La oportunidad (8)

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«En qué pensaba cuando accedí a esto…»

Tras terminar una ronda por los barrios más sórdidos de Nalass, Zaincalan regresó al cuartel. Al llegar, le dieron un mensaje: el comisionado no sólo quería verle; le esperaba en el piso de arriba. En el despacho.

Aterido y con los pies doloridos tras horas de insulsa caminata, el guardia de la milicia local ascendió con cierto desasosiego los peldaños que lo separaban de su superior.

Zaincalan tenía la sensación de que ya no servía para todo aquello. Se sentía viejo. A fin de cuentas, llevaba más de veinte años al servicio de la ciudad portuaria. El retiro, que antes se le antojara tan lejano y deprimente, adquiría cada vez tintes más cálidos en su mente. Después de todo, el sueño de todo miliciano de a pie era pasar los últimos años viviendo de la parca pensión y morir cómodamente en la cama. Algo le decía que aquella inesperada reunión con el comisionado nada bueno le aportaría a su anodina existencia.

Golpeó con los nudillos sobre un nudo de la madera y aguardó la respuesta.

—Pase —reconoció la voz de su superior al otro lado de la puerta.

Zaincalan giró con torpeza el picaporte, tan heladas tenía las manos. Abrió una rendija, lo justo para asomar apenas la prominente nariz.

—¿Comisionado Herin?

El oficial le echó un vistazo y lo invitó a entrar con un ademán.

—No me andaré con rodeos, Zaincalan. Soy consciente de los años que lleva en el cuerpo y de las cargas que pesan sobre sus espaldas. —El veterano agradeció para sus adentros que el comisionado soslayara el tema de su mujer—. Un ascenso le permitiría abandonar las calles y abordar un confortable puesto de administración, entre informes y documentos. Además, en el momento de retirarse su paga resultaría más generosa.

El miliciano asintió con un cabeceo, aunque en silencio pensaba: «y ahora llega elpero».

—Tengo abierta una investigación que creo que encaja a la perfección con sus capacidades.

«Ahí viene».

—Desde hace tiempo, de cuando en cuando y sin que ningún motivo lo justifique, se vienen dando una serie de desapariciones de lo más insólitas. Marineros, campesinos, buhoneros, mercaderes, soldados, hombres píos, mercenarios… Nadie, cualquiera que sea su rango social, profesión o procedencia se muestra a salvo de esfumarse sin más, como si se lo hubiese tragado la misma tierra. Pero el patrón más extraño que hemos descubierto es que siempre ocurre en heterogéneos grupos de entre diez y veinte individuos, sin lazos en común entre sí.

»Quiero que averigüe qué está sucediendo, Zaincalan. Larren le entregará los informes de todo lo que tenemos hasta el momento. Estúdielos bien y obtenga resultados. Eso es todo.

Y de ese modo Zaincalan se vio envuelto en una investigación cuyas escasas pistas lo habían conducido hasta aquella mugrienta taberna, donde había escuchado la tentadora propuesta del tal Josquin Desprezz. No disponía de nada mejor, así que decidió probar.

Ahora se lamentaba por ello.

Caminar en penumbras por los desangelados pasillos del Castillo Allard le provocaba un irritante escozor entre los dedos de los pies. De haber nacido gato, seguro que hubiera permanecido en un permanente estado de alerta, con el lomo erizado, las orejas plegadas hacia atrás y bufando a cada sombra. Pero era humano, así que debía contentarse con su limitada visión, la experiencia adquirida tras dos décadas de patrullar barrios infectos y con un saludable y perenne sentido de la paranoia.

Si algo había aprendido con el paso de los años era la importancia de fijarse en los detalles y evitar abstraerse por todo aquello que fuera mayor. Pararse a contemplar la bóveda celeste durante la noche no le permitiría distinguir el fugaz brillo de una daga lanzada contra su cuello. La ostentosa vanidad de un salón profusamente adornado de hermosos tapices, lámparas de araña de cristal y frondosas alfombras traídas de las marcas del Sur no le hablaría de aquel leve reguero de sangre que alguien había tratado de hacer desaparecer de la pared. Y si se hubiera quedado mirando aquella espléndida sala y la señorial escalera que ascendía hasta el piso superior, no se hubiera percatado de las huellas que sobre el polvo habían dejado tres pares de pies calzados en su camino hacia una puerta que, a buen seguro, conducía al ala izquierda del edificio.

Corroboró lo acertado de sus suposiciones al comprobar que habían forzado el acceso y que, más tarde, alguien había pagado su frustración con uno de los retratos que antes colgara de la pared. Sin lugar a dudas un combate se había librado a las puertas de las cocinas. Diversas salpicaduras de sangre manchaban los muros, sin contar el enorme charco que había dejado un cuerpo al desangrarse, al igual que el evidente rastro que éste había marcado al ser arrastrado posteriormente.

Y sin embargo… Los pasos de aquellos que habían salido airosos de la refriega —de nuevo tres pares, aunque las botas eran de distinta manufactura— señalaban una dirección opuesta a la del arrastre. ¿Alguna de las víctimas habría sobrevivido al lance para tirar de su compañero moribundo?

Pero, a fin de cuentas, lo que a Zaincalan le interesaban eran los vivos. Así que optó por seguir el rastro de las pisadas.

En la pequeña sala descubrió los virotes clavados en la pared, y aquel que se había incrustado en la madera de la puerta, casi atravesándola. También allí encontró el ingenioso mecanismo basado en cables oculto en el butacón, que había hecho tanto saltar la trampa como accionar la apertura al pasadizo secreto.

De nuevo virotes y más sangre, aunque no la suficiente para pensar que alguien hubiese muerto por su causa. Apenas un leve reguero que iba disminuyendo conforme a su avance.

Nada que ver con las enormes y oscuras manchas que lo esperaban desde los primeros peldaños de la escalera de caracol. Aunque lo hubiesen limpiado, el olor dulzón era inconfundible, así como el de vísceras y desechos humanos. No era que en aquel lugar hubiesen matado a nadie; lo habían destripado y desangrado. Apenas tuvo que ascender unos pocos pasos para descubrir el ingenio causante de aquello, capaz de convertir a un ser humano en mera pulpa sanguinolenta.

Las huellas a partir de entonces se redujeron a las de dos pares de botas.

«Uno menos».

Seguir aquel rastro no entrañaba dificultad alguna. La capa de polvo que cubría el piso era tan densa que las marcas de las suelas parecían bajorrelieves tallados en el suelo. Las inconstantes gotas de sangre que salpicaban el trayecto proporcionaban la nota de color.

Sorteó el remachado portón para salir a una habitación iluminada y decorada con esmero. En lo alto de una repisa, un lugar emblemático por su disposición en la estancia, el galardón objeto de tales honores parecía brillar por su ausencia. No así la sangre, que había teñido profusamente la alfombra en dos lugares bien distintos: a la vuelta, nada más internarse en la habitación, y en el extremo opuesto, en las cercanías de la puerta principal.

Sin asomo de duda allí habían sido asesinados dos individuos, y otros dos habían cobrado el premio y salido por la puerta.

“A continuar”.

Sin temor a equivocarse, Zaincalan podía afirmar que el rastro que ahora perseguía pertenecía a otros sujetos de andares más firmes, incluso marciales. ¿Habían sido los anteriores asesinados por éstos? Y lo que era más importante, ¿qué habían hecho con los cuerpos?

La confusión dio la impresión de esclarecerse al encontrar en el suelo de la siguiente sala un cadáver caído junto a las hojas abiertas de un inmenso aparador.

Un examen preliminar le proporcionó una información contradictoria. Aquel nertho, pues sus emplumados ropajes lo identificaban como uno de los jóvenes aventureros de la taberna —eran tres, ¿verdad?, los dos varones y la chica—, había sido muerto a punta de espada por la espalda, a la altura de los riñones. Sin embargo, siendo ya cadáver, una maza le había reventado la cabeza y esparcido sus sesos en derredor.

¿Qué sentido abrigaba tal gesto de gratuita violencia? ¿Y para qué iban a querer meterlo a continuación en el armario, para después arrepentirse y abandonarlo allí de cualquier modo?

Carecía de sentido. A no ser… A no ser que lo ocurrido hubiera sido justo lo contrario. Aquellos dos individuos, los desertores del ejército de Garash —ahora recordaba la maza que uno portaba al cinto—, habían procedido a la apertura del sospechoso aparador y su sorpresa había desembocado en aquel segundo —e innecesario— golpe.

Sí, aquello encajaba. Aunque continuaba sin saber quién —y mucho menor por qué—, había acarreado el cadáver del nertho hasta la sala para meterlo allí dentro.

«Paso a paso».

El destino que habían corrido los oriundos de Nerthoril fue despejándose a medida que el nalasse fue recorriendo las siguientes estancias; en concreto, la silenciosa sala de baile y la arruinada bodega.

El cuerpo de la emplumada mujer, abandonado en el suelo junto a la banqueta, y el cable que colgaba laxo desde la lámpara hablaban de un gesto de deferencia por parte de los soldados. Traidores o no a su pueblo, trazas de dignidad habitaban en el pecho de aquellos dos hombres.

Aún así no se lo pensarían dos veces a la hora de acabar con su vida si les fuera preciso, así que Zaincalan decidió proseguir andándose con ojo mientras recorría aquellos peligrosos lares.

Una peregrina idea se hizo eco en su mente justo antes de que abandonara la sala de fiestas. Nerthos. Vestidos con sus extravagantes indumentarias tocadas de coloristas plumas. Como pájaros. Uno encerrado. La otra colgada de un supuesto columpio o en una efímera interpretación del acto de volar. ¿Tenían los asesinos acaso un macabro sentido de la escena?

«Ya estás pensando demasiado, Zain. Tú cíñete a los hechos».

Como buenos soldados, los garashitas se tomaron el debido permiso para inspeccionar las existencias que alojaba la bodega. Pero la naturaleza de los fondos allí expuestos no fue de su gusto. Tampoco agradaron al miliciano, que no detuvo sus pasos hasta alcanzar el pequeño despacho, donde halló el cadáver con la mano amputada del tercer nertho.

Pálido y con la piel cerosa, aquel desgraciado había perdido toda su sangre lejos de aquel rincón de escriba, a buen seguro a las puertas de las cocinas, junto al resto de sus compañeros. De este modo, aquellas sendas manchas pringosas de la alfombra que se extendían a pocos pasos de donde él se hallaba pertenecían a dos nuevas víctimas mortales.

«¿Los desertores?»

Un combate encarnizado, así lo evidenciaba el polvo removido del suelo y las marcas en el dintel de la puerta. Y tal vez Zaincalan no fuera un rastreador arashii de las lejanas tierras fronterizas del norte, pero sabía distinguir las huellas que dejaban unas gruesas botas de campaña, de las bastas pisadas del calzado más rudimentario que empleaban aquellos que transitaban sus vidas escoltando caravanas.

Subir, bajar… Nociones como aquellas habían perdido todo su significado en el momento en que el miliciano había puesto sus pies en el Castillo Allard. La ausencia de ventanas libres de tablones remachados no ayudaba a zafarse de la ilusión de que tanto podía hallarse a un tramo de las escaleras de ascenso a las almenas, como de abrir la siguiente puerta para dar con las caballerizas.

Un objetivo muy simple le alentaba a continuar adelante: desentrañar el misterio de los asesinatos.

Pese a tratarse de un hombre de nervios templados, aquel pasaje en concreto resultaba especialmente sombrío a sus sentidos. Los sonidos reverberaban de manera extraña contra los muros, levantando confusos ecos que le ponían la piel de gallina. En más de una ocasión se descubrió con la primera estrofa del Ángel Redentor acudiendo a sus labios.

Zaincalan no se consideraba un hombre piadoso. Había acudido a los oficios de sus compañeros fallecidos en acto de servicio pues era lo que se esperaba de él y no deseaba fomentar asperezas. Ni creía… ni dejaba de creer. Ni tan siquiera acostumbraba a visitar la tumba de sus padres. Lo que no hubiese hecho en vida, no tenía sentido tratar de repararlo después. Aunque precisamente había sido su madre, cuando él era pequeño, muy pequeño, y temblaba de miedo en las frías noches de tormenta, quien le enseñara aquella sencilla oración.

«Recítala siempre un número impar de veces hasta que las sombras se difuminen», le decía su madre.

Y él así lo había hecho, tres, cinco, siete o veintinueve veces, cuantas fueran necesarias hasta que lograba serenarse, disipadas las atemorizantes tinieblas a su alrededor.

No fue consciente de que aún recordaba sus estrofas hasta aquel instante. Sin embargo Zaincalan había crecido e incluso había envejecido habiendo presenciado hasta qué punto podía mostrarse el hombre cruel con sus semejantes. En su interior ya no quedaba sitio para los temores infantiles propios de un niño, así que desestimó la calma de espíritu que le brindaba del Ángel Redentor; en caso de verse en problemas, sus armas le harían un mejor servicio.

“Ángel de la Luz,
Redentor de Sombras,
extiende tus Alas sobre mí
y concédeme tu Paz…”

Interrumpió la oración al tiempo que se echaba la mano al rostro. Entre náuseas, se apresuró a interponer distancia entre él y los hediondos restos despedazados que tras escapar por una trampilla se habían aglutinado de forma espantosa en el corredor.

«¡El de la escalera! ¡El de la trampa de la escalera de caracol!», insistió la parte más analítica de su cerebro, insensible a los esfuerzos de la otra mitad por bloquear y hacer oídos sordos a aquel nefasto pensamiento.

Sus tripas dijeron basta y vomitó contra el muro su exiguo desayuno al distinguir el cuerpo del zahrko , atravesado y colgando del marco de una ventana.

Las arcadas, a pesar de exprimir su maltratado estómago, no lograron cobrar mayor recompensa que bilis cuando sus ojos, esos mismos que creía curtidos y endurecidos, tuvieron la desgracia de toparse con la aberrante escena expuesta en el pequeño comedor.

La sangre se había erigido como dueña y señora de la habitación, esparciendo sus tentáculos por doquier y deslizando su pegajoso contacto allá donde el miliciano posara la vista. En efecto se trataba de los guardaespaldas, porque allí estaba un heraclón, hecho un ovillo contra la pared, sólo que con la espalda vuelta del revés. Más allá, cerca del macabro banquete, reposaba un cadáver tan voluminoso que sólo podía pertenecer a un jukiar. El virote que sobresalía por su nuca hablaba a las claras de la causa de su muerte. Su compadre se erigía sobre él, aún erguido, sostenido por un fino cable que lo convertía en espectador involuntario del horrendo quehacer del heraclón restante. Éste, con una nueva sonrisa de llenos labios carmesíes abierta en el gaznate, contribuía con su propio jugo vital a las viandas desplegadas en la mesa.

«El tercer zahrko».

Salió de la estancia y boqueó tratando de introducir aire limpio en sus pulmones.

Si la locura no había hecho presa en ellos, dudaba de que los mirados soldados hubiesen contribuido a aquella creciente atrocidad. Así que, o allí estaban operando otras fuerzas desconocidas, o los causantes eran el menhori y la lagara. Se trataba de los únicos de los que no había recibido noticias, y ese virote y el cable lanzado desde las vigas cruzadas del techo bien podían tener la firma de un despiadado cazador de recompensas.

¿Qué necesidad tenía de pensar más?

Allí mismo se encontraban aquellos dos, contemplando el resultado de su última obra practicada con los cuerpos de los garashitas.

—Mantened las manos donde pueda verlas —ordenó Zaincalan, echando mano a su ballesta—. Por la autoridad que me confiere la Corona de Nalass, quedáis arrestados.


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Un comentario en “La oportunidad (8)

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