Cruzada

Sir Rowayn Vallart montaba velozmente a lomos de su soberbio caballo de gran alzada y blanco pelaje, blandiendo en su mano derecha su larga espada sobre la cabeza y protegiendo el frente con el escudo portado en la zurda.

Su impresionante armadura dorada no mostraba mella alguna y brillaba refulgente al incidir sobre ella los rayos solares, concediendo a la estampa del caballero una magnificencia que provocaba admiración en todos aquellos hombres que fijaban su mirada en la figura del jinete.

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La oportunidad (9)

—Y mira por dónde…

—Mantened las manos donde pueda verlas. Por la autoridad que me confiere la Corona de Nalass, quedáis a arrestados.

—Pues ya estamos todos —proclamó el menhori, no mostrándose ni un ápice intimidado por la actitud amenazante del miliciano.

—Soltad las armas —replicó Zaincalan, atento a sus posibles movimientos.

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La oportunidad (7)

No había terminado Lacarys de limpiar su arma de la sangre del demenciado heraclón, cuando una voz lo sorprendió a sus espaldas.

—Te desenvuelves bien.

El menhori adoptó al instante una postura defensiva, con las piernas flexionadas y una pequeña hacha sujeta en cada mano.

La lagara se recostaba indolente contra el quicio de la puerta, con los brazos cruzados frente al pecho. Al girar la cabeza para mirarle, el pálido cabello se derramó lacio sobre su hombro.

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La oportunidad (4)

—¡Chicos, chicos! Mirad esto. ¡Creo que he encontrado algo!

—¿Quieres cerrar esa bocaza, Lai?

—¡Que te den, Dal! ¡Mirad esto!

Los tres zahrkos se reunieron en torno a un enorme butacón que en mejores tiempos tuvo que resultar de lo más mullido y confortable. Ahora, la tela raída dejaba entrever la hacendosa labor que ratas e insectos habían practicado con el relleno.

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La oportunidad (3)

Abrosi abrió la puerta muy despacio. A su espalda aguardaban Asium y Nejana, con las manos en sus espadas, temerosos de lo que pudiera estar aguardándoles al otro lado.

El mayor de los tres terminó de girar la hoja y se apartó para cederles el paso a sus amigos. Con mucho cuidado, éstos entraron en el amplio corredor. Cada uno se aprestó a un lado, bien pegados a la pared, en tanto Abrosi echaba mano a su lanza y en un revuelo de plumas rojizas tomaba el centro.

Aunque las primeras luces del amanecer iluminaban ya los campos, los muros del Castillo Allard no permitían que se filtrase ni un rayo de claridad a su interior.

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La oportunidad (2)

—Caballeros, y también damas, tengo una propuesta que ofreceros.

En los ojos que lo observaron brilló la suspicacia, un franco desinterés o la simple codicia. Unas cuantas miradas no tardaron en regresar a la contemplación de sus decadentes jarras de cerveza; otras, prefirieron centrar su atención en el abultado saquillo que reposaba sin dueño sobre la grasienta madera del mostrador.

—Mi nombre es Josquin Desprezz y no pienso andarme con rodeos —continuó—. Aquellos que guarden reservas a la hora de mancharse las manos de sangre, que hagan el favor de abandonar el establecimiento. —Un murmullo de enojo se alzó de inmediato entre los presentes—. Se abstendrán de abonar el coste de las bebidas por las molestias causadas, pero deberán marcharse de inmediato. El resto, aquellos que se muestren dispuestos a correr algunos riesgos menores a cambio de llenarse los bolsillos de buen metal, que permanezcan en sus asientos.

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