Os presento a Heraldos de la Tormenta

Os presento a Heraldos de la Tormenta
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La gran águila sobrevoló los edificios de la ciudadela, directa al campamento.

El sol se escondía ya por el horizonte y el próspero asentamiento iba haciendo, poco a poco, honor a su nombre: Bajaluna.

Esperó a estar casi a ras de suelo para, en un revuelo de plumas, recuperar su auténtica forma, aunque tuvo que corretear unos cuantos pasos para compensar la enorme inercia que había acumulado durante el vertiginoso vuelo. Una maniobra que pudiera haber resultado torpe, hasta cierto punto peligrosa, fue ejecutada con una gracia natural que despertó el asombro de cuantos la contemplaron.

Quizá no el de todos.

Sentada a horcajadas sobre un sencillo taburete en el exterior del edificio, otra elfa ocupaba su tiempo en bruñir su castigada armadura. Que realizara esta labor en sostén y enfundada en unos cómodos pantalones a la vista de todos, provocó el bufido de desaprobación de la recién llegada, cuando ésta pasó a su lado camino a la entrada. La guerrera respondió exhibiendo una amplia sonrisa de dientes perlados y guiñando un ojo.

Una vez dentro, la atmósfera que se respiraba en el interior del amplio edificio no ayudó a apaciguar los encendidos ánimos de la druida. Si ya de por sí el aroma alienígena asaltaba su fino olfato, el tufo a demonio le provocó arcadas. Necesitó unos segundos para asentar su delicado estómago antes de afrontar el motivo por el que había acudido de forma tan apresurada. Alzó la cabeza y… el panorama la descorazonó.

—¿Habéis visto a Kyrphen? —preguntó sin conseguir que su voz sonase con la autoridad que había pretendido.

Daky, sumida como estaba en uno de sus trances de meditación flotando a medio metro del suelo, no llegó siquiera a escucharla. Al menos no pareció reaccionar a su pregunta. Fue Dhär, con esa molesta costumbre que tenía de pasearse levitando de un lado a otro, quien se dignó a contestar. Aunque no antes de reclamar el tomo que estaba buscando en la librería.

—¿Kyrrphen? —pronunció la pálida sacerdotisa con su característico acento draenei—. No está aquí.

—Eso ya lo había descubierto por mí misma, gracias —replicó Rÿnrÿk—. ¿Y no sabrás, por casualidad, dónde se encuentra?

Dhär se encogió de hombros y, sin más, prosiguió con sus estudios.

—¡La comandante está en una asamblea! —gritó Shyish desde el exterior—. ¡Con el rey!

—¡Gracias! ¡Pero no hacía falta que se enterase toda la ciudadela!

—¡De nada, Ryn!

Ya se disponía a rezongar por lo bajo cuando una voz a su espalda la hizo dar un brinco.

—Encontrarás a Kyr en el concejo —explicó Khraisi, que había aparecido de la nada—. Perdona si te he asustado.

Más que el sobresalto era la herida en su orgullo por verse siempre sorprendida por aquella ladronzuela humana. ¡Ella! ¡Que era toda una druida y conocía las sendas ferales! Humanos, nunca dejaban de sorprenderla.

Con un gruñido de fastidio, se dejó caer en el sillón. Si Kyrphen estaba reunida con el rey Varian Wrynn, no le quedaba otra opción que esperar a que acabase la audiencia. Pronto encontró otro motivo por el que protestar al contemplar mechones de pelo esparcidos por la tapicería.

—¿Otra vez ha dejado entrar Kyarah a sus mascotas? —exclamó al tiempo que se levantaba como activada por un resorte y comenzaba a pasearse por la estancia—. ¡El sillón está hecho un asco y lleno de pelos!

—Kyarrah aún no ha regrresado de su última misión —señaló Dhär en defensa de su compatriota—, así que dudo mucho que haya podido serr ella la causante.

La mirada acusadora de Ryn rápido se desvió hacia Daky.

—¿De qué color es el pelo? —inquirió la aludida abriendo un ojo, pero sin interrumpir su trance.

—Oscuro, negro —indicó la druida. Echó un nuevo vistazo a la monje pandaren y su suave pelaje principalmente blanco. Ésta sonrió y continuó con su meditación para fastidio de Rÿnrÿk—. ¡Pues de alguien tiene que ser!

—¡No serán tuyos, Ryn! —volvió a vociferar Shyish desde la terraza—. ¡Cuando te transformas en gata salvaje tu pelaje es tan negro como una noche sin luna!

—¡Sabes perfectamente que nunca cambio de forma dentro de las casas! ¡Y mucho menos aprovecho para tumbarme en el sofá en forma de puma! ¡Porque es en puma en lo que me transformo! ¿Me oyes? ¡No en gata salvaje! ¡En puma!

—¡Va, Ryn! ¡No te lo tomes así, gatita, que no es para tanto!

—¡Te odio!

—¿A qué vienen tantos gritos?

Desde las escaleras que daban al sótano apareció Kephyr, engalanada con uno de sus oscuros ropones. La peste a magia demoníaca la envolvía como un sudario.

—Rÿnrÿk, te agradecería que no perturbases mis estudios arcanos sin una buena causa —la reprendió con tono firme.

—¿Estudios arrcanos? ¡Bah! Rituales impíos… —rezongó Dhär.

—No eres precisamente la más indicada para censurar el empleo de la magia oscura, sacerdotisa.

—Yo nunca me rebajarría a hacerr pactos con crriaturas inferrnales.

—Por supuesto que no, servirse de sombras es mucho más honorable.

—Brruja engrreída…

—Cabrilla santurrona…

—¡Parad de discutir, por Elune! —interrumpió Rÿnrÿk antes de que las hostilidades pasaran a mayores—. ¡Lo que nos ocupa aquí es averiguar el origen de este pelo que apesta a perro mojado…!

Un súbito helor inundó en aquel instante el salón.

—Creo que ahí tienes tu respuesta —se jactó Kephyr indicando con un gesto la entrada, a la espalda de la elfa.

Consciente súbitamente de su lamentable error, Ryn se dio la vuelta, despacio, y de inmediato se sintió acobardada por el fulgor glacial de aquellos ojos azules.

Aunque de inferior tamaño, sobre la oriunda de Gilneas flotaba un aura sobrenatural que provocó que a todas las presentes se les pusiera el pelo de punta. Circunstancia muy vistosa en el caso de la pandaren.

—¿Tienes algún problema, druida? —planteó Khräive desde la profundidad de su voz cavernosa; una voz que evocaba el chirrido de huesos y tumbas excavadas en la tierra.

—Eh… no —titubeó Rÿnrÿk dando un involuntario paso atrás—. Ningún problema. Sólo era curiosidad, nada más que eso, curiosidad. Simple y llana curiosidad. Ya sabéis de mi manía por seguir las pistas y resolver todos los enigmas. ¿Verdad que sí? ¿Chicas…? —miró a las otras en busca de apoyo, en la confianza de una oportuna intervención que la ayudase a escapar de aquel aprieto. Sin embargo todas rehuyeron su mirada, repentinamente interesadas en sus propios asuntos. Ni siquiera fue capaz de localizar a Khraisi.

—Deberías andarte con cuidado —sugirió la intimidante mujer bajando el tono—. Recuerda que la curiosidad mató al gato.

La carcajada que llegó desde el exterior encolerizó a la elfa y logró así superar el miedo atávico del que había sido presa tras la inesperada aparición de la renacida por Arthas.

Ya se disponía Rÿnrÿk a decirle cuatro cosas a su congénere y díscola guerrera, cuando una súbita explosión hizo que temblara la estructura hasta los cimientos.

—¡En el taller! —voceó Shyish, que no esperó a nadie antes de dirigirse al lugar del desastre.

El resto de la compañía siguió a la carrera los pasos de su compañera, sólo para encontrar los restos humeantes del edificio que anteriormente fuera un taller de ingeniería. Entre el polvo resplandecía un cubo de hielo azulado, medio enterrado en el pequeño cráter que el estallido había horadado en el suelo. En su interior permanecía atrapada una familiar figura.

—¡Es Kârâh! —gritó Kephyr—. ¡Rápido!

Mientras Shyish y Khräive apartaban los cascotes de mayor tamaño, Rÿnrÿk adoptó su forma feral y se deslizó entre las paredes derrumbadas para llegar al inmóvil cuerpo de la maga. La furia con que comenzó a arañar aquel hielo tan duro como el acero no presagió nada bueno.

—¡Rápido! ¡Rápido!

Una vez lograron abrir paso, Dhär acudió pronto a auxiliar a su amiga. Ya libre del hielo y tras un rápido examen comenzó a entonar sus cánticos curativos. La joven druida, que había recuperado su apariencia élfica, se sumó a la draenei, apelando a sus propias facultades sanadoras.

Las miradas de todas estaban puestas en la maga, aferradas a la esperanza de percibir cualquier señal que confirmase la recuperación de la draenei. A unos pasos de distancia Daky y Kephyr se ocupaban de mantener a una prudente distancia a todos los curiosos que, más tranquilos al saber que la explosión no se debía a ningún ataque a la ciudadela, se habían congregado para conocer su causa. Preocupada por su compañera, pero incapaz de ofrecer ayuda alguna, la ladrona dio salida a su nerviosismo rebuscando entre los escombros.

Con gran alivio, no tuvieron que esperar mucho antes de contemplar cómo los esfuerzos combinados de elfa y draenei dieron su fruto. Kârâh al fin parpadeó, presa de una terrible tiritera. También se esforzó por musitar algo, con apenas un hilo de voz. Justo lo necesario para que Ryn lograra escucharlo.

—¿C-cuál fue peorr… la prrimerra o… la segunda explosión…? —pronunció la maga.

Mientras, Khraisi estudiaba el palpitante objeto que había hallado entre los restos.

—Oh, oh…

—¡Otra explosión!

—¡Todos atrás!

—¡Cuidado…!

Sin duda, el segundo estallido resultó peor que el primero.

Por fortuna, todas ellas echaron mano de las habilidades únicas de su oficio para contener la virulencia del estallido y protegerse tanto a ellas mismas como a los indefensos espectadores. Lo que no impidieron fue que acabasen sepultadas en una densa nube de polvo, de la que brotaban toses y juramentos dirigidos hacia la bien intencionada, aunque calamitosa, maga.

—¡Chiflada del demonio!

—¿Pero de verdad es necesario que lleguemos a estos términos?

—¿Porr qué ese empeño en estudiarr ingenierría goblin? ¿Porr qué?

—Yo… lo siento… de verrdad…

—¡La última vez! ¡La última!

—Lo juro: un día terminaré haciéndote mi ghoul.

—¡Heraldos, atención!

Esta voz llegó de más atrás, fuera de la tremenda polvareda que cubría los restos del viejo taller. En concreto pertenecía a Kyrphen, paladín y líder de la compañía, que junto al rey Varian contemplaba avergonzada el desastre perpetrado por sus reclutas. Tras un incómodo carraspeo, continuó.

—Su Majestad, os presento a mi compañía, o al menos la mayor parte de ella: Heraldos de la Tormenta.

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