Las manos ociosas

Las manos ociosas
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Todos los días acudo sin falta a la estación de La Arboleda. Así lo llevo haciendo… ¿desde cuándo? ¿Quince años? No lo sé. Creo que desde la última vez que cambié de trabajo.

Allí, detenido como siempre, el tranvía me espera con sus puertas abiertas. Sorteo con cuidado los cuerpos apiñados que me rodean y entro en el vagón, atento a salvar el pequeño espacio que lo distancia del andén. No me gustaría dar un mal paso y romperme una pierna.

Una vez dentro, echo un vistazo a mi alrededor. La mayoría de los asientos de plástico azul están ocupados, pero no tardo en encontrar el que uso habitualmente, junto a la ventana. Está libre. Otro asunto es alcanzarlo, dado el caos esparcido allí dentro. Un par de titubeos y… ¡listo! Sentado. Lo más difícil ya está hecho. Y sin pisar a nadie.

Odio tropezar. Ya cuando era pequeño detestaba ser objeto de aquellas miradas acusadoras. Te distraías, con la mente perdida en cosas de niños, cuando de repente la máquina daba un violento frenazo y salías despedido, chocando y rebotando dolorosamente contra alguien. ¿De qué eras culpable? ¿De ser tan pequeño y no alcanzar a agarrarte con las manos a la barra estratégicamente fijada al techo? Pues no, hacían aquel molesto sonido con los labios, ese chasquido de desaprobación, y te observaban de arriba a abajo como si te estuvieran juzgando. Siempre eras culpable, y no había lugar a recursos ni apelaciones.

Al menos ahora eso ya no me pasa.

Me distraigo observando a través de la ventana. Está sucia, pero el paisaje que se esconde detrás de la porquería no me descubre nada nuevo. Es lo mismo que veo cada mañana. Nada cambia. Sería capaz de describirlo de memoria, de veras. Pero no me importa. Es agradable no encontrarse con sobresaltos, tener todo controlado y no toparse con desagradables sorpresas.

El titular del periódico tirado en el suelo tampoco me dice nada que no sepa. Además, está pisoteado, manchado. Ni se me ocurre agacharme a cogerlo. Prefiero pensar, abstraerme de todo y todos, volar con la mente lejos de aquí, encontrar soluciones a mis problemas y hallar problemas nuevos con los que entretenerme. Dicen que las manos ociosas son instrumentos del diablo. Imagina lo que podría hacer ese pérfido granuja con un cerebro desempleado.

Sin embargo, hay algo a lo que nunca me habituaré.

Podré hacer lo mismo y venir aquí día tras día durante los años que sean, pero jamás me acostumbraré a este silencio. Ni siquiera el silbido del ocasional viento que se cuela por las ventanas rotas me sirve de alivio. Hace aletear las esquinas de papel, pero no es capaz de arrancar las hojas y hacerlas volar. La sangre, ahora seca y oscura, las dejó ancladas para siempre. Ni siquiera se advierte el febril movimiento de los insectos que deberían estar alimentándose de los cadáveres. No entiendo por qué, pero los parásitos no han querido acudir a esta cita. Y los cuerpos de los viajeros, aunque desangrados y marchitos, no se descomponen. No se pudrirán nunca. Sus huesos no llegarán a quedar esparcidos por el suelo del vagón, pues la piel, seca y apergaminada tras perder todo rastro de humedad, casi como el cuero, se estira sobre músculos y tendones, fijando la postura y manteniendo el cuerpo unido. Mi rubia compañera de asiento permanecerá con las piernas cruzadas y la cabeza caída a un lado. El trajeado de enfrente seguirá recostado contra el respaldo, olvidado el maletín a sus pies. ¿Y aquella otra mujer del vestido rojo, abrazada al bolso que reposa sobre su regazo como si la vida le fuera en ello? Qué patéticos resultan.

Aunque pensándolo bien, al menos los que continúan en sus sitios conservan cierto aire de dignidad.

Mira el resto, que triste, apilados y amontonados sobre el piso como si de ganado sacrificado se tratara. Tirados de cualquier manera, sin orden ni concierto, tal cual quedaron al caer cuando la muerte les sobrevino. Amorfo laberinto de cuerpos desecados que me toca sortear cada mañana al subir y bajar del vagón. Espero un día no tropezar y romperme la cabeza aquí dentro. Tampoco en la vía, con los demás. Odiaría que mi cadáver yaciera junto a estos despojos. Merezco algo mejor.

Pero continuaré viniendo cada mañana. La mortecina luz del nuevo día me encontrará recorriendo el fastidioso trayecto hasta este inerte tranvía, que nunca me cerrará sus puertas.

No hay que perder las buenas costumbres.

Un comentario en “Las manos ociosas

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