Que merezca la pena

Que merezca la pena
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¿Os he contado en alguna ocasión que estuve enamorado? ¿Y que ella murió?

¡Vamos, no pongáis esas caras! No es una historia triste, ¡ni mucho menos! Así que, traedme otra jarra de vino y os contaré lo que sucedió.

 

«Vamos, vamos. Cuidado…»

Puso extremo cuidado en levantar el pie y deslizarlo apenas a un par de dedos del mecanismo que activaba la trampa. Ignoraba qué podría desencadenar, pero tampoco necesitaba saberlo. Procuraba que su insaciable curiosidad se alimentase resolviendo misterios de condición menos peligrosa.

Amplió la zancada y dejó atrás el resorte disfrazado como otra vulgar piedra, de las innumerables que conformaban el suelo. La sonrisa se evaporó al instante de sus labios en cuanto un ahogado chasquido atronó en sus oídos. Se dejó caer y rodó por el rocoso piso cuando una lanza emergió de pronto buscando su cuerpo. Casi tan alta como él mismo, en cuanto hubo alcanzado el límite de su letal recorrido comenzó a retroceder hasta esconderse en la oculta hendidura.

Aún columpiándose sobre la punta de sus pies, Rael tuvo que reconocer que había estado cerca.

Muy cerca.

Sin embargo, el cazatesoros apenas precisó de unos instantes para recuperar su natural aplomo y desviar la mirada hacia su próximo obstáculo. En su profesión, la muerte era una fiel compañera a la que convenía respetar; pero nunca llegar a temer.

Repitió por enésima vez la tarea de repartir el peso de toda herramienta ajustada a su nudosa fisonomía y comprobar que cada una estuviese en el lugar oportuno. Acarició de forma involuntaria la empuñadura de sus dagas y abrió y cerró los puños varias veces bajo los rugosos guantes de cuero. Empezaba a hacer bastante frío allí dentro.

Atrás había dejado las terrosas paredes de la cueva. El suelo de piedra que ahora hollaba daba buena muestra de que iba por buen camino. La presencia de las trampas lo confirmaba. Ignoraba qué encontraría al final del túnel, pero la posibilidad de descubrir un buen tesoro bien merecía el riesgo.

Siempre en silencio, se asomó por el recodo de la galería para comprobar que todo estuviese en regla. Sin peligros a la vista, dobló la curva y… se detuvo a medio paso al advertir la tenue sombra de una sutil cuerdecilla a la altura de sus tobillos. Tan fácil como evidente. Gracias a los dioses, la luz que se filtraba por las vetas de cuarzo del techo le proporcionaba suficiente claridad para avanzar sin depender de la traicionera llama de una antorcha. Además, prefería disponer de ambas manos libres por lo que pudiera ocurrir.

Con una sorprendente economía de movimientos, Rael se disponía sortear el disparador cuando una figura espectral surgió de la pared. Su mano extendida buscaba el pecho del aventurero.

Rael quiso retroceder para protegerse del temido contacto, pero recordó la existencia de la maldita cuerda y tuvo que saltar y realizar un escorzo en el aire para evitar ambas amenazas. Cayó agazapado y empuñando ambas hojas.

El fantasma permaneció en el lugar donde había aparecido, observándole, al parecer sin intención de querer aproximarse. Por su parte, tampoco Rael abandonó su actitud defensiva, poco seguro de que sus armas de vulgar metal fuesen de mucha ayuda si aquella manifestación etérea se decidía a atacar. Pero nada ocurrió y pasados unos momentos Rael comenzó a sentirse ridículo paralizado en aquella incómoda postura. Sin perder de vista al fantasma, probó a incorporarse. Despacio, muy despacio. Aunque no se movía, la traslúcida figura del espectro oscilaba por el empuje de corrientes que el aventurero era incapaz de apreciar en el viciado aire de la caverna.

—No sé tú, pero yo tengo mejores cosas que hacer que pasarme aquí el resto de mi vida —protestó, harto de lo absurdo de aquella situación.

Ni por un instante se le pasó por la cabeza que su queja sería atendida. Ni que recibiría respuesta.

—Deberías haber activado la trampa.

La voz resonó extraña en sus oídos, como un eco lejano al tiempo que terriblemente cercana. Rael no pudo evitar que un estremecimiento le recorriera la columna.

—¿Debo entender —se envalentonó—, que pretendías lanzarme contra la trampa? ¿Que te me apareciste así con la idea de que me asustara y me tropezara con la cuerda?

—Es lo que debería haber sucedido.

—Pues lo lamento, señor fantasma, pero no tengo la menor intención de poner fin a mis días en esta maldita cueva.

Dicho esto, Rael enfundó las dagas, metió los pulgares por el cinturón y se encaminó por el corredor, bien dispuesto a continuar su camino.

A pesar de su desenvuelta actitud, útiles o no, sus manos nunca llegaron a alejarse demasiado de las afiladas hojas.

—Acércate y muere —proclamó el espíritu.

—Si pudieras matarme, no te limitarías a esperar que me acercara —señaló sin detenerse—. Tampoco hubieras intentado que una trampa se encargase del trabajo sucio. Si de verdad pudieras matarme, ya lo habrías hecho.

Y, con los nervios estrujándole la boca del estómago, Rael cruzó a través del espectro.

Qué decepción.

Ninguna gélida y huesuda mano espectral apresó su corazón. Tampoco fue como si le arrancasen el alma del cuerpo. Nada pegajoso se adhirió a su piel ni sintió frío alguno. No sintió… nada.

Fue una experiencia realmente decepcionante.

—Existen más trampas. No conseguirás sortearlas todas —insistió el espectro a su espalda, empecinado con aquel fatal desenlace.

—Vaya, pues muchas gracias por tu advertencia —espetó Rael sin mirar atrás—. Lo tendré muy en cuenta.

 

A medida que profundizaba en su recorrido, resultaba más que evidente la intervención de manos humanas en la construcción de aquel entramado de túneles y pasadizos. Antiguos grabados en las paredes, puentes derrumbados, escalones tallados en la roca, fragmentos de urnas, estatuas informes, hornacinas vacías… Y, por encima de todo, un frío cada vez más intenso.

El hálito escapaba en forma de nubecillas a través del negro embozo que cubría la boca de Rael, en tanto sus ojos, expuestos a aquella atmósfera inclemente, no paraban de lagrimear.

—¿Merece la pena?

Aunque lo reconoció de inmediato, aquel timbre de voz procedente del mismísimo inframundo provocó que se le erizaran los pelos de la nuca.

Miró y miró a su alrededor, buscando la temida trampa que acabaría con su vida. Sin tenerlas todavía todas consigo, desvió por fin su atención hacia el recién aparecido.

—¿Si merece la pena el qué?

—Arriesgar así tu vida.

Cuando, semanas atrás, Rael leyó aquel polvoriento pergamino y comprendió que encerradas entre sus apretadas líneas se escondían las pistas que conducían hasta un magnífico tesoro, nunca imaginó que terminaría conversando con un espectro sobre los riesgos que entrañaba la profesión de buscador de tesoros.

—¿Ganarse el oro suficiente para vivir a cuerpo de rey durante una buena temporada? Ya lo creo que la merece.

Rael reemprendió la marcha, desconfiando aún de lo que pudiera andar oculto en el suelo y las paredes.

Sí advirtió en esta ocasión los trazos de una malla en la nebulosa figura del espectro, quizá incluso un arco asomando a su espalda. El rostro, difuso en el mejor de los casos, quedaba oculto por las guardas de un casquete redondo. Lo dejó atrás al pasar, aunque apenas un instante después lo descubrió de nuevo más adelante en el pasillo. Cuando lo volvió a superar, el eco de su voz retumbó a sus espaldas.

—No eres más que un vulgar ladrón.

—¿Disculpa? —Rael se detuvo y se giró para encarar a la aparición. Aquel insulto había herido su orgullo.

—Un ladrón de la más baja ralea —insistió el fantasma—, pues robas a quienes no pueden defenderse. A los muertos.

—Dejemos las cosas claras —protestó levantando un dedo que quiso clavar en el pecho de su difamador. Sin embargo, lo atravesó y no tuvo más efecto que el de dejarlo en ridículo—. Yo no robo. Me juego el pellejo para recuperar y sacarle provecho a objetos tan abandonados como olvidados.

—¿Acaso no estás aquí, dispuesto a apropiarte de todo cuanto halles de valor?

Rael abrió los brazos, tratando de abarcar la enormidad de la caverna.

—¿A quién le importa lo que pueda coger de este congelado sitio?

—A los muertos les importa. A quienes juramos proteger sus secretos. A quienes, aun muertos, no olvidamos nuestro juramento.

El peso de aquellas palabras resultaba casi tangible. Aunque no lo suficiente para influir en el pragmático aventurero.

—Pues mucho me temo, amigo mío, que incluso en esa promesa, te has quedado solo —aguijoneó de manera intencionada—. Y deja de entretenerme ya. Me da que todavía queda camino por delante.

 

No se equivocaba.
Sentía las horas pasar, caminando por aquella gruta sin más ruido que el silbido del viento helado y sus pisadas. Hasta el espectro, que de tanto en tanto aún distinguía por el rabillo del ojo, había decidido encerrarse en un lúgubre silencio.

¿Sería posible ofender a un fantasma? Y lo que resultaba aún más absurdo: ¿qué sentido tenía preocuparse por dicha posibilidad?

Pasar tanto tiempo solo debía estar afectándole a la cabeza. ¿No estaba considerando la posibilidad de disculparse?

«Rael, amigo mío, lo que necesitas es dar con una buena mujer», se dijo. «¡Ya verás cómo entonces tendrás ocasiones de sobra para disculparte!»

«Oh, oh».

El chasquido había sido tan sutil como anodino, absorto como estaba perdido en sus pensamientos. Apenas un atisbo de movimiento bastó para que los músculos de sus piernas reaccionaran por puro instinto y, con los brazos por delante, rodara por el piso para evitar el ariete que desde el techo se precipitó con la macabra intención de hacerlo papilla. Acabado su vaivén, el mecanismo obligó al pesado tronco a regresar a su escondrijo, como un paciente depredador a la espera de una nueva presa.

Una vez en pie, no tuvo que buscar mucho para descubrir al espectro, de brazos cruzados y exhibiendo un talante disgustado.

—¿Disfrutas con el espectáculo? —le increpó el buscador.

—Confiaba en que en esta ocasión sí funcionara —replicó el fantasma.

¡Y pensar que había estado a punto de disculparse ante aquel desgraciado marchito cuyo único interés era verlo morir!

Escupió a los pies de la aparición.

—No serán mis huesos los que se pudran aquí dentro.

—Nada se pudre en este lugar—señaló, sin acusar el veneno que destilaban las palabras del aventurero.

Y no dijo más.

 

Hasta pasado un buen rato no entendió Rael el significado de aquella enigmática afirmación.
También comprendió que no había sido el primero en hallar el paradero de aquellas milenarias ruinas.

En un estrechamiento del corredor, un infeliz permanecía en pie, muerto, empalado en las tres hojas del siniestro resorte que surgía del suelo. Las cuchillas sobresalían a su espalda, rojas por la sangre del intruso. Gotas congeladas como estalactitas globulares que nunca caerían al suelo.

Por sus vestimentas y las indómitas barbas debía tratarse de un nórdico, aunque no alcanzaba a imaginarse cuántos años llevaría allí ensartado. Al levantarle la cabeza contempló que tenía los ojos cristalizados y la boca, abierta, petrificada en un eterno grito de dolor. Por lo demás, bien podría creer que todavía seguía vivo.

—¿Moriste aquí solo? —se preguntó—. Eras bueno, llegaste lejos. Pero no lo suficiente. Supongo que he de agradecerte que me hayas librado de averiguar si hubiese sorteado esta trampa.

Frente a los pies del cadáver descubrió algo que sobresalía, lo que parecía una piedra suelta, pero que en realidad era el activador que hacía saltar el resorte.

Dabas una patada a una piedra y tres furiosas cuchillas salían a recibirte. Muy ingenioso.

—Qué lástima no poder armar este ingenio de nuevo para mí, ¿verdad?

—Habrá más.

—Seguro que sí —afirmó Rael—. ¿Qué hiciste? ¿Añadiste una muesca en tu arco tras asustarlo para que se empalara? ¿O te limitaste a mirar cómo caía en la trampa? ¿Disfrutaste viéndolo agonizar hasta la muerte?

El espectro tardó en responder, pero al final lo hizo.

—Mi misión es proteger este lugar de ladrones y profanadores. —Su voz, de por sí ultraterrena, sonó si cabe aún más distante—. Como lo era él. Como lo eres tú.

—Ya que sólo contestas a las preguntas que más te convienen, a ver qué tal lo haces con ésta: ¿cuánto tiempo lleva ahí muerto ese nórdico?

—¿En tu época los dragones sobrevuelan los cielos?

—¿Dragones? —repitió, confuso. No se esperaba una réplica semejante—. Sólo en libros viejos y en las historias de los buhoneros. ¿Por qué lo dices?

—Porque en la suya sí.

 

—Está bien. Hemos empezado con mal pie.

Existía una gran diferencia entre recorrer eternos pasadizos plagados de peligros, amenazantes recodos, puentes a medio derrumbar, rampas y desniveles, y hacer esto mismo con alguien pegado a tu culo, sin más intención por su parte que mirarte por encima del hombro con un profundo rencor.

Tras registrar unos restos maltratados y no encontrar nada digno de mención, decidió poner fin a aquella molesta situación.

A pesar del frío reinante, se apartó el embozo de la boca para expresarse mejor.

—Yo me burlé de tu juramento y tú pretendiste matarme —planteó Rael—. Y no quiero entrar en quién empezó todo ni quién tiene más culpa de nada. los dos sabemos para qué estamos aquí y a ninguno nos hacen gracia las intenciones del otro. Bien. Pero esto es lo que hay y no nos queda otra que aceptarlo hasta que alguno se salga con la suya, ¿estamos?

—Un planteamiento retorcido el tuyo —razonó el espectro, cuya figura se apreciaba cada vez más nítida—, aunque no por ello menos cierto.

—Bien. Esto me parece importante, un acercamiento de posturas —agradeció el aventurero—. Porque, lo creas o no, a mí se me considera un buen tipo. Procuro llevarme bien con la gente e invitar a una ronda cuando las circunstancias lo permiten.

—¿Tras la lucrativa profanación de una tumba?

—No, a ver, por ahí vamos mal —negó con la cabeza—. Si regresamos a eso, empezaremos otra vez con las hostilidades. Yo podría decir de ti: ¡ah, es un polvoriento fantasma de carne pútrida y huesos carcomidos, condenado a vagar por estos congelados pasillos del demonio con el único fin de contemplar la agonía de los pobres desdichados que tengan la mala fortuna de acabar aquí! ¿Y lo digo? ¡Pues no! ¡Cierro la boca, aprieto los dientes y me meto mis opiniones por donde me quepan! Así que te animo a que te dejes de profanaciones, robos y sandeces tales. ¿De acuerdo? ¿Podrás intentarlo? Aunque sea un poquito, para evitar que crezca esta nociva saña que existe entre nosotros…

El espectro permaneció imperturbable, hasta que al fin se pronunció.

—Supongo que podría, sí.

—¡Bien! —celebró el joven—. Si con buena voluntad no hay nada que no se pueda conseguir. Pues, sentados ya estos sólidos cimientos, el siguiente paso es inevitable. —Tendió su mano enguantada, aunque de inmediato advirtió lo absurdo de su gesto y la retiró—. Me llamo Rael, ¿y tú?

—Katria.

 

—¿Katria? No me… ¿De verdad? ¿Katria? ¡Por todos los cielos! ¡Ja, ja! Katria… En mi vida, y te lo digo en serio, en mi vida, de todas las mujeres que han intentado matarme, ¡eres la primera muerta que lo intenta! ¡Ja, ja! Y lo digo sin ofender, ¿bien? No vayas a pensar que me tomo a guasa tu muerte. Es sólo el hecho de que… ¡Joder, Katria!

El fantasma, o la fantasma, más oportuno en este caso, aguantó estoica el desbocado estallido de hilaridad del buscatesoros.

—¿Has acabado? —preguntó, evidentemente molesta.

—Por la tumba de mi padre que sí —acató Rael—. Pero comprende mi sorpresa, nunca sospeché ni llegué a imaginar algo así.

—¿Y a qué obedece tu sorpresa? ¿A que sea una guardiana la designada para custodiar este lugar o a que mi espíritu pertenezca a una mujer?

—Supongo que ambas —respondió, aunque de inmediato cambió de opinión—. Miento, lo segundo. He conocido a suficientes milicianas, guerreras y luchadoras en toda regla para no atreverme a desmerecer las capacidades de ninguna mujer. Sin embargo, a la hora de pensar en espectros vengativos anclados a mohosas ruinas, sólo se me vienen a la cabeza maltrechos esqueletos, cadavéricos espectros masculinos y chillonas arpías femeninas. Y éstos no se corresponden en nada con… como tú eres, vaya.

¿Había estado tan ciego? ¿O algo había cambiado? Porque bastaba dedicar un mínimo de atención para advertir que aquella armadura ligera no lograba disimular las curvas de un cuerpo de mujer. De uno no carente de atractivos, dejando aparte el simple hecho de que resplandecía en la oscuridad con una luz azulada y que podía distinguir, a través de él, los detalles del mosaico grabado en la pared que había detrás. Con el arco cruzado a la espalda, los cuchillos envainados a la altura de las caderas tampoco le sentaban nada mal.

Aquella respuesta no pareció convencer al fantasma de Katria, que en un curioso gesto —curioso al tratarse de un espíritu—, puso los brazos en jarras y ladeó la cabeza.

Cómo no podía haberse percatado antes de que se trataba de una mujer…

—¿Como yo soy? —inquirió, solicitando una explicación a tan vaga distinción.

—¡Toda una guardiana, sin lugar a dudas! —quiso Rael salir del atolladero—. Con tu arco y tus flechas, enfundada en tu recia armadura. Nada que ver con esqueletos, ánimas condenadas y brujas chirriosas. Un deleite a la vista… ¡en comparación!, quiero decir.

Katria optó por guardarse para sí su opinión y permaneció en silencio.

Rael, por su parte, decidió que ya había hablado demasiado.

—Supongo que lo harás de todas formas —planteó el aventurero— pero, ¿querrás acompañarme en mi búsqueda? El camino se hará mucho más ameno si continuamos charlando y me cuentas más cosas sobre ti…

 

—¿Y me dices que esto fue la capital de un imperio?

Sin duda, la travesía se había vuelto mucho más entretenida desde el momento en que las hostilidades quedaron relegadas a un segundo plano. Cierto que uno no había abandonado sus pretensiones de rescatar los tesoros enterrados en aquellas ruinas, en tanto que la otra aguardaba con celo el momento de verlo morir a causa de dichas pretensiones. Pero habían logrado que aquellas discrepancias, detalles nimios como la vida y la muerte, no supusieran un impedimento insuperable a la hora de entablar una grata conversación.

—En realidad, no —corrigió Katria—. Estamos en el subsuelo de la ciudad en sí, los subterráneos que antaño comunicaban los principales edificios de la urbe, ahora sepultados todos bajo hielo y roca.

—Bien, no todos.

La sonrisa de Rael ante su inoportuna ocurrencia no fue correspondida. Hizo una mueca y continuó estudiando el relieve del piso.

—Túneles interminables, trampas por doquier. Vuestro rey ponía más empeño en cuidar sus tesoros que en proteger a sus ciudadanos.

—¡Eso no es cierto! —Era la primera vez que Rael la escuchaba alzar el tono más allá de sus aterciopelados susurros. Toda una sorpresa: tenía una bonita voz—. El emperador Hujal era bienamado por su pueblo. Se preocupaba por nuestro bienestar. Y, si mandó perforar estos corredores, fue para poner a salvo a la ciudad entera en caso de desastre. El emplazamiento de los mecanismos de seguridad estaba claro; para quienes supieran leer las señales.

El súbito silencio que siguió a sus palabras, así como el hieratismo de su rostro, alertaron al buscatesoros.

Advirtió la causa, aunque no le gustase reconocerlo. Tenía el pie derecho bien plantado sobre un resorte. Que aparentemente no hubiese sucedido nada, no cambiaba el hecho de que, como un patán torpe y novato, acabase de pisar una trampa.

—¿Y ahora qué? —atinó a preguntar, con espanto.

—Ahora nada —replicó el fantasma, retomando la marcha—. Ha fallado.

Rael no lo tenía tan claro.

—¿Se supone que debo creerte? —cuestionó airado—. ¿Quién me dice que en cuanto levante el pie no me caerá una lluvia de rocas o mil estacas me atravesarán desde suelo?

—Mira a tu derecha.

Hacia allí miró el joven, con el corazón en un puño. Una pared. Un dibujo labrado en la piedra a golpe de cincel. De un escudo heráldico o algo similar. Hielo. Nada digno de interés. Salvo, quizá…

—Sí —confirmó ella—, todos y cada uno de los puntos que recorren el relieve son orificios por donde deberían haber brotado afilados dardos. El hielo ha bloqueado sus engranajes, inutilizando el mecanismo. Prosigamos. Esperemos que la próxima todavía funcione.

Haciendo el símbolo de los cuernos con los dedos para espantar los malos augurios, Rael se encomendó a los dioses y dio un paso adelante, tras la radiante estela azur de Katria.

 

Le sorprendía descubrir gestos y reacciones tan humanas —mejor dicho, tan propias de los vivos—, en el espíritu de la guardiana.

A pesar del eco inframundano que acompañaba cada una de sus palabras, había comenzado a apreciar las diferentes inflexiones de su voz, cuando se sentía nostálgica, airada, firme o animada. Cómo bajaba el tono al responder con suspicacia a sus preguntas sobre los secretos de la ciudad.

Y lo que era más importante para su supervivencia: el modo en que guardaba cortos silencios y su etérea figura se tensaba durante un fugaz instante cada vez que andaban cerca de una trampa.

Además, se mostraba de lo más locuaz a la hora de explicar el funcionamiento y finalidad de cada mecanismo que Rael sorteaba y lograba identificar. Aunque harto ingeniosos, aquellos letales artilugios terminaban por repetirse alguna que otra vez y familiarizarse con su intrincada naturaleza le facilitaba en gran medida la tarea de destaparlos.

Le gustaba acariciar la idea de que, en realidad, esas sutiles señales no eran del todo involuntarias. Que, hasta cierto punto, Katria deseaba alertarle del peligro y apartarlo de la calamidad. Pero, en su gremio, fiarse de tales premisas resultaba tan absurdo como temerario.

Cuando abandonó a un lado su faceta profesional y dejó de preguntar por los entresijos de Requim —que era como se llamaba la antigua ciudad—, para interesarse por sus orígenes y su ascenso hasta convertirse en guardiana, descubrió en Katria una faceta inesperada. El sombrío resquemor inicial pronto dio paso a una actitud abierta, apasionada, vitalista —si es que tal apelativo se le puede atribuir a un fantasma—, que encandiló por completo al desapegado buscatesoros.

Dicharachera, Katria relató a un ritmo asombroso sus vivencias en la capital del imperio. Podía cambiar la época. Podían cambiar los nombres de las ciudades, de los reyes y de los dioses, pero si algo no cambiaba nunca eran los hombres y sus costumbres. Nada de cuanto le narró Katria sobre el imperio y sus gentes despertó el interés de Rael, salvo aquellas anécdotas personales que, animosa, ella le refería.

Así como todo cuanto también callaba; aunque él acertaba a leer entre líneas.

Sin embargo, la curiosidad le pudo.

Mientras Katria relataba los sucesos ocurridos durante una emocionante partida de caza tras unos bandidos al poco de ser reclutada, Rael permitió que, durante un fatal instante, su lengua tomase voluntad propia.

—Pero hay algo que no entiendo —planteó, casi por descuido—. Me hablas del bullicio de Requim, de sus gentes, mercados y colegios, y de estos túneles subterráneos excavados para almacenaje y protección. ¡Pero yo no veo por ninguna parte despensas repletas de grano apolillado ni carros abandonados! ¡Está vacío! Salvo por nuestro amigo el nórdico ensartado, ¡por no haber no hay ni cadáveres! Si hubo lucha, una guerra, ¿dónde están los muertos, de amigos o enemigos? No ha quedado nada y no entiendo que pueda ser así. Porque ahí fuera, en la superficie, tampoco he hallado ni la menor huella de la esplendorosa capital imperial de la que tú presumes.

»¿Qué ocurrió aquí, Katria? ¿Qué le sucedió realmente a Requim?

Rael quizá insistió con más vehemencia de la que pretendía. Y, en esta ocasión, no supo valorar el súbito mutismo del fantasma.

—Vamos, escondes algo —continuó a la par que se aproximaba a ella—. Algo que no quieres decirme, ¿verdad? ¿Qué es? ¿Qué terrible secreto se oculta en Requim? ¿Qué pasó con sus habitantes? ¿Qué te pasó a ti?

—¡Cállate!

Katria chilló con tal intensidad que Rael tuvo que taparse las orejas con las manos y acabó de rodillas en el suelo. Para cuando alzó la cabeza, todavía con un agudo pitido taladrando sus oídos, no logró localizar al espíritu.

Katria se había ido.

 

El saqueador prosiguió su avance, espoleado por desentrañar aquel misterio.

Sin embargo, la ausencia de su inusitada compañera se le antojó pesada. Que una aparición etérea pudiera dejar semejante vacío con su marcha resultaba tan ridículo que Rael comenzó a temer por su propia cordura. Aquel desamparado entorno tampoco resultaba favorecedor.

En su cabeza, una voz le instaba a abandonar de inmediato aquella locura. Dar la vuelta, regresar sobre sus pasos y olvidar que había pisado alguna vez aquel maldito lugar. Quedaban otros mil emplazamientos por descubrir y otros tantos tesoros por rescatar.

¿Qué tenía aquél que lo hiciese tan especial? ¿La ingeniosidad de sus mortíferas trampas? ¿La ausencia de todo objeto de valor? ¿Un helor que calaba en los huesos?

¿Por qué estaba decidido a continuar jugándose el cuello cuando el buen juicio dictaba lo contrario? Y en aquel negocio, ignorar los dictados de la sensatez invitaba a una muerte tan agónica como anónima.

Pero para Rael aquellos olvidados túneles subterráneos sí poseían una cualidad que los hacía valiosos más allá del buen juicio.

Y no se engañaba. Bien podía pergeñar mil excusas que justificasen la locura que gobernaba sus decisiones, esclarecer el misterio que envolvía Requim, hallar un tesoro tan enorme que respaldara que la ciudad fuese borrada de la superficie de la tierra con tanto esmero como de los libros de historia.

¿Qué fue lo que dijo? ¿Cuáles habían sido sus palabras?

«¿Merece la pena?»

Sí, aquéllas habían sido. Y sí, merecía la pena. Por ella, merecía la pena.

Volviese a verla o no, tuviese o no tuviese algún sentido, seguiría adelante.

Por Katria.

 

Supo que había alcanzado el final de su camino cuando el túnel se abrió a una inmensa cámara.

Aunque las aguas estuviesen heladas, Rael prefirió cruzar por el largo puente que las salvaba. Al otro lado, un pórtico soportado por gruesas columnas daba acceso a una construcción cuyos pisos superiores se fundían con el techo de la caverna. Imaginó que ascenderían incluso a través de éste, quizá hasta la superficie. Eso, si el fuego y el peso de la roca no habían colapsado sus estancias interiores. Porque la fachada exterior que rodeaba algunas ventanas estaba tiznada de manchas negruzcas.

Pero lo que atrajo inevitablemente su atención fueron los cadáveres que alfombraban el mosaico de pálidas baldosas, algunas rojizas bajo el hielo, que cubrían el piso desde el puente hasta el edificio. Los había a decenas, y su particular disposición —los dotados de armadura ofreciendo una barrera frente al edificio, los que no, desperdigados por doquier— esclarecía cualquier duda al respecto de cuanto allí había acontecido.

Rael no dudó en avanzar hacia la única figura que permanecía en pie en medio de aquella matanza.

—No recuerdo la última vez que regresé aquí —comentó Katria cuando se acercó a ella—. Es más, incluso había olvidado este lugar.

—Supongo que, si en la vida procuramos bloquear los recuerdos que nos atormentan, un tanto así debe ocurrir también en la muerte.

El espíritu asintió. Tenía los hombros caídos. Sólo entonces apartó la mirada del cuerpo que yacía a sus pies.

En aquel instante Rael lo supo.

—¿Eres tú? —preguntó, aunque sus palabras sonaron huecas a sus oídos.
Aunque yacía encogida de lado, casi boca abajo, tanto el físico como el diseño de la armadura, las vainas vacías en las caderas, el curioso casquete, con el arco todavía preso en una mano y un cuchillo en la otra, ofrecían una implacable respuesta que no daba lugar a posteriores cuestiones.

—Fue una revuelta —reveló Katria con tono ausente—. Ignoro qué la originó, pero estalló mientras el emperador Hujal supervisaba en persona las cuentas del erario imperial. Si lo deseas, puedes entrar. Hasta la última moneda, joya y reliquia fue sustraída. Y la fabulosa biblioteca ardió alimentada con el saber contenido en las páginas de sus innumerables libros.

Hizo una pequeña pausa, aguardando que el saqueador satisficiera su codiciosa curiosidad por sus propios medios. Como no se movió del sitio, continuó.

—Fuimos sorprendidos. No estábamos preparados para acabar con las vidas de quienes habíamos jurado defender. Pero por encima de todo debíamos proteger al emperador. Así que desenvainamos nuestras armas y… matamos. Asesinamos a tantos como pudimos. Caras antaño familiares que en la vorágine de la batalla se envilecían con rictus de furia y dolor. Pero llegaban más y más. No conseguimos detenerlos, frenarlos siquiera. Eran demasiados, demasiados…

Mientras escuchaba los pormenores de aquel trágico desenlace, Rael se arrodilló, bien dispuesto a examinar el cuerpo tendido.

En su agonía final, Katria se había aovillado en torno a la flecha que tan certeramente —o quizá no fue más que un tiro afortunado— había atravesado su corazón. Su ensangrentada punta sobresalía por la espalda. Sin pensárselo dos veces, Rael partió ambos extremos del proyectil. Y no se conformaría con eso.

—¡Qué haces! —exclamó Katria, asustada al contemplar aquella afrenta a su reposo eterno—. ¿Acaso pretendes robarme la poca dignidad que me queda?

Inmune a sus protestas, Rael dio la vuelta al cadáver y, ansioso a la par que temeroso, buscó aclarar el último misterio que le restaba por resolver en aquella aventura. Con manos firmes, tiró con cuidado hasta retirar el casco.

Era indudablemente hermosa, joven aún. Y ninguna mueca de sufrimiento crispaba sus rasgos. Tenía los ojos cerrados, la boca ligeramente entreabierta y las suaves facciones en perfecto reposo. Parecía… dormida. Sólo la extrema blancura de su piel y la falta de un hálito perceptible desmentían aquella sensación.

Tampoco se lo pensó esta vez antes de inclinarse para besar sus azulados y fríos labios.

Por alguna razón, en esta ocasión el fantasma de Katria no protestó.

Sí habló después, cuando Rael se incorporó y se echó el cuerpo al hombro.

—¿Qué te propones…?

Su voz, apenas un murmullo, sonó trémula, azorada.

—Tu misión terminó hace mucho tiempo —declaró el cazatesoros que, con su antiguo ser a cuestas, ya enfilaba hacia el puente—. Mantuviste tu juramento, hasta el final. Sólo que todavía no has comprendido que no podías haber hecho más de lo que hiciste.

—¿Y qué vas a hacer con… migo?

—Es hora de que descanses. Voy a sacarte de aquí.

 

Durante el viaje de regreso se cruzaron más miradas que palabras.

No cabía olvidar que, para ambos, aquel recorrido de regreso no era más que una pospuesta despedida.

Mientras Rael cargaba con el peso de ambos, Katria —su fantasma— caminaba un par de pasos por detrás del buscatesoros, cumpliendo las veces de escolta fúnebre. También ejercía de voluntariosa guía, pues a lo largo de todo el trayecto fue indicando con escrupulosa previsión la presencia de cada resorte, pulsador e incluso irregularidad en el terreno, que pudiera entorpecer la marcha del joven, a la par que avezado, aventurero.

Aunque no estaba en la naturaleza de Rael depositar su vida en manos ajenas, en aquellas singulares circunstancias se permitió relajarse, hasta cierto punto, y concentrar sus esfuerzos en hacer avanzar un pie tras otro.

Cruzaron junto al nórdico ensartado y, ya próxima la salida a la superficie, Katria lo instó a detenerse.

—No podré acompañarte mucho más allá de este punto —advirtió. Como corroborando esta contingencia, su forma etérea se manifestaba desvaída y bastante menos definida—. Tendrás que continuar solo.

—Nuestros caminos se separan —atinó a decir Rael, en un vano intento por disfrazar su congoja.

—Cumplirás tu promesa, ¿verdad? Respecto a…

—En cuanto salga a la superficie —zanjó él.

—Sea —agradeció Katria lo tajante de la respuesta—. Pero antes de que te marches, quisiera pedirte una última cosa.

—Te escucho.

—Alrededor de mi cuello, hallarás un colgante. Tiene un gran valor para mí. Deseo que te lo quedes.

Rael permaneció en silencio. No sabía qué contestar.

—¿Acaso no defendías que hallar tesoros hacía que arriesgarse mereciese la pena? —prosiguió Katria con una presencia de ánimo que estaba lejos de sentir—. Te parecerá humilde, apenas una bagatela. El recuerdo de alguien que murió hace mucho tiempo, pero a quien, por un momento, le recordaste lo que significaba vivir. Que ésta sea tu recompensa. Para que haya merecido la pena.

—Adiós, Katria.

—Adiós, Rael…

 

Una vez escapó del hielo y abrazó el candor de la superficie, Rael preparó la pira y depositó el joven cuerpo de la mujer sobre la pila de madera.

Antes de arrimar la llama de la antorcha, alzó la mirada a los cielos y entonó:

—Dioses, os devuelvo a Katria de Requim, que murió haciendo honor a su juramento. Seguro que la habéis echado en falta durante todo este tiempo.

Le hubiese gustado advertir una etérea figura alzándose sobre el fuego para dedicarle una sonrisa antes de desvanecerse en pos de su destino. Pero no ocurrió así.

Aunque sí creyó apreciar cómo una familiar voz acariciaba sus oídos con una sencilla palabra: gracias.

 

¡Ya os lo dije! ¿A que es una buena historia? Y quien piense que es triste, poco sabe aún de la vida.

Sí, me quedé con el colgante —es éste que llevo—. Y también con sus botas, que eran de buena hechura, no como las que hacen ahora.

A fin de cuentas, adonde iba, ¿para qué las iba a necesitar?

Y bien, ¿qué opinas?

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