonos a nosotros? —señaló Kaira.

—Obviamente.

—Hay seis que seguro que no. Siete, si el primer plato también estuvo en la taberna. La sangre podría ser suya.

—¿Y cuántos éramos? Estaban los tres nerthos con sus plumas. Los otros tres zahrkos, sucios y mezquinos. A los heraclones y jukiars ya hemos tenido el gusto de encontrarlos.

Lacarys terminó de contar con los dedos, mientras Kaira repasaba mentalmente.

—¿Catorce?

—Quince —corrigió ella—. Olvidas al miliciano silencioso.

—Por Verdú que es cierto. Quince, pues.

—Y mira por dónde…

Lacarys se giró para seguir el dedo de Kaira y observar la desdibujada figura del recién llegado.


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