Exilio

Me detuve al dejar de escuchar el leve roce de sus pisadas en la hojarasca.

Khräis había vuelto la cabeza y sus ojos observaban con fijeza lo que dejábamos atrás, vidriosos por la emoción contenida, como si tratasen de grabar aquella imagen a fuego en su memoria.

Quise acercarme, apoyar mi mano en su hombro en un burdo intento de reconfortarla. El compromiso exigía dar aquel paso y la decisión era inamovible; aunque reconocerlo no aliviaba el pesar que envolvía nuestra partida.

No me dio opción. Vi cómo se mordía el labio con rabia y, con toda la determinación que atesoraba en su menudo cuerpo, se arrojó a retomar el camino allí donde lo habíamos dejado.

En silencio, me conformé con seguir sus pasos.

Sin dejar de mirarla.