La oportunidad (9)

La oportunidad (9)
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—Y mira por dónde…

—Mantened las manos donde pueda verlas. Por la autoridad que me confiere la Corona de Nalass, quedáis a arrestados.

—Pues ya estamos todos —proclamó el menhori, no mostrándose ni un ápice intimidado por la actitud amenazante del miliciano.

—Soltad las armas —replicó Zaincalan, atento a sus posibles movimientos.

—Que hayas llegado hasta aquí de una pieza, sólo puede significar dos cosas: que conoces bien el oficio, o que estás detrás de esto —con la mano señaló Lacarys el grotesco mural—. Por lo que no tengo la menor intención de desprenderme de nada.

La lagara, silenciosa y trasluciendo una extraña ansiedad en la mirada, desplazó lentamente sus pies hasta alejarse un par de pasos.

—¡Quieta ahí!

Lacarys no dudó ni un instante para aprovechar aquel momento de distracción. Saltó rodando hacia un lateral, y de en un mismo movimiento, se libró de la preciada carga del saco y aferró su ballesta. El guardia tampoco aguardó quieto. Sendos virotes cruzaron el corredor, aunque ninguno alcanzó su objetivo. Llegó el momento de decidir entre el lento proceso de amartillar el arma y la opción de cambiar de estrategia; ninguno necesitó pensárselo dos veces.

Una espada corta interceptó el vuelo de las hachuelas, con el consiguiente estrépito del metal que reverberó contra las paredes de la estancia. Probablemente el menhori contase con una destreza superior a la del veterano miliciano. En cambio, éste adoptó una cómoda postura defensiva que le permitía repeler todos y cada uno de los golpes que el cazarrecompensas esgrimía contra él. No obstante, en quien Zaincalan tenía realmente puesta la atención era en la veleidosa lagara. Aquella maldita mujer había logrado que se le erizara el vello de la nuca y que un espasmo hiciera presa en su estómago nada más había puesto los ojos en ella. Ya en la taberna había despertado en él una primaria animadversión, pero entonces no le había concedido mayor importancia. Dio un involuntario paso atrás cuando sus miradas se cruzaron por un instante.

El menhori, acostumbrado a desenlaces raudos y frustrado por aquel infructuoso status quo, sonrió felino al creer interpretar la reacción del otro hombre.

—Vamos, Kaira —alentó a la mujer que sentía a su lado—, acabemos con este patán y sigamos con nuestros asuntos.

La sonrisa se le heló en los labios cuando una punzada de hielo primero, convertido en un estallido de fuego después, perforó su costado y se internó nocivo en su ser. Al girar el cuello para mirar, aquellos insondables pozos de oscuridad lo observaban con total indiferencia. La expresividad que promovían sus risueños rasgos resultaba de una falsedad insultante.

—De los dos, tú significabas el mayor peligro —se limitó a indicar la mujer, como si aquel simple argumento justificara la cobardía de su acción.

Con la daga aún goteando sangre empuñada en la mano, Kaira se plantó frente al sobrecogido guardia.

—Sólo quedamos tú y yo.

—Pagarás por las atrocidades que has cometido, mujer —aseveró Zaincalan, tratando de recuperar su aplomo frente a aquella mezquina asesina.

—Déjate de estupideces y hagamos un trato: sigamos cada uno por su lado y aparentemos que nunca nos conocimos.

La desenfadada confianza que exudaba la cimbreante figura de la lagara confundía a Zaincalan. Si realmente se trataba de una letal homicida, ¿por qué no intentaba matarlo, sin más? ¿A qué venía aquello? ¿Acaso necesitaba valerse de argucias y engaños para ocuparse de sus víctimas? ¿Qué ocultaba aquella ladina sonrisa?

—Ríndete y saldremos de este condenado lugar —instó el miliciano sin bajar su arma—. Una vez a salvo en el exterior comparecerás ante la justicia.

Los labios de Kaira se torcieron en una mueca de desagrado.

—Aún no entiendes, ¿verdad? —se lamentó la mujer—. No te será tan fácil escapar de aquí.

—Tus amenazas sobran. Sea lo que sea que tengas planeado, estaré preparado.

La lagara ahogó una carcajada y sacudió la cabeza en un revuelo de pálidos cabellos.

—No es a mí a quien deberías temer. Pero, en fin, tú mismo. Accedo a tu juego. Me rindo.

Confiar en aquella mujer tenía tanto sentido como dar la espalda a una serpiente por el simple hecho de que no te esté mirando.

—Suelta el cuchillo y levanta bien las manos, que las pueda ver.

No sin antes exhalar un dramático suspiro de resignación, la lagara dejó caer la daga al suelo y alzó las palmas aguantadas en tela negra. Sus caderas practicaron un pícaro contoneo al moverse.

—Ahora ponte contra la pared, de espaldas. Sin despegar las manos del muro.

—¿Y ahora qué me vas a hacer? —preguntó ella socarrona mientras accedía a la demanda—. Mm… ¿Me vas a cachear…? ¿Piensas atarme? ¿Empezará ahora la diversión?

—Calla, calla de una maldita vez.

Los nervios hacían presa en el miliciano, que no acertaba a manipular el cordón con los dedos. No quiso registrarla, algo en su ser le impelía a evitar el contacto con aquella mujer. Por nada del mundo deseaba tocar su piel endrina, que le atraía y repelía por igual. Inevitable contacto que finalmente se dio al sujetarla por la muñeca, tras otro fallido intento de anudar la cuerda.

Estaba fría, terriblemente fría.

—¿Por qué pones esa cara? —se burló ella mirándole de soslayo—. Cualquiera diría que has visto un fantasma. Pobrecito, ¿tanto miedo te inspiran las mujeres?

—Zorra de los demonios… —exhaló Zaincalan, súbitamente sorprendido por el calado de sus palabras. Sin embargo no dudó en emplear su corpachón para inmovilizarla contra el muro.

¿Qué le estaba haciendo aquella mujer?

—Olvida las manos —sugirió ahora, melosa—. ¿Estás convencido de que no guardo alguna hoja más en mis botas? ¿Quizá alrededor de la cintura, en el doblez del fajín? ¿Y en el corpiño? ¿Buscaste bien entre mis pechos? Aunque están bien apretados, así que seguro que descubrirás más sitio donde esconder un arma entre mis muslos. Vamos, acércate más… Ya puedo notar la que llevas enfundada en los pantalones…

De un brusco tirón Zaincalan terminó de apretar la cuerda en torno a sus muñecas y la arrastró para girar su cuerpo y poder así enfrentarla cara a cara. Apenas una señal, un súbito centelleo, lo salvó de la hoja que silbó al cortar el aire en busca de su garganta. El golpe no erró por completo, pues pronto notó cómo una húmeda tibieza mojaba su barba enmarañada.

Cómo había llegado aquel diminuto escalpelo a las manos atadas de la lagara era algo que no atinaba a comprender. Un mero instante de confusión que a punto estuvo de suponer que la mujer lograra sortear su guardia y hundiera el filo en su abdomen. Aunque éste sí mordió con saña la carne de su brazo, robando de sus labios un áspero gruñido de protesta.

La cara de Kaira expresaba una ávida satisfacción. Era la expectación de la caza, el sublime epítome en el que la presa mostraba sus auténticas armas y arrebataba su momento de gloria al cazador. Si alguna emoción podía leerse en la negrura de su mirada era el puro frenesí de la danza de la muerte, un sediento remolino de sombras que se deleitaba anticipando la extinción de la vida de su próxima víctima.

La hoja debía de haber cortado hondo, porque cuando Zaincalan trató de interponer la espada entre la bruja y él, ésta resbaló irremediablemente del agarre de sus dedos flácidos.

La fugaz y postrera patada poco faltó para romperle la rodilla, mas le obligó a retroceder y trastabillar torpemente apoyado en la extremidad magullada para evitar caer. Ya se encontró a la mujer encima para cuando quiso reaccionar.

Y con el pequeño cuchillo profundamente clavado en el pecho.

El rostro de ella, muy cerca del suyo, esbozó una tímida sonrisa, casi un gesto de disculpa que bien podría haber sido acompañado de un ligero encogimiento de hombros, seguido de un lacónico te lo advertí.

Pero ningún sonido escapó de su boca.

En cuanto extrajo la hoja, las fuerzas abandonaron el cuerpo de Zaincalan. Las piernas no lograron sostenerle y se derrumbó de espaldas, con un barboteo teñido de sangre.

Con una destreza propia de un artista circense, Kaira giró la hoja entre los dedos y cortó con holgada pericia los cabos que asían sus muñecas. Recuperados sus andares lánguidos e indolentes, recogió con desgana el morral abandonado en el piso. Zaincalan pronto comprendió que ni siquiera pretendía rematarlo. Desde su rendida posición, cada vez con mayores dificultades para respirar, el miliciano pudo contemplar cómo la mujer le dedicaba una última sonrisa y desaparecía detrás de la esquina que trazaba el corredor.

Lo que Zaincalan nunca pensó es que, antes de morir, volvería a ver a la lagara.

Apenas unos segundos después, la mujer volvía a aparecer tras la esquina, retrocediendo con pasos temblorosos y el rostro contraído en un rictus de sorpresa y dolor. Las manos, que rodeaban su pálido cuello, trataban de detener en vano el caudal de sangre que escapaba como un torrente por la herida abierta.

Sin embargo, continuaba caminando de espaldas, al parecer más preocupada de algo que escapaba a la vista de Zaincalan que de la propia laceración que amenazaba su vida.

La bolsa provocó un agudo estrépito al chocar contra el suelo. Kaira terminó por desplomarse. De rodillas, permaneció aún con la cabeza alzada, sin perder la mirada de la figura que escalpelo en mano se dio a conocer ante los ojos del agonizante miliciano.

—Y aquí termina todo —sentenció Josquin Desprezz mostrando una de sus mejores sonrisas—. Admito que vosotros dos habéis supuesto un reto inesperado. Debería decirtres, pero finalmente el menhori me ha decepcionado. De ti, jovencita, esperaba bastante. Has demostrado estar a la altura de la reputación de tu gente, y créeme que lo agradezco. Aún no he decidido qué haré contigo, pero no te inquietes, seguro que será digno algo de ti, espectacular incluso.

»¿Y tú, querido amigo? El único entre todos los presentes que la pasada noche intuía un mínimo de lo que aquí podía suceder. Y aún así implacable, firme en tu determinación, tenaz cuando mejores hombres ya se entregaban a los oscuros temores que residían en los rincones más recónditos de sus almas. —Así se dirigía Desprezz a sus dos moribundos espectadores, sin dejar de hacer aspavientos con las manos, en su perfecto papel de maestro de ceremonias—. Tú, amigo mío, has satisfecho mis más inusitadas expectativas. Y por ello te tengo reservado un lugar de honor en el Castillo Allard, mi galería particular.

Mientras hablaba, Kaira había agotado sus últimas energías y ahora su cuerpo yacía sobre un charco de sangre. Una de sus manos, engarfiada como el cadáver de una araña, reposaba apenas a unos centímetros de un morral que ya nunca lograría alcanzar.

—Ah, la estatuilla —cayó en la cuenta Desprezz al percatarse de hacia dónde desviaba la mirada Zaincalan.

Con pasos elegantes se aproximó al bulto abandonado. Sus hábiles dedos deshicieron con ligereza los nudos que cerraban la bolsa para después enterrar las manos en su interior.

—La Tigana Vítrea —anunció al revelar con honda satisfacción la exquisita figura tallada en cristal—. Hermosa, ¿verdad? Todo cuanto un artista podría soñar crear.

Los brazos del hombre se abrieron de repente y la estatuilla comenzó a caer. Incluso Zaincalan, herido de muerte como estaba, no pudo evitar que se le encogiera el corazón ante el trágico desenlace que se fraguaba ante sus ojos y que él no podría evitar. La preciosa ave estalló en un sinfín de fragmentos cristalinos, que se esparcieron dolorosamente en una titilante cascada a lo largo del piso.

—Es una lástima que su misión hubiese acabado —se lamentó—. Y con ella, evaporado su valor.

Una taimada sonrisa acudió a sus labios al girarse hacia Zaincalan.

—Creo que ya sé lo que haré contigo —comentó asiendo al miliciano de los pies y tirando de él fuera de la estancia—. ¿Recuerdas aquello que dijo el heraclón, eso de los fantasmas y de gente colgada de las ventanas…?


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2 comentarios en “La oportunidad (9)

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