Muerte bajo las aguas

—Vamos, Binnie. Suéltalo. ¿Es él?

—Lo tenemos, jefe.

—¡Sí! —exclamó Tupler, apretando el puño.

Por fin una victoria. Estaba harto de andar dando palos de ciego tras todas aquellas desapariciones. Desde un principio entendió que no hallarían con vida a ninguna de las jóvenes, pero al menos debía evitar que desapareciesen más.

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Las manos ociosas

Todos los días acudo sin falta a la estación de La Arboleda. Así lo llevo haciendo… ¿desde cuándo? ¿Quince años? No lo sé. Creo que desde la última vez que cambié de trabajo.

Allí, detenido como siempre, el tranvía me espera con sus puertas abiertas. Sorteo con cuidado los cuerpos apiñados que me rodean y entro en el vagón, atento a salvar el pequeño espacio que lo distancia del andén. No me gustaría dar un mal paso y romperme una pierna.

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La oportunidad (8)

«En qué pensaba cuando accedí a esto…»

Tras terminar una ronda por los barrios más sórdidos de Nalass, Zaincalan regresó al cuartel. Al llegar, le dieron un mensaje: el comisionado no sólo quería verle; le esperaba en el piso de arriba. En el despacho.

Aterido y con los pies doloridos tras horas de insulsa caminata, el guardia de la milicia local ascendió con cierto desasosiego los peldaños que lo separaban de su superior.

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La oportunidad (7)

No había terminado Lacarys de limpiar su arma de la sangre del demenciado heraclón, cuando una voz lo sorprendió a sus espaldas.

—Te desenvuelves bien.

El menhori adoptó al instante una postura defensiva, con las piernas flexionadas y una pequeña hacha sujeta en cada mano.

La lagara se recostaba indolente contra el quicio de la puerta, con los brazos cruzados frente al pecho. Al girar la cabeza para mirarle, el pálido cabello se derramó lacio sobre su hombro.

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La oportunidad (5)

—Me preocupa que hasta el momento sólo nos hayamos topado con esos dos.

Grayt caminaba a su lado, atento a su entorno y con la mano firmemente apoyada en la empuñadura de su espada. Asintió a las palabras de su camarada con un firme cabeceo.

—Si no recuerdo mal, en la posada había tres zahrkos —comentó pensativo—. Pero por el aspecto que traían, diría que se dejaron a uno por el camino.

—Aún así, convendría andarse con ojo —sugirió Raitz a la par que amoldaba el saco a su hombro.

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La oportunidad (3)

Abrosi abrió la puerta muy despacio. A su espalda aguardaban Asium y Nejana, con las manos en sus espadas, temerosos de lo que pudiera estar aguardándoles al otro lado.

El mayor de los tres terminó de girar la hoja y se apartó para cederles el paso a sus amigos. Con mucho cuidado, éstos entraron en el amplio corredor. Cada uno se aprestó a un lado, bien pegados a la pared, en tanto Abrosi echaba mano a su lanza y en un revuelo de plumas rojizas tomaba el centro.

Aunque las primeras luces del amanecer iluminaban ya los campos, los muros del Castillo Allard no permitían que se filtrase ni un rayo de claridad a su interior.

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