Muerte bajo las aguas

Muerte bajo las aguas
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—Vamos, Binnie. Suéltalo. ¿Es él?

—Lo tenemos, jefe.

—¡Sí! —exclamó Tupler, apretando el puño.

Por fin una victoria. Estaba harto de andar dando palos de ciego tras todas aquellas desapariciones. Desde un principio entendió que no hallarían con vida a ninguna de las jóvenes, pero al menos debía evitar que desapareciesen más.

—Jonathan Mathews Crimble, 34 años. De Simsbury, Connecticut —continuó el sargento O’Leary—. El tipo encajaba con el perfil como un guante. Y que descubriesen un barco inscrito a su nombre fue la guinda del pastel.

Tupler dejó que le guiaran hasta la lancha que lo esperaba en el muelle. Una vez que estuvo a bordo, respondió a los saludos que los guardacostas le dirigieron con su habitual cabeceo y los animó a que encendieran los potentes motores diesel. Quería llegar cuanto antes.

—Cuéntame más.

Binnie O’Leary asintió, consultando entusiasmado las notas de su libreta.

—Averiguamos que amarraba aquí, en Venice. Los del puerto nos informaron que el barco no estaba atracado en el muelle alquilado. Así que hubo que alertar a los guardacostas, que no tardaron en localizarlo. Mire, ése es.

Tupler se giró para observar la embarcación. Él sabía de coches, no de barcos. No entendía de esloras ni chorradas de ésas. Un barco era un barco, y punto. Y aquél había sido empleado por un asesino para librarse de sus víctimas.

—Cuando se acercó la patrulla nadie a bordo contestó. Así que subieron. Y, jefe, adivine lo que encontraron. Bueno, y a quién no encontraron.

—Déjate de adivinanzas, Bennie —zanjó Tupler impaciente—. Al grano.

—De Crimble no había ni rastro, pero la documentación aparecida en el barco confirmó la identidad de su propietario. Pero junto a la barandilla se toparon con algo bastante más revelador…

La hosca mirada que le dirigió su superior le exhortó a continuar. Pero sin perder su buen humor.

—Envuelto para regalo, jefe. El cadáver de la última chica desaparecida, Alice Samuels, cubierta de plástico negro y con suficiente peso encima como para que el cuerpo no volviese a asomar a la superficie.

—Otra chica muerta. —Tupler giró la cabeza y se fijó en un hombre que, inclinado sobre la barandilla, no parecía hallarse en su mejor momento. Todavía llevaba puesto el característico traje de neopreno. Los creía más duros, a estos guardacostas. Le apuntó con la barbilla—. ¿Fue ése quien subió a bordo?

—No, jefe. Es uno de los buceadores. Fue él quien dio con Crimble.

—¿Con Crimble? Tengo la sensación de saber por dónde van los tiros, pero sería de agradecer que soltases ya la información que escondes bajo la manga…

Halagado, O’Leary se mostró más que dispuesto a revelar sus cartas.

—Los buceadores no le andaban buscando. Pensaron que, al acercarse la patrullera, Crimble se las había ingeniado para largarse sin ser visto. Lo que tenían en mente era que, si el paquete estaba preparado para ser arrojado por la borda, quizá ya había otros sumergidos.

—¿Y los hay?

—Han localizado unos cuantos bultos sospechosos…

—Mierda. Pobres chicas.

—Sí, jefe. Pero seguro que esto le animará.

—¿Y a qué esperas para contármelo?

—Rhimes, ese buceador por el que me preguntó antes, estaba explorando el lecho marino cuando se topó con Crimble. Aunque para él, al principio, no fue más que un hombre ahogado.

—¿Y se ha comprobado su identidad?

—Todo apunta a que es él, y que murió ahogado. Lo sabremos seguro cuando logren sacarlo del agua.

—¿Qué demonios significa eso?

—Eh… bueno —titubeó el sargento, buscando la mejor forma de explicarse—. Aquí viene lo extraño.

—Suéltalo ya, Binnie, que nos conocemos de sobra.

—Pues, como le decía, cuando el buceador encontró el cuerpo, éste parecía querer flotar hacia la superficie. Pero algo lo retenía.

—¡No me jodas que a Crimble le han puesto unos zapatos de cemento!

O’Leary negó con la cabeza. Continuó.

—Rhimes removió el lecho, tratando de averiguar que mantenía el cuerpo anclado al fondo. Quizá había quedado atrapado entre las rocas o se había enganchado con la basura. Deseoso por resolver el misterio, descubrió algo oscuro, como de plástico, bajo los pies de Crimble. Una bolsa similar a la que envolvía a Alice Samuels, en el barco. —Desvió por un instante la mirada hacia el angustiado buceador. Se inclinó hacia Tupler y bajó el tono de voz, en actitud confidente—. Pero ésta estaba rasgada. Y por ella asomaba un brazo, merced a las aguas.

»Ignoran qué ha podido suceder. Pero si los submarinistas aún no han sacado el cuerpo de Crimble, es porque la mano de una de sus anteriores víctimas, ya más hueso que carne, lo tiene aferrado por el tobillo. Y no consiguen que lo suelte…

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