Larga espera

Larga espera
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—Qué duro se hace esperar, ¿verdad?

—Perdón, ¿cómo dice?

—La espera. Nunca es un plato de gusto.

El zumbido de la máquina de refrescos era la única constante en aquel pasillo iluminado por fila tras fila de fluorescentes blancos.

—No, supongo que no. Disculpe, no la oí llegar. Estaba…

—Sí, pensando. Abstraído en sus cosas. Le vi sentado solo y se me ocurrió que quizá nos podríamos hacer mutua compañía mientras llegan noticias. Confío en no resultarle una molestia.

—No. Bueno… Dudo que en estos momentos sea capaz de ofrecerle una grata conversación.

—Es lo de menos. Basta con evitar que la espera resulte tan solitaria.

A su gesto, ella se sentó, concediendo un amplio espacio entre ambos.

—¿Lleva mucho tiempo aquí?

—No sabría decirle. Supongo que sí.

—Entiendo. Yo estoy por mi padre, está débil del corazón. Venimos tan a menudo que creo que ya conozco por el nombre a todo el personal médico de la planta. ¿A quién tiene dentro?

—A mi mujer, Claire. Está sufriendo mucho.

—Lo lamento, de verdad. —Se disponía a decir algo más, cuando él hablo.

—A veces…

—¿Sí? Por favor, siga.

—Es complicado. A veces no sé qué preferiría, que continúe luchando o que se rindiera y terminara todo. Siento que soy un egoísta por pensar semejante cosa.

—No es ser egoísta desear que acabe el sufrimiento de una persona, con mayor motivo si se trata de un ser querido. Hay ocasiones en las que aferrarse a la vida deja ya de tener sentido. Tanto para la persona que lo padece como para quienes la rodean. No tiene nada de malo anhelar un poco de paz…

—¿Piensa lo mismo respecto a su padre?

Ella sonrió.

—Mi padre es un viejo testarudo que no se quedará satisfecho hasta que nos haya enterrado a todos. Aún le queda guerra que dar. Pero cuando llegue el momento, pues tendrá que llegar, le daré un beso en su dura cabezota y le desearé que tenga un feliz viaje.

Guardaron silencio cuando un celador cruzó por delante de ellos. Éste les dedicó una mirada de extrañeza y sacudió la cabeza antes de perderse por una puerta al final del pasillo.

—Quiero darle las gracias —dijo él, pasados unos momentos.

—¿Por qué motivo?

—Por ayudarme a verlo de otro modo. No es que resulte más fácil aceptarlo, pero al menos ahora siento como si me hubiese quitado un enorme peso de encima.

—Me alegra que así sea —sonrió ella.

—¿Puedo preguntarle su nombre? Me llamo Curt.

—July.

—Pues gracias, July.

—No hay de qué, Curt.

La puerta atrajo de inmediato la mirada de ambos.

—Parece que ocurre algo —señaló July.

—Sí —respondió él abandonando el asiento—. Ha llegado el momento.

Un pálido resplandor azul plateado fue paulatinamente inundando de claridad el pasillo, hasta eclipsar la luz de los fluorescentes. En su origen, la silueta de una mujer fue dejándose entrever. Al principio confusa, sus labios se abrieron en una amplia sonrisa al reconocer al hombre que, expectante, la aguardaba.

—Curt…

—Mi querida Claire…

Enjugándose las lágrimas que corrían por su rostro, July observó fascinada aquel demorado reencuentro. Todavía abrazados, ambas figuras fueron desdibujándose hasta terminar por desvanecerse envueltas en aquel halo de tranquilidad.

—Que tengáis un feliz viaje, Curt y Claire.
Embargada por una emocionada sensación de alegría que se empecinaba en empañar sus ojos, la mujer permaneció un buen rato con la mirada perdida en el techo de aquella planta del hospital Saint Martin.

—¿Qué, July? —preguntó el celador, que ya regresaba de hacer su ronda—. ¿Otro de tus trabajitos?

—Hola, Sam —saludó con cariño al hombretón—. Sí… y éste acabó bien.

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