Pureza

Pureza
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—Señor, no contestan.

Mientras el grueso de la flota imperial liberaba planetas apresados bajo el herético puño del Caos en la Cruzada particular del Señor de la Guerra Macaroth, el Gloria Aeterna había sido destinado a cumplir labores de inspección lejos de la línea del frente. Labores que ya llevaba ejerciendo desde hacía más de doscientos años. Osgothor, el almirante del Gloria Aeterna, más máquina que hombre y enterrado en el corazón metálico del navío, asumía con calmada ira esta afrenta en su mente mecánica, pero nunca profería queja en contra de este mandato.

Era la Palabra del Emperador.

Se trataba de otra figura la que daba las órdenes en el puente, investido con una divina autoridad que no dejaba lugar a réplica en el interior del monstruo de acero. Paseaba de una pantalla a otra con el orgullo nacido de la incorruptible certeza de cumplir con su deber y de estar en posesión de toda la verdad. Estaba acostumbrado a que su voluntad fuera obedecida al instante y las miradas de los hombres se humillaran ante él. No podía ser de otro modo, Kyllom Han pertenecía al Ordo Xenos, en calidad de Alto Inquisidor.

Había bastado su deseo para que el Gloria Aeterna no estuviera en aquellos instantes batallando a las órdenes de Macaroth y, en cambio, se hallara en el otro confín del universo conocido realizando pacíficas tareas de exploración.

Aquella marca tan lejana llevaba varios cientos de años libre de la hedionda presencia del Caos, pero blandir dicha afirmación como defensa para descuidar las responsabilidades suponía una presunción que comprometía la propia seguridad del Imperio. Nada ni nadie permanecía a salvo de la corrupción eternamente.

El próximo objetivo en su trayecto era Rigas, un mundo apartado cuya colonización había resultado improductiva y se había abandonado. En cambio, una pequeña comisión del Adeptus Mecánicus, en contra de todas las recomendaciones y forzando al límite los niveles de confianza, decidió tomar tierra y construir un asentamiento permanente de observación.

El caudal de comunicaciones se habían mantenido de forma constante, o al menos así había sucedido hasta que cerca de setenta años atrás se habían interrumpido definitivamente, sin previo aviso ni advertencia. El Adeptus Mecánicus, con su hermetismo habitual, no había informado de este misterioso silencio hasta fecha reciente.

Había sido éste uno de los motivos que había impulsado al inquisidor a tomar cartas en el asunto e investigar el caso en persona. Además, Rigas sólo se hallaba a catorce meses de distancia de la órbita establecida por el Gloria Aeterna en el momento en el que dispuso de esta información.

Ahora ya habían alcanzado su objetivo y, tal como había anunciado el Adeptus, no conseguían establecer comunicación con la base en Rigas.

—¿Señor?

Kyllom Han se mantenía encerrado en sus pensamientos, valorando la situación y determinando el curso a seguir. Los oscuros ropajes con los que se envolvía dotaban a su figura de una cualidad tenebrosa, aunque eran los remaches que lo identificaban como inquisidor quienes infundían verdadero pavor a los miembros de la tripulación. Nadie le dirigía la palabra si no era estrictamente necesario. Hablar de más podía resultar fatal; hablar de menos… podía ser incluso peor.

El oficial de transmisiones no sabía cómo actuar. No quería continuar insistiendo, pero necesitaba una respuesta. La fortuna quiso que no dependiera de él tomar aquella decisión.

—¿La señal continúa activa? —el inquisidor rompió finalmente su mutismo.

La extraña señal era la segunda de sus inquietudes.

Desde que el navío estacionara su órbita alrededor de Rigas, los instrumentos de a bordo recibían lecturas de una emisión que no habían sido capaces de identificar, mucho menos interpretar. El origen estaba bajo la superficie del planeta, muy cerca del emplazamiento de la base del Adeptus Mecánicus. Demasiado próximo para tratarse de una mera casualidad.

—Sí, señor —comunicó el oficial—. No se ha detenido en ningún momento.

—¿El Crípticum ha obtenido algo?

—Hasta el momento nada, señor.

Que el Crípticum hubiera sido incapaz de obtener ninguna concordancia en las trazas sólo podía significar una cosa: xenos. Parecía que, después de todo, estaba justificada su presencia en aquel lugar.

—Que preparen una unidad de incursión —ordenó Han—. Vamos a bajar.

 

El despliegue de la Guardia Imperial se había ejecutado con admirable precisión. Tras perforar el portón de acceso al complejo, los soldados habían ido asegurando las diferentes vías y cámaras hasta recorrerlo por completo. Nada. El lugar estaba desierto. No presentaba síntomas de haber sido ocupado en mucho tiempo.

Que tampoco encontraran los cadáveres de los tecnosacerdotes del Adeptus a cargo de la instalación resultaba aún más inquietante.

Cumplidos los protocolos habituales de desembarco, Kyllom Han penetró en el complejo.

Una vez dentro, sus ojos grises examinaron minuciosamente las planchas de metal y engranajes mecánicos que recorrían los angostos y fríos pasajes mal iluminados de la construcción. En lugar de polvo era herrumbre lo que arañaban sus botas al caminar, acompañando sus decididos pasos de estridentes chirridos que resonaban en aquellas cámaras como los grotescos gemidos de las almas condenadas. Se advertían rodadas en el piso, profundos surcos que recorrían la totalidad del complejo, dando muestra de la actividad que antaño allí se había generado. Al inquisidor no le costaba demasiado imaginar los engendros tecnológicos del Adeptus que habían producido aquellos carriles, monstruosidades mecánicas adoradoras del Dios Máquina cuya existencia misma rozaba la blasfemia.

Observaba todo con la curiosidad propia de alguien acostumbrado a buscar la huella de la herejía xenos en el menor de los detalles, siempre reptando al límite de la percepción y sumergida entre los más inocuos instrumentos. Había visitado en otras ocasiones centros del Adeptus, con sus inmensos generadores provistos de relés, los fogonazos brillando intermitentes en sus oscuros glifos y los tecnosacerdotes salmodiando sus secretas invocaciones aderezadas con zumbidos y chasquidos. En ellos todo era movimiento, dinamismo, presteza. La apatía que dominaba aquellas cámaras revestidas de metal hablaba del desastre que allí había ocurrido. No eran las pruebas las que lo evidenciaban, sino la falta de ellas.

—Oficial —requirió la atención de uno de los tripulantes del Gloria Aeterna que habían desembarcado con él. Se trataba del soldado de primera Coens, que portaba un enorme artefacto a la espalda del que brotaban numerosos cables que se hundían en su carne—. ¿Está recibiendo la señal?

—Con nitidez. —Al instante advirtió su falta de respeto al dirigirse de aquel modo, por lo que rectificó de inmediato y rogó porque no fuera la última que cometiera en su vida—. S-sí, señor. La recibo.

El inquisidor no dio muestras de haber advertido el error del oficial, abstraído en desenredar el enmarañado hilo de sus pensamientos.

—¿Puede rastrearla? —preguntó Han.

—Sí, señor.

—Indique la dirección.

El oficial consultó en la pequeña lente que tenía implantada quirúrgicamente frente a su ojo izquierdo y que estaba conectada al rastreador de su espalda.

—La señal procede de tres punto quince grados, inclinación…

El soldado de primera Coens detuvo su diagnóstico al percibir la extraña mirada que le dirigía el inquisidor. Para su desgracia, no tardó en comprender el motivo. Sus ojos trasladaron al mundo real la lectura que segundos antes comunicaba y no le gustó lo que observaron. Pero, ¿le quedaba alternativa?

—Ahora mismo, señor. —Comprobó que llevaba su arma en la funda del uniforme y entonó para sí plegarias al Emperador—. Por aquel túnel.

 

Si al principio el rastro los condujo por los corredores tenuemente iluminados previamente registrados por la Guardia Imperial, pronto los abandonaron para adentrarse por galerías burdamente acondicionadas carentes de luz. El oficial había activado los reflectores que formaban parte de su equipo y caminaba asustado con la pistola aferrada a su mano, lanzando apresuradas miradas a su biopantalla fosforescente para no perder la pista.

Por su parte, Kyllom Han mostraba una calma tan plena que cualquiera hubiera pensado que estaba caminando por el puente de mando del Gloria Aeterna en lugar de por aquellas galerías olvidadas de la sagrada mano del Emperador. El bólter permanecía guardado en la funda a su costado, y en las manos sólo portaba una pequeña lámpara con la que iba iluminando su entorno más inmediato.

Ambos permanecían en silencio; uno porque no se atrevía a hablar y el otro porque no tenía nada que decir. El inquisidor se limitaba a seguir al oficial, confiado en que le condujera de manera correcta, afianzado en las lecturas de su rastreador portátil. Nada le hacía sospechar que no fuera así, pues algo en su cerebro le decía que iban por buen camino.

Así se lo confirmó el discontinuo resplandor que se filtraba por las junturas de un acceso que había quedado cegado por la basura acumulada en la forma de todo tipo de artilugios y cacharros mecánicos.

—S-señor…

—La intermitencia de la luz coincide con la de la señal —adivinó el inquisidor.

—Sí, señor —confirmó Coens visiblemente más asustado, así como lo atestiguaba su mano temblorosa.

—Libere el portón. Vamos a entrar.

El oficial tuvo mucho cuidado a la hora de cumplir las órdenes, pues entre los artefactos apilados yacían también oxidados punzones y láminas de metal tiznadas de orín afiladas como cuchillas. Creyó distinguir que uno de los mecanismos articulados que había apartado a un lado y que estaba dotado de estos peligrosos complementos podía asemejarse a un nefasto brazo, pero en favor de su propia cordura, su mente lo negó y olvidó de inmediato.

—Libre, señor —indicó el oficial una vez hubo concluido su labor.

—¿Y la compuerta? ¿A qué espera para abrirla?

—¡Sí, señor! ¡A sus órdenes, señor!

El soldado de primera Coens no podía ver más negro su futuro, si no era por lo que le pudiera estar esperando al otro lado de aquel portón, sería por las consecuencias de su próximo —y quizá— último error.

La manija estaba atascada, pero no lo suficiente como para que no fuera capaz de girarla. Con un chasquido, seguido del lamento de los goznes al ser forzados a doblegarse tras tantos años de inactividad, el portón concedió abrirse hacia dentro. Una cegadora luz invadió la estancia.

Han, prevenido, había entornado los párpados antes de la apertura, preparado para hacer frente a cualquier eventualidad que pudiese surgir. Dejando atrás al deslumbrado oficial, no esperó para cruzar el acceso e investigar lo que se escondía al otro lado.

Para su asombro, no era metal ni roca lo que recubría las paredes del túnel. Era cristal. Y aunque su naturaleza resultaba de lo más heterogénea en formas y tonalidades, todos latían con el mismo pulso vital. Si aquellas formaciones no eran la fuente de la extraña señal, al menos sí se encargaban de propagarla.

—¿Qué demonios es este lugar, señor?

Coens había procedido a seguirlo al interior en cuanto la ceguera pasó y se percató de la ausencia del inquisidor.

—No lo sé…

Sin mirar atrás, Han continuó su avance, aún insatisfecha su curiosidad. Aquel portón daba a entender que alguien más conocía la existencia de aquel lugar y todavía no habían hallado los cuerpos de los tecnosacerdotes del Adeptus Mecánicus.

No tuvo que esperar mucho antes de que sus preguntas comenzarán a ser contestadas.

—Por el Trono de Terra…

—No blasfemes —censuró el inquisidor.

—Perdón, señor, pero esto es…

—Sí.

Atrapados en el cristal, se alineaban en lo alto de una pared los presuntos cadáveres de los tecnosacerdotes desaparecidos. Cadáveres era mucho decir, pues de los cuerpos sólo habían sobrevivido a la descomposición el cráneo, aún cubierto en algunos casos por jirones de carne, y la columna vertebral, como si de grotescos renacuajos disecados y expuestos en una vitrina se tratara.

Sin embargo, lo más repulsivo fue contemplar como el único ojo que conservaba uno de los cráneos giraba en la cuenca para observarles.

—¡Están vivos! —exclamó aterrado el oficial mientras retrocedía y buscaba instintivamente protegerse las espaldas contra la pared opuesta—. ¡Todavía están vivos!

—Cálmese. Permanezca en el sitio —exhortó el inquisidor sin alterarse, pero imprimiendo un tono autoritario en su voz.

—¡Me está mirando!

—Oficial, no retroceda más, quédese quieto. No toque el cristal.

—¡Pero me está mirando! —chilló Coens fuera de sí—. ¡Todos me están mirando!

—¡Soldado de primera Coens! —gritó ahora Han, alarmado—. ¡No se mueva!

El oficial era presa del pánico y no atendía a razones. Siguió reculando hasta chocar contra la pared cristalina, pero no fue hasta que apoyó la mano desnuda en su superficie que empezó a aullar como un animal, con los ojos tratando de escapar de sus órbitas. La sangre brotó de sus ojos, oídos y boca, pero lo que le mató fue la bala que le reventó la cabeza tras meterse el cañón de su arma en la boca y apretar el gatillo. Todo sucedió tan rápido que Han no tuvo posibilidad de reaccionar.

Aquel pobre infeliz había resultado un blanco tremendamente fácil para los poderes psiónicos que subyacían en aquel entramado de cristal. Ni estaba preparado y poseía escudos mentales que lo protegieran de aquella brutal descarga. Su cerebro estaba ya destrozado antes de que el disparo lo esparciera por la cámara.

Rezó una rápida oración y confió en que sus propios escudos pudieran resistir y defenderle. Tocó la pared.

Una sacudida recorrió su médula espinal tan fuerte que le hizo chasquear los dientes, mientras sentía arder el cerebro dentro del cráneo. La tortura que experimentó fue tan agónica que por un instante la idea de empuñar su bólter e imitar el gesto del oficial resultó hasta atractiva. No obstante, las barreras que su mente había forjado desde que ingresara en la Ordo Xenos y después en la Inquisición se combaron y temblaron, pero resistieron el empuje inicial de la intrusión alienígena.

Superado este punto, el dolor se volvió tolerable y poco a poco fue recuperando el control de sus habilidades motrices. Cuando creyó haberse recobrado por completo, unas pequeñas luces comenzaron a bailar ante sus ojos, poniendo en duda su precipitado juicio. Todo cobró sentido cuando estos destellos dibujaron signos inteligibles en el aire. Palabras.

Sed bienvenido, hermano.

Por el modo en que giraba el ojo en el cráneo del tecnosacerdote, supo quién le hablaba.

—¿Adeptus Mecánicus? —tanteó el inquisidor.

El Adeptus pertenece al pasado. Nosotros somos el futuro.

—¿Vosotros? ¿Todos continuáis con vida?

Sí, todos.

Una vez establecida la comunicación, Han prosiguió como si de cualquiera otra investigación se tratara. Pertenecía a la Ordo Xenos, no se acobardaría por una simple manifestación alienígena.

—¿Esta sustancia cristalina os proporciona soporte vital?

Sí.

—¿Qué os llevó a esta situación?

Desear trascender los límites de la humanidad y de la máquina.

—Buena respuesta, aunque era otro el motivo de mi pregunta —apuntó con calma—. Me refería a qué provocó que os halléis ahora en este estado. ¿Qué ocurrió?

Las luces danzaron nuevamente ante sus ojos y transmitieron su mensaje.

Como tecnosacerdotes del Adeptus Mecánicus, manifestábamos nuestro culto al Dios Máquina forjando nuestros cuerpos a su semejanza en busca de una perfecta síntesis que nos elevara sobre los hombres.

Pero no era suficiente. Nuestros ojos y nuestras mentes se abrieron a esta verdad cuando descubrimos lo patéticamente absurdo de nuestras presunciones preliminares. Ni la carne ni el metal nos permitirían alcanzar un estadio superior.

—¿El cristal?

Sí, mas no simple cristal.

En una de las excavaciones para la extracción de mineral, los instrumentos hallaron una materia que no fueron capaces de identificar y que, además, radiaba desconocidas trazas en los aparatos de comunicaciones.

De inmediato, este descubrimiento se convirtió en nuestra primera prioridad y todos nuestros esfuerzos se volcaron en él, hasta que localizamos este reducto.

Aún ahora ignoramos qué antigua civilización pudo desarrollar una tecnología tan fabulosa.

—¿Fabulosa? —dudó Han—. Si no me equivoco, mantener con vida cuerpos desmembrados y prácticamente deshechos forma parte de las proezas del Adeptus Mecánicus.

No dejéis que vuestros ojos os engañen. Ésta no es más que una etapa intermedia en nuestra absoluta ascensión. El momento en que prescindiremos de la lacra de nuestros cuerpos está próximo.

—¿Como la crisálida de una mariposa? —dijo para sí el inquisidor, pensativo—. Aunque sigo sin saber en qué consiste vuestra absoluta ascensión, qué la hace tan gloriosa.

Imaginad una existencia sin limitaciones físicas, una realidad sin taras en favor del intelecto, sin necesidades, sin dolor.

Recorrer el universo a la velocidad del pensamiento supondrá sólo el comienzo. Abarcarlo por completo y aprehender todos sus secretos, la meta final.

No habrá lugar para la fe ni para las creencias. Sólo el conocimiento puro tendrá cabida.

Ninguna pregunta quedará sin respuesta.

—Comprendo…

Sin más, se dio la vuelta y se encaminó al exterior de la cámara de cristales, con los ojos cerrados. No supo si el tecnosacerdote preservado intentó transmitirle algún otro mensaje.

Nada le impidió abandonar el lugar.

 

A lo largo del trayecto de regreso al complejo del Adeptus, y después hasta el Gloria Aeterna, Kyllom Han no alzó la mirada del suelo. Permanecía encerrado en su voluntario autismo, reflexionando. Sin embargo, una vez alcanzó el puente de mando del navío de guerra su meditabunda actitud tornó en firme determinación.

—Oficial de comunicaciones —reclamó—. Abra una línea directa con el almirante Osgothor. Ahora.

—Sí, señor. En seguida, señor.

La orden no tardó en ser cumplida a pesar de lo insólito de su naturaleza. El almirante nunca era molestado, excepto en las situaciones más críticas.

—Al habla Osgothor —vibró en los altoparlantes el timbre electrónico del almirante.

—Almirante Osgothor, al habla Kyllom Han, Alto Inquisidor del Ordo Xenos —se identificó con voz neutra.

—Alto Inquisidor Han. Prioridad Prima. Queda registrado. Informe.

—Evoco Exterminatus sobre Rigas.

Todos los tripulante presentes en el puente aguantaron la respiración al escuchar aquella petición, pero se guardaron mucho de manifestar su aprensión.

—La evocación de Exterminatus requiere confirmación, Alto Inquisidor Han —demandó Osgothor.

—Evoco Exterminatus sobre Rigas, confirmo —reiteró su apocalíptica exigencia sin parpadear. Para sus adentros añadió ya.

Exterminatus sobre el planeta Rigas confirmado —anunciaron los altoparlantes—. La ejecución se hará efectiva tan pronto como los protocolos de disparo sean aprobados. En tres. Dos. Uno.

El Gloria Aeterna se convulsionó con violencia. Gigantescos proyectiles envueltos en fuego y humo brotaron letales de las fauces abiertas de las hileras de cañoneras esculpidas con la forma de temibles gárgolas que se alineaban en los flancos de la nave.

Han, en pie a pesar de las sacudidas, no perdió de vista en ningún instante el recorrido que trazaron los obuses en su trayectoria hacia el planeta. Tampoco cuando éstos hicieron impacto, desencadenando una vorágine de llamas que no se detuvo hasta consumir el mismo corazón de Rigas. Sus sonrisas burlonas rugían ahora con la ira del Emperador.

No todas las preguntas debían ser contestadas, ni todos los secretos revelados.

El dolor era imprescindible para hacer cumplir Su Palabra.

 

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