Un cable suelto

—¿Qué hay, Biff?

Absorto como estaba, analizando los datos que aparecían en la pantalla de su portátil, no pudo menos que sorprenderse ante la inesperada visita.

—¿Max? —se giró en la silla, sin hacer intención de levantarse. Dejó la caja abierta de pizza que tenía en las rodillas sobre un solitario rincón libre de la atestada mesa—. No escuché la puerta. ¿Qué haces aquí?

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Kyress (3)

—Muy… espacioso.

Tras un paseo desde el restaurante de comida turca, habían llegado a un complejo de apartamentos en una zona tranquila de la ciudad. El hombre había conducido a Trierne hasta la sexta planta del edificio y, una vez allí, la invitó a entrar. Quizá la joven debería haberse planteado lo poco oportuno de meterse en una casa a solas con un desconocido, pero ni se le pasó por la cabeza que pudiera estar en peligro.

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Kyress (2)

—¿Qué tal te fue?

Trierne interrumpió su conversación con el aquel joven acicalado con piercings en las cejas y gorra de beisbol, para desbocar toda su furia contra el dueño de aquella voz.

—¡Tú!

—Hola, Trierne —la saludó él, sonriendo.

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Ashirya (III). El Juicio

Ashirya permanece sola, sin más compañía que los vientos de tormenta en cientos de kilómetros a la redonda.

Y baila.

Su cuerpo menudo danza al compás de las turbulentas corrientes de aire que hacen restallar sus níveos cabellos como los nudos de un látigo esgrimido con violencia.

Alza los brazos con vestal majestuosidad hacia los cielos embravecidos, las delicadas manos juegan con las tormentas desatadas que, sin llegar a rozar su etérea figura, liberan su ácida carga sobre la tierra devastada.

Los pies desnudos flotan sobre remolinos de polvo, restos atomizados de un pasado que creyó considerarse civilización.

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Bases de una futura traición

—Nos encontramos aquí, en este glorioso día que pronto pasará a ser el primero de nuestra nueva Historia, para rendir homenaje a quienes, por su propia voluntad, se disponen a ofrecer el más precioso de los regalos: sus vidas.

Un clamoroso silencio inundó la sala, expresión del más profundo respeto mostrado por las personas que allí se reunían para tan espléndida ocasión.

—Son bien conocidos los problemas a los que nos hemos enfrentado desde que nuestra nave buscó refugio en este agreste planeta —prosiguió desde su atrio—. Nuestra cultura, valores, principios, nuestra forma de vida a fin de cuentas, e incluso los procesos vitales por los que se rige nuestra naturaleza, se han demostrado incompatibles y hasta deficitarios en comparación con las caprichosas exigencias biológicas imperantes en este ecosistema. Pronto lo comprendimos: nos enfrentábamos a la extinción total como especie.

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